Por Victoria Vargas Peraltilla

No sé dónde desperté o dónde vivo. Tengo un nombre en la mente y espero que sea el mío porque si no, ni siquiera eso sabré. Ignoro el cómo, por qué y dónde es que estoy caminando por estas calles siguiendo a un hombre que no conozco, pero que imito a la perfección sin desearlo. Mi cuerpo se mueve exactamente como él lo hace. Como si mil hilos conectados me movieran siguiendo la orden de alguien superior. Más que fuerza, lo que no tengo es conciencia para poder actuar por mí mismo. No tengo hambre o frío, no tengo calor o sueño, sólo unos pies que siguen un camino que no reconozco, un pasado que no recuerdo y la impotencia de no hacer más que seguir al hombre.

Siento transcurrir el tiempo de manera extraña, como si hubiera perdido su presencia, su color y hasta su esencia. Las personas a mi alrededor siguen sus pasos de lo más natural posible. A nadie parece extrañarle que una persona siga a otra imitándola perfectamente hasta el ángulo que se forma entre la distancia de una pierna con la otra.

Ha volteado un par de veces la cabeza hacia un lado. Supongo que para verificar la ausencia de autos al cruzar. Lo hace con tal precisión que la distancia constante que nos separa, encaja perfectamente con el tiempo que ambos necesitamos para cruzar. Ya son un par de veces que un auto pasa detrás de mí, en el instante justo, evitando cualquier accidente potencial de un sujeto como yo que camina por ahí sin control de sus movimientos.

Y con todos estos detalles que he podido percibir, también puedo imaginarme más o menos el rostro del hombre. Su perfil me revela que lleva unos anteojos grandes y oscuros. Es de tez morena, calvo y ligeramente alto. No es alguien imponente pero tampoco es modesto. Es como un gris colorido. Viste una camisa blanca, zapatos negros y un traje azul marino peculiarmente oscuro. He podido notar que, cuando el sol lo ilumina, el traje es claramente negro y al volver a la sombra vuelve a su color natural.

Desde hace dos cuadras que nuestra distancia se ha ido acortando. Antes estábamos a unos dos metros y medio, después a un metro y ahora estoy a unos cuatro pasos detrás de él.

Ha entrado repentinamente a una florería. Yo sigo siendo su reflejo obediente, uno que no protesta por el simple hecho de que no puede. Si él no habla, yo tampoco. Digo lo que él dice. Claro que no sé si el sonido que sale es el de su voz o el de la mía. Pero sin duda es un tono que seduce y asusta, es fiero y amigable, y en vez de atraparlo, el aire lo expande.

Atiende una mujer que obviamente ha sido golpeada por un novio o un marido abusivo y celoso. El insulso maquillaje puesto se ha ido con las lágrimas. Está tan sumergida en sus pensamientos, que demora en darse cuenta de nuestras presencias. Hace un intento rápido por limpiarse y se pone una gorra a modo de cubrir su rostro lo más que puede.

Él se queda mirando unas flores en particular. Ella pregunta si quiere un ramo simple o algún arreglo en especial. Como él no responde, ella le dice que tiene buen gusto, pues esas se las han traído en la mañana y, siendo otoño, están realmente relucientes. Aún se ven algunas gotas de rocío cayendo. De pronto él voltea en dirección a ella y obviamente, siguiendo al pie sus movimientos, yo también lo hago al unísono. Él le pregunta cómo se llaman. Responde que son unas “Purple Dream”.

Le insinúa que deben ser sus favoritas por el modo en que las nombra y ella le confirma. Me pregunto si no le parece extraño que yo siga sin decir nada, imitando exactamente lo que hace y dice. Estando ahí, parado detrás de él. Le dice un par de frases más sobre las flores mientras yo siento como mi boca se mueve acorde a la suya, aún sin poder distinguir cuál de los dos emite el sonido.

Cuando me doy cuenta, ha logrado hacerla sonreír. Me mira directamente y de algún modo se siente como si me confirmara lo que estuve pensando: no puede verme. ¿De qué sirve que lo imite?, soy sólo algo que está siempre detrás, sin el control para mover un dedo a voluntad. Entonces prefiero no pensar si estoy vivo o muerto, sólo seguiré dejándome llevar, esperando o tratando de romper estos hilos.

Le ha hecho un pequeño ramo de esas flores. Lo deja en el mostrador y se retira un momento a la parte más profunda de la tienda. Deja un billete y gira con dirección a la salida; yo lo sigo, naturalmente. La distancia se ha acortado dos pasos más sin darme cuenta y la visión que tengo ha cambiado: después de todo, yo soy más alto.

Siento algo en la mano, y como él no baja la mirada no puedo afirmar si es el ramo lo que percibo. Claro que es lo más probable. Estamos como envueltos en un mundillo propio, donde él parece no saber de mí, mientras que yo lo miro sin poder evitarlo.

Esta vez se detiene en un asilo de tamaño regular. Sube las escaleras como sabiendo exactamente a donde va y entra en una habitación que tiene la puerta abierta. Hay un anciano, con la espalda apoyada en la cabecera de la cama, mirando hacia el patio. Gira su rostro y gracias a ello puedo ver los recuerdos de una vida militar que parece más lejana de lo que en verdad es y que le pertenece al hombre que está echado. Sobresalen fotos y algunos reconocimientos; pero, más que nada: la imagen de éste y un niño, posiblemente su nieto.

Empieza a conversar con el anciano, y por estar pensando en la foto, no me percato que mi boca se mueve y que estamos parados a un costado de la cama. Nombran al joven que está en la parte de afuera recogiendo las hojas caídas como voluntario. Le comenta que el único que se acuerda de su existencia, es su nieto. Y que incluso hace labores como esas sin molestarse.

Se despide rápidamente y va directo donde el nieto. Le dice que hace bien en cuidar a su abuelo, que es una buena persona pero que algunas cosas son inevitables. El joven se extraña al no entender la referencia. Yo pienso que lo dice por su abuelo, siendo tan viejo podría estar cerca su muerte. Le preguntan de dónde conoce al anciano y él responde con algo más aún sin sentido: le asegura que lo acompañó en el campo de batalla.

Se va abruptamente sin darle tiempo a preguntar al nieto. Y al igual que éste yo me quedo con muchas dudas, pues él es más joven que el militar retirado. Además, su tono se escuchó muy serio.

Las calles parecen infinitas, pero voy al mismo ritmo que sus pasos. Y puede que hasta nuestros corazones vayan latiendo a la misma velocidad. Si es que el mío realmente aún puede hacerlo.

Esta vez se detiene en un funeral. Entra como si irrumpiera en una biblioteca: con los pasos suaves tratando de no hacer ruido, con la mirada fija y a la vez recorriendo el rostro de los presentes, con la sensación que no es su primera vez en ese lugar.

Entre tantos giros que ha dado su cabeza, he podido notar que los parientes del difunto están en la sala continua; entonces el cadáver debe estar en la puerta del fondo. Como me supongo, él va directo hacia allí. No puedo ver su rostro, así que no sé si está triste o serio.

Entra en la habitación y se acerca al ataúd abierto parcialmente. Inclina la cabeza y es cuando puedo observar el rostro del difunto. Entonces levanta lentamente su mano y se la pone en la frente del sujeto. Inmediatamente después que la roza, siento como entro en él. Por un segundo nos volvemos uno, y cuando separa su mano, salgo disparado de su cuerpo hacia atrás. Es tal el impacto que quedo en el suelo a un metro y medio de él.

Me siento algo mareado. De a pocos, cada músculo, fibra y huesos empiezan a moverse a voluntad, a conciencia. Son míos por entero y me obedecen a la perfección. Los hilos se han roto.

Mi vista tarda en aclararse y cuando por fin lo hace, puedo ver que él, al que he estado siguiendo, está enfrente de otro. Ambos se quedan mirándose, sin decir absolutamente nada. Él le hace una señal como indicándole que se dirija a determinado lugar. Y, extrañamente, le hace caso sin musitar nada. Mientras voy parándome, ese sujeto sigue directo no sin antes revelarme su rostro al pasar al lado mío.

No puedo equivocarme. Es sin duda el rostro del cadáver. Y más que eso, de algún modo tengo la certeza que es su alma; su cuerpo debe seguir echado pacíficamente en el ataúd.

Varias ideas pasan por mi mente pero sólo puedo pronunciar una. Le pregunto si estoy vivo. Y él me responde con un gesto: “Sí, sígueme”. Sale del lugar a paso rápido. Dudo, pero mi curiosidad y anhelos de saber son más fuertes que una conciencia recién recuperada.

Otra vez estoy caminando detrás de él, pero esta vez por decisión propia, con mis miembros moviéndose a voluntad y del modo que yo quiera. El tiempo me sigue pareciendo inconsistente: o pasa muy lento o muy rápido, mas no de manera natural. Me voy percatando, por algunos anuncios en la calle, que ha pasado un día desde que entramos en la florería. Lo sé por el calendario que vi a través de él cuando estuvimos ahí. Aún tiene el ramo de flores en la mano, pero no entiendo cómo hizo para que estén negras.

Entonces para súbitamente mis pensamientos. Me indica que mire al frente donde hay una ambulancia estacionada. Unos paramédicos están anotando los datos de la reciente muerte de un sujeto por un paro cardiaco. Al principio me sorprendo porque parece tan joven que nadie pensaría que esa fue la causa de su muerte, después entro en semi pánico emocional cuando reconozco su rostro. Es el nieto del abuelo militar.

El hombre al que sigo, levanta con suavidad su mano y la inclina levemente a un lado. El nieto se levanta, la ambulancia se cierra y se va. Éste permanece ahí, mirando directamente al hombre a mi costado, quien le indica que siga, y lo hace.

Ahora sí estoy completamente seguro que se trata de su alma. Estaba a punto de preguntarle pero empezó a caminar de nuevo. Algo en mí me dice que no es el momento, por lo que lo sigo. Otra vez, lo sigo.

Se detiene frente a un quiosco, y mira fijamente el titular de uno de los periódicos. Sé que lo hace para que yo me fije. Y por alguna razón no me sorprende lo que leo. El encabezado hace referencia al suicidio de una joven dama quien no soportó más los abusos de su pareja. Efectivamente, es la florista.

Él sigue caminando y esta vez entiendo la ruta. Está yendo hacia el cementerio. Al llegar encuentra al instante la tumba de la mujer. Se queda mirando el recordatorio en la lápida, e irónicamente coloca las flores “Purple Dream” que ella misma le dio. Y en el instante que éstas tocan la lápida, no sólo me doy cuenta que de negras regresan a ser moradas, sino que… ¿quién más guía a las almas al otro lado del río… a la otra vida? Debe ser la misma muerte a quien he estado siguiendo.

Él se para, voltea y me mira. Se quita los lentes y sus ojos son blancos en su totalidad. Es tan penetrante que me estremece un primer instante, luego me tranquiliza, y finalmente me da una sensación de paz y felicidad, una que esta entre lo melancólico y lo eufórico.

No dice una palabra, su rostro no enmarca algún gesto, pero de algún modo entiendo todo con tan sólo ver su mirada directamente.

Y es que sin duda él es la “muerte” misma. No sé por qué, al no poder hablar con sus clientes en espera, buscó la oportunidad de hacerlo antes que murieran. Desconozco el cómo y la razón de que me escogiera. Y algo me dice que lo he acompañado a otras muertes antes de que tome conciencia de que lo estaba siguiendo.

Ahora que entiendo que fui el intérprete de la muerte, sé que los hilos ya se han roto por completo. A través de mí, pudo al menos en esta oportunidad cumplir su deseo. Ahora estoy libre pero no recuerdo nada de mi vida anterior a esto. Él inclina la cabeza en modo de agradecimiento y se va. Esta vez no tengo el deseo de seguirlo y, aunque lo tenga, siento que ya no me dejará hacerlo. Es más, ni siquiera estoy seguro si podré seguir distinguiéndolo. Sea esta o no la última vez que pueda, me siento satisfecho con mi trabajo no deseado, el que al final de cuentas disfruté.

Me pregunto si yo pedí serlo o él simplemente me escogió, si acaso mi falta de memoria es una especie de pago, o sólo un requisito, o simplemente un efecto secundario. ¡Ah! Yo pensando que no me veían, cuando eran ellos los incapaces de ver a la muerte.

 

EDITORIAL: © Cascahuesos Editores, para su sello editorial Surnumérica

LIBRO: El intérprete de la muerte (Arequipa, Surnumérica 2018)

Foto tomada de: http://eltonhonores.blogspot.com/2018/04/victoria-vargas-peraltilla-el.html

 

Victoria Vargas Peraltilla

 

Arequipa. 1996. Ha cursado estudios de Medicina en la Universidad Católica de Arequipa. En 2016 publicó el libro de cuentos Coleccionista de almas (Cascahuesos Editores, 2016). Su segundo libro de cuentos, El intérprete de la muerte (Surnumérica, 2018) recibió comentarios elogiosos de la crítica y de los lectores.

3 comentarios para “El intérprete de la muerte

  1. De miedo. Solipcismo puro. Me senti como sí la muerte fuera del pasado que a todos nos ocurre mientras creemos que estamos vivos. Requiero de estructuras psicológicas para su análisis y, obvio, filosóficas. Estupendo autor.

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