Por Álex Rivera de los Ríos

Hace ya tiempo que planificaba armar esta lista. La ocasión se materializó hace unas semanas, luego de reparar en las diferentes secciones que «El buen librero» le dedicaba al género del cuento. La idea propuesta a Gianfranco era sencilla: recomendar la lectura de cuentos escritos y publicados en Arequipa que, desde mi punto de vista, merecerían estar en cualquier antología nacional por su factura y ejecución. Por supuesto, la lista estaría diseñada de acuerdo a mis impresiones e intereses literarios; por ende, esta debe ser juzgada como lo que es: una lista subjetiva, profana, hecha a mi gusto y sin ningún tipo de ambición académica o reivindicativa.

Hecha esta aclaración, paso a la presentación. La ejecución correcta del cuento. ¿Qué es un cuento bien escrito? La escritora argentina Mariana Enríquez afirma que el cuento suele crecer por el despojo: despojo de palabras, despojo de imágenes. Lo que sobra, se va. Mientras más ligero, mejor. El ejercicio de condensación de recursos destinado a un único fin: obtener una historia dotada de vida propia, que se sustente a sí misma, igual que un aparato de aparente perfección. En esa línea, innumerables son los ejemplos de cuentos “limpios”. Desde Hawthorne, Poe y Quiroga –“escolásticos del cuento clásico”, los llama Andrés Neuman–, hasta Bierce, Hemingway, Munro y Borges, la tradición de este género se ha robustecido de manera feliz. El cuento peruano no ha escapado a esta usanza, pues ha ofrecido trabajos dignos de compartir podio con cualquiera de los mencionados. A estas alturas, nombrar a Ribeyro y Valdelomar resulta casi redundante.

Por supuesto, los cuentos escritos en cualquier parte del Perú deben ser considerados cuentos peruanos. Los adjetivos «cuento regional» o «provinciano» merecen mi completo rechazo. Pero, ¿solo por esta razón merecen ser catalogados como cuentos logrados, bien ejecutados? Es claro que no. La intención de esta agrupación de cuentos escritos y publicados en Arequipa busca un fin práctico: recomendar y poner a disposición aquellos cuentos publicados en esta ciudad que me hayan dejado la impresión de cumplir con estos requisitos de despojo, limpieza e eficaz ejecución. Cuentos deslindados de autocomplacientes temáticas regionalistas o chauvinistas. Solo cuentos bien escritos, que puedan leerse –como suelen decir algunos– de una sentada, con ese placer balsámico que solo una historia contundente puede despertar.

Gracias al internet y a la generosidad de algunos autores al ceder sus archivos, he podido juntar ocho textos; pero son muchos más los que forman mi lista y que me habría gustado nombrar. Por ejemplo, Detrás de la calle Toledo, de la estupenda Tersa Ruiz Rosas; o Pesca a la deriva, de Fernando Rivera; también Mateo Yucra, de Juan Pablo Heredia. O a los cuentistas contemporáneos de material reciente: Jonathan Segura y algún relato de su bien recibida ópera prima, Los empedernidos; a Goyo Torres, Sarko Medina, Yero Chuquicaña y Giovanni Barletti (estos dos últimos nacidos en ciudades diferentes, pero de producción literaria enraizada en Arequipa), quienes han facturado cuentos de un valor incuestionable.

La mayoría de estos trabajos fueron leídos a lo largo de los años y en distintos periodos de vida, ya sea en libros, revistas o páginas web. No obstante,  hay tres antología que aportaron significativamente a esta pequeña iniciativa personal: 17 cuentos peruanos desde Arequipa (Cuzzi Editores, 2012), Cuentos arequipeños (Gobierno Regional de Arequipa, 2010) y Ajuste de cuentos (Aletheya, 2016), de Juan Yufra. Libros altamente recomendables para los neófitos dispuestos a profundizar en la literatura publicada en esta parte del país.

Paso entonces a realizar una breve síntesis y apreciación de los cuentos agrupados:

Mi primera máquina de escribir, de Orlando Mazeyra, es un cuento elaborado a partir de una prosa rasposa, simple, pero planificado y terminado de manera magistral. Fernando Ampuero lo llamó “poderoso”, y tenía razón. Es la clase de cuento que, tras leerlo por primera vez, te dejan en zozobra: uno quiere recomendarlo, comentarlo o, en plan más pérfido, hacerlo suyo. El cuento que a muchos nos habría gustado escribir.

  Gastrosofía, de Carlos Herrera, es un cuento que disfruté enormemente cuando tenía dieciséis o diecisiete años. Es ya casi un clásico de la literatura peruana. Ha sido antologado, revisado y comentado tanto que resulta innecesario hablar más acerca de la exquisitez (literal) de su construcción. Un cuento para leer con el estómago vacío.

El más rojo de los besos, de Yuri Vásquez, no es el mejor cuento del autor, tampoco el más conocido, pero sí uno de los que mayor impresión me ha generado. En él se agrupan los ejes temáticos que definen su atractivo y complejo universo narrativo, tanto en novela como en cuento: la situación político-histórica del individuo, el sexo y la irrupción de elementos fantásticos o anormales en su realidad. La imagen del carmín intenso en la mejilla de su protagonista me inquieta hasta ahora, igual que la nariz enorme del carismático personaje de Akutagawa.

  El sol, de Monteza, es el primero de muchos trabajos que leí de este reconocido autor. Si no me hubiera gustado como me gustó, seguramente no me habría animado a matricularme en su taller de escritura creativa. En este cuento Monteza pone en práctica algunas de las técnicas e inquietudes que caracterizan su obra: la introspección en la psicología de sus personajes, datos escondidos, elipsis y el minucioso cuidado del lenguaje.

  El intérprete de la muerte, de Victoria Vargas Peraltilla, despliega con inteligencia los requisitos que el cuento fantástico exige para no naufragar. Resulta sorprendente la calibración de recursos que demuestra la autora: en lugar de mostrar, insinúa; en lugar de asustar, inquieta. Y su prosa, de una poesía discreta, consigue lo que busca: crear una atmósfera enrarecida. Se trata de una talentosa autora que demuestra un entendimiento cabal del cuento fantástico. Lovecraft, Poe, Quiroga, Felisberto Hernández y muchas otras buenas lecturas, me imagino, la han ayudado en este proceso.

Quetzal, de Santiago Pérez-Wicht, es un cuento que recurre a imágenes de rara y sensible poesía, y su final atroz nos lleva a realizar el ejercicio que solo los cuentos bien trazados consiguen: emprender la relectura en busca de detalles antes ignorados.  El autor ha publicado poco y se le conoce por mantener un perfil bajo, pero su compromiso con la creación literaria es indudable.

Patio, de Carlos Cornejo-Roselló, resume en pocas páginas la enorme capacidad del autor para crear atmósferas densas, empapadas de tristeza, nostalgia y calculada inocencia. La prosa de Roselló es única en la ciudad, casi una rara avis, y muchas veces me ha hecho pensar que se sentiría más cómodo en la novela que en el cuento. No obstante, Patio es un cuento sobresaliente y de efectos inquietantes.

  El manuscrito, de Dennis Arias, es un relato que leí luego de enterarme de que el autor había ganado un concurso muy conocido en Arequipa. El tema del cuento es casi anecdótico, pero la forma de tratarlo y administrarlo produce resultados eficaces. Aunque está muy influenciado por sus lecturas de Bolaño, Piglia y Villa-Matas, el cuento ayuda a prefigurar al narrador auténtico que Arias ha demostrado ser.

 

A cargo del lector queda, pues, apreciar y juzgar estos ocho cuentos desde Arequipa.

Álex Rivera (Arequipa, 1987). Estudió Derecho en la Universidad Católica San Pablo. Es profesor y traductor de francés. Ha ganado premios literarios organizado en la ciudad de Arequipa. Cuentos y artículos suyos han sido recogidos y antologados en diferentes libros y revistas: Pre-textos para marcar la cancha (Texao Editores, 2014), Hasta que la muerte (o el amor) nos separe (Quimera, 2019), Los afectos (La Travesía, 2017), Aquella otra pasión (Quimera,2018). En 2013 publicó el libro de cuentos Nena (La travesía Editora, 2013).

 

 Lista (no necesariamente en orden jerárquico)

 

  1. Orlando Mazeyra – Mi primera máquina de escribir
  2. Carlos Herrera – Gastrosofía
  3. Yuri Vásquez – El más rojo de los besos
  4. Jorge Monteza – El sol
  5. Victoria Vargas Peraltilla – El intérprete de la muerte
  6. Santiago Pérez-Wicht – Quetzal
  7. Carlos Cornejo-Roselló – Patio
  8. Dennis Arias Chávez – El manuscrito

 

 

 

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