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Marco Avilés: “El Perú es un país hidrocefálico. Lima, más que capital, es un tumor descomunal. Este centralismo es real en la demografía, en la economía, en la política y también en nuestro inconsciente colectivo”.

Por:

Gianfranco Hereña

Este año, al igual que el anterior, una publicación tuya figura entre lo más vendido de la Feria del libro, ¿Cómo tomarlo? Teniendo en cuenta que de saque en ambos títulos la inclusión de la palabra “cholo” sigue generando tantos sentimientos encontrados.

La acogida que han tenido De dónde venimos los cholos y No soy tu cholo se debe quizá a que llegaron cuando debían llegar. Por un lado, como autor, siento cada vez más confianza para verbalizar y describir ciertos rasgos del demonio de nuestro racismo cotidiano. Y, por otro, el público nos ha confirmado que tiene ganas de leer y discutir sobre este tema.

Cholo es una palabra tabú por el desprecio que contiene, pero también guarda un sentido bello que aún no hemos aprendido a emplear con mayor libertad. Cholo es lo mestizo, la unión de lo diverso, el resultado del amor más allá de la piel. No soy tu cholo es, por eso, una celebración de la choledad en su sentido más universal y una invocación a que, como sociedad, nos demos la oportunidad de exorcizar esa palabra. Ella vivirá más que nosotros y no vamos a poder eliminarla. Sí podemos darle un nuevo sentido.

Lo que el libro hace es poner “zoom” a pequeñas escenas donde la discriminación está presente pese a que los protagonistas la niegan ¿Crees que los peruanos todavía nos resistimos a creer que somos racistas? Quiero decir, que pese a existir discriminación en hechos sumamente cotidianos, volteamos la página para no descubrir en esos personajes una parte de nosotros.

Hay un gran grupo de peruanos que se resisten a ver cuán racistas somos y enfrentan las denuncias con un rosario de conceptos trillados del tipo: los cholos son unos acomplejados; los discriminan porque se dejan discriminar; todos somos humanos, las razas no existen… Pero solo es un grupo y, por fortuna, no son la mayoría. Lo peligroso es que muchas personas que piensan de esa manera tienen poder y –ya sea de manera consciente o por inercia– no suelen hacer nada para desmontar el sistema racista en el que nos movemos. El racismo no es solo un sentimiento de odio, es un aparato que los peruanos hemos construido a lo largo de generaciones. Su resultado más evidente es la marginación de lo indígena, un mundo inmenso que los gobiernos han mantenido congelado en el tiempo en esa pobreza pintoresca que no nos mueve un pelo a las habitantes de la ciudad. Los hechos cotidianos que se muestran en las redes –la señora que grita chola de mierda– también son señales del mismo monstruo que no sabemos todavía cómo enfrentar.

El terrorismo y anteriormente las oleadas migratorias masivas en los años cincuenta, trajeron a Lima a un buen grupo de personas provenientes de distintos puntos del país. A todos ellos, indiscriminadamente si fueran de la sierra o no, se les llamaba y temo que todavía se les llama cholos, únicamente por sus rasgos físicos. Algunos se ofenden. Otros ven el término algo normal. Según tu punto de vista ¿Qué diferencia a unos de otros?

Estamos aprendiendo a procesar nuestra propia choledad. Yo considero válidas ambas actitudes: ofenderte cuando te dicen cholo o no ofenderte cuando te lo dicen. Los cholos podemos usar esa palabra porque nos pertenece. Los discriminadores, los blancos, los «señores», no pueden usarla para herirnos. No es su derecho, a menos que tú se le permitas. Nadie me dirá «cholo de mierda» y quedará impune. Ese es el sentido de No soy tu cholo.

 

El racismo no es solo un sentimiento de odio, es un aparato que los peruanos hemos construido a lo largo de generaciones. Su resultado más evidente es la marginación de lo indígena, un mundo inmenso que los gobiernos han mantenido congelado en el tiempo en esa pobreza pintoresca que no nos mueve un pelo a las habitantes de la ciudad.

Uno de los párrafos que me resultó sumamente revelador fue aquel en donde retratabas a los cuarentones y cincuentones sobrevivientes a la época de la Guerra Interna, cuyo saldo, además de una brutal cifra de muertos por ambos bandos, ha sido dejar a dos generaciones inmersas en la paranoia y el apuro. De ahí que tengamos en las calles y en las empresas a ciudadanos que parecen estar siempre a la defensiva ¿Qué diferencia notable puedes percibir entre ellos y los nacidos posteriormente a esa época?

La generación anterior es una generación que creció en la represión. Desde no poder salir a divertirse debido al terrorismo, en los años ochenta; hasta no poder hacer política debido a la corrupción, en los noventa. Ellos son fruto de esa falta de libertad y del miedo de volver al caos de las décadas anteriores. Esos factores son detonantes indesligables y se traslucen en la manera desquiciada en que esa generación dirige el país en estos momentos, con un cortoplacismo y egoísmo tristes. No saben cómo vivir en comunidad, y esa falta de sentido de país es el resultado de la guerra. Ellos también fueron víctimas. Y no lo queremos ver así. Ellos no se ven así.

La generación posterior ha madurado en la libertad que trajo nuestra endeble democracia y es la generación que empieza a cuestionar a la anterior. No sé muy bien todavía qué la caracteriza, pero es la generación a la que los viejos llaman ignorante porque estos jóvenes no recuerdan o no conocieron aquellos años jodidos. Ese desconocimiento o desconexión, más bien, es un activo. Esta es una generación sin miedo, que no se deja chantajear fácilmente con el cuento «no queremos regresar a los años ochenta», es la generación que ha crecido en la apertura y, supongo, quiere (¿queremos?) un país más moderno.

Insistiré en esto de las diferencias, porque me parece interesante saber que entre uno y otro tiempo las cosas pueden cambiar ¿Qué diferencia hallas entre esas primeras generaciones de hijos de migrantes versus aquellos que llegaron en los noventas? ¿Existe hoy menos vergüenza por esconder los orígenes?

La gran diferencia es la educación. Los inmigrantes y los hijos de inmigrantes estamos ahora mucho mejor educados que nuestros padres y abuelos. Hemos ido a la universidad. Escribimos libros. Dirigimos empresas y podemos, de hecho, tener una presencia política más fuerte. Si me permites una crítica que de hecho me cae también, solo nos falta ser más conscientes de que, como cholos, podemos ser un actor social modernizador. Encarnamos la prueba de que la diversidad es una fuente de riqueza. Yo no pensaba así cuando solía ser profesor de universidad hace una década o cuando era editor de revistas. Ahora sí: como cholo, sé que tengo una responsabilidad para con mis hermanos cholos.

El texto que da origen al libro nace de una observación: Una pareja de gringos pone un restaurante en Surquillo y son celebrados multitudinariamente en diversos sitios. Ese hecho no ocurriría con un peruano, en general, con ningún migrante en los Estados Unidos, salvo, se me ocurre, que venga con un gran capital a invertir. ¿El ser extremadamente condescendiente con los extranjeros o en general, con aquellos que vienen de afuera, es también una forma de discriminarnos?

Me encanta la hospitalidad peruana para con el extranjero. No tengo críticas mayores hacia esa actitud de apertura. Lo que me parece fatal es que esa misma apertura no la tengamos entre peruanos. El Perú es un país hidrocefálico. Lima, más que capital, es un tumor descomunal. Este centralismo es real en la demografía, en la economía, en la política y también en nuestro inconsciente colectivo. Muchas veces cuando queremos hablar del Perú terminamos hablando de Lima, sin querer, o porque no sabemos tener un discurso sobre el país. A Lima le importa un pepino las otras regiones del país. Le importa un pepino los Andes, salvo los sitios turísticos. Le importa un pepino abrirle las puertas con cortesía a los peruanos de las provincias.

Esa actitud es terrible y esconde una doble moral. El limeño cree que el dinero y el progreso vienen de afuera. Es curioso que sigamos pensando así después de toda la evidencia desahuevante de nuestra revolución culinaria. El mensaje del boom de la cocina peruana, si acaso lo hemos olvidado, es que las vanguardias muchas veces se encuentran en casa.

* Para los interesados en leer a Marco Avilés pueden hacerlo en : marcoaviles.com

 

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