(CUENTO) Tal vez todo se debió a que ese día Romina se había levantado pensando en su padre. Mientras se duchaba, repasó varias veces el recuerdo de él limpiando su auto en el carport. Un día de sol, el piso de cemento empapado de agua jabonosa, el balde de plástico rotando de un ángulo a otro, el ruido del trapo siendo zambullido splash y exprimido trrrrrr. Splash, trrrrrr. Su padre con una de aquellas camisetas viejas que solía vestir los sábados por la tarde en que se ocupaba del jardín y, luego, quizá hacia las cinco, lavaba el auto blanco. El último sábado, la víspera de su muerte, había cumplido el ritual sin ningún cambio en particular. Ella lo observaba desde la ventana de su cuarto mientras hacía una pausa en los estudios. A veces piensa que esa tarde había estado memorizando algo de biología, pero no lo recuerda claramente. En cambio, sí recuerda muy bien haber visto a papá lavar el auto con la misma actitud ensimismada, con la sonrisa en el rostro de rato en rato, como si estuviese pensando en algo agradable. Le gustaba evocarlo así, porque lo imaginaba feliz.

 

Cuando se sentó a desayunar, su hermano ya se había ido a la universidad. Era viernes. Los viernes podía demorarse un poco en la cama, pues sus clases en el instituto comenzaban más tarde. Se había empezado a aburrir de su rutina: estudiaba hotelería en una escuela técnica y la mayoría de las noches trabajaba en la barra de tragos de un lugar que se estaba poniendo de moda. Tenía cierta habilidad preparando cócteles, aunque también eso había dejado de hacerlo con entusiasmo. Se sentía agotada y quería conseguir otra práctica, pero esto resultó más difícil de lo que había pensado. El puesto en la barra lo había obtenido a través de Alex. Alex había sido su enamorado y solía buscarla para seguir acostándose con ella. Romina lo permitía siempre, aunque después se proponía rechazarlo en cuanto él volviese a acercársele.

 

La madre de Romina se sentó a acompañarla a desayunar ese día. Vestía una bata vieja que debía haber lucido muy bella hacía unos años. Era rosada y llevaba encaje en el cuello. Parecía fina. Tal vez era de la abuela. Romina, su madre y su hermano mayor vivían en casa de la abuela. Se habían mudado ahí luego de la muerte del padre cuatro años atrás. La abuela tenía dinero y los ayudaba con los gastos. Su madre nunca había tratado de buscar un trabajo, pero fue muy firme al obligarlos a ellos a conseguir uno para obtener un ingreso extra. El hermano estudiaba derecho en las mañanas y por las tardes practicaba en un estudio. Cuando regresaba a casa, Romina ya había partido al bar, así que casi nunca se veían y ella en ocasiones tenía la impresión de que se habían convertido en extraños. De niños, ella solía ir tras él e imitarlo en los juegos. Incluso, había aprendido a jugar fútbol con destreza en el jardín de la casa en la que vivían antes. Luego de la muerte del padre, el banco les había embargado la casa y el auto.

 

–        Mamá, estaba pensando… cosas de antes. Por ejemplo, ¿alguna vez ayudé a papá a lavar el auto? – Su madre la miró sorprendida y luego sus ojos se resignaron, como un animal camino al matadero.

–        La verdad, Romina, no me acuerdo. ¡Qué pregunta! Puede ser que de chiquita lo hayas ayudado. Te metías en todo. Aunque tú sabes cómo era él de metódico. Nunca dejaba que nadie más se ocupe del jardín ni del auto.

–        ¿Por qué?

–        Qué sé yo. Así era él.

–        Siempre muy ordenado, ¿no?

–        Tú sabes que sí. – La madre se veía fastidiada por las preguntas. – Bueno, es tarde. Me voy a bañar.

 

El instituto quedaba cerca de su casa. Solía ir caminando hasta ahí. De regreso, en cambio, casi siempre encontraba alguien que la lleve en auto. Algunas veces, Alex la esperaba a la salida. Él sabía cuáles eran los días en que la madre y la abuela salían a misa de seis y en la casa sólo quedaba la empleada, quien a esa hora solía ver televisión en la cocina. Alex tenía una Todo Terreno negra. En ocasiones, habían tenido sexo ahí también.

 

Romina fue una buena alumna en el colegio. Había hecho planes para ir a la Universidad igual que su hermano, pero cuando el padre murió, la madre le sugirió elegir una carrera más corta, pues no quería comprometer a la abuela en un gasto excesivo. Su hermano siguió estudiando derecho. Nunca sintió celos por eso. Al contrario, estaba feliz por él y ella empezó con entusiasmo las clases en el instituto, donde aprobaba los cursos sin dificultad, aunque sin brillo. También su trabajo con los cócteles le había gustado al principio. Le agradaban las personas que frecuentaban el restaurante y solía fijarse mucho en la ropa que llevaban puesta. Sin saber por qué, esto le incomodaba, pero aún así no la podía evitar. Algunos hombres le conversaban alegremente y, como ella era guapa -o al menos llamativa- y les seguía la cuerda, ellos le dejaban muy buenas propinas.

 

Los viernes y los sábados debía llegar más temprano al restaurante. Nadie más había querido aceptar las obligaciones extra para esos días sin paga adicional. Romina había asumido la responsabilidad sin saber bien por qué. De alguna manera, sintió que no le quedaba otra opción. Siempre llegaba al restaurante cargando una mochila donde traía el uniforme. No le gustaba ir por la calle vestida con él. El uniforme consistía de una falda corta de colores vistosos y una blusa blanca que cerraba el botón del cuello con una corbata muy delgada. Era obligatorio usar tacones altos y como tenía buena estatura, los zapatos la elevaban por encima de la mayoría de las miradas del resto. Casi no usaba maquillaje, pues hubiese sido una tarea más para cada noche.

 

Ese viernes no había dejado de evocar al padre. Mientras ordenaba vasos y copas lo recordó sentado en el pequeño cuarto de la casa contiguo al dormitorio de ella, que él había acondicionado como escritorio. Ahí tenían instalada una computadora que su hermano y ella utilizaban por turnos. La mañana del domingo en que ella lo encontró muerto sobre la alfombra del escritorio, el monitor estaba encendido y exhibía el protector de pantalla que ella misma había diseñado. Se trataba de un mensaje cariñoso para papá sobre un intenso fondo azul.

 

Sus compañeros de trabajo eran jóvenes, algo mayores que ella, todos graduados del instituto de Romina o alguno similar. En verdad, era una suerte tener ese empleo. Alex siempre le recalcaba que no cualquiera podría conseguirlo y que debía estar agradecida. Las primeras horas de la noche eran un momento de transición entre los empleados que salían luego del primer turno y los que llegaban a cubrir el segundo. A veces se quedaba sola en la barra, salvo por el encargado de la caja. Entonces hurgaba con disimulo en la licuadora. Cuando lo pensaba lejos de ahí, sentía que había algo terrible en esa manía. Algo peligroso, que incluso la hacía asustarse de sí misma. Pero cuando se veía a solas con el aparato, no la podía evitar. Introducía una mano hasta que con los dedos alcanzaba las cuchillas. Palpaba la delgadez de éstas, seguía el contorno con las yemas. Casi siempre, las hojas estaban frías y ella a veces las presionaba un poco.  El índice de la otra mano lo posaba sobre el botón del encendido. Lo acariciaba en círculos. Jamás miraba lo que hacía. Sus ojos saltaban de una esquina a otra del restaurante, tal vez cuidando de no ser sorprendida por nadie. De regreso en casa, cuando pensaba en su adicción, se daba cuenta de que sentía el recuerdo en las manos y a veces pasaba los dedos sobre el filo de los dientes para tratar de evocarlo mejor.

 

La noche poco a poco fue poblando el restaurante de gente, de humo y de voces. Romina vio llegar muchas parejas mayores a cenar. La barra también se fue cubriendo de clientes. Había dos chiquillas como de su misma edad sentadas frente a ella. Estaban acompañadas por un par de muchachos que parecían más concentrados en una conversación, que no llegó a entender, que en sus parejas. Las chiquillas se deshacían en disfuerzos. Traían exceso de maquillaje y fumaban con fingida distinción. Una se había perfumado con una fragancia muy dulce y, por un instante, acarició la idea de averiguar el nombre. Acababa de prepararles la segunda ronda del trago del día cuando vio a aquel hombre entrar al restaurante y acercarse a la barra con aire triste.

 

Se trataba de un hombre en los cincuentas, de aspecto poco prolijo.  Traía el pelo despeinado, algo grasiento y largo sobre la nuca. Sus ojos se veían cansados y enrojecidos, casi suplicantes cuando la llamó para que lo atendiese. Ella se acercó y pudo notar que llevaba al menos un par de días sin afeitar. El cuello de la camisa blanca estaba arrugado y los puños visiblemente sucios. A uno de ellos le faltaba un botón. Cuando habló, un fuerte olor a tabaco la golpeó. Era un olor que resaltaba sobre los demás olores del bar, porque tenía, además, un toque de enfermo, como la pestilencia de un hospital. Un vaso de Etiqueta Azul, le ordenó.

 

Romina se sorprendió ante el pedido. Aquel whisky era muy costoso. Incluso, era la primera vez que alguien se lo ordenaba a ella. Por un momento dudó, mientras el hombre buscaba en los bolsillos de su saco. Luego, en el tono de voz más amable que pudo para que no pareciese una advertencia, ella le dijo cuánto costaba un vaso de Etiqueta Azul. “Está bien”, respondió él sin mirarla siquiera y le extendió una tarjeta de crédito. Continuó sin moverse unos segundos. Luego buscó con la mirada la botella del whisky y de inmediato la encontró junto a otras parecidas de colores rojo y negro. Sirvió un vaso sin agua y con poco hielo, como se lo indicó el hombre. Él no le dijo nada cuando recibió el trago. Había encendido un cigarrillo y parecía concentrado. Romina notó algunas uñas largas y sucias que la incomodaron y de inmediato fue hasta la caja con la tarjeta de crédito en la mano. Se fijó en el nombre. Era un nombre común que no le sugirió nada en particular.

 

El hombre firmó el voucher casi sin mirarlo. Su firma era un garabato ininteligible, dibujado sin presión. Romina le agradeció y se alejó al otro lado de la barra. Sin embargo, no pudo evitar mirarlo de soslayo de rato en rato. Lo vio beber primero sorbos cortos, espaciados. Luego, éstos se hicieron largos y el hombre los fue apurando casi con urgencia. Las chiquillas disforzadas terminaron sus tragos y siguieron a una mesa a sus acompañantes, que continuaban sin prestarles mucha atención. Los asientos libres fueron ocupados por una pareja muy elegante que ordenó dos copas de vino tinto. Entonces el hombre volvió a llamarla. Había terminado con el whisky y quería otro igual. Romina de nuevo se quedó paralizada. Él la miró fastidiado y puso la tarjeta de crédito sobre la barra. Entonces ella se apresuró en traerle el segundo vaso de Etiqueta Azul y fue hacia la caja para pasar la tarjeta. Lo hizo rápido, con ansiedad y tiró bruscamente del voucher cuando lo vio salir.

 

Cuando se acostó, de madrugada como casi siempre, estuvo recordando que a su padre le gustaba el whisky y se preguntó si alguna vez habría probado un Etiqueta Azul. Mientras se quedaba dormida, repasó la escena que en los últimos años había tratado de borrar de sus recuerdos. Amanecía aquel domingo y ella estaba despierta, aunque seguía acostada. De pronto el ruido de la explosión cortó el silencio y se alejó en un eco diminuto. Se quedó inmóvil en su cama unos segundos. No escuchaba nada. Estaba asustada y no se atrevía a levantarse. Finalmente, se fijó en el reloj de su mesa de noche. A esa hora, la empleada ya habría salido y su madre debía estar en misa. Era probable que su hermano no hubiese escuchado el ruido, pues su habitación quedaba al otro lado de la casa y solía dormir con la puerta cerrada. Su padre debía de estar en el escritorio revisando sus papeles. Romina pensó en ir hasta el escritorio. Se sentiría más segura con él que recostada sobre su cama, así que se levantó y fue hacia su padre. Al entrar, el primer impacto fue el olor a fuego, a quemado -ella no hubiera podido llamar pólvora a aquella sensación tibia y asfixiante-. Luego un grito, otro y otro más. Gritos cada vez más fuertes que salían de su boca y que ella escuchaba como si fuesen de otra persona. Hasta que su hermano la cogió por la espalda y la abrazó contra su pecho. Le hablaba con suavidad y firmeza, tratando de calmarla.

 

Se despertó cansada al día siguiente. Tenía la sensación de que había dormido a intervalos cortos. Entró al baño a lavarse y mientras se miraba en el espejo repitió en su mente la escena que había reconstruido durante la noche. Se concentró en el momento en que su hermano la había sacado de la habitación. Ella había vuelto la mirada hacia la mesa de trabajo de su padre, donde la pantalla de la computadora de pronto cambiaba a azul y proyectaba su mensaje. Al lado, unos papeles revueltos, los mismos de siempre, y un vaso. Un vaso con líquido en el fondo. Se sobresaltó con este recuerdo y dudó si se trataba de algo real o un detalle que ella había colocado inconscientemente la noche anterior. Pensó que, con el tiempo, uno iba adornando los recuerdos, como escenas que se editan, y que luego de unos años, era posible que evocase los sucesos muy cambiados de cómo ocurrieron en realidad. Empezó a sentir una creciente curiosidad por saber qué habría bebido su padre antes de morir.

 

Cuando se sentó a desayunar, todos los demás ya estaban ahí. Su madre, su abuela y su hermano. Eran pocas las ocasiones en que coincidían los cuatro a la mesa, aunque a ninguno parecía importarle mucho. Se sirvió café y dos panes con mantequilla y jamón. Casi siempre estaba hambrienta durante el desayuno. Los demás conversaban acerca de una noticia que leyeron en el periódico. Se fijó en que su madre traía puesta la bata del día anterior, mientras que su hermano llevaba ropa deportiva. Algunos sábados solía jugar fútbol con otros muchachos del barrio. La abuela estaba sentada junto a ella. Vestía una blusa blanca con un pañuelo alrededor del cuello y su peinado recogido era impecable. Había tomado de la mano a su nieta y la miraba con ojos dulces. Detrás de ella estaba la pared de las flores, como Romina y su hermano solían llamarla de pequeños, un fondo blanco del que colgaban pequeñas acuarelas que la abuela había pintado. Una por cada hijo, una por cada nieto, siete en total. La flor que correspondía a su madre era una rosa roja con algunas hojas muy verdes, pero sin tallo ni espinas. La flor de su hermano era un lirio morado de pétalos desordenados. Se veía algo descolorida, pues sobre ella caía el sol con más fuerza que sobre las demás. La acuarela que la abuela pintó al nacer Romina era un trío de girasoles. Todas las demás eran flores solitarias.

 

De pronto decidió preguntar: “Mamá, ¿cuál era el whisky que le gustaba a mi papá?”. La madre y el hermano callaron bruscamente y la miraron con los mismos ojos interrogantes, mientras que la mano de la abuela pareció temblar un instante y luego quedarse inmóvil, fría, como en un espasmo.

 

–        ¿A qué viene ahora esa pregunta, hija?

–        Es sólo curiosidad. Es que anoche le serví whisky a un señor y me acordé de que a mi papá también…

–        Tomaba lo que hubiera en el bar – interrumpió el hermano.- A veces le regalaban botellas de trago en la oficina,  sobre todo en Navidad.

–        Sí, le hacían buenos regalos a veces – la madre por un momento pareció nostálgica.

–        ¿Y alguna vez le regalaron un Etiqueta Azul?

–        Pucha, Romina, no te pases. Ese whisky es carazo… – la sonrisa del hermano era una línea burlona.

 

Ella intentó hablar sobre el día de la muerte del padre, pero la madre no la dejó. Cortó la conversación, mientras el hermano se levantó diciendo que se le hacía tarde para el fútbol. Romina sintió una vez más que el tema de su padre incomodaba a los demás. La abuela continuó acariciándole el brazo, pero esta vez sus ojos se habían apagado en una amarga forma de compasión.

 

Durante la tarde trató de estudiar, aunque le costó mucho concentrarse. Se sentó frente a la computadora para escribir un reporte, pero las palabras se le trababan. La pantalla se le ensombrecía por momentos. Sin haber avanzado mucho, tuvo que apagar el aparato para ir al bar. Fue una noche muy concurrida. Llegaron a la barra dos tipos, clientes habituales, a los que consideraba amables y entretenidos. Pero esta vez no pudo sostener una conversación con ellos. En cambio, se descubrió mirando hacia la puerta y se dio cuenta de que buscaba entre las personas del restaurante al hombre de la noche anterior. Tenía unas ganas efervescentes de meter la mano en la licuadora, pero le fue imposible con tanta gente. Le pareció que los tipos amables la miraban preocupados, casi con afecto. Era obvio que se habían dado cuenta de que ella estaba diferente, aunque igual le dejaron una buena propina.

 

Cuando llegó a su casa y se acostó, de nuevo pensó en la muerte de su padre. Se atrevió a mirar el recuerdo del cuerpo sobre la alfombra salpicada de sangre. Su padre estaba al pie de la ventana y desde el borde de ésta hasta el piso avanzaba un camino rojo. Era como si la cabeza, luego del impacto de la bala, hubiese caído primero sobre el alféizar y después el peso del resto del cuerpo la hubiese jalado hacia el suelo, dibujando la cascada. Supo más tarde que el disparo había entrado por debajo de la mandíbula y había salido por alguna parte de la nuca. El rostro casi no se deformó. Uno de los ojos estaba cerrado; el otro había quedado muy abierto y ella tuvo la impresión de que la miraba fijamente. Era este detalle el que más la turbaba. El ojo del padre puesto en ella. Un accidente, le habían dicho más tarde. Un accidente con el arma. La existencia desconocida de una pistola. Estuvo un rato tratando de aclarar si el recuerdo del vaso era o no real, pero antes de decidirlo se quedó dormida.

 

Se levantó con la imperiosa angustia de saber que el hombre del Etiqueta Azul se iba a suicidar. O ya lo había hecho. Por más que trató de alejar este pensamiento, se sintió acosada por él durante todo el día.

 

Después de almorzar un sándwich que la abuela le había dejado antes de ir con la madre a casa de un pariente -del hermano no sabía nada-, se sentó frente a la computadora para avanzar el reporte que había empezado la tarde anterior. Intentó concentrarse pero al cabo de unos minutos se halló navegando en páginas web que hacían referencia al Etiqueta Azul. Encontró algunos detalles consabidos: que se trataba de un trago para conocedores y que se recomendaba beberlo sin agua para disfrutar su sabor intenso. Había una extensa nota escrita por un experto mezclador de whiskies. Mencionaba el color oro viejo con matiz rojizo; aroma potente, tostado, algo caramelizado. El fondo de la botella debería lucir oscuro como un barniz. El buscador también la llevó hacia la variante de un producto veterinario llamada Etiqueta Azul 3.15%, utilizada para tratar los parásitos en reses y ovejas, así como el nombre del prosciutto más fino preparado por una embutidora española.

 

Después de mucho rato regresó al reporte y estuvo anotando algunas ideas flojas, hasta que llegó el hermano a anunciarle que era su turno de ocupar la computadora. Romina quiso conversar con él. Sentía cierta urgencia por preguntarle sobre el padre, pero él la cortó bruscamente y tuvo que dejarlo solo. No tenía que trabajar ese día, así que decidió llamar una amiga para ir al cine. Luego lo pensó mejor y cayó en la cuenta de que era algo tarde y prefirió ir sola. Había ido al cine sola muchas veces. Al principio le había parecido incómodo. Se sentía extraña entre los demás grupos y parejas de la sala. Poco a poco se acostumbró y ya había notado cuáles eran los días con menor probabilidad de encontrarse con conocidos. Esa tarde, se estuvo fijando especialmente en los hombres de mediana edad.

 

Al día siguiente,  mientras desayunaba sola, la madre apareció otra vez con la bata rosada. Empezó a incomodarle su apariencia. Recordó que cuando vivían en la casa que el banco les quitó, pocas veces había visto a su madre vestida con ropa de cama. Ella solía hacer gimnasia y jugar tenis casi todas las mañanas. Había sido una mujer alegre y llena de energía.

 

–        ¿Dónde fuiste anoche, Romina? – preguntó de pronto la abuela que acababa de sentarse con ellas. – Te extrañamos en la comida.

–        Fui al cine. Vi una película muy mala, mejor no se las recomiendo.

–        No me digas que otra vez fuiste sola – la madre parecía juzgarla en ese momento. Entonces se atrevió a preguntar.

–        Estuve pensando en la pistola de mi papá. ¿Por qué tenía una? Yo no sabía…

–        ¡Carajo, Romina, otra vez! – la voz de la madre le quemó en la cara. – ¿Por qué se te ha dado por preguntar estupideces?

–        No son estupideces. Sólo quiero saber cosas que nadie me ha dicho nunca.

–        No necesitas hablar de esto después de cuatro años.

 

La madre se levantó de la mesa y se perdió en su dormitorio. A Romina le dio la impresión de que tal vez iba a llorar. Recordó las veces en las que la había visto llorando por la muerte del padre. Fueron llantos muy controlados durante el funeral y el entierro. En cambio, a solas, solía berrear en simulados escondites desde donde todos pudieran escucharla, como una niñita llamando la atención.

 

La abuela y ella habían quedado en silencio. Le pareció percibir un ligero movimiento en la mano pecosa de la anciana, como queriendo posarla sobre la suya, como otras veces. Pero finalmente se limitó a preguntarle sobre la película y ella contestó sin entusiasmo. Camino al instituto, estuvo pensando en que su padre y la abuela se habían llevado bien. Recordó varias ocasiones en que él había bromeado con su suegra y ésta parecía haberlo disfrutado. La abuela era una persona dulce. De pequeña, le encantaba quedarse a dormir con ella en la misma casa que ahora habitaban juntas.

 

Esa noche tampoco tenía que trabajar. La madre no se sentó con ellos a cenar. Tenía migraña. Romina se sintió culpable por este dolor de cabeza y no se atrevió a visitarla tras la puerta cerrada de su dormitorio. Siguió escribiendo el reporte para el instituto y pensó que iba cuajando mejor. No podría decir si la relación de sus padres había sido buena o mala. No recordaba algún gesto especial de pasión, cariño o siquiera amistad entre ellos, pero esto no le preocupaba. En realidad, pensaba que hace cuatro años sólo le interesaba saber que sus padres siguiesen juntos y que era seguro que ella hubiese pasado por alto las más evidentes señales de amor.

 

Durmió mal durante los días siguientes. Se levantaba tras noches de sueños intranquilos. Mientras encendía la ducha, evocaba al padre lavando el auto. El trapo que se zambullía splash y se exprimía trrrrr. Papá siempre muy ordenado y metódico. Mamá era quien había usado la palabra metódico. Desayunó apenas. Tenía unos cuantos minutos antes de salir caminando hacia el instituto. Buscó en la guía telefónica el nombre que había visto en la tarjeta de crédito con la que cobró el Etiqueta Azul. Había más de un registro con ese nombre. Anotó los datos sobre un papel que guardó en el bolsillo del pantalón y partió al instituto.

 

Cuando terminó sus clases a media tarde, se encontró con Alex que la esperaba al volante. Por un instante pensó en inventar una excusa para declinar el aventón, pero luego pensó en la urgencia que tenía de llegar a su casa y se subió a la Todo Terreno. Exageró al mostrarse cansada durante el trayecto.

 

–        Te puedo hacer masajes, si quieres – la voz de Alex la aburrió, como si la hubiese escuchado demasiadas veces.

–        ¿Tú sabes por qué se murió mi papá?

–        Un accidente, ¿no? ¿Por qué me preguntas?

–        He estado pensando mucho en eso últimamente.

 

Estaban frente a la puerta de su casa. Ella descansaba las manos sobre sus piernas y miraba los árboles a través de la ventana. “Tal vez no fue un accidente”, alcanzó a decir antes de que él se lanzase sobre su cuello. Se sintió inmune a los gestos y las palabras de siempre. Rechazó a Alex y mientras se bajaba rápido del auto, lo oyó pronunciar algunas frases toscas, pero no se dejó afectar. Entró en su casa y de inmediato tomó el teléfono para marcar los números que había anotado esa mañana. Dos voces de mujer le contestaron que el hombre no estaba, que había ido a trabajar. Le pareció que la tercera voz era de una adolescente nerviosa que evitaba dar respuestas concretas. De pronto se cortó la comunicación. Se fijó en la dirección que correspondía a este número de teléfono y se alegró al notar que estaba muy cerca al bar. Tenía tiempo de ir ahí antes de empezar su turno.

 

Se detuvo con su mochila al hombro frente a una casa blanca con portón de madera y techo a dos aguas. Durante poco menos de una hora no percibió ningún movimiento. Era una casa sin vida, como anestesiada. Entonces tuvo que irse al bar. Transcurrió una noche tranquila, con pocos clientes. Todos parecían hombres de negocios. Casi al final, mientras ordenaba unas copas que había terminado de lavar, tuvo la oportunidad de introducir la mano en la licuadora, pero apenas sintió el filo de las cuchillas en sus dedos se sobresaltó y sacó el brazo de un fuerte tirón que hizo tambalear el aparato.

 

Romina terminó de redactar el reporte para el instituto y lo entregó. Sabía que era un trabajo muy mediocre y sintió algo parecido a la culpa cuando vio al profesor hundir el fajo de papeles en su maletín. Por la tarde se cruzó con su madre en ropa de cama. Decía no sentirse aún del todo bien y ella experimentó un áspero fastidio por esta pose que juzgó melodramática. De pronto se le ocurrió investigar en las páginas de obituarios. Juntó en el garaje los periódicos de los últimos días y descartó una muerte tras otra sin encontrar el nombre que ella necesitaba. Se dio cuenta de que hace cuatro años no se le había ocurrido mirar estas páginas y estuvo tratando de imaginar el mensaje bajo el cual su padre había dejado de existir, si es que había habido tal mensaje. Entonces pensó que la familia del hombre del Etiqueta Azul habría optado por no anunciar su muerte. Sin duda, sería una muerte inexplicable para ellos, incluso indecorosa, y lo mejor era no hacerla pública. Esa noche en el bar, estuvo mirando la licuadora con ansiedad, como midiendo a un enemigo.

 

Romina tampoco sabría decir si la relación entre ella y su padre había sido buena. Casi no se veían durante la semana, pero recordaba la alegría que le provocaba compartir con él alguna actividad. En una ocasión en que ella había discutido con una amiga, él la llevó a la orilla del mar a lanzar piedras. Le explicó cómo lograr que llegasen más lejos y le contó que hacía esto para relajarse. Con ella funcionó igual esa vez.

 

Coincidieron a desayunar todos juntos. El jugo de naranja les supo ácido esa mañana, y el pan se les antojó algo más duro. Sentía ganas de conversar a solas con su hermano, como hace años, cuando vivían en la otra casa. Él había sido el que le contó a Romina que la muerte del padre había sido un accidente. Él sí sabía de la pistola. Papá se habría pasado días diciendo que dispararía contra unos gallinazos que habían anidado en el techo abandonado del vecino. Tal vez calculó mal al treparse a la ventana. También le había contado que la mancha de sangre sobre la alfombra no se pudo borrar por completo y que fue él quien cambió de lugar la mesa de la computadora para taparla. En aquella ocasión, Romina no había querido saber más. Con su madre y su abuela nunca había hablado del tema. Ahora en cambio, tenía muchas preguntas y no pudo evitar mirar a su hermano con súplica, aunque no se atrevió a decir nada. Él pareció fastidiado y se levantó pronto para irse a la Universidad. A ella le fue mal en un examen ese día y durante la noche, en el bar, se dio cuenta de que aún buscaba al hombre del Etiqueta Azul.

 

El siguiente viernes discutió con su madre antes de salir hacia el instituto. La abuela estaba con ellas. Empezaron reclamándose una nimiedad, como una excusa para expectorar la tensión entre ambas. Luego de algunas frases toscas, se atrevió a reclamar: “Sólo quiero saber si fue un accidente o no”. La madre levantó la mano en un impulso brusco que turbó a la abuela, pero no hubo ningún golpe. “¿Por qué insistes con eso? Te hemos dicho mil veces que estaba limpiando la pistola… o tal vez fue esa locura de querer disparar contra los gallinazos… alguien que se mata deja una nota, ¿entiendes?… ¡sólo un cobarde no dejaría una nota!” Los gritos se hicieron cada vez más fuertes hasta que la madre se encerró corriendo en su dormitorio. Romina se dio cuenta de que ella también lloraba cuando la abuela la abrazó, pero trató de contenerse mientras escuchaba confusas frases de consuelo.

 

Esa noche, cuando llegó al bar, tomó la decisión de  renunciar. Era casi fin de mes y pensó que luego de recibir su cheque dejaría el trabajo. Alguien le ordenó un cóctel con frutas y tuvo que hacer cierto esfuerzo para tomar la licuadora. Mientras vertía en ella los ingredientes, creyó reconocer al hombre del Etiqueta Azul. Estaba entrando al local. Parecía totalmente repuesto: lucía bien peinado y vestido. Incluso se le veía más alto. Sin embargo, cuando llegó hasta la barra vio que se trataba de otra persona. Curiosamente, se sintió defraudada. Entonces pulsó el botón del encendido y vio la mezcla agitarse hasta volverse cada vez más borrosa.

 

Un comentario para “Un vaso de whisky- Susanne Noltenius

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