Mucho antes que Cristiano Ronaldo retirara las botellas de Coca Cola en una conferencia de prensa, Gabriel García Márquez había hablado ya de la conocida marca de gaseosas. Lo hizo a través de una crónica cuyo fragmento recuperamos a continuación.

Por Gabriel García Márquez

Los cubanos han demostrado, entre otras muchas cosas, que se puede vivir sin Coca-Cola a noventa millas de Estados Unidos.  Fue el primer producto que se acabó con el bloqueo, y hoy no queda ningún vestigio de su pasado en la memoria de las nuevas generaciones. Como en todos los países capitalistas, pero de un modo especial en la vieja Cuba pervertida por un turismo sin corazón, el refresco más famoso del mundo había terminado por convertirse en un ingrediente esencial de la vida.  Su implantación se inició bajo la dictadura feroz del general Gerardo Machado, en aquella segunda década del siglo nacida bajo el signo de la frivolidad, cuando todavía no estaban inventadas las tapas de corona metálica y las botellas de gaseosa se cerraban con una bolita de cristal amarrada a presión con un alambre, como los corchos de la champaña. Fue un injerto difícil, tal vez por un inconveniente cultural que nadie había tomado en cuenta: la Coca-Cola no tienen un sabor latino. Sin embargo, una presión publicitaria insidiosa logró abrir poco a poco una grieta de complacencia en los núcleos sociales más influidos por el gusto de Estados Unidos, hasta que el nuevo sabor sajón desplazó en el mercado a la limonada doméstica de limón de verdad y a todos los venerables refrescos de bolita heredados de la España provinciana, y derrotó a los aguerridos chicles Wrigley’s como el símbolo de un modo ajeno de vivir.

Se supone que quien toma una botella de Coca-Cola todos los días a la misma hora sucumbe al hechizo de una adicción semejante a la del cigarrillo o el café. Se supone que eso se debe a un ingrediente secreto. Según ciertos entendidos, la Coca-Cola contenía cocaína hasta 1903, y sus orígenes permiten suponer que es cierto. Fue inventada como medicina y no como refresco a finales del siglo pasado por un cierto doctor W. Pamberton, un boticario de Alabama, Georgia, que la envasaba en frascos con etiquetas y la vendía ya con su nombre premonitorio para curar dolores menstruales, espasmos de vientre y cólicos de madrugada. El nombre y la época permiten pensar que en realidad se elaboraba con hojas de coca, que es de donde se extrae la cocaína, y que por aquellos tiempos de la belladona y el elixir paregórico eran de uso corriente para aliviar los dolores domésticos. El doctor Pamberton vendió la fórmula en 1910 a la empresa de refrescos que había de lanzarla a la conquista mundial, y sólo porque tenía un ingrediente misterioso cobró por ella una cantidad fabulosa para la época: quinientos dólares. No obstante, las autoridades de Perú comprobaron en 1970 que no contenía cocaína, y hubieran podido prohibirla si lo hubieran querido, porque su nombre hacía creer al público que contenía algo que en realidad no tenía. En Francia, donde todo producto debe advertir si contiene un ingrediente de uso delicado, las botellas de Coca-Cola tienen impresa la advertencia de que contienen cafeína. La leyenda dice que sólo dos personas del mundo conocen la fórmula secreta, y que nunca viajan juntos en un mismo avión.

(…)

Fue el mismo Che Guevara, como ministro de Industria, quien decidió que se tratara de fabricar un sustituto como complemento del cubalibre. Las mentes más cuadradas pensaron en destruir las botellas existentes para exterminar el germen. Sin embargo, un cálculo más sereno demostró que las fábricas de botellas de Cuba tardarían varios años en sustituirlas por otras de forma menos perversa, y los revolucionarios más crudos tuvieron que resignarse a utilizar la botella maldita hasta su extinción natural. Sólo que la usaron en toda clase de refrescos, menos con el que improvisaron para el cubalibre. Los visitantes del mundo capitalista, hasta hace muy pocos años, padecíamos una cierta confusión mental al bebernos una limonada trasparente en una botella de Coca-Cola.

FRAGMENTO: ALLÁ POR AQUELLOS TIEMPOS DE LA COCA-COLA

(14 de octubre de 1981. Publicado en El Espectador y El País de España)

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