Por Alexis Iparraguirre

No encontraba ninguna utilidad para escribir hasta que el capitán Musso apareció en mi vida, o más bien desapareció de la vida de todos. Musso hubiera dicho que descubrí la belleza de escribir y, debido a eso, no encuentro más salida. Yo le replicaría que, más bien, encontré la utilidad de hacerlo cuando él por fin renunció a seguir imaginando que valía la pena vivir por la belleza, o se abandonó a pensar el mundo sin ella, o decidió que no era suficiente esa lánguida contemplación a la que dedicó su vida en la Base 11. El capitán Musso era un marino extraño, sin duda, pero tanto o más extraño que yo, porque sus desvaríos en el polo no me permiten acomodarme para dormir tranquilo, o tomar un café a media tarde, sin intentar cuadrar en mi cabeza las escuetas escenas, las valientes escenas que no conducen a ninguna parte y que, quizás, sea también esa locura que acompañó cada acto de Musso, y que la escritura, confío, expulse de mí, y sea, finalmente, útil. Y que yo tenga razón y no Musso.

 

El capitán Musso no era un loco, vale decirlo desde un principio. Cuando lo conocí en la escuela naval, y era mi instructor de primer año, fue claro para todos que su cabeza era de las más sensatas de la institución. No era un marino fanático, menos de esos que aman resolver cualquier asunto de disciplina con veinte vueltas a la base o tres semanas en el calabozo. Le gustaba conversar. Elegía con agudeza el lenguaje de sus órdenes y generaba una atmósfera de cordialidad invencible. Luego supe que ningún oficial de los que trabajó con Musso tuvo alguna desconfianza o algún resquemor que trascendiese un par de carajos; se los ganaba a todos. Era un hombre que generaba lealtad y confianza a tal punto que sus cumpleaños se celebraban en la mesa de oficiales y en las barracas de la tropa. En las vacaciones, todos sabíamos, le daba por aprovechar ese talento y jugaba a ser civil, o mentía que lo era, o actuaba como si lo fuera, pero no se olvidaba del uniforme, y se vestía con un traje inmaculado para dar charlas de motivación, esa ocupación para militares y empresarios de franco. Viéndolo así, tal vez tenía por defecto su impecabilidad, sobre todo con el uniforme militar, si a eso se puede llamar defecto. En esa época los guardiamarinas lo decíamos: nadie usa el uniforme con más cuidado que Musso. Pero esa no era locura. Es decir, era una persona simpática, puntillosa, pero loca no era.

 

La loca era su mujer. No diré el lugar común, que era una mujer bellísima, porque el capitán Musso me miraría para llamarme la atención por el mal gusto. Solo diré que nadie entiende que ese fuera motivo suficiente para que Musso se casara con ella, si es que obviamos el amor, sentimiento para el que me siento perfectamente incapacitado (me he enamorado, he deseado, he hecho el amor, pero no me siento ni me he sentido en posesión de alguna sustancia inmaterial pero inacabable como el amor, a lo sumo he compartido mi vida con mi mujer, entidad abstracta si las hay, y la deseé mucho un par de años y ahora me siento triste de pensar que desaparezca, pero no imagino que eso sea el amor). Basta mirar el informe médico de la señora Musso, uno entre una ruma de papeles de distinta relevancia sobre la vida del capitán, que me dieron mis superiores cuando decidieron que lo buscara, que fuera tras él oliéndole el rastro, porque un capitán de la Marina no se podía disolver en la nada, o en lo blanco, que en este caso es lo mismo, por lo menos no sin una investigación.

 

La señora Musso padecía de psicosis esquizofrénica desde los quince años. Primero se fue declarando, como siempre sucede, con distracciones, con desorganización, con cambios abruptos de carácter que, al menos, resultaba fácil atribuir a los males de la adolescencia, a sus fuegos de locura y a su promiscuidad. Pronto fue claro que ni podía entrar a la universidad, que se quedaba en la cama todo el día, que languidecía tópicamente (¿Por qué esta preferencia de Musso por el lugar común? ¿Por qué este énfasis, tan lejano de su buen gusto, en una imagen amorosa mórbida y concisa? ¿O era una forma retorcida, elaborada, de perversión, incapaz de sondearse en la sonrisa cordial de Musso? A fin de cuentas, los locos se buscan entre ellos). Cuando cumplió los dieciocho, la señora Musso era una muchacha alta y morena que apenas se podía mantener estable con tres tipos distintos de antipsicóticos y un tratamiento casi violento de psiquiatría (diario, con disponibilidad de especialistas a cualquier hora). En las fotos de la época sale vestida de sedas, con su familia: el padre viejísimo, la madre enigmática, las hermanas más o menos enfermizas, con los amigos de circunstancia y con el capitán y su sonrisa leal, que parece como en su casa, como si hubiera nacido para ser de esa familia, como si su cara sonriente fuese el reparo para tanta insanidad intuible, rastreable en las muecas imprecisas y en las miradas al vacío que la toma permitía distinguir en el conjunto.

Conociendo como lo conocíamos sus alumnos y sus colegas, no soy capaz de intuir al capitán Musso en los trances del cortejo de la señora Musso; no me puedo imaginar a un hombre de su carisma y lógica precisa ensamblando una conversación con una mujer que era incapaz de mantener la ilación de un tema, que tan pronto sonreía como rabiaba, que insultaba frecuentemente o que, en un mal día, en medio de una conversación, le daba por desvestirse por completo en la calle. O la calentura sexual que le subía como un ciempiés a la cabeza y la obligaba a bajarse los calzones para copular con el hombre que la oportunidad le ponía de turno (a veces , visitando a los locos que he visto para figurarme cómo fue posible que el capitán Musso llegara a tanto por ella, pienso que, en alguna tarde, la señora Musso debió ofrecerse a sus hermanas o a su padre, debió tocarse la vulva, abrírsela y acariciarse con el dedo índice ofreciendo la limpieza de su piel). El asunto fue que ni él ni la familia de ella hicieron lo que debieron hacer desde que empezó aquello y su visible ofuscación: internarla, meterla a un asilo y visitarla con frecuencia y rectitud, hasta que desapareciera en una inconsciencia inofensiva, en esas anécdotas de pariente loco que no terminan con historias como esta, donde alguien tiene que escribir para no continuar pensando en el rastro del capitán Musso o lo que había entre él y su señora (o le temo a esa sexualidad desbocada, a ese órgano que se vuelve una atmósfera sin aire, de polo o planeta en suspenso, donde el deseo y el control van al garete y donde todo, incluso lo que es uno, padre o marino, se difumina). El asunto es que se casó con ella. Lo hizo en una iglesia de esas que ilusionan por igual a los padres y a los marinos; para lucir uniforme y vestido en una salida larga entre espadas.

 

Solo que la ceremonia fue un poco más larga porque Musso hizo un voto especial, no sé si porque lo pidió, no sé si porque su carisma lo requería, o su vanidad, o su necesidad de belleza, o su voluntad de sacrificio por la belleza le hacía hablar de más. Nadie de su promoción de la Marina dice que fuera cursi, pero dicen que hizo llorar a los que leían los sobreentendidos, que la novia hermosa era una especie de daño voluntariamente asumido contra sí mismo por razones que pocos se atrevían a especular (la vanidad, el masoquismo, el placer de poseer una criatura débil y poderosa a la vez). Dijo en la iglesia el capitán que estaría por los dos cuando ella faltara, como si él bastase incluso en una longeva viudez luego de que se cumpliese el rutinario y cierto “hasta que la muerte los separe” (porque sabíamos que con el capitán Musso esa sería la única separación a la altura de sus sentimientos). Pero en realidad, hablaba de los días en que ella conviviría con él desatendida de cualquier juicio, los días en que ella no sabría ni cómo vestirse y él la bañaría semiinconsciente, con desinfectantes, y le buscaría piojos. Ella faltaría a diario, nunca estaría dentro de su cabeza, era claro y, a veces, sufriría sin entender, como las mascotas moribundas o las bestias en los zoológicos.

 

No obstante, en contra de todas las evidencias, fue un matrimonio relativamente feliz. Relativamente estable. Quizás el cariño y la caballerosidad y la dedicación de Musso lograron que sobreviviera al día a día. O quizás algo hubo en quedar encinta que hizo que los espacios y las voces, o lo que fuese que la arrebatara, cobrasen sentido por instantes y durante días, o meses, parecía estar de este lado. Igual ella dormía solo tres horas cada noche, igual defecaba durante los almuerzos en una esquina del comedor; alguna vez llamaba a su esposo como a su padre, y a sus hijos como a sus hermanas. Si la normalidad parecía posible, todos están de acuerdo, era porque Musso se había preparado mentalmente para una guardia larga, para cruzar en barco el Cabo de Buena Esperanza o el Estrecho de Bering, una misión harto difícil para un marino ingeniero, por no decir imposible en la soledad, pero él estaba con impermeables y linternas toda la noche, atento a los cambios de clima y al polizón de la locura.

 

Tuvieron tres hijos, los tres para mayor éxito de la sonrisa de Musso, del don de gentes de Musso: saludables, listos y sensibles. La parte que sigue a la iglesia y al desfile de recién casados bajo las espadas. Familia. Pero siempre pasa cuando se dobla Madagascar de noche o cuando se mira mucho tiempo el color blanco hasta perderse de vista. Cuando se navega por Bering no bastan los abrigos, las luces encendidas, los impermeables, las amarras o los instrumentos de toda la marina. El barco se hunde si el polizón de la locura trabaja las sentinas, los albañales de las aguas de los pensamientos. No, Musso no la mató, no es así de truculento. Ella se mató de propia mano, en un día cualquiera de sus veinticinco años de casados y tres hijos saludables. No importa el modo (los papeles dicen que solo abrió una ventana del segundo piso de su casa y se lanzó a la hora del almuerzo). El asunto es que Musso solo la perdió de vista un instante en veinticinco años y en ese instante sucedió todo: perdió a la mujer que había amado desde que no era nadie, y faltó a su voto de matrimonio, extrañísimo y desmedido, de ser los dos en uno, y se acabó cualquier guardia posible o imposible de tan larga. Tal vez se privó del reto mayor para su talento, de mantener en consonancia tanto plato roto sonando junto; tantos oficiales y marinos dispuestos a no tener jamás el uniforme limpio porque no se aguantaban de la pura bestialidad de nuestra escuela; tantos alumnos escuchando cómo se mantenía un barco a flote en el primer año; y el primer barco de Musso, es decir, su hogar, como para demostrar que darle su cordialidad a la suma de placeres y dolores insoportables de la vida valía la pena, un golpe de buen gusto.

 

Lo cierto es que el capitán Musso es un marino extraño y a partir de ese momento nada lo detuvo. Desde luego, estuvo con la cara destrozada el día del velorio, mientras recibía el desfile de pésames de los almirantes y de los generales y de sus alumnos, pero ya incluso en los hedores de las coronas fúnebres, lo estaba planeando, debió estarlo planeando, porque yo vi con otros cómo hablaba un rato más con el almirante Quiroz, que en ese entonces no solo era jefe de Ingeniería, sino preboste de las aguas internacionales. Se quedaron un rato hablando, incluso tomaron café juntos en ese velorio repleto, y quizás ahí ya prefiguraba las caminatas en blanco dando vueltas en su imaginación, quizás ahí ya estaba construyendo su deriva por las latitudes que solo se transitan en los encantamientos de las desesperanzas perfectas, o en la contemplación de la belleza perfecta, al particular infierno de no resignarse a vivir sin ella, o abandonarla como un masoquista consecuente en las más vastas planicies vacías.

 

Naturalmente, sus hijos no eran tontos. Le pidieron que descansara, que se tomara un tiempo. Sabían que había pasado años amando sin comodidad a su madre. Y él hizo caso, con el encanto de los señuelos, eso entiendo, porque desde que murió su esposa hizo todo lo posible para no hacer nada en particular, nada llamativamente ansioso o desesperante, porque debía parecerle de mal gusto o no lo permitía su sensibilidad, o el amor hacia ella (otra vez esa palabra) que debía mantenerse intocado. Una vez más, no sé si la amaba, o si ello finalmente tiene alguna consecuencia en las imágenes finales, en las formas vaporosas, en el señuelo continuo de mi propia caminata en el polo. A ojos vista, quién puede entender.

 

Tengo las fotos de cuando Musso asistía a los carnavales de la Marina con su señora y ella iba vestida de Lola-Lola (de Marlene Dietrich cuando cantaba en El ángel azul), con las pestañas muy acentuadas, el cuello largo y bien delineado, y el torso alto y salpicado de brillantina. Más infinitamente ajena que la libertad perfecta o el cuadro indefinible en un museo famoso. En la escuela estábamos seguros de que él la decoraba con su gusto por el atractivo impecable, y no una hija o las mucamas. Entonces, pareciera que el capitán Musso solo hizo de ella un instrumento con el cual conseguir estrategias sutiles para su propio placer; pero si fuera así no tendría que haberse ido, hubiera cambiado de maniquí, como un modisto vistoso de picapica o de brocado, pero no fue así. Y vuelvo: los sociópatas cambian de juguete, no se largan para expandir una desazón del tamaño del océano que puso de por medio, no se van escondiéndose, o mostrándose de forma irremediable para dar vueltas y más vueltas hasta que son uno con lo blanco del polo. O solo es mi sensación por haber ido siguiéndolo hasta donde ya no pudo más, o tal vez donde consiguió venturosamente sus objetivos.

 

En ese instante, desde luego no sé si el capitán Musso tenía ya claro cómo es que finalmente consiguió que todos corriéramos para saber. Menos aún cuando logró que, sin papeleos, el almirante Quiroz lo destinase a la base naval del polo, como ingeniero adjunto, a investigar lo que cualquier país investigaba más allá de Tierra del Fuego: los infiernos de la soledad de la política polar. Porque quién quiere estar en la Antártida. Nadie está para investigar la capa de ozono, la cantidad de diminutos langostinos en sus aguas o el número de glaciares que se desfonda de sus cordilleras cada año. ¿Quién añade a su mapa nacional un pedazo de nada, si no quiere ser alguien distinto de quien se es, con esa medalla de territorio blanco puro incrustada a un lado con sus miles y miles de millas vacías? Musso fue a nuestra base en King George Island como quien se va de gira triunfal por la nada, eso es claro. En las órdenes del día aparece como voluntario para control doméstico de estaciones remotas, para viajes a estaciones internacionales al sur de nuestro pedazo de hielo en la Antártida, para controlar latitudes y altitudes en los campamentos de las más distantes estaciones militares y de investigación. No es que fuera a pasarle nada. Es decir, nada podía pasarle con su pulcritud para manejarse a sí mismo y al instrumental. Estaba fuera de su sentido del decoro y del buen gusto. Para ser franco, los oficiales pensábamos que se estaba enfriando la cabeza con el paseo por ese paisaje sin siluetas, que nunca se conocía del todo si no se embarcaba uno en el Humboldt, si no se hacía trabajo de cubierta mientras la ropa térmica se adosaba a la piel y el aire de hielo secaba la nariz apuntada a los témpanos. Pero no era así. Se estaba metiendo en una caldera enrojecida al blanco porque quería irse del todo, con su idea de belleza, su lánguido placer por ella y su carisma indemnes.

De ahí, que deseara morir como una forma de desasosiego, no lo sé. Pero ese es otro de tantos tópicos. Y el capitán Musso huía de ellos con la señora Musso, con la mirada de disgusto a otra parte, o quizás nunca entendí dónde moría el lugar común y nacía la originalidad.

 

En esta hora, cuando escribo, miro sus dibujos, sus mediciones hechas a pulso de ingeniero demasiado claro en sus ideas, en sus idas y venidas con la tinta, que encontré tirados por todas partes en su cabina con estufa de la Base 11, una estación que medía el albedo al pie de un glaciar. Desde luego, no son retratos de su mujer. Hubiera sido dispararse en el pie de algún modo, avisar con lo obvio. Eran dibujos de bloques de hielo, de sus analogías con las superficies de los sólidos geométricos clásicos. Los hacía con la tinta con anticongelante. Debió gastar una fortuna en eso, porque otros hubieran preferido imprimir una captura de la pantalla del sonar o luchar con el carboncillo. Pero debió encontrar su forma de explicar la relación de la tinta con el albedo para que la llevaran en el Humboldt, y luego se la consiguieran en la base polar alemana, con cuyos campamentos de apoyo estuvo también operando Base 11 los últimos días. Debió aprovechar en su favor, una vez más, esos acuerdos de cooperación en torno a la nada. De algún modo eso era también el albedo: el porcentaje de luz que reflejan los cuerpos de vuelta al espacio y, al mismo tiempo, el que permite distinguirlos. Suena a un asunto abstracto, pero sin albedo no hay belleza, y los hielos polares tenían el mayor albedo del mundo. Mirar las planicies del blanco antártico era quemarse con luz casi pura. Musso se quemó muchas veces. Los informes médicos señalan sus frecuentes lesiones por sobreexposición a la luz a pesar de que usaba el juego completo de gafas. Caminaba horas, contemplando la perfección de la belleza del blanco hasta que dolía.

De sus jornadas también hay grabaciones de video. Las tomé de muchos de los campamentos propios y extranjeros a los que llegué tras sus pasos. En una, sale en una tienda de campaña explicando las fluctuaciones en la altura del hielo polar con teodolitos electrónicos o los flujos de los glaciares en diagramas computarizados (los protocolos obligaban a formar parejas y a filmarse completamente durante las jornadas de trabajo, y es imposible, al principio, que estuviera solo para hacer lo que hizo; pero avanzar hasta Base 11, al otro lado del Escudo Antártico, terminó por espantar a cualquiera). También aparece caminando. Hay demasiados minutos de Musso solo yendo de un sitio a otro, presumo que a instalaciones de control de vientos que no se ven por la distancia, o por la posición de Musso, o por el poco entusiasmo del que filma en ese frío. El capitán traza círculos para llegar a sus objetivos, lentos círculos que quien graba padece aun más porque detesta la labor y en la filmación hay esa impaciencia por largarse que la cámara en mano delata. Pero Musso no cambia, ya sea porque la fuerza del viento solo permite que avance de ese modo, porque los flujos de la aguanieve hacen inviables otros movimientos, o porque su imaginación quizás ya estaba atrapada en la anticipación de sus movimientos finales. Se le ve a veces lejos como un hombrecito envuelto en sus ventisqueras, un corte abrupto de edición lo trae contra la cámara, feliz, contando chistes. Pero siempre vuelve a la caminata, a esa que lo hunde más al sur, que lo pierde por segundos extasiado en el fulgor blanco (de inmediato, descarto que sea un segundo matrimonio con el casquete del polo, tampoco un cambio subliminal entre la piel magra de la loca y la inmortalidad del color, porque el blanco no es color, y menos la negación de la muerta, porque si fuera así hubiésemos encontrado el cadáver de Musso con los ojos calcinados de tanto contemplar la luz; pero esa imagen no existe, aunque sería mejor que existiera, para que tomar el café o amanecer cada día fuera claro, para no entramparme con cada distracción en la calle o en la base naval de nuevo con el horizonte blanco del polo, con las imaginaciones de Musso o de su esposa, conmigo enviado a buscarlo en ese mundo por debajo del mundo, y yo incapaz de hallar mi camino de vuelta).

A mí me enviaron a que encontrara a Musso, a que pusiera orden en ese desorden, a que explicase cómo Base 11 empezó a enviar señales de auxilio y pronto tuvimos un campamento fantasma al que mirábamos desde el norte, alelados. Debía encontrar una explicación para la conducta absurda del capitán Musso, para su avance sin mirar atrás hacia el sur, contemplando concentrado la pura luz del albedo, y reducirlo a informes para mis almirantes y capitanes y oficiales emperifollados de blanco también; pero no puedo colocarle bastidores y lienzo, o foto y marco, al vacío que hace el albedo en mí y que me hacen la señora Musso y el capitán, diseminados en la Antártida. Por delante, Musso, que cuando llegó a Base 11, frente al último glaciar, frente a la única planicie en su dirección invariable, supo que ese era el lugar; supo, con los ojos del gusto ciego, que ese era el sur, su último sur, donde debía hundirse. Y ahí empiezan sus vueltas, sus circunnavegaciones de marino en agua congelada, los movimientos cada semana de Base 11 como un bote a todo trapo en torno del glaciar, hasta completar en un verano el arco que el monte de hielo proyecta hacia el centro del polo. Y cada semana, gasta tinta con anticoagulante en cantidades incalculables. Cientos de pliegos de sólidos geométricos se acumulan debajo de su litera, en las gavetas; en los últimos días, duerme sobre ellas sin perder la numeración correlativa. Ocurre del mismo modo con las transmisiones de radio, entre un dibujo o un paseo para mirar mejor, a veces ya sin gafas, desconfiando de los cálculos. Son mensajes cada vez más exigentes de comida, de combustible, de baterías, de tinta negra y de pintura blanca y de coagulante y anticoagulantes, a través de una red de radio-operadores a los que se gana con su facilidad de palabra. En su bitácora, no descuida las obligaciones militares, pero las confunde con su huida, con su búsqueda o su simple deslumbramiento por avanzar hacia su destino en el sur. Anota con precisión las mediciones del albedo glaciar, los operadores con los que mantiene contacto y qué les pide, las cantidades de papel y tintura que requiere. La identidad de los pedidos por redes de radio-operadores y campamentos distintos muestra que entonces ya es consciente del horror al vacío, de los inconvenientes y de las preguntas sobre tantas cosas corriendo hacia el sur por una misma vía, se da cuenta de que las voluntades se pueden conjurar para frenarlas de un golpe, y él aún no puede devolvernos el golpe que nos ataje.

 

Entonces, sucede. Porque no es golpe la palabra adecuada cuando nos acercamos por la planicie al glaciar. Tampoco absurdo. Pero bien puede ser terror o miedo cósmico. A que todo el mundo haya desaparecido y solo quede un pasillo de unánime blanco bajo nuestros pies y sobre nuestras cabezas, como una mortaja de plástico. No hay aire de pronto. No hay horizonte: todo el espacio es blanco y uno, sin nada dentro. El efecto inmediato es vomitar. O llorar de impotencia. Musso lo consiguió. El mundo es sólidamente blanco.

 

Uno remira y remira. Mil toneladas métricas de acrílico blanco luminiscente pintan sin fisuras el flujo glaciar, hasta que se funde con el horizonte, idénticos en brillo en esas latitudes. Del mismo modo, las estribaciones y los bloques de hielo que le hacen corona a la más alta pared del glaciar están esmaltados de un perfecto blanco, en una cascada de múltiples brechas y fisuras de deshielo, que desciende continuamente por el flanco derecho, en pendiente, hasta alcanzar el nivel de la planicie. La traza de la pintura ha sido calculada cuidadosamente, en función de crear superficies reflejantes que consigan, en su interacción con el flujo central del glaciar, un único efecto de albedo: la sensación de que incluso el espacio es luz blanca tan sólida como los cuerpos, un efecto antes inexistente en la naturaleza. Los ingenieros que han ido a verlo dicen que es el espejismo artificial más abrumador del mundo.

Podría añadir que el efecto es el horror y que yo nunca he estado de este lado del polo con la tranquilidad de las misiones cumplidas o de las mañanas sensatas. Sabemos que nada es casual, que la satisfacción es el caldo de cultivo de la inercia, pero pensar en eso, en la cabeza de Musso, pensar eso como emanación de su lánguida contemplación de la belleza, o de la renuncia a la belleza a causa de una brusca irrupción de la locura, de la desmesura, o de un horror voraz, de loco vociferante, sádico de la luz, no me satisface. Porque antes de partir al polo y, cuando volví, con más razón, examiné cuidadosamente el archivo fotográfico personal de Musso, rebusqué en estanterías y cajones desfondados, porque no quería que ninguna imagen que él hubiese diseñado con sombras y luces se me escapara. Hasta que la encontré. Es la foto de la noche de bodas de la señora Musso. Era una toma de cuerpo entero y aún llevaba el traje de novia, pero los desvaríos de la locura o de la pasión venérea, o del fuego de boba, ya la dañaban. La joven señora se esforzaba en concentrar la mirada en la lente, pero los músculos de la cara parecían no responder a los antipsicóticos y se contraían en un gesto de desazón. Estaba pálida, como siempre, solo que esta vez llevaba las matas de cabello negro, implacablemente rebelde, peinado con lacas brillantes a la mitad, y la coronaba una tiara. No obstante, lo más llamativo de la foto es que llevaba las faldas de novia remangadas a la cintura, y solo tenía un portaligas negro y se le veía, al centro, el abundante vello púbico y los labios vaginales entreabiertos por un fino índice enguantado, entre las piernas vigorosamente dibujadas por medias de seda muy ceñida. La guarnecía sobre el lecho nupcial el velo de novia intrincadísimo, amontonado contra sus flancos desnudos, para que entrase junto a ella en el encuadre. Y la alargada maraña del velo en la foto replicaba punto por punto la orografía de hielo que Musso pintó, en pendiente, desde lo más alto del glaciar para coagular el efecto irremediable del delirio. Porque el polo se derretirá, todos lo saben, pero al blanco luminiscente Musso lo mezcló con coagulantes, y seguirá ahí, insensible al calor e impidiendo al mismo tiempo que el hielo se derrita, hasta que el mundo se acabe o todos estemos muertos, o nos desvanezcamos en la nada, como parece que le tocó al capitán Musso, para que yo nunca pueda entender o regresar nunca del polo.

 

 

A Paloma Reaño

 

Créditos: “Albedo”. El fuego de las multitudes. Lima: Emecé Cruz del Sur, 2016.

Fotografía: Sandra Pereda

 

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