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Vacas en la playa

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(CUENTO)Durante años me jacté de que la primera vez que leí a Carver fue coqueado, después de una larga borrachera. Me enorgullecía diciendo que era la mejor forma de leerlo, como un homenaje. Si no lo has leído en ese estado nunca llegarás a comprenderlo del todo, le decía a cualquiera que me escuchase contar aquella historia. Entonaba la voz para hacerla parecer canchera; lo que nunca dije fue que, además, aquella era mi primera vez con la coca. Ahora que lo escribo no soporto lo estúpido que me siento por haberme jactado de algo así. No se puede leer a Carver en ese estado.

Por:

Christian Solano

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La historia:

Empezamos a tomar cerca del mediodía frente a la universidad con un grupo de amigos, casi llenábamos la chingana. Bebimos tantas cervezas de litro cien que alrededor de las ocho de la noche nos botaron del local, no sin antes obligarnos a pagar la cuenta ante el comprensible temor de que tan bebidos como estábamos nos hiciéramos los locos al final. Pagamos y decidimos seguirla en casa de uno de mis mejores amigos, sería injusto mencionarlo, lo que sí diré es que su biblioteca era la más grande que había visto en una casa hasta entonces. De camino a su casa, compramos la coca en el jirón Huascarán de La Victoria, ya solo quedábamos cuatro, luego compramos más cervezas. Yo tenía ganas de vomitar. Apenas nos dieron la bolsa uno de ellos se llevó a ambas fosas nasales la punta de una llave, enseguida me la pasó. Lo imité. Mientras lo hacía no pude evitar pensar en mi hijo de dos años queriendo comer con tenedor y cuchillo mientras me veía hacerlo en la mesa. No sentí mayor cosa que un adormecimiento en la nariz al momento de inhalar. Dentro de mi borrachera me decepcioné. Me sentí estafado, me recriminé haberlo hecho para no sentir nada. Al llegar a la casa noté que las ganas de vomitar se me habían ido, así que seguí bebiendo. De hecho, todos lo hicimos. Ahora que lo pienso esa efímera percepción de notar algo estando tan ebrio me la debió dar la coca. Alrededor de las cinco de la mañana ya nos habíamos terminado todo lo que compramos. Todo. Y yo me recuerdo más lúcido que nunca después de una borrachera. Tanto que entré en la biblioteca y le pedí a mi amigo que me preste un libro para leer en el camino. Para el viaje debes leer cuentos, dijo, pero enseguida preguntó ¿has leído a Carver? Le respondí que no y comenzó a hurgar entre la estantería. Yo imaginé que me prestaría alguno que otro libro de cuentos porque tomaba de aquí y de allá. Me dio los cinco libros de Carver, nunca entendí porque estaban todos dispersos en su biblioteca. Con ellos bajo el brazo, caminé al paradero en busca de la combi que me llevaría hasta Comas. Sí, ese «hasta» significa que la casa de mi amigo quedaba demasiado lejos de la mía. Todo el viaje de regreso leí, yo estaba tan fresco como si me hubiese levantado de la cama. Eso sentí: La coca había desterrado toda la borrachera de mí.

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Recuerdo con suma claridad que el primer cuento que leí en ese viaje en combi fue «Si me necesitas, llámame» solo porque era el cuento que se llamaba como el libro que estaba encima de los demás que me habían prestado, además porque me sonaba a que Miguel Mateos debió copiarle el título para su canción «Llámame, si me necesitas». Cuando terminé de leer el cuento entendí que no había nada carveriano en la canción. Enseguida leí, bajo el mismo criterio, los demás cuentos que daban título a sus libros «Quieres hacer el favor de callarte, por favor», «De qué hablamos cuando hablamos de amor», «Catedral» y «Tres rosas amarillas».

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Una vez que leí todos los libros que me prestaron me obsesioné con Carver, lo leí todo. Estaba en los días en que pensaba dejar la universidad porque solo quería leer y escribir, no las clases con lecturas obligatorias ni la Lingüística, ni la Fonética. Pasaba los días yendo al campus para encerrarme en la biblioteca. Busqué lo que pude. Su biografía. Quería saber más de él. Leí un libro llamado «La vida de mi padre», un homenaje a la importancia de la figura de su padre en su vida. Leí «Principiantes», ese libro que dicen es el primer Carver antes de que Gordon Lish lo editara y le cambiara el estilo. Lish también escribe y tiene una novela titulada «Perú», pero que no sucede en Perú, pero eso da para otro cuento. En una entrevista que le hacen a Carver encontré algo que dijo y me supo bien, tanto que imprimí la cita y la hice caber dentro de un cuadro de 10×15 que tenía sobre mi escritorio. No puedo decir de quién era la foto que saqué, basta asegurar que la cita de Carver duró mucho más tiempo en mí que ella.

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La cita:

«El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores».

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Siempre he dicho que todo lo que leemos empatará mejor con nosotros si estamos viviendo algo similar o ya lo vivimos, si conocemos alguien cercano que pasa por lo mismo o si el tema es afín a nosotros. Yo tomé ese primer cuento de Carver que leí como una señal, una revelación de que a pesar de que todo puede ir mal aún se puede buscar una oportunidad. Eso representó el cuento aquella mañana de regreso a casa coqueado. Las cosas entre el protagonista y su esposa no estaban bien, de hecho ambos tenían nuevas relaciones, pero aun así deciden darse una oportunidad yendo a pasar unos días al campo para pescar. Una última vez juntos para recuperar algo que han perdido. Aquella tarde antes de ir al huarique frente a la universidad, me había peleado por teléfono con mi esposa, porque sí, ya estaba casado cuando me reincorporé a estudiar Literatura. A decir verdad, arrastrábamos una discusión desde que volví a la universidad. Ella pensaba—y quizá lo siga pensando—, que estudiar Literatura no servía para nada, salvo para ser profesor y en el Perú, papito, los profesores se mueren de hambre, sentenciaba. Esta vez la discusión comenzó cuando le dije que me demoraría en llegar a casa porque iba a tomar con mis amigos. Ella preguntó con qué plata. Le dije que no empiece. Arremetió diciendo: Encima que esa huevada que estudias no da plata, te la gastas en trago con otros buenos para nada. Entonces la mandé a la mierda y colgué el teléfono sin darle tiempo a que ella haga lo mismo. Las consecuencias de su molestia las descubrí mucho tiempo después. No hablo de haber tenido que dormir en la sala ni de que no me haya hablado durante buen tiempo, sino de una venganza peor.

¿Vacas en la playa? Pregunté. Sí, me dijo muy fresca,  acá es normal ver a las vacas en la playa. Chola, le dije, pero tú eres limeña, como yo, ¿cuándo hemos visto vacas en la playa acá? Bueno, consintió, tienes razón y volvió, sin entusiasmo, a su relato de las vacaciones. Pero ya no pude dejar de pensar en aquella imagen.

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Cierto día, mucho tiempo después de aquella discusión, estaba yo escribiendo algo sobre el limeño, en concreto sobre la forma de hablar del limeño en la novela peruana, para ello tuve que revisar algunas de las novelas que tenía en casa. Entre ellas revise algunas de Bryce, De Vargas Llosa, Reynoso, Bayly, Malca, entre otras. Buscaba coincidencias a pesar del espacio temporal en el habla limeña y lo que encontré fue que a varias de las novelas les faltaban páginas que habían sido arrancadas del centro con furia. No hablo de una página, sino de 5 a más. Yo quería investigar el habla limeña en aquellos libros y ella les había arrancado las palabras. No me percaté del hecho pues casi todas estaban en el estante superior del librero, donde solo se les veía el lomo. Le reproché a gritos su comportamiento, la acusé como si hubiese cometido un delito. Entonces en su cara apareció una sonrisa triunfadora y me dijo: ¿Querías irte a chupar con los vagos de tus patas no? Ahí está, pues, la próxima vez que me mandes a la mierda, lo mismo te va a pasar. Iba a decir algo como: La próxima vez que te metas con mis libros vas a ver lo que te pasa. Me contuve. Hice lo mismo que ella, sonreí pero con desprecio y volví a lo mío.

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Pocos días después de aquella discusión con mi esposa me llamó mi mejor amiga desde El Salvador. Me quería contar sus vacaciones de verano. Ella solía llamarme para contarme cómo estaba y lo que había hecho desde la última vez que habíamos hablado. Yo le pedía que intentara describirme todas las cosas que había visto, para imaginar de este lado del teléfono, un lugar que se pareciera al de sus palabras. Esos días en la playa me los contó sin énfasis porque ella llevaba años en Centroamérica y una playa más le daba lo mismo, hasta que la interrumpí para que me repitiera porque me pareció escuchar mal: ¿Vacas en la playa? Pregunté. Sí, me dijo muy fresca,  acá es normal ver a las vacas en la playa. Chola, le dije, pero tú eres limeña, como yo, ¿cuándo hemos visto vacas en la playa acá? Bueno, consintió, tienes razón y volvió, sin entusiasmo, a su relato de las vacaciones. Pero ya no pude dejar de pensar en aquella imagen. Vacas en la playa pensaba, eso sí sería muy raro para los que estamos viviendo aquí, para nosotros que no estamos acostumbrados a algo tan peculiar. No es como ver un pingüino en el desierto, pensaba, sin conseguir sacármelo de la cabeza.

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Le conté a todo el que vi después de ese día lo de las vacas en la playa, todos parecían sorprenderse, hasta que un amigo del trabajo que es de Huacho ni se inmutó ante la historia. Allá es normal, me aclaró, yo he visto vacas en la playa. Como yo seguía sin salir de mi asombro, incluso, me dio indicaciones sobre dónde podría verlas si iba. Se lo comenté a mi esposa, le dije que podíamos ir con el auto hasta Huacho, que eso no estaba tan lejos, que podíamos encargar al niño con mis padres, que iríamos solos, que sería una buena oportunidad para ambos, para arreglar las cosas entre nosotros, para intentar componernos. Ella no se mostró entusiasmada con lo de las vacas, pero la idea del viaje algo la motivó. Y si hacemos el viaje en vano, dudó, si no hay vacas. Por eso mismo, insistí, precisamente por eso, vámonos solos de viaje, por nosotros, las vacas son solo la excusa, ¿no lo ves? Vamos a buscar vacas en la playa, vamos a buscar algo que ninguno de los dos ha visto, algo nuevo. No se lo dije, pero sentía que quizá la experiencia de ver algo que nos asombrara a ambos nos ayudaría a darle algo nuevo a la relación, quizá esa experiencia funcionase como reactivador de algo, quizá esa experiencia podría ser algo que compartiríamos los dos, algo solo nuestro. Ella seguía sin animarse del todo. Tratando de agotar todas las posibilidades, le propuse que si después del viaje ella sentía que no había arreglo podríamos evaluar separarnos. Está bien, dijo, vamos, pero si durante el viaje las cosas no resultan, yo me regreso y te dejo solo, no tengo por qué esperar a que volvamos. Acepté. No debí, pero lo hice.

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Aquel viaje fue una reverenda mierda. No conseguimos un hotel cerca a la playa porque todos estaban llenos por un evento surfista, yo ni enterado de que se surfeara en Huacho. Quizá fue por eso que tampoco pudimos ver una puta vaca en la playa. En vano seguimos las indicaciones de mi amigo para llegar al lugar señalado. Preguntamos y nos dijeron que dependía de los dueños. Ella estaba incómoda con lo del hostal sin estrellas que conseguimos y la primera noche nos peleamos. Al amanecer hicimos el amor, con un triste sol colándose por las cortinas de color rojo y con lo poco que nos quedaba de amor a ambos. Durante el desayuno le comenté mi molestia por lo de las vacas, pero eso a ella le tenía sin cuidado. Había decidido ir a la playa a tomar un buen bronceado para justificar el viaje. Yo le dije que no pensaba pasarme todo el día tirado en la playa. Mira, me reprochó, tú has lo que te dé la gana, puedes quedarte en el cuarto si quieres, pero yo le sacaré provecho a la playa con vacas o sin ellas. Cuando regresó al hostal no estaba bronceada sino de un rojo más intenso que el de las cortinas, con erisipela. No quería que la tocara ni toleraba la ropa, estaba insoportable, todo le fastidiaba. Esa misma tarde nos regresamos. Todo el camino de vuelta a Lima apenas si hablamos para lo necesario. Ella cambiaba de emisoras buscando cumbias o salsas solo porque sabía que no me gustan y cuando sintonizaba una que se sabía la cantaba a gritos casi sacando la cabeza por la ventana. Yo sólo quería llegar a casa.

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El día que me dieron el acta de divorcio lo primero que recordé fue este viaje. Ese recuerdo me llevó a la discusión y la venganza. Aquello terminó por traer a cuenta el cuento de Carver, «Si me necesitas, llámame» y mi recuerdo de cómo lo leí por primera vez. Confieso que ese ha sido el cuento que más he releído de Carver, el que más he comentado con amigos, es una tibia obsesión que me ha durado mucho más que aquello de las vacas en la playa, porque esas vacas en la playa eran mi oportunidad de tener caballos en el jardín. En el cuento, al menos por unos minutos los caballos se dejan acariciar, nosotros ni siquiera vimos a las benditas vacas. Cuando le conté a mi mejor amiga lo del divorcio, me felicitó y preguntó por mi hijo. Todo iba bien entre él y yo, contesté, ya va a terminar el colegio y no le gusta leer, así que no será como su padre, eso es bueno. Luego le relaté aquel viaje por las vacas en la playa, ella ni recordaba haberme contado aquello pero si recordaba sus vacaciones. Tengo fotos de esas vacas en la playa, me dijo, ahora que llegue te las muestro, porque estoy a días de volver. Entonces, le pedí que me hiciera el favor de conseguir «Con la congoja de la pasada tormenta» la antología con casi todos los cuentos de Horacio Castellanos Moya, acá no se encuentra el libro. Yo había leído ese cuento que da título al libro y quedé enganchado con él porque además tiene una dedicatoria que ya me hubiera gustado colocar al inicio de cualquier cosa que hubiese escrito, en el comienzo de todo, como si pudiera escribir toda mi relación: «A ella, innombrable impronta de mi fracaso».

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