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Un árbol de navidad – Charles Dickens

A Christmas Tree, 1850

(CUENTO) Estuve contemplando esta noche a un grupo alegre de niños, reunidos en torno a un lindo juguete alemán: un árbol de Navidad. Estaba plantado en el centro de una mesa redonda muy grande, y se erguía muy por encima de las cabezas de aquéllos.

Se hallaba iluminado con multitud de velitas, y centelleaba por todas partes, deslumbrante de objetos brillantes. Escondidas entre sus verdes hojas había muñecas de mejillas sonrosadas, y colgando de sus innumerables ramitas veíanse auténticos relojes (por lo menos, sus manecillas podían moverse, y se les daba toda la cuerda que uno quería); sujetas entre las ramas, como para amueblar una casa de hadas, había mesas, sillas, camas, roperos, todos ellos barnizados a la francesa, y relojes con cuerda para ocho días, y otros utensilios domésticos maravillosamente fabricados de metal en Wolverhampton; veíanse igualmente en el árbol hombrecitos alegres y de cara regordeta, mucho más atrayentes que bastantes hombres de carne y hueso (lo cual no debe maravillar, porque sus cabezas eran postizas y estaban atiborradas de confites); había violines y tambores, panderos, libros, cajas de herramientas, cajas de pinturas, cajas de dulces, cajas de estampas para mirar por un agujero; cajas, en fin, de todas clases; había, para las niñas grandecitas, diademas mucho más brillantes que las joyas y el oro de las personas mayores; había cestillos y alfileteros en gran variedad; había fusiles, espadas y banderas; y brujas, en pie dentro de un círculo mágico de cartón, dispuestas a decir la buenaventura; había perinolas, trompos zumbadores, estuches de agujas, seca-plumas, botellas de sales, pinturas de hombres ilustres, sujeta-ramilletes; frutas de verdad a las que se había dado un brillo deslumbrador bruñéndolas con oro en hojas; manzanas, peras y nueces artificiales, llenas de sorpresas; en una palabra, y para emplear la frase que una linda niña que estaba delante de mí pronunció, dirigiéndose a otra linda niña, su amiga del alma: «Hay de todo y más». Esta abigarrada colección de los objetos más diversos, que llenaba el árbol como con frutos de magia, y que reflejaba el brillo de las miradas que desde todas partes le dirigían (algunos de los ojos diamantinos que le admiraban, apenas si alcanzaban el nivel de la mesa, y otros languidecían poseídos de un asombro tímido en brazos de lindas mamás, tías y niñeras), plasmaba en realidad viva todas las fantasías de la niñez; y me hizo pensar a mí en que todos los árboles que crecen y cuantas cosas nacen sobre la tierra tienen para la época inolvidable de la niñez sus adornos naturales.

He vuelto a mi casa, estoy sin mi familia, y soy la única persona que hay despierta en aquélla; mi pensamiento, arrastrado por una fascinación de la que me dejo llevar, vuelve a los tiempos de mi propia niñez. Empiezo por preguntarme qué cosa es, de todo cuanto había en el árbol de Navidad de nuestras Navidades infantiles, aquella de que mejor nos acordamos, y que nos sirvió para encaramarnos a la vida real.

En el acto surge un árbol frondoso en el centro de la habitación, pero sin que entorpezcan su crecimiento paredes, o un techo de poca altura; mirando hacia lo alto de la soñadora luminosidad de su copa (porque observo en este árbol la singular propiedad de que crece hacia abajo, con las raíces en el cielo), examino mis recuerdos navideños más lejanos.

Y lo primero que veo son todo juguetes. Allá, entre el verde acebo y las bayas rojas, está el tentemozo, con las manos metidas en los bolsillos, empeñado en no tumbarse jamás, y que en cuanto lo colocan en el suelo da vueltas y más vueltas a su cuerpo gordinflón, hasta que logra el equilibrio, y se me queda mirando con sus ojos saltones; yo fingía entonces reírme mucho; pero allá, en el fondo de mi corazón, me quedaba bastante receloso del tentemozo. Junto a éste, veo la infernal caja de sorpresa, de la que salía disparado un endemoniado abogado vestido de negra toga, con una repugnante cabeza de pelo; la boca, de tela colorada, abierta de par en par, una figura que me resultaba insoportable, pero de la que no podía desembarazarme, porque en mis pesadillas soñaba con cajas de sorpresa enormes, y el abogado salía agigantado de su interior cuando menos lo esperaba. Tampoco está lejos la rana con cera de zapatero en la cola; nunca se sabía de dónde iba a saltar, y cuando volaba por encima de la vela y se plantaba en la palma de la mano de uno con sus espaldas moteadas (rojo sobre fondo verde), resultaba horrible. Más bondadosa, y además bella, era la dama de cartón con falda de seda azul a la que colocaba tiesa sobre el fondo del candelero para que bailase, y a la que veo ahora en la misma rama; pero no puedo *decir lo mismo del hombre de cartón, figura más grande que la de la mujer, y al que solía colgarse de la pared y se hacía funcionar con un cordel; su nariz tenía una expresión siniestra, y cuando se abrazaba el cuello con las piernas (cosa que ocurría con mucha frecuencia) resultaba espantoso, y no era como para quedarse a solas con él.

¿Cuándo me miró por vez primera esa horrenda máscara? ¿Quién se la puso, y por qué me asusté yo tanto, que el día en que la vi cuenta como una fecha memorable en mi vida? En sí misma no resulta tan repugnante; ¿fue fabricada incluso con el propósito de que hiciese tan insoportables sus estúpidas facciones? Con seguridad que no fue por el hecho de que ocultase las facciones de quien la tenía puesta. Con tapárselas con un delantal, el efecto habría sido el mismo, y, aunque yo prefiriese verlo sin el delantal, no me habría producido, de todos modos, un efecto intolerable, como la máscara. ¿Sería quizá la inmovilidad de ésta? También la cara de la muñeca era rígida, y no me asustaba de ella. ¿Sería acaso que el cambio que producía en una cara auténtica, al ponerla rígida e impasible, infundió a mi acelerado corazón alguna sugerencia lejana y algún temor del cambio universal a que se ven un día sometidas todas las caras, hasta quedar inmóviles? El hecho es que jamás pude reconciliarme con la máscara. Ni los tambores del regimiento, que al dar vuelta a una manivela dejaban oír un tamborileo melancólico; ni los soldados, con su banda muda de música, sacados de una caja y colocados uno a uno en un pequeño juego de pinzas extensibles; ni la anciana, hecha de alambres y de una pasta de papel moreno, que cortaba un pastel para dos niños pequeños; nada de eso consiguió en mucho tiempo tranquilizarme de una manera definitiva. Ni tampoco me satisfizo el que me mostrasen la máscara y me hiciesen ver que estaba hecha de papel, ni el que la guardasen bajo llave y me diesen la seguridad de que nadie se la pondría. El simple recuerdo de aquella cara rígida, el simple conocimiento de que existía en alguna parte, bastaba para que me despertase durante la noche, sudoroso y horrorizado, con un «¡Estoy seguro de que viene! ¡Oh esa máscara!».

Jamás, por el contrario, pregunté de qué estaba hecho el borriquito cargado con los serones. ¡Ahí está! Recuerdo que su piel parecía auténtica al tacto. Y tampoco me pregunté jamás qué era lo que había puesto de una manera tan rara al gran caballo negro de manchas rojas por toda la piel, un caballo en el que yo podía montarme; y jamás se me ocurrió dudar de que no fuesen corrientes los animales como aquél en Newmarket. Parece que los cuatro caballos de un color indeterminado que están junto al anterior, que se ponían de tiro al carro de quesos, y que podían desengancharse y estabular debajo del piano, tenían las colas de trocitos de piel de esclavinas y también las crines; no tienen ya patas, sino pequeñas estacas, aunque no se hallaban en tal estado cuando fueron traídos como regalo de Navidad a casa.

En aquel entonces estaban perfectamente; tampoco tenían, como ocurre ahora, los arneses clavados descuidadamente al pecho. Yo descubrí por mí mismo que el mecanismo tintineante del carro musical estaba hecho de alambre y de monda-dientes de pluma de ave, y siempre fui de opinión que el pequeño tentemozo que estaba en mangas de camisa, y que subía constantemente por un armazón de madera para caerse de cabeza por el lado opuesto, era un individuo que no estaba en sus cabales, aunque era buena persona; pero la gran maravilla y el enorme encanto lo constituía la escala de Jacob, que se encuentra al lado del anterior, y que está compuesta de pequeños trozos cuadrados de madera roja que subían entre sacudidas y traqueteos, uno por encima de otro, poniendo a la vista cada cual un cuadro distinto, y todo ello alegrado con un tintineo de campanillas.

¡Ah! ¡La casa de muñecas! Yo no era su propietario, pero sí visita en ella. Ni el edificio del Parlamento me inspiraba la mitad de admiración que aquella casa de fachada de piedra, ventanas con cristales auténticos, escalinata de puerta y un verdadero balcón… de un color mucho más verde que los que veo ahora, salvo en las ciudades veraniegas (y aun en éstas sólo se trata de pobres imitaciones). Confieso que fue un golpe para mí, porque mataba la ficción de una escalera principal el que todo el frente de la casa se abriese de una pieza; pero, como en seguida volvía a cerrarse, aún me era posible seguir con mi ilusión. Aun cuando estaba el frente abierto, la casa tenía dentro tres cuartos diferentes: el de estar; el dormitorio, amueblado con lujo, y el mejor de todos, la cocina, con unos útiles para el fuego de una blandura extraordinaria, y un abundantísimo surtido de utensilios diminutos… ¡Oh aquella sartén que estaba puesta al fuego!… Y la silueta en hojalata de un cocinero que estaba siempre preparándose para freír dos peces. ¡Qué justicia ilusoria tengo hecha a los nobles festines en los que figuraba el juego de fuentes de madera, cada una con su golosina especial, tales como jamón o pavo, pegados fuertemente con cola a la fuente, y guarnecidos con una cosa verde, que a mí se me ha antojado siempre que era moho! Ni todas las actuales sociedades de templanza reunidas serían capaces de servirme un té como el que yo he bebido en aquel pequeño juego de porcelana azul que hay más allá, y que contenía líquido auténtico (recuerdo que se vertía del barrilito de madera, que sabía a cerillas y que hacía del té un verdadero néctar). Y ¿qué más daba que las dos manos de las innocuas y diminutas pinzas del azúcar se aplastasen una contra otra, y no hubiese en qué emplearlas, como le ocurría a Punch con sus manos? Y si en una ocasión empecé a chillar a la manera de un niño envenenado y sumí a la elegante concurrencia en plena consternación, por haberme bebido una cucharadita de aquel líquido, disuelto inadvertidamente en té demasiado caliente, nada malo me pasó, fuera de los polvos purgantes que tuve que tomar.

¡Qué apretadamente empiezan a colgar los libros en las ramas próximas a un nivel más bajo, junto al verde cilindro apisonador y las demás herramientas de jardín en miniatura! Los libros son al principio de poco grosor, pero muy abundantes, y tienen tapas deliciosamente suaves de un rojo o un verde brillantes. ¡Qué letras negras más gruesas en los comienzos! La letra A era un arquero, que disparaba contra una rama. Eso era; y también un abejorro. ¡Ahí está! Muchísimas cosas era esa A, y eso mismo les ocurría a casi todas sus amigas, con excepción de la X, que tenía tan poca versatilidad, que jamás la vi pasar de xilofón o xilomancia; y la Y, reducida siempre a yata o a yola; y la Z, condenada por siempre jamás a ser zafiro y zagal. ¡Mas he aquí que el árbol se transmuta en este instante, convirtiéndose en el tallo de habichuela por el que Juanito trepó a la casa del gigante! Y ¡surgen en seguida los terriblemente interesantes gigantones de dos cabezas, llevando al hombro sus mazas, y empieza una multitud de ellos a caminar a grandes zancadas por entre la maleza, arrastrando por los cabellos a señores y damas, a los que llevan a sus casas para comérselos! Y ¡qué noble se aparece Juanito, con su espada cortante y sus pies voladores! Ahora que lo miro, surgen de nuevo ante mí las meditaciones de entonces, y me pregunto si hubo acaso más de un Juanito (cosa que se me hace dura de creer), o si fue tan sólo uno, el auténtico y original Juanito, el que llevó a cabo todas las hazañas que se cuentan.

Muy a propósito resulta para Navidad el color encarnado de la capa en que la pequeña Caperucita Roja (el árbol es por sí solo un bosque por el que ella puede caminar con su cesta) viene a contarme en esta Nochebuena la crueldad y la traición del lobo disfrazado que se comió a su abuela, sin calmar con ello su apetito, y que luego se la comió a ella, después de hacer aquel chiste feroz acerca de sus dientes. Caperucita Roja fue mi primer amor. Tenía la convicción de que, si hubiese podido casarme con ella, habría conocido la felicidad perfecta. Pero eso no había de ocurrir, lo único que se podía hacer era acechar al lobo en el Arca de

Noé y ponerlo entre los últimos del cortejo encima de la mesa, como a un monstruo al que era preciso degradar. ¡Oh la maravillosa Arca de Noé! Cuando la colocaron en un barreño no pareció capaz de navegar; por consiguiente, los animales estaban amontonados encima del tejado, y, para poder meterlos en el Arca, hubo que achicarles las patas, y una vez encerrados, empezaron a caer fuera, porque la puerta se hallaba cerrada de un modo imperfecto con un simple pasador de alambre… Pero ¿qué inconveniente era ése? ¡Había que ver a la noble mosca, una o dos veces más pequeña que el elefante, y a la mariquita de San Juan, y a la mariposa, todas ellas verdaderas obras maestras! ¡Había que ver al ganso, que tenía los pies tan pequeños y guardaba tan mal el equilibrio, que a cada paso se caía hacia adelante, derribando a todos los animales de la creación! ¡Había que ver a Noé y a su familia, que parecían absurdos tarugos de tabaco, y al leopardo quedarse pegado a los deditos calientes, y las colas de los animales mayores que se iban convirtiendo gradualmente en raídas fibras de cordelillo!

¡Chis! Aquí tenemos otra vez un bosque, y alguien encima de un árbol… No es Caperucita Roja, ni Valentina, ni el Enano Amarillo (por cierto que no había hecho mención de él ni de todas las maravillas de la Tía Chichones); es un rey oriental con turbante y cimitarra que relampaguea. ¡Por Alá! Son dos los reyes orientales, pues estoy viendo otro que mira por encima de su hombro. Sobre la hierba, al pie del árbol, duerme tumbado en el suelo cuan largo es, un gigante negro como el carbón, y su cabeza descansa en el regazo de una dama; junto a ellos se ve una caja de cristal, cerrada con cuatro candados de acero brillante; dentro de ella encierra el gigante a la dama cuando está despierto. En este instante veo en el cinto del gigante las cuatro llaves. La dama llama por señas a los dos reyes que están en el árbol, y éstos bajan silenciosamente. Es una escena de las bellas Mil y una noches.

A estas alturas de mi árbol empiezo a ver una prodigiosa pesadilla acechando entre las hojas (quizá la produzcan el pavo, o el budín, a la empanada de carne, o todas estas fantasías, revueltas con Robinsón Crusoe en su isla desierta, y con Felipe Quarll entre los monos, y Sandford y Merton con el señor Barlow, y la Tía Chichones, y la máscara…, o quizá sea producto de una indigestión, ayudada por la fantasía y por el exceso de medicinas tomadas).

Pero he aquí que las cosas más corrientes se convierten para mí en extraordinarias y encantadas. Todas las lámparas son maravillosas; todos los anillos son talismanes. Los tiestos vulgares de flores están llenos de oro recubierto con una ligera capa de tierra; los árboles están hechos para que Alí Babá se esconda en ellos; los bisteques no tienen otra finalidad que la de tirarlos al Valle de los Diamantes para que las piedras preciosas se peguen a ellos y luego las águilas se los lleven a sus nidos, de los que los mercaderes las ahuyentarán a gritos. Las tartas están hechas de acuerdo con la receta del visir de Basora, que se hizo pastelero después que lo dejaron sin más que sus calzones a las puertas de Damasco; los zapateros son todos Mustafás, y saben volver a coser a las personas descuartizadas cuando se los lleva hasta ellas con los ojos vendados.

Un aro de hierro, remachado en una piedra, es la entrada a una caverna que sólo espera la llegada del mago, de la pequeña hoguera y de las ceremonias nigrománticas que han de hacer que la tierra se estremezca. Todos los dátiles importados proceden del mismísimo árbol que aquel otro dátil mal-aventurado con cuyo carozo le sacó el mercader un ojo al hijo del genio invisible. Todas las aceitunas provienen de la cosecha aquella que dio ocasión a que el Comendador de los Creyentes escuchase sin ser visto la manera que tuvo el muchacho de hacer la simulación del juicio contra el fraudulento mercader de aceitunas; todas las manzanas están emparentadas con la que le compraron al hortelano del sultán por tres cequíes (junto con dos más), y que el grandullón esclavo negro robó luego al niño. Todos los perros guardan relación con aquel que era un hombre convertido en perro, y que saltó al mostrador del panadero y puso la pata encima de la moneda falsa. Todo el arroz me recuerda al que aquella horrible mujer-vampiro tenía que picotear grano a grano en castigo de los festines nocturnos que se daba en los cementerios. Mi mismo caballo-balancín (¡ahí está, con las ventanas de la nariz vueltas completamente hacia afuera, rasgo éste de pura raza!) debería tener una clavija en el cuello que le permitiese salir volando conmigo, igual que el caballo de madera que salió volando con el príncipe de Persia, a la vista de toda la corte de su padre.

Sí; todos los objetos que distingo en las ramas altas de mi árbol de Navidad están envueltos en esa luminosidad de lo maravilloso. Cuando, al rayar el alba, en las mañanas oscuras y frías de invierno, abro los ojos en mi cama y vislumbro confusamente en el exterior, a través de los cristales helados de mi ventana, la blanca nieve, oigo decir a Dinazarda:

—Hermana, hermana, si aún estás despierta, te ruego que des fin a la historia del joven rey de las Islas Negras.

Y a Scherezada, que contesta:

—Si mi señor el sultán me otorga otro día de vida, no solamente daré fin a esa historia, sino que os contaré otra.

Entonces el sultán, generoso, se retira sin dar la orden de que sea ejecutada, y los tres volvemos a respirar.

A estas alturas de mi árbol empiezo a ver una prodigiosa pesadilla acechando entre las hojas (quizá la produzcan el pavo, o el budín, a la empanada de carne, o todas estas fantasías, revueltas con Robinsón Crusoe en su isla desierta, y con Felipe Quarll entre los monos, y Sandford y Merton con el señor Barlow, y la Tía Chichones, y la máscara…, o quizá sea producto de una indigestión, ayudada por la fantasía y por el exceso de medicinas tomadas). Es una pesadilla tan extraordinariamente confusa, que no sé por qué me resulta aterradora…; pero me aterra. Lo único que consigo poner en claro es que se trata de un inmenso despliegue de cosas informes que parecen estar tiesas sobre una inmensa exageración de aquellas tenazas extensibles que servían para sostener a los soldaditos de juguete; se acercan lentamente hasta metérsele por los ojos, y después retroceden hasta situarse a una distancia inconmensurable. Cuando más sufro es cuando se acercan. Yo encuentro relación a esa pesadilla con el recuerdo de noches increíblemente largas; noches en las que fui enviado a la cama en castigo de alguna falta pequeña y en las que me desperté a las dos horas, con la sensación de haber estado dormido dos noches enteras, permaneciendo luego con la abrumadora desesperanza de que no llegaría jamás el alba, y bajo la opresión del peso del remordimiento.

Veo ahora una hilera maravillosa de lucecitas que surgen suavemente del suelo, delante de una inmensa cortina verde. Suena una campanilla, una campanilla mágica, que aún tintinea en mis oídos con timbre que no tiene ninguna otra campana, y se oye música, acompañada del murmullo de voces y del aroma fragante de cáscara de naranja y de aceite. De pronto, la campanita mágica da la orden de que cese la música, y la inmensa cortina sube majestuosa; empieza la obra. El leal perro de Montargis venga la muerte de su amo, asesinado villanamente en el bosque de Bondy, y el gracioso campesino de roja nariz y sombrero minúsculo, al que yo estrecho de allí en adelante contra mi pecho como al mejor de mis amigos (creo que era camarero u hostelero de un mesón de aldea, pero han pasado ya muchos años desde que él y yo nos conocimos), me hace notar que la sagacidad del perro es de veras extraordinaria; este pensamiento festivo vivirá fresco y lozano en mi memoria hasta el fin de los tiempos, sobreponiéndose a todos los chistes posibles. Luego derramo lágrimas amargas al enterarme de que la pobre Juana Shore, toda vestida de blanco y con su oscura cabellera suelta, vaga hambrienta por las calles; de que Jorge Barnwell ha matado al más digno de los tíos que han existido, y que sintió después tan profundo arrepentimiento, que yo creo que debería habérsela absuelto. Acude rápida a consolarme la Pantomima, ¡fenómeno estupendo!, y en ella los payasos son disparados por morteros hasta la gran araña, que parece una brillante constelación de luces, y en ella Arlequín, luciendo por todas partes escamas de oro puro, se retuerce y centellea igual que un pez de maravilla; y Pantalón (al que yo comparo con mi abuelo, sin ver en ello irreverencia) se mete en los bolsillos hierros al rojo y grita: «¡Alguien llega!», o acusa al payaso de pequeñas raterías, diciéndole: «¡Que te he vistado!». La Pantomima, en la que es posible todo con la mayor facilidad y en la que todo puede transformarse en cualquier cosa, en la que «no existe nada, pero basta pensarlo para que exista».

Percibo también ahora la primera experiencia que tuve de la triste sensación (que tantas veces había de volver a experimentar más adelante) de que al día siguiente no podría volver al aburrido mundo de la realidad; de que necesitaba vivir para siempre en la luminosa atmósfera que acababa de dejar; de anhelar locamente al hada pequeña de la varita mágica, y de suspirar por una inmortalidad de fantasía junto a ella. ¡Cómo vuelve el hada tomando mil formas, cuando mis ojos recorren las ramas de mi árbol de Navidad, y cómo se aleja otras tantas veces, sin que jamás hasta ahora haya permanecido junto a mí!

Cuando estoy en medio de este encanto surge el teatro de juguete… ¡Ahí está, con su proscenio familiar y las damas ataviadas con plumas, en los palcos!… Con todas las tareas ajenas a él, con el engrudo y la cola, la goma y las acuarelas para caracterizar al molinero y a sus hombres, a Isabel o al desterrado de Siberia. A pesar de algunos accidentes y fracasos ocurridos (particularmente en la tendencia del respetable Kelmar, y de algunos otros, a sentir una irrazonable debilidad en las piernas y a doblarse en los momentos más emocionantes del drama), se ve allí un mundo completo de fantasías tan sugeridoras y tan universales que, muy por debajo de ese teatro de mi árbol de Navidad, veo como negros y sucios los auténticos teatros a la luz del día, y mis recuerdos los adornan como con las más frescas guirnaldas de las flores más raras, y logran encantarme todavía.

¡Cuidado! ¡Se oyen las murgas de Nochebuena, y rompen mi sueño infantil! ¿Qué imágenes relacionadas con la música de Navidad despierta en mí lo que veo en el árbol de Navidad? Precediendo a todas las demás, conservándose aisladas de todas las demás, se agrupan en torno de mi caminata: un ángel que habla en el campo a un grupo de pastores; algunos viajeros que miran a lo alto y siguen a una estrella; un niño en un pesebre; un muchachito en un templo espacioso conversando con graves varones; una figura solemne, de rostro dulce y hermoso, que levanta de la mano a una joven muerta; la misma en las cercanías de la puerta de una ciudad, volviendo a la vida al hijo de una viuda, al que llevaban en un ataúd; una multitud de gentes que mira por la abertura del techo de una habitación donde él está sentado, y que descuelga desde arriba, sirviéndose de cuerdas, a un enfermo dentro de una cama; la misma, paseando sobre las aguas en dirección a una barca en medio de una tempestad, y de nuevo, en una playa, enseñando a una gran muchedumbre; la misma, con un niño sobre sus rodillas y otros varios a su alrededor; la misma, devolviendo la vista a los ciegos, el habla a los mudos, el oído a los sordos, la salud a los enfermos, la inteligencia a los ignorantes; la misma, muriendo en una cruz, ante los ojos de soldados con armas, mientras avanzan espesas tinieblas, la tierra empieza a temblar y sólo se oye una voz: «Perdónalos, porque no saben lo que se hacen».

Sin poderlo evitar, miramos cautelosamente por encima del cobertor a las dos figuras negras y al caballero de verde…, al caballero de mirada maligna. A la luz ondulante, dan la impresión de avanzar y de retroceder; aunque no seamos en modo alguno un noble supersticioso, la cosa no resulta agradable. Estamos poniéndonos nerviosos…, cada vez más nerviosos. Nos decimos: «Es una cosa tonta; pero nos resulta insoportable; simulemos que nos sentimos mal, y llamamos a alguien».

En las ramas más bajas y viejas del árbol se agrupan apretadamente los recuerdos navideños. Libros escolares cerrados; Ovidio y Virgilio, callados; la regla de tres, con sus frías e impertinentes averiguaciones, despedida para largo; Terencio y Plauto, abandonados en un anfiteatro de pupitres y de bancos, astillados, con cortes y con manchas de tinta; los mazos del criquet; los poetas y las bolas quedan más arriba, envueltos en el olor a hierba pisada y el ruido apagado de los gritos en el aire del atardecer; el árbol está todavía lozano, todavía alegre. Si no vuelvo ya a casa por Navidades, no faltan, gracias al cielo y mientras exista el mundo, muchachos y muchachas. ¡Cómo van a faltar! ¡Helos más allá que bailan y juegan sobre las ramas de mi árbol, benditos sean! ¡Juegan y bailan alegremente, y mi corazón juega y baila con ellos!

Pero yo voy a casa por Navidad. Vamos todos nosotros, o, por lo menos, deberíamos ir. Todos vamos a casa, o deberíamos ir a casa a pasar unas cortas vacaciones (cuanto más largas, mejor), abandonando el gran internado escolar, en el que nos pasamos la vida haciendo números en nuestras pizarras; con ello descansamos y damos descanso. En cuanto a ir de visitas, ¿adónde no iremos, si queremos ir; adónde no habremos ido, si queríamos, dando alas a nuestra fantasía y partiendo de nuestro árbol de Navidad?

Salgamos al panorama de invierno ¡Cuántos de esta clase hay en el árbol! Avancemos por terrenos bajos y brumosos, por entre pantanos y nieblas, cuesta arriba, por altas colinas, zigzagueando, negros como cavernas, por entre la tupida vegetación que casi nos quita la vista de las estrellas centelleantes; sigamos hasta las anchas alturas, para detenernos, por fin, en medio de un súbito silencio, en una avenida. La campanada del portal suena con vibración profunda y casi temerosa en el aire helado; la puerta gira sobre sus goznes y se abre; mientras nosotros avanzamos hacia una gran casa, las luces que resplandecen en las ventanas se hacen mayores y las hileras de árboles que hay a ambos lados parecen hacerse hacia atrás solamente para dejarnos paso. Durante todo el día, y de tiempo en tiempo, una liebre asustada pasa como una flecha por el césped blanco; y cuando no, el lejano pataleo de una manada de ciervos que pisotean el hielo, aplasta al mismo tiempo el silencio durante unos momentos. Sus ojos vigilantes acechan por debajo de los helechos, y si pudiésemos distinguirlos veríamos que brillan ahora como gotas heladas de rocío encima de las hojas; pero permanecen inmóviles, y todo está inmóvil. Por fin, mientras las luces se agigantan, los árboles se retiran para dejarnos paso, y vuelven a cerrarse a espaldas nuestras como para cortarnos la retirada, llegamos a la casa.

Quizá haya en el aire olor de castañas asadas y de otras cosas buenas y apetitosas; estamos contando historias de invierno (historias de fantasmas, para mayor vergüenza nuestra) alrededor de la hoguera de Navidad, y jamás nos movemos, como no sea para acercarnos un poco más a ella. Pero esto no tiene importancia. Llegamos a la casa, una vieja casona llena de grandes chimeneas en las que arden la madera colocada encima de trébedes dentro del hogar; los retratos adustos (algunos de ellos con leyendas adustas también) nos miran recelosos desde el artesonado de roble de las paredes. Somos un noble de edad mediana, celebramos una espléndida cena con nuestro huésped, la señora de la casa y sus invitados… (porque como son Navidades, la vieja casona rebosa concurrencia), y después nos retiramos a dormir. Nuestra habitación es muy antigua, está recubierta de tapices. No nos agrada el retrato de aquel caballero vestido de verde que hay encima de la chimenea. El techo está cruzado por grandes vigas negras, la cama es un gran artefacto negro sostenido en la parte de los pies por dos grandes figuras negras que parecen salidas de un par de tumbas de la vieja iglesia de la baronía que se levanta en el parque, y que han venido aquí para servirnos. Pero, como no somos un noble supersticioso no nos preocupamos. Bien; despedimos al criado, cerramos la puerta, nos ponemos la bata y nos sentamos frente a la chimenea, meditando en muchísimas cosas. Por último, nos acostamos. Pero no podemos dormir. Nos revolvemos en la cama, sin poder conciliar el sueño. Las brasas del hogar arden caprichosas y dan a la habitación un aire fantasmal.

Sin poderlo evitar, miramos cautelosamente por encima del cobertor a las dos figuras negras y al caballero de verde…, al caballero de mirada maligna. A la luz ondulante, dan la impresión de avanzar y de retroceder; aunque no seamos en modo alguno un noble supersticioso, la cosa no resulta agradable. Estamos poniéndonos nerviosos…, cada vez más nerviosos. Nos decimos: «Es una cosa tonta; pero nos resulta insoportable; simulemos que nos sentimos mal, y llamamos a alguien». Ya estamos a punto de hacerlo; pero en ese instante se abre la puerta y entra en la habitación una mujer joven, con palidez de muerta y larga cabellera rubia; avanza sin ruido hasta el fuego y se sienta en el sillón que hemos dejado allí, retorciéndose las manos. Vemos entonces que sus ropas se hallan empapadas de agua. Se nos pega la lengua al cielo del paladar y no podemos articular palabra; pero la miramos con gran atención. Sus ropas están empapadas de agua; su larga cabellera está salpicada de barro húmedo; viste a la moda de hace doscientos años, y le cuelga del cinturón un manojo de llaves herrumbrosas. Ya está sentada, y nosotros ni siquiera podemos desmayarnos, de turbados que estamos haciéndonos cábalas. Más tarde, la mujer se levanta, intenta meter sus roñosas llaves en las cerraduras de la habitación; pero ninguna de ellas ajusta; después clava su mirada en el retrato del caballero vestido de verde y dice con voz baja y terrible: «Los venados lo saben».

Después de esto vuelve a retorcerse las manos, cruza por delante de la cama y sale por la puerta. Nos ponemos precipitadamente el batín, echamos mano a nuestras pistolas (porque siempre caminamos con ellas), y vamos a seguirla; pero nos encontramos con que la puerta está cerrada. Hacemos girar la llave y miramos por el oscuro pasillo; allí no hay nadie. Caminamos de un lado a otro y procuramos encontrar algún criado. No lo conseguimos. Paseamos de un lado al otro por el pasillo hasta que alborea; entonces regresamos a nuestra solitaria habitación, caemos dormidos, hasta que nos despiertan nuestro criado y el sol radiante.

Nos desayunamos apesadumbrados, y todos los concurrentes nos dicen que tenemos un aspecto extraño. Después del desayuno recorremos la casa con nuestro huésped, lo llevamos ante el retrato del caballero vestido de verde, y entonces se aclara todo. Este caballero faltó a la palabra que había dado a una joven ama de llaves que tuvo en remotas épocas la familia; era famosa por su belleza, se ahogó tirándose a un estanque, y su cuerpo fue descubierto mucho después, porque los venados se negaban a beber el agua aquella. Desde entonces se susurra que suele cruzar la casa a la medianoche (pero que de preferencia se dirige al cuarto en que dormía el caballero vestido de verde), probando las llaves roñosas en las viejas

cerraduras. Le contamos a nuestro huésped lo que hemos visto, y entonces su rostro se oscurece con una sombra, y nos suplica que no digamos una palabra; así lo hacemos. Pero todo ello es verdad; y lo dijimos antes de morir (porque ahora estamos muertos) a muchas personas responsables. Hay un sinfín de viejas casonas con galerías en que resuenan los pasos, y dormitorios de gala de aire tristísimo, con alas de edificio que han permanecido cerradas durante muchos años porque las visitan fantasmas, y por las que nosotros podemos deambular, sintiendo que nos corre por la espalda un agradable cosquilleo, porque podemos encontrar en ellas todos los fantasmas que queramos aunque (cosa quizá digna de observación) pueden reducirse a unos pocos tipos y clases; porque los fantasmas tienen poca originalidad y no se salen de los caminos trillados. Ocurre por eso que un determinado cuarto de un determinado viejo palacio, en el que un determinado y malvado lord, baronet, caballero o hidalgo se suicidó, disparándose un tiro, ostenta ciertas tablas del entarimado con manchas de sangre que no se borran jamás. Por mucho que raspéis, como lo ha hecho el actual propietario; o paséis el cepillo, como lo hizo su padre; o freguéis, como lo hizo su abuelo; o queméis la madera con ácidos fuertes, como lo hizo su bisabuelo, la sangre queda siempre, ni más roja ni más pálida, ni más abundante ni más escasa, siempre exactamente igual. En otra casa, en cambio, hay una puerta embrujada que no se cierra jamás, o que no se abre jamás; o se escucha un sonido fantasmal de un torno de hilar, o de un martillo, o de unos pasos, o un grito, o un suspiro, o el pataleo de un caballo, o el arrastrar de una cadena. Y cuando no, hay un reloj de torrecilla que da a las doce de la noche trece campanadas cuando el cabeza de familia está a punto de morir; o la negra sombra de un coche inmóvil que está esperando junto a la gran puerta de las cocheras, y que siempre es visto por alguna persona.

En ocasiones ocurren casos como el de lady María, que fue a hacer una visita a una gran casona situada en un lugar muy retirado de las montañas de Escocia; fatigada de su largo viaje, se retiró temprano a descansar, y a la mañana siguiente, estando desayunándose en la mesa, exclamó con inocencia:

—¡Qué cosa más extraña! No haberme dicho antes que me acostase que iba a celebrarse la noche pasada y en este lugar tan apartado una reunión hasta altas horas de la noche.

Al oír esto, preguntaron todos a lady María qué quería decir con aquello, y lady María contestó:

—¿Qué voy a querer decir, sino que durante toda la noche han estado pasando y pasando coches por la terraza debajo de mi ventana?

El propietario de la casona palideció al oírlo, y lo mismo le ocurrió a su señora. Carlos Macdoodle de Macdoodle hizo señas a lady María para que se callase y todo el mundo permaneció en silencio. Acabado el desayuno, Carlos Macdoodle explicó a lady María que, según una tradición de familia, aquel estrépito de carruajes en la terraza anunciaba muerte. Así fue, porque la señora de la mansión falleció dos meses después. Lady María, que era dama de honor en la Corte, contó muchas veces esta historia a la anciana reina Carlota. A propósito de este presagio, el anciano rey dijo:

—¿Cómo es eso, cómo es eso? ¿Fantasmas, fantasmas? ¡No hay tal cosa, no hay tal cosa!

Y no cesó de repetirlo hasta que se retiró a acostarse.

Otras veces ocurre esto: un amigo de alguien al que conocemos la mayor parte de nosotros tuvo, cuando era muy joven y estaba en el colegio, un amigo íntimo con el que hizo el pacto de que, si era posible a un espíritu regresar a este mundo después de separarse del cuerpo, el primero de los dos que falleciese se aparecería al otro. Corrió el tiempo, y este pacto fue olvidado por nuestro amigo; los dos jóvenes se hicieron mayores y siguieron caminos divergentes que los apartaron al uno del otro. Pero muchos años después, encontrándose nuestro amigo en el norte de Inglaterra, y pasando la noche en un mesón de los páramos de Yorkshire, miró casualmente fuera de las cortinas de la cama, ¡y vio allí iluminado por la luna, apoyándose en un escritorio que había cerca de la ventana, mirándole con fijeza, a su viejo amigo del colegio! La aparición contestó a las solemnes preguntas que se le hicieron con una especie de susurro, pero perfectamente inteligible:

—No te acerques a mí. Estoy muerto. Me ves aquí porque he venido a cumplir mi promesa. Llego del otro mundo, pero no me está permitido revelar sus secretos.

Dicho esto, toda la figura fue palideciendo y se difuminó en la luz de la luna, desapareciendo.

Otras es la hija del primer habitante del pintoresco palacio de estilo isabelino, tan célebre en nuestra población. ¿No habéis oído hablar de él? ¡Que no! Pues bien: era una bellísima joven de sólo diecisiete años de edad, y una tarde de verano salió a recoger flores en el jardín; poco después volvía corriendo aterrorizada y entraba en el vestíbulo gritando:

—¡Oh padre! ¡Me he encontrado a mí misma!

El padre la tomó en sus brazos y le dijo que aquello eran imaginaciones; pero ella le contestó:

—¡Oh, no! Me vi a mí misma en el paseo ancho; estaba pálida y recogía flores mustias. Volví la cabeza y las enseñé, levantándolas en alto.

Aquella misma noche murió la joven.

Empezó a pintarse un cuadro en que se representaba aquel suceso, pero nunca se terminó, y dicen que aún hoy está en alguna parte de la casa, vuelto de cara a la pared.

Otras es lo que le ocurrió al tío de la mujer de mi hermano, al regresar a caballo hacia su casa un atardecer benigno, a la hora del ocaso; cuando pasaba por entre dos verdes setos, ya próximo a su propia casa, vio que se alzaba ante él un hombre en el centro mismo del estrecho camino, y pensó: «¿Qué hace aquí ese hombre de la capa? ¿Querrá que lo atropelle?». Pero la figura no se movió un punto. El jinete experimentó una sensación extraña al verlo tan inmóvil, pero acortó el trote y avanzó. Cuando ya estaba tan cerca que casi podía tocarlo con los estribos, el caballo se asustó, la aparición se deslizó por el ribazo, de una manera extraña e irreal (caminando hacia atrás sin parecer que movía los pies), y desapareció. El tío de la mujer de mi hermano exclamó: «¡Santo Dios! ¡Es mi primo Enrique, el que está en Bombay!». Picó espuelas a su caballo, éste rompió de pronto a sudar copiosamente, y, asombrado el jinete de tales cosas, se desvió como una flecha y fue a desmontar delante de su casa. Al llegar allí vio a la misma aparición en el momento en que se metía por la gran ventana francesa del salón, que daba al nivel del suelo. Alargó las bridas a un criado y corrió tras ella. Se encontró a su hermana, que estaba allí sentada y sola.

—Alicia, ¿dónde se encuentra mi primo Enrique?

—¿Tu primo Enrique, Juanito?

—Sí, el de Bombay. Me lo encontré hace un momento en el sendero, y en este mismo instante lo he visto que entraba aquí.

Nadie había visto a nadie. Pues bien: según se supo después, el primo había fallecido en la India a aquella misma hora y en el mismo minuto.

Y, si no, he aquí el caso de una inteligente dama solterona, que falleció a los noventa y nueve años, conservando sus facultades hasta el último instante. Ella había visto con sus propios ojos al huerfanito. Ésta es una historia que ha sido contada en muchas ocasiones de una manera incorrecta; la verdad auténtica es esta que voy a contar, porque se trata en realidad de una historia que pertenece a nuestra familia, porque aquella señorita se hallaba emparentada con nosotros. Teniendo unos cuarenta años, y cuando era todavía una mujer de extraordinaria belleza (su novio murió joven, y ésta es la razón de que ella no se casase nunca, a pesar de haber tenido muchos ofrecimientos), marchó a residir en un lugar de Kent; su hermano, que comerciaba con la India, acababa de comprar la casa. Se contaba que ésta había sido en tiempos administrada por el tutor de un chico joven; el tutor era su próximo heredero; y mató al chico a fuerza de malos y crueles tratos. La señorita de que hablo ignoraba todo esto. Se ha contado que en el dormitorio suyo había una jaula en la que el tutor acostumbraba meter al muchacho. Eso es falso. Lo único que había era una alcoba. La señorita solterona se acostó; durante la noche no dio la alarma; pero por la mañana, cuando su doncella entró en el cuarto, le preguntó con mucha tranquilidad:

—¿Quién es ese muchacho tan lindo, pero triste, que ha estado mirando toda la noche desde esa alcoba?

La doncella contestó lanzando un grito y escapó de allí en seguida

a solterona quedó sorprendida; pero era mujer de notable firmeza de carácter. Se vistió, bajó a la primera planta de la casa y se confió a su hermano, diciéndole:

—Escucha, Gualterio: toda la noche me ha estado molestando un muchachito lindo, pero de cara triste, que estuvo curioseando constantemente desde la alcoba que da a mi cuarto, y que no he podido abrir. Esto es alguna jugarreta tuya.

—Me temo que no, Carlota —le contestó el hermano—. Ésa es la leyenda de la casa. Se trata del huerfanito. Y ¿qué es lo que hizo?

—Abrió con suavidad la puerta y curioseó desde allí. A veces daba uno o dos pasos dentro de mi cuarto. Yo le llamé para darle ánimos; pero él se encogió, tembló, volvió a meterse en la alcoba y cerró la puerta.

—La alcoba no comunica con ningún otro cuarto, Carlota, ni con ninguna otra parte de la casa, y la puerta está clavada.

Ésta era una verdad indiscutible, y fueron necesarios dos carpinteros que trabajaron toda la mañana para abrirla y realizar un examen. La solterona se quedó convencida de que había visto al huerfanito. Pero la parte terrible e insensata de la historia es que también lo vieron tres de los hijos del hermano de la solterona, y los tres murieron jóvenes, uno tras otro. Siempre que un niño caía enfermo, era que doce horas antes había vuelto a casa todo sudoroso, diciendo:

—¡Oh mamá! He estado jugando debajo de aquel roble, en un prado, con un muchacho extraño; era lindo, pero de cara triste, muy asustadizo, y me hacía señas.

Por una experiencia fatal supieron los padres que aquél era el huerfanito, y que cuando elegía a un niño, como compañero suyo de juego, la muerte de éste era segura.

Son infinidad los castillos alemanes en que nos sentamos solitarios a la espera del fantasma; en los que nos llevan a un cuarto, que han alegrado relativamente para nuestra recepción: miramos en torno nuestro las sombras que la hoguera crepitante proyecta sobre las paredes desnudas; nos sentimos muy solos cuando el mesonero de la aldea y su linda hija se retiran, después de haber dejado sobre el hogar un nuevo montón de leña y de colocar encima de la mesita una cena de capón asado frío, pan, uvas y una botella de añejo vino del Rin; las puertas que reverberan la luz se cierran cuando ellos se retiran, una tras otra, con otros tantos golpes lejanos de trueno, y cuando llegan las primeras horas de la mañana entramos en conocimiento de una variedad de misterios sobrenaturales. Son muchísimos los estudiantes alemanes convertidos en fantasmas, en cuya compañía nos arrimamos aún más al fuego, mientras el escolar que está en el rincón abre unos ojos anchísimos que parece que se le van a salir de las órbitas y escapa como alma que lleva el diablo del taburete en que estaba sentado, cuando la puerta se abre súbitamente sin intervención de nadie. La cosecha de esa clase de frutos que brilla sobre nuestro Árbol de Navidad es inmensa; se halla en pleno verdor allá en lo alto; en las ramas más bajas está ya madurando.

Entre los más recientes juguetes y fantasías que allí cuelgan (tan inútiles muchas veces y menos puras) se encuentran ciertas imágenes que estuvieron asociadas con las dulces murgas de Navidad de otros tiempos, con aquella música nocturna y suave y siempre la misma. ¡Que la bondadosa figura de mi juventud permanezca inmutable dentro del círculo de los pensamientos que surgen de las reuniones de Navidad! ¡Ojalá que en todas y cada una de las alegres imágenes y sugestiones que nos trae la estación, la estrella brillante que descansó encima del pobre tejado sea la estrella de todo el mundo cristiano! ¡Espera un momento, oh árbol fugaz, cuyas ramas más bajas permanecen todavía oscuras para mí, y deja que te contemple una vez más! Sé que hay en tus ramas espacios en blanco; en ellas han brillado y sonreído ojos que yo amaba, pero que ya se fueron. Pero muy arriba contemplo al que levantó con vida a la muchacha muerta y al hijo de la viuda.

¡Y Dios es bueno! Si acaso en la parte invisible de tus ramas más bajas se oculta para mí la vejez, ¡pueda yo, al menos, cuando mi cabeza empiece a blanquear, volverme a mirar este árbol con corazón de niño, impregnado de fe y de confianza infantiles!

Pero hoy el árbol está adornado con luminosa alegría, cantos, bailes, y bullicio. ¡Bien venidos sean! ¡Que se conserven siempre inocentes y sean los bien venidos bajo las ramas del Árbol de Navidad, que nunca proyecta sombras tenebrosas! Pero, en el momento de hundirse dentro de la tierra, oigo un susurro que vibra por todas sus hojas: «Todo esto, en conmemoración del mandamiento de amor, cariño, bondad y compasión. ¡Todo esto, en memoria de Mí!»

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