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Porcelana- Jennifer Thorndike

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(CUENTO) Me distraes. Estoy afeitándome las piernas y me he cortado la rodilla con la rasuradora, cerca del hueso. Sangro y te miro a través de la puerta del baño que he dejado entreabierta a propósito. A lo lejos tú también me observas y me distraes. Tus ojos parecen inertes, pero fijos en mi desnudez. Tu cuerpo está completamente inmóvil: solo miras y disfrutas, miras y distraes desde el sillón que has decido ocupar.

Tus piernas no llegan al suelo y me hace gracia: siempre fuiste mucho más pequeña que yo, casi minúscula, mientras yo crecía sin parar. Pero eso nunca nos importó. ¿Qué importaban nuestras diferencias si desde que nos conocimos no pudimos dejar de mirarnos? ¿Lo recuerdas? Eres linda, tartamudeé, y tú sostuviste la mirada. Parecías sentir lo mismo que yo. Te agarré de la mano y nos quedamos solas, ignorando a los demás y concentradas en nuestros ojos humedecidos por la emoción. Desde ese día me seguiste, me buscaste hasta casi acosarme. Y yo no pude dejarte. Te besé mil veces en las mejillas, en la comisura de los labios, en los párpados. Tú sonreíste y eso bastó para decidir que nadie nos iba a separar.

 

Me he cortado otra vez y un gota de sangre se desliza por mi pierna hasta manchar la toalla. ¿La viste?, pregunto y asientes satisfecha. Siempre estás atenta, observando, siempre te alegra ver cómo logras perturbarme. No has cambiado nada desde el día que te traje. ¿Lo recuerdas?, digo mientras limpio la sangre que se acumula en la herida. Recuerdo, escucho. Me tomaste entre tus brazos, oliste mi pelo, me llenaste de regalos. Era predecible, dice y sueltas una carcajada. Te burlas de mí porque sabes que basta que me des un poco de cariño para que yo me someta a tu voluntad. Siempre fría y silenciosa, con los ojos congelados y tus movimientos sutiles. Para todos estabas muerta, pero para mí siempre tenías afecto, sobre todo cuando metía mis manos dentro de las blondas de tu vestido porque las tenía frías, más frías que la piel de tu pecho o los pliegues de tu entrepierna que tanto me gustaban. Y tú sonreías y me dejabas tocarte, meter los dedos en lo más profundo de tu cuerpo pequeño. Nunca borraste esa sonrisa de tus labios, por más extrañas que parecieran mis caricias o más tontas sonaran mis excusas para poder acariciarte. Ahora me miras con esa misma sonrisa y esos ojos donde se refleja nuestra extraña relación, nuestros encuentros a escondidas y nuestra breve felicidad. Y también nuestra despedida. Sonríes y parece que no eres consciente de lo que va a suceder cuando termine de vestirme y escuche la voz de mamá recordándome que debes partir. Nos han descubierto y ahora soy demasiado grande para ti, demasiado mayor como para que continúes a mi lado. No la entiendo. Tú siempre fuiste mucho más pequeña que yo, pero eso nunca fue un problema para nadie, ni siquiera para nosotras que supimos acomodarnos, sentirnos y querernos a pesar de nuestras diferencias. Ahora tú me observas y no me hablas, me tratas con indiferencia. Y yo sigo cortándome las piernas para llamar tu atención.

 

¿Te acuerdas cómo comenzó lo nuestro?, pregunto, pero no hay respuesta. Estabas sentada al filo de mi cama, con las piernas ligeramente abiertas, recuerdo, y luego me preguntaste si quería jugar contigo. Y yo no supe qué responder, pero te besé en los labios rosados, te besé mientras tú cerrabas los ojos porque te daba risa mirar mi cara sonrojada y sentir mis movimientos torpes y desesperados cada vez que jugaba a besarte. Para ti besar siempre fue un juego, como poner la mesa para tomar el té, como maquillarnos con los cosméticos de mamá, como desnudarte y dejarte acariciar mientras te cambiaba el vestido para salir a pasear. No dejes de jugar conmigo nunca, repetías sonriendo, con esa misma sonrisa que ahora demuestra que prefieres ignorar lo que va a ocurrir. Nos van a separar, te grito, pero finges no escucharme.

 

Entonces me desespero, me pongo la bata y me acercó a ti con las rodillas cortadas y sangrantes. Me siento a tu lado y te sacudo para que reacciones, pero solo logro desacomodarte un poco el pelo. Te pido perdón y te arreglo los mechones desordenados, ajusto la cinta que los sujeta. No entiendes, te digo, siempre te he cuidado, siempre me he preocupado por ti. Nadie va a cuidarte como yo. Nadie sabe cómo cepillar tu pelo para no deshacer tus rulos, nadie sabe que prefieres las cintas de terciopelo a las de seda, nadie entiende que no soportas las arrugas en la ropa y por eso necesitas que planchen hasta tus calzones de niña. Seguro te tratarán mal y no consentirán tus caprichos. ¿Entiendes ahora?, pregunto, pero tú guardas silencio y me miras con frialdad. Luego decides sonreír e ignorar mis palabras. Me he acostumbrado a tu sonrisa, pero hoy duele demasiado. Entonces me abro un poco la bata y tú te das cuenta de mi intención. Estiras la mano y la metes entre mis piernas. Te veo: tienes los ojos completamente abiertos para ver mi cara de sometimiento cuando llegue al orgasmo. Acaricias con delicadeza y comienzo a suspirar. Acercas tus labios y escucho mis gemidos. Lames, succionas, aceleras y te detienes. Y yo grito y termino solo para mírate entristecida y sentirme fracasada porque a pesar de conocer cada milímetro de tu cuerpo lo único que fui capaz de hacerte repetir fue que no deje de jugar contigo. Y tampoco puedo evitar que nos separen.

 

Sonríes y me miras nuevamente. Me acerco a tu boca humedecida por mis fluidos y te beso. Siento mi olor, ese olor que se ha quedado impregnado en tu cuerpo desde el día que nos descubrimos en la cama desnudas, solas y completamente libres. Cuando tu sonrisa no me dolía tanto como ahora. Entonces metes la mano otra vez buscando con desesperación mi clítoris. Quieres que sufra, quieres darme placer para que me arrepienta por dejarte ir. Aceleras con furia y yo termino gritando tu nombre. Tú sonríes y yo te abrazo con fuerza. Nos van a separar, te digo, pero tú sigues sonriendo y comienzo a odiarte. No puedo borrarte la sonrisa a pesar de que te digo las cosas más tristes que se me ocurren. Te alejo y tú me miras con frialdad. Me levanto del sillón, escucho los pasos de mamá, su voz diciendo que baje, que se hace tarde. Espero verte llorar, pero tú conservas la sonrisa intacta. Te acaricio la mejilla y tu piel se siente más fría que nunca, tus ojos vuelven a estar vacíos y guardas silencio. Te odio, siento ganas de destruirte. Entonces te agarro de la cintura y te levanto con facilidad. Te empujo contra la pared y comienzo a golpearte contra ella. Tú no dices nada, pero te quiebras. Parece que tu cabeza se ha partido en dos. Tus ojos salen de su órbita, tu pelo se alborota, la cinta que lo sujeta se desata. Tus brazos se agitan para luego romperse, lo mismo pasa con tus piernas. Pequeños pedacitos de porcelana comienzan a caer al suelo. Pero conservas esa sonrisa que odio y me duele. Te dejo caer y terminas de romperte. Me arrodillo a tu lado y es tu sonrisa, que no se quebrado con los golpes, la que esta vez se incrusta en mi piel y corta mi rodilla.

 

Mamá sube, te ve en el suelo y me grita. Yo la miro y también la odio: todo ha sido su culpa. ¿Por qué has hecho esto? Alguien más pudo conservarla y jugar con ella, me dice. Porque era mía y no quiero que nadie más la tenga, respondo. Lástima que seas tan egoísta, susurra enojada. Ella no entiende, pero tú sí. Recojo el pedazo de porcelana. Y tú vuelves a sonreírme, aunque nunca dejaste de hacerlo.

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