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“La calle”, un texto de Albert Camus

 

A Pierre Galindo

Con frecuencia he oído a los oraneses quejarse de su ciudad: «No hay un ambiente interesante». Pero, bueno, ¡si no lo querríais! Algunas almas candorosas han intentado que se aclimataran en ese desierto las costumbres de otro medio, fieles al principio de que para servir al arte o a las ideas hay que ponerse a ello entre unos cuantos[1]. El resultado ha sido tal, que no quedan más ambientes instructivos que los de los jugadores de pócker, los aficionados al boxeo, los maníacos de los bolos y las sociedades regionales. Ahí, al menos, reina la naturalidad. Al fin y al cabo, existe cierta grandeza que no se presta a la elevación. Es infecunda por naturaleza. Y los que desean encontrarla, abandonan los «ambientes» para bajar a la calle.

Las calles de Oran son una ofrenda al polvo, a los pedruscos y al calor. Si llueve, es el diluvio y un mar de barro. Pero, con lluvia o con sol, las tiendas tienen el mismo aspecto extravagante y absurdo. Todo el mal gusto de Europa y Oriente se ha dado cita en ellas. Se encuentran, mezclados, lebreles de mármol, bailarinas en plan cisne, Dianas cazadoras de galalita verde, discóbolos y segadores: todo lo que sirve como regalo de cumpleaños o de boda, esa turbamulta lamentable que un genio comercial y burlón continúa colocando en las repisas de nuestras chimeneas. Pero esta insistencia en el mal gusto adquiere aquí un aire barroco que se lo hace perdonar todo. Presentado en un estuche de polvo, éste es el contenido de un escaparate: espantosos modelos en escayola de pies torturados, un lote de dibujos de Rembrandt «sacrificados a 150 francos la unidad», engañabobos, billeteras tricolores, un dibujo al pastel del siglo XVIII, un burrito mecánico de peluche, botellas de agua de Provenza para conservar las aceitunas verdes, y una espantosa virgen de madera, de sonrisa indecente. (Para que nadie se equivoque, la «dirección» ha colocado a sus pies un letrero: «Virgen de madera»).

En Oran se pueden encontrar:

Cafés con el mostrador barnizado de roña, espolvoreado de patas y alas de moscas, con el dueño siempre sonriente a pesar de que el local siempre está vacío. El «solo en taza pequeña» costaba doce céntimos, y en taza grande, dieciocho.

Tiendas de fotógrafos en las que la técnica no ha progresado desde la invención del papel sensible. Exponen una fauna singular, imposible de encontrar en la calle: desde el seudomarino, que apoya el codo en una consola, hasta la jovencita casadera, con el talle emperifollado y los brazos colgando ante un fondo silvestre. Puede suponerse que no son retratos del natural: son creaciones.

Una edificante abundancia de funerarias. No es que en Oran se muera más la gente que en otras partes, pero me imagino que se le echa más cuento.

La simpática ingenuidad de este pueblo comerciante se extiende hasta la publicidad. En la propaganda de un cine oranés, leo el anuncio de una película de tercera. Subrayo los adjetivos «fastuosa», «espléndida», «extraordinaria», «prestigiosa», «sobrecogedora» y «formidable». Para concluir, la dirección informa al público de los considerables sacrificios que se ha impuesto para poder presentarle esta sorprendente «realización». Con todo, no se aumentará el precio de las entradas.

Sería una equivocación creer que sólo aquí se ejerce el gusto por la exageración propio del sur. Con exactitud, los autores de ese maravilloso programa demuestran su penetración psicológica. Se trata de vencer la indiferencia y la profunda apatía que experimentan en esta tierra en cuanto hay que elegir entre dos espectáculos, dos oficios y, con frecuencia, hasta entre dos mujeres. No se deciden más que a la fuerza. Y la publicidad lo sabe bien. Adquirirá proporciones americanas, teniendo —aquí y allá— las mismas razones para exasperarse.

Las calles de Oran nos informan finalmente acerca de los dos placeres fundamentales de la juventud local: que les limpien los zapatos, y pasear esos mismos zapatos por el bulevar. Para tener una idea exacta de la primera de esas delicias, hay que confiarles los zapatos, a las diez de la mañana de un domingo, a los limpiabotas del bulevar Gallieni. Encaramado en alguno de los altos sillones, uno puede disfrutar entonces de la particular satisfacción que produce incluso al profano el espectáculo de esos hombres enamorados de su oficio, como claramente lo están los limpiabotas oraneses. Todo se trabaja con detalle. Varios cepillos, tres clases de bayetas, el betún mezclado con gasolina: podría pensarse que la operación ha concluido cuando se ve el relámpago perfecto que nace bajo el cepillo blando. Pero la misma mano entregada vuelve a echar betún en la superficie reluciente, la frota, la empaña, lleva la crema hasta el corazón de las pieles y consigue entonces que brote, bajo el mismo cepillo, un doble y verdaderamente definitivo relámpago que sale de las profundidades del cuero.

Las maravillas así obtenidas se exhiben a continuación ante los expertos. Para apreciar esos placeres que se obtienen en el bulevar, conviene asistir a los bailes juveniles de disfraces que se celebran todas las tardes en las grandes arterias de la ciudad. En efecto, entre los dieciséis y los veinte años, los jóvenes oraneses de la «Sociedad» le copian sus modelos de elegancia al cine americano y se disfrazan antes de irse a cenar. Con el pelo ondulado y engominado, que se escapa de un sombrero de fieltro inclinado sobre la oreja izquierda y levantado encima del ojo derecho, con la garganta rodeada por un cuello de camisa suficientemente grande como para tapar lo que deja libre el pelo, con el microscópico nudo de la corbata sujeto por el alfiler de rigor, la chaqueta hasta medio muslo y entallada muy cerca de las caderas, con el pantalón claro y corto, y los zapatos deslumbrantes sobre su triple suela, esa juventud hace sonar cada tarde sobre las aceras su imperturbable aplomo y las chapas de sus zapatos. Se aplica en imitar del todo la facha y la superioridad del Sr. Clark Gable. Por eso, los espíritus críticos de la ciudad llaman normalmente a estos jovencitos, gracias a una poco cuidadosa pronunciación, los «Clares».

Sin excepción, los grandes bulevares de Oran se ven invadidos a última hora de la tarde por un ejército de simpáticos adolescentes que hacen los mayores esfuerzos por parecer malvados. Las jóvenes oranesas, que se sienten desde siempre prometidas a estos gangsters de corazón tierno, exhiben también el maquillaje y la elegancia de las grandes actrices americanas. Las mismas malas lenguas las llaman, por tanto, las «Marlenes». Así que, cuando en los bulevares del atardecer, un estruendo de pájaros sube desde las palmeras al cielo, decenas de Clares y Marlenes se encuentran, se miden y se evalúan, felices de vivir y parecer, entregados durante una hora al vértigo de las existencias perfectas. Dicen los envidiosos que en esos momentos se asiste a las reuniones de la comisión americana. Pero en tales palabras se advierte la amargura de quienes han cumplido ya los treinta años y no pintan nada en tales juegos. Desconocen esos congresos cotidianos de la juventud, y de lo novelesco. Son en verdad esos parlamentos de pájaros que se encuentran en la literatura hindú. Pero, en los bulevares de Oran, no agitan el problema del ser, ni se inquietan por el camino de la perfección. Queda sólo un batir de alas, el pavoneo empenachado, las gracias coquetas y victoriosas, todo el estallido de un canto despreocupado que desaparece con la noche.

Desde aquí oigo a Klestakoff: «Habrá que ocuparse de algún asunto elevado». ¡Ay! Es muy capaz de hacerlo. Que alguien lo anime, y poblará este desierto en unos pocos años. Pero, de momento, un alma un poco reservada debe protegerse en esta ciudad fácil, con su pasacalle de jovencitas maquilladas, y sin embargo incapaces de aportar emoción, simulando tan mal la coquetería que enseguida se les descubre el truco. ¡Ocuparse de algún asunto elevado! Contemplen, mejor: Santa Cruz tallada en la roca, las montañas, el mar plano, el viento violento y el sol, las grandes grúas del puerto, los trenes, los almacenes, los muelles y las rampas gigantescas que trepan por el roquedal de la ciudad, y, en la propia ciudad, esos juegos y ese aburrimiento, ese tumulto y esa soledad. A lo mejor es verdad que todo eso no es demasiado elevado. Pero el premio que entregan estas islas superpobladas es que el corazón se desnuda en ellas. El silencio ya sólo es posible en las ciudades ruidosas. Descartes le escribe desde Amsterdam al viejo Balzac: «Me paseo todos los días entre la confusión de un gran pueblo, con la misma libertad y tranquilidad con que usted podría hacerlo en sus alamedas.

 

Tomado de: El verano- Albert Camus. Edhasa, 1995

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