Cuentos

El chico que quería volar- José Antonio Galloso

joseantoniogallosoNadie en su sano juicio quiere convertirse en el número uno. Todos sueñan más bien con ser el número diez, el goleador indiscutible, o un seis con harto dominio de balón y la habilidad para poner los pases como con la mano. Pero el arco, el arco es otra cosa, es un territorio oscuro e ingrato al que nadie aspira voluntariamente y al que no se llega por elección primera sino por descarte.asta con recordar los primeros partidos en el barrio o en el colegio cuando, después de regir y escoger los equipos, había que tomar la decisión nefasta de quién diablos se iba a parar en el arco. 

A la memoria de Constantino Carvallo

y de Enrique Maximiliano Angulo Mariselli

 

Nadie en su sano juicio quiere convertirse en el número uno. Todos sueñan más bien con ser el número diez, el goleador indiscutible, o un seis con harto dominio de balón y la habilidad para poner los pases como con la mano. Pero el arco, el arco es otra cosa, es un territorio oscuro e ingrato al que nadie aspira voluntariamente y al que no se llega por elección primera sino por descarte. Basta con recordar los primeros partidos en el barrio o en el colegio cuando, después de regir y escoger los equipos, había que tomar la decisión nefasta de quién diablos se iba a parar en el arco. Entonces, si no había un loco que se ofreciera de voluntario, todos los ojos se clavaban en el gordito, en el hermano menor o en el más malo del equipo que, resignado, caminaba hacia el rincón de los desplazados. Ahí no solo se iba a perder del placer de correr tras la pelota como poseso o de la gloria de anotar un gol, sino que, peor aún, se iba a exponer a cargar con la responsabilidad absoluta de la derrota.

Mi relación con el arco empezó en el barrio, donde, por no poder hacer más de diez pataditas seguidas, me condenaron a las dos piedras para siempre. Al principio, lo confieso, me sentía un desterrado, o mejor dicho, un aceptado de chiripa. Además, me daba un miedo terrible eso de los pelotazos furibundos en el cuerpo, en la cara o en la boca del estómago. Parafraseando a García Márquez, tengo pues la clara impresión de que empecé a ser un guardameta cuando descubrí que no servía para nada.

De la pista del barrio a la cancha del colegio no hubo mucha diferencia, salvo la elección voluntaria de pararme bajo los tres palos para evitar la sensación de ser el- peor-es-nada. Y, a fuerza de malas experiencias, es decir, de fallas garrafales, de humillantes túneles, de pelotas infames que se resbalaban lenta e irremediablemente entre los dedos, de moretones espantosos en los codos y en las caderas y de reiteradas luxaciones en todos los dedos de la mano, aprendí el duro oficio de ser el número uno y terminé por convertirme en el único arquero del colegio. Luego, cuando tenía catorce años, debuté en un equipo de mayores. El equipo se llamaba Torres de Limatambo. Jugábamos en las malísimas canchas de la liga de San Borja. Aún recuerdo los nervios de esos primeros partidos, la seguridad que llegaba inevitable con la primera atajada, el hermoso viaje en cámara lenta de una volada impecable, la velocidad y la fuerza de una achicada certera o, mejor aún, la gloria absoluta de mi primer penal atajado en el momento más difícil del partido.

El mundial de México 86 terminó de sellar el amor incondicional que ya le rendía al número uno. Toni Schumacher, Rinat Dassaev, Jean-Marie Pfaff y Joel Bats me deslumbraron con su fuerza, su plasticidad, su destreza y su liderazgo indiscutible. Recuerdo que, al terminar de ver los partidos, todos los amigos del barrio nos reuníamos en el parque a jugar tiros al arco, y yo, con mis guantes Player, volaba de un árbol a otro y me sentía, más que nunca, un gran arquero.

Al terminar el colegio, confundido a más no poder y sin el más mínimo deseo de continuar estudiando, un buen día llegué a mi casa y les dije a mis padres que lo que más quería en la vida era ser arquero profesional. Obviamente los viejitos pusieron el grito en el cielo. No podían concebir que su hijo menor fuera a convertirse en un vil pelotero, un hombre sin oficio ni beneficio. Y, lo peor de todo, es que ellos no fueron los únicos en oponerse. Mis tíos, mis amigos, todas las personas que conocía me hacían terribles comentarios en torno a mi decisión. Entendí entonces que el fútbol en el Perú no era una opción sensata para un muchacho de clase media, que muchos pensaban que esa era una salida para los pobres, para aquellos que no tenían mejor opción que la de patear una pelota para alimentarse. Pero yo me mantuve firme en mi decisión y, gracias a la única persona que creía en mí, pude tener mi gran oportunidad.

—¿Quieres ir a probarte a Alianza?, la próxima semana van a hacer pruebas para los juveniles —me dijo el padre de mi enamorada una tarde mientras tomábamos lonche.

La piel se me erizó desde los talones hasta la base de la nuca. No pude dormir bien hasta el día de la prueba. Lustré mis chimpunes Febo hasta dejarlos como espejo, lavé mi camiseta Mitsuwa y mis medias rojas de hilo grueso que sujetaba con ligas para que no se chorreasen, cosí por milésima vez las rodillas de mi buzo negro y le eché bastante talco a mis guantes Player que olían a muerto.

Nunca me voy a olvidar de ese día. Era un jueves de octubre. El sol de la tarde se posaba anaranjadísimo sobre las fachadas de las casas. El padre de mi enamorada me recogió a la salida del colegio y me llevó al coloso de Matute.

—Tienes que estar tranquilo y hacer lo que sabes —me dijo al bajar del auto.

Entramos por la puerta de la calle Aptao. Una veintena de muchachos esperaban ansiosos en el estacionamiento. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, pero me pareció una eternidad. De pronto, el Cholo Castillo salió de una de las oficinas. Se me aflojaron las rodillas al verlo. Alto, flaco, con una guayabera blanca y esos dientes enormes y chuecos, el Cholo era una institución en Alianza Lima, conocido por su habilidad para descubrir nuevos valores. Saludó muy efusivamente al padre de mi enamorada. Después, anotaron nuestros nombres y fechas de nacimiento en una lista y nos llevaron a los camerinos para alistarnos para la prueba.

Lo hice bien esa tarde, el Cholo Castillo me llamó al final del día, me dio la mano y me dijo que podía empezar a entrenar a partir del lunes siguiente. En mi casa la noticia cayó como balde de agua fría. Pero a mí ya nada me importaba, me sentía el hombre más feliz de la Tierra. Todo se pintaba fabulosamente bien hacia delante. La gloria del fútbol me esperaba con los brazos abiertos. Yo solo quería volar.

El lunes preparé mi maleta con gran emoción. Llegué puntual y al entrar a los vestidores descubrí que yo era el único juvenil blanco de todo el equipo, cosa que después se corroboró con el apodo que me pusieron: el Gringo, aunque es necesario acotar que de gringo no tengo nada, pero bueno, así es la vida. El entrenamiento fue largo y duro, me hicieron correr, saltar, volar, descolgar, embolsar y hacer un millón y medio de abdominales. Confieso que más de una vez tuve ganas de tirarme al piso rendido, pero el orgullo y las ganas me lo impidieron.

Al terminar, todos nos dirigimos a los vestidores. Cansado, cubierto de tierra y con unas ganas enormes de refrescarme, me quité la ropa, abrí mi mochila y saqué mi toalla, mi jabón y mi frasco de champú. Me di cuenta entonces de que los veintidós jugadores me estaban mirando con malicia. Lo que sucedió después fue increíble, pero juro que fue cierto: Los veintidós se bañaron con mi jabón, se lavaron la cabeza con mi champú y no solo eso, sino que, además, se secaron con mi toalla.

Dos meses duró mi aventura con el equipo juvenil de Alianza Lima, dos meses largos y tortuosos en los que descubrí que la realidad del fútbol era pobre, pobrísima. Los muchachos, entre los que estaban Waldir Sáenz, Canco Rodríguez, Basombrío y Cano, llegaban con una bolsa pequeñísima en la que yo nunca comprendí cómo entraban todas sus cosas. Ellos no usaban medias, tampoco canilleras, o si las usaban, las fabricaban rápidamente con cartón de caja. Tampoco usaban suspensores, cosa esta que me asombraba porque para mí era inconcebible entrar a una cancha sin la debida protección; incluso, muchos se ponían el short sin ropa interior. Claro está, no volví a llevar mis útiles de aseo e, inevitablemente, entré al ritual diario de buscar restos de champú o pedacitos de jabón en las duchas. Cuando alguien encontraba un poco de champú, todos los demás le sacábamos un poco de espuma de la cabeza para lavarnos.

Un día, luego del entrenamiento, uno de los muchachos se me acercó y me jaló con mucha discreción lejos del grupo.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Gringo —me dijo—, entre nosotros, nomás.

—Dime.

—No tienes por ahí un poco de ropa que me regales. Una camisita o un pantalón.

Me partió el corazón en diez. Al día siguiente le llevé dos camisas y un pantalón. A partir de ese momento, mi fascinación por el arco, mi deseo loco de ser el número uno, se fue diluyendo lentamente en la triste realidad. Después de todo, Alianza Lima era uno de los equipos más importantes del Perú.

Me fui de Alianza por tres motivos: porque no soportaba el sobrenombre Gringo, porque estaba regalando toda mi ropa y porque surgió la oportunidad de entrenar en Defensor Lima, que acababa de ascender a la primera división. Roberto Chale era el entrenador y Rubiños y Burela, los preparadores de arquero.

Con los Carasucias hice mi primera pretemporada. Nada de tocar la pelota durante tres largas semanas. Entrenábamos en la cancha de Electrolima, cerca del puente Alipio Ponce, en San Juan de Miraflores. Una mañana nos hicieron correr por la Panamericana Sur hasta Lomo de Corvina de ida y vuelta. Yo, que estaba muy motivado ante la posibilidad de jugar en la primera división, quería siempre esforzarme al máximo, tomar la delantera, demostrar que podía ser el mejor. Pero, a los pocos días, uno de los jugadores más viejos del equipo se me acercó mientras estirábamos luego del calentamiento y me dijo:

—Compadrito, será mejor que lo tomes con calma. A nadie le gustan los rapiditos.

No sé si fue un consejo o una amenaza, pero a partir de ese momento, me di cuenta de que casi todos los jugadores, de una u otra manera, siempre querían sacarle la vuelta al trabajo, corrían a media máquina, esperaban a que el entrenador se distrajera para dejar de trabajar, inventaban lesiones, enfermedades, accidentes en la familia, todo para evitarse un poco de esfuerzo o algún día entrenamiento. Además, me percaté de los elevados niveles de envidia y tensión que había dentro del equipo.  Nada de compañerismo, más bien ganas de que el otro se hunda, que le fuera mal, que se lesionara de gravedad y para siempre.

Éramos cuatro los número uno en Defensor Lima: Colina, Munaico, Palma y yo. Rubiños y Burela nos hacían sudar duro. Siempre teníamos que quedarnos una hora más que el resto del grupo. «El guardameta es el que más trabaja», nos decían, «el jugador más completo del equipo, el que tiene que jugar con los pies y con las manos, el que tiene la obligación de transmitir confianza y ordenar al equipo. El fútbol es como el ajedrez y el arquero es el que mueve las fichas dentro de la cancha. Tiene que tener voz de mando y ganarse el respeto de todos».

Según Rubiños, el golero es el ochenta por ciento de un equipo. Según yo, el arquero es un ente único, solitario y poco comprendido, separado del resto por un hálito de misterio, y que, además de lo ya dicho, debe ser necesariamente un roble psicológico, listo para soportarlo todo y reponerse. Esa es la paradoja del arquero: ser el olvidado más importante de la cancha. Los programas deportivos hacen siempre la selección de los mejores goles, pero rara vez presentan las mejores atajadas. Nadie comprende el hermoso ballet del arco, el trabajo desmedido que tras él existe. Muchos piensan que el arquero se la lleva fácil, ahí, paradito bajo los tres palos. Solo los verdaderos número uno podemos comprender la magia y el poder que un meta encierra.

Palma, el primer arquero del equipo, era un negro gigante que tenía las manos más grandes que yo haya visto en mi vida. La pelota parecía convertirse en una naranja cuando la atenazaba. Una tarde, luego del entrenamiento, Palma me preguntó si quería almorzar con él. Accedí feliz a su invitación. Nos cambiamos y fuimos a los comedores de Electrolima. Nos sentamos y ordenamos el menú del día: sopa de pollo y estofado. Entonces, tuvimos el diálogo más extraño y revelador de mi corta vida como futbolista profesional.

—¿Eres de Lima? —le pregunté.

—No, soy de Chincha. Pero, déjame decirte que mi mamá es blanquita y de ojos verdes, lo mismo que mis hermanas y mis tíos. ¿Tus papás también deben ser blanquitos?

—No —le dije—, mi papá es mulato y mi abuelo era negro.

—¿Ves? —me dijo—, uno nunca sabe cuándo la raza cambia. Yo soy el único oscurito de mi familia.

No pude hacerle una sola pregunta más, quedé destrozado, convencido de que en ese diálogo se encontraba la verdad del fútbol peruano. Se había perdido por completo la autoestima, la identidad, el valor del deporte como tal. Ya no había Cubillas, Chumpitaces, Quirogas, La Rosas, Cuetos, ni Challes; porque ese que me entrenaba, ya no era ni la sombra del «Niño Terrible» de la Bombonera. Más de un lunes lo vi llegar con los ojos rojísimos y su decadente lata de cerveza en la mano. Al parecer, el Cholo Sotil no solo ha sido el antihéroe más grande del fútbol peruano, sino, también, el símbolo más claro de la decadencia del jugador. No me sorprende entonces que, así como Palma, nuestro fútbol ya no sea capaz de llegar a ningún lado, salvo a los titulares de los programas de chismes y al grito desesperado de la barra Aliancista: «Dirigentes y jugadores la misma porquería, fuera los borrachos». Y si recordamos la acertada frase de Camus: «La patria es la selección nacional de fútbol», no nos queda más que echarnos a llorar.

Felizmente, todavía hay gente que está intentando hacer algo por el fútbol nacional. Un claro ejemplo de esto fue Constantino Carvallo, que llevó a los muchachos de las divisiones inferiores de Alianza Lima a los salones de Los Reyes Rojos. Una acción tan simple como esta ha rendido frutos importantes. Prueba de ello son Paolo Guerrero y Jefferson Farfán quienes triunfan ya en el extranjero, el primero en el Bayern de Munich y el segundo en el PSV de Holanda. Parece ser que la esperanza siempre se levanta desde un salón de clase.

Nadie se alegró más que mis padres ante mi decisión de renunciar a mi aspiración de ser un profesional de los tres palos, aunque es necesario aclarar que la alegría no les duró mucho, porque, de la soledad y de la incertidumbre de ser el número uno, a la soledad y la incertidumbre de ser un escritor, no hay mucha diferencia.

La comparación entre el escritor y el guardameta no es solo bastante acertada por todo lo que ambas profesiones conllevan (la soledad, la incomprensión, el trabajo duro e invisible, la capacidad para ordenar, la posición de espectador), sino que, además, tiene un respaldo claro y solvente. Albert Camus, Vladimir Nabokov y Henry de Montherland, por solo citar algunos, fueron guardavallas antes de entregarse a las letras. Y ni qué decir sobre todo lo que se ha escrito en torno al número uno: Rafael Alberti, Günter Grass, Camilo José Cela, Miguel Hernández, Antonio Gallego, Wenceslao Fernández, Ramón Irigoyen, Jorge Eslava y un largo etcétera le han dedicado hermosas páginas al solitario del fútbol.

Yo dejé mis aspiraciones profesionales, pero nunca he podido dejar el arco. Una y otra vez regreso a él como si fuera la primera vez. Después de Defensor Lima, equipo del que me alejé sin pena ni gloria, es decir, simplemente desaparecí, he jugado en el Magic Sport, en el Orrantia, en el glorioso Real Miraflores —sin lugar a dudas el equipo en el que pasé mis mejores tardes futboleras—. Y, desde que vivo en California, he jugado en el Mount Diablo y, ahora, lo hago en el Chelsea donde he tenido la suerte de encontrar a otro colega escritor que sospechosamente no es arquero. Es más, este domingo tengo un partido a la una de la tarde, así que le pondré punto final a este texto para irme a limpiar mis chimpunes y para echarle talco a mis guantes que ya huelen a muerto. De alguna manera, sigo siendo ese chico que solo quería volar.

 

* Texto publicado originalmente en “Bien jugado-Las patadas de una ilusión”. Ed. Aguilar, 2011. Lima-Perú.

 

 

 

 

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