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Un paréntesis de alegría

Ve un auto estacionado y una pareja canibalizándose; el Inefable se percata que las manos de la carnicera van calando desde los hombros, yendo en vertical. Le jode, pues están en la puerta de su edificio. Se acerca, golpea la ventanilla y les dice: “¡vayan a hacer sus cochinadas a un hotel, a la playa o un parque!”. Su vecina se baja indignada: “usted va a escucharme”. El auto arranca. 

Tenía 25 años trabajando entre colegios, universidades e institutos. De joven fue un soñador y todo un garañón italiano, deseando ser un escritor de buhardilla parisina con aromas de mujer europea.

Mientras terminaba literatura fue profesor en un colegio de curas, de esta forma, financió parte de su carrera y la totalidad de sus noches bohemias.

Después de graduarse publicó su primer libro de poemas; se distribuyó en cuanta librería encontrase, mandó a cuanto diario o revista tuviese —por más pequeña que esta sea— una sección cultural y a cuanto personaje saturara la burbuja cultural y culturosa de Lima.

No pudo ser más grande su fracaso.

La crítica especializada llamó a su poemario “ludopatía huachafa”, “el poemario de los infantes”. Se vendieron solo por la curiosidad que había despertado; semanas después se encontraban en las reventas de libros por peso.

Salía de casa para dictar clases; su andar delataba que su yo escritor agonizaba; sus noches de bohemia fueron cambiadas por lecturas depresivas, música para suicidas y un insomnio fiel. Además, la envidia comenzaba a poseerlo: veía cómo sus amigos publicaban cuentos en revistas, y la crítica, que al inicio se mostró mezquina, empezaba a derretirse frente a ellos.

Publicaron a un compañero de aulas que él consideraba como un necio. Escribió una carta negra y sinfónica demostrando, página a página, de manera divertida y lúcida, la sutil incompetencia de su colega. El editor del diario, al leerla, deseó contactarlo inmediatamente para su publicación. Luego, una vez por semana, sus sarcásticas y certeras críticas eran impresas en el diario. Pronto fue llamado “El Inefable”.

Durante un cuarto de siglo se dedicó a estas dos labores: la enseñanza en todos sus niveles y la crítica corrosiva y escandalosa. Con el transcurrir de los años, sus clases, antes ágiles y divertidas, se convirtieron en densas y apáticas, producto de la rutina. Él, mientras dictaba, siempre caminaba entre los alumnos, alzaba la voz para despertarlos y su agilidad mental les atraía contando historias laterales al tema de clase. Pero un día se sentó. Cumplió con la clase y no soportó la mínima broma que antes le arrancaba una sonrisa. Señaló a uno y le pidió que fuese a la rectoría y que le avisara cuando comience a llover. El muchacho no entendía lo que El Inefable solicitaba, este le dijo, es muy fácil, solo siga las indicaciones.

El Inefable, por sus críticas siempre académicamente tan precisas y sentimentalmente corrosivas, se había ganado el respeto de muchos y el encono de todos.

El silencio y el temor se instalaron en el aula. Desde ese momento, la satisfacción en su mirada.

Sus más cercanos amigos retrasaron sus visitas, convirtiéndolas en esporádicas.

Se le veía en los cafés leyendo solo.

En los restaurantes comiendo solo.

Solo.

Una mañana caminaba, panzudo, hacia el periodiquero con el que llevaba la única relación sobreviviente; tenían más de 10 años viéndose de manera casi ininterrumpida. El diálogo era siempre el mismo:

-¿Cómo está?-. Preguntaba a manera de saludo El Inefable.

-Mal. ¿Y usted?-. Correspondía el periodiquero.

-He estado peor.

-mmm…, gracias.

-A usted.

Así durante años.

Pero todo cambió tras el atentado del 11 de septiembre:

-¿Crees que empezó el fin del mundo?-. Preguntó el periodiquero mientras buscaba el diario.

-El día que los gringos y sus edificios sean el mundo, el mundo se habrá acabado.

Sonrisa mutua.

-Gracias.

-A usted.

Vuelve con el diario bajo el brazo refunfuñando por este mundo gringocentrista; ve muy de cerca un camión de mudanza repleto de baratijas coloridas —según calificó—, dirigido a un departamento inferior al suyo.

El ascensor lo comparte con una joven, lleva pantaloncillos cortos, piernas blanquísimas y una camiseta gastada y cómoda. La chica que no cuenta con más de 17 años, lo mira y saluda, “Buenos días, señor”, él da un respiro a modo de respuesta. Ella insiste, “Buenos días… ¡salude, ¿no?, ¿acaso hemos dormido juntos?”. Fórmula que detestaba y cuando voltea, la niña está ruborizada por su comentario. Él bufa con toda su autoridad, fama y adultez. Entonces es sorprendido: (ella abre los ojos enormemente, tanto que parece un anochecer, y le regala una sonrisa fingida de niña inocente.  Aquí me quedo, le da un tímido beso y se va).

El Inefable perdió.

(Dos días más tarde se cruzaron nuevamente en el ascensor. Él le tenía miedo; pues algo dentro de sí, una sensación desconocida, hacía que tuviese el secreto deseo de que ella lo salude y estampe en su mofletudo cachete un nuevo beso. Sin embargo, su temor era mayor y hacía que este no de señal de interés. Ella estaba muy distraída leyendo un papel obsesivamente.

—¿Quién era la primera faraona?—. Murmuró ella.

—Hatchesupt—. Dijo él mecánicamente.

Ella le sonrió y dándole un suave beso, le agradeció. El Inefable perdió nuevamente. Le dijo que se estaba preparando para dar el examen de admisión para la universidad en la que El Inefable trabajaba como profesor. “Lolita”, pensó de inmediato).

El Inefable, por sus críticas siempre académicamente tan precisas y sentimentalmente corrosivas, se había ganado el respeto de muchos y el encono de todos.

Esta niña no tenía idea de quién era; sin embargo, sus padres eran fieles lectores de su columna. ¿Es él? Sí. ¿Por qué no lo invitamos a cenar? El Inefable aceptó, porque quería ver esas piernas de niña blanca que lo habían atormentado tanto las últimas noches, porque se sentía solo, y sobre todo, porque lo habían provocado con un delicioso cabrito a la norteña.

Jazz de fondo. Luz baja, tanto que dificultaba la comida. La conversación no fue de las mejores. El Inefable se aburrió. Al volver a su departamento se sintió arrepentido por haber perdido tanto tiempo; pero sabía que algo había aprendido esa noche: a la niña le encantaba el helado de café.

(Ya sentado en su sillón se sirvió en una copa el mentado helado, lo había comprado para probarlo como si fuera un científico y formular hipótesis acerca de ¿qué tipo de chica puede gustar un helado de café?  Le parecía obvio el tipo de chica fresa o vainilla; ¿pero el fuerte y agrio sabor del café?

El café tiene dos connotaciones: es un estimulante inhibidor de sueño, por lo tanto, gustaría de las veladas largas y profundas; y, en segundo lugar, es una bebida de adultos. Esto le daba cierto ánimo de bajo vientre que le hicieron reír por ridículas, mas no por falsas).

A la mañana siguiente El Inefable no podía sentirse mal por la esperanza ridícula encontrada. La respuesta cambió esta vez.

-¿Cómo está?-. Preguntó el periodiqueo,

-Bien-. Respondió titubeando, después de pensarlo durante un instante.

Sacudió la cabeza y siguió para adelante.

Camino a casa se encuentra con la niña. Al verlo, ella se acerca y (le da un beso en la mejilla).

—¿Qué pasa? Le pregunta él.

—Nada, es que mañana es mi examen y estoy un poco nerviosa.

—Ah, el de admisión. Te va a ir bien, tienes la mirada de invencible. En mis tiempos, las cosas no eran así.

(—En tus tiempo sólo existía San Marcos, ¿cierto?

Ella ríe por su broma, él había pensado en un, ¡mocosa del demonio!, muy digno, claro; pero al verla reír entendió que era un inocente chascarrillo, nada más, y la aceptó).

El Inefable había decidido salir e ir a cenar a un elegante restaurante. Su compañía sería la habitual: una pequeña libretita en la que va anotando frases e ideas que piensa dejar para la posteridad; pero esa noche, su libretita se llenaría de palabras que nunca imaginó volver a repetir.

Cuando abre la puerta del edificio ve a una turba de muchachos en busca de licor. Siente una opresión en el pecho al ver tanta juventud y ya estaba a punto de lanzar una serie de ataques hacia ellos cuando (vio a la niña ebria de felicidad, empapada en huevo y cerveza).

Ella abre los brazos y grita ¡ingresé! ¡ingresé!, lanzándose sobre él. No puede evitar pensar ¡Mi ropa, la está ensuciando! (Pero prefiere disfrutar su abrazo, colocar una mano sobre su cabeza enhuevada y decir, ¡felicitaciones, niña! Ella, de pronto, ensombrece, se aleja de él y le agradece secamente. El Inefable ignora lo que hizo mal); pero sí sabe que tiene que volver a casa,  cambiar de saco y lavar sus manos.

Para él era imposible reconocer lo que aceptaba en esas noches afiebradas y solitarias bajo sus sábanas. La trataba como si fuera su sobrina. Volvió a oscurecerse un día, después de que le dijo, niña, tú y los de tu generación… (Ellos ya conversaban cada vez que el azar los reunía).

—¿Qué pasa?—. Interroga preocupado.

(—No me gusta que me digas niña, me haces sentir que no puedo hacer las cosas que quiero).

El inefable deseó sonreír como un padre. Intercambian un par de frases más y se pierden entre los pasillos del edificio.

*

Él había llenado su libretita. Regresa emocionado porque, después de tantos años, había vuelto a escribir. Lleva una botella de vino bajo el brazo, quiere festejar con ella como siempre lo hacía: (se sentaría sobre su sillón, licor, y recordaría todas las conversaciones que tuvo con ella).

Pero esa fue la noche del caos. Cuando está a punto de entrar al edificio, observa en un auto estacionado a una pareja canibalizándose; el Inefable se percata que las manos de la carnicera van calando desde los hombros, descienden en vertical. El Inefable se percata que las manos de los ocupantes se pierden entre los pliegues de ella y de él. (Sonríe un poco pues recuerda esas travesuras de antaño); pero le jode pues están en la puerta de su edificio. Cuando entra ve que, del auto en cuestión, sale la niña. Él no siente nada, solo piensa que la niña partió.

Mientras descorcha, la imagen de esos dos en el auto lo comienza a perturbar, lo sigue hasta la cama y no lo deja dormir.

Siete días más tarde está dictando una clase, intenta explicar los principios de la semiótica, pero sabe que a sus alumnos solo les interesa aprobar, los manda a leer y analizar un texto, se sienta refunfuñando interiormente.

(Un mensaje suena en su celular: soy tu niña. Creo que me estoy enamorando, tengo miedo. Lo sorprende y evoca su deseo más secreto: ser quien posea sus sentimientos. Sonríe, pues ella era la única persona capaz de hacerlo sonreír). Nota en su clase que alguien ríe, lo señala con el dedo, como si le fuese a disparar, le pide que vaya a la rectoría y que le avise cuando los moros lleguen.

 

(Entendía que debía conformarse con observar cómo ella se enamoraba y cómo, en algún incierto futuro, le romperían el corazón).

*

Un mes después publicó su segundo libro de poemas. Esta vez las críticas fueron peores, más rudas, pues muchas eran venganzas. Pero él se sentía satisfecho, pues, como dijo en la noche de la presentación (mirando a los ojos de una niña que llevaba de la mano a un lustroso enamorado), se ha escrito como se debe escribir, desde ese ego sensible llevado al borde de la locura, del amor o de la muerte; o de todas al unísono.

 

 

 

 

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