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La inundación

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Él está sentado bajo un árbol, absorto en la contemplación de la noche líquida posterior a la inundación de Calderas.  Su espalda se apoya a plomo contra el tronco, sus piernas están separadas y sus manos caídas a los lados como si no desease moverlas nunca más luego de lo que exigieron las infinitas horas cargando los restos del pueblo hacía algún lugar donde no llegase la furia del río destructor de su propio cauce, como sí la voluntad humana de establecerse a su margen insultase sus méritos de fertilizador de esta tierra que sin él moriría exangüe y olvidada.

Por:

Carlos Arámbulo

Tira la cabeza hacia atrás y deja ver la prominente nuez en su garganta.  Ella lo observa y él lo sabe.  Cree que desde aquí no puedo verla; como el avestruz, supone que cuando su cabeza está oculta nadie puede verla.  No necesito ver su rostro, desde aquí tengo a mi alcance lo que por ahora me interesa de ella; sus piernas duras, las caderas anchas que no sé si inocentemente o no balancea de un lado a otro cuando su peso agota una pierna.  Entre el torso y un brazo puedo ver la punta de un pezón asomándose como una lengua tímida en un beso, a ratos veo el seno completo dibujando su sombra sobre el pecho y me parece notar que entre las ondas de cabello castaño un ojo atento vigila mis reacciones, pero no puedo acercarme a ella, al menos no mientras esté rodeada de ese par de viejas, lo único que le quedó de familia.

Ella ayuda a separar lo poco que quedó de comestibles, algunas verduras, un poco de carne… la imagen es casi la de un campamento gitano con un enorme fuego al medio de él.  Con disimulo, ella vigila lo que él está haciendo y cree saber que la está mirando.  La primera vez que lo tuvo cerca había sido precisamente este día.  Entre el delirio de aguas que entraban por las ventanas, las puertas de las casas y de los establos, sintió que un brazo la rodeaba y pudo adivinar que se trataba de él.  Podía sospechar, por los comentarios, lo que hacían su hermano y él en el establo y entender los mugidos acompañados de risotadas y movimiento de manos que les lanzaban los demás muchachos del pueblo.  Esa tarde ella se había ocultado entre las maderas apiladas al fondo, más allá del pequeño henil, y había podido ver a los dos amigos desnudarse de la cintura hacia abajo.  Cuando lo vio supo que ese bálano curvado y ascendente, que parecía sonreír con esfuerzo por la tirantez de ese rojizo frenillo que intentaba detener inútilmente su crecimiento, no podía ser de su hermano.  Supo también que deseaba tenerlo entre sus manos, jugar con él hasta agotarlo.  La furia de los golpes de aire en que se había convertido su respiración, le advirtió que podrían verla.  Salía intentando hacer el menor ruido posible cuando oyó el bramido angustiado que hizo salir corriendo a los dos muchachos.  Un ruido bronco y sostenido que nacía no muy lejos del establo anunciaba una masa de agua que levantaba las casas y las recostaba sobre ella misma, despedazándolas contra las piedras que echaban chispas al chocar entre sí.  Un temblor sacudía la tierra, las tejas caían y se rompían contra el piso, los animales corrían hacia cualquier lugar, rompiendo cuanto cerco hallaban en su camino.  El agua venía tras ella empujándola hacia el brazo que la tomó de la cintura, resistiendo todo su peso como si este fuese nada.

Podría haberme llevado donde se te hubiese ocurrido y terminar de romper el poco de ropa que me dejaron encima el agua y las cosas que arrastraba chocando entre sí y contra nosotros; podría haberme dicho cualquier cosa y le habría creído.  Pero me trajo hasta aquí y se sonrojó cuando le pregunté sí era igual de valiente para otras cosas.  Ahora me mira a medías y juega a lucirse solapadamente, intentando hacerse el interesante, todo ondulado, envolvente, parece jugar con los colores como un camaleón.  Sí tuviese que darle alguno sería morado; morado, envolvente, elástico y duro, apretado como la imagen de sus glúteos llenos de vello moreno y ensortijado.

Entrecierra los ojos y vuelve a sentirse tan ligera como cuando él la levantó del piso como si fuese una burbuja y la subió al tejado desde el cual vieron pasar animales y personas confundidas entre muebles, herramientas, pedazos de cerco y puertas despedazadas.  Sobre el ronquido de la corriente se oían los llantos y lamentos de algunos sobrevivientes; voces que repetían a gritos nombres que ya no responderían.  A lo lejos, en el bosquecillo, los que hablan tenido tiempo de correr agitaban los brazos. Él la llevaría ahí apenas cediera la corriente y la dejaría pasmada y muda entre los restos fantasmales de Calderas.  Abre los ojos y acaricia el pasto tupido y verde.  Una de las viejas se ha separado del grupo, su sombra alargada se aproxima a ella y le acaricia los cabellos.

Ella siente un sudor ajeno mojándole la espalda y el latido de otro corazón creando un ritmo distinto al propio en el interior de su cuerpo, como una vibración sorda y lejana que penetrase en sus pulmones rebotando al interior de ellos hasta desaparecer confundida con su respiración

– Niña, niña… – suspira -.  Te has quedado sola… ¿qué vas a hacer ahora?

Ella no responde.  Se aproxima a él que aparta la cabeza del tronco y la contempla casi asustado.  La ve llegar rodeada por las llamas elevadas de la fogata.  La figura se empequeñece, ahora está en cuclillas, delante de él, y lo observa con vergüenza, pero con ansia.  Sus labios intentan esconderse bajo los dientes, los muerde con fuerza.  Se miran un momento sin saber qué decirse.  Él separa un poco más las piernas y golpea uno de sus muslos con la palma abierta, invitándola a recostarse, a olvidar por un momento a las viejas, la comida, la muerte a su alrededor.  Ella permanece acuclillada con las manos delante, entrelazadas.  Él estira una de las suyas y le roza un brazo.  Finalmente se sienta ante él, apoyando su espalda contra el pecho del muchacho.

Ahora quien parece tener miedo a lo que pueda suceder es ella, y quizá no se atreva a hacer nada más que permanecer ahí sentada, mirándome sin hablar.  Entonces tendré que intentar algo como preguntar ¿Cuál es tu nombre? O ¿qué hacías en el establo? Comiéndome la vergüenza de saber que ella me ha visto o ha podido imaginar lo que estábamos haciendo ahí. Pero podría no decirle nada, cogerla del brazo y hacer por ella lo que no se atreve, pero quiere hacer.

Y pensará que me voy a quedar sentada aquí, mirándolo. No se da cuenta de cómo está llevándome de las manos hacia él sin haber estirado un dedo. Cualquier cosa me haría romper en pedazos la decencia esta noche, cualquier cosa me convencería de acompañarlo en lo más sucio que pudiese ocurrírsele.

Ella siente un sudor ajeno mojándole la espalda y el latido de otro corazón creando un ritmo distinto al propio en el interior de su cuerpo, como una vibración sorda y lejana que penetrase en sus pulmones rebotando al interior de ellos hasta desaparecer confundida con su respiración. Cree oír a las viejas comentando algo a la vez que hacen esfuerzos por no dirigir la mirada hacia ellos.  Entonces desliza su espalda contra el pecho que la acoge, lentamente al principio y luego sin timidez hasta dejar su cabeza recostada contra la ingle de su dulce amigo.  El dirige las manos hacia sus sienes, las masajea con movimientos largos, intensos. Ella siente que desde su nuca y hasta la parte más alta de su cabeza aletea un animal cautivo, tenso y caliente, que ese calor vence el tamiz de sus cabellos y penetra hasta más adentro, hasta el cráneo y más allá aún, forzando su vergüenza al máximo, hasta el límite de lo que podría permitirse sentir en su primera noche de libertad. Las manos siguen recorriendo suavemente su cabeza, aumentando y disminuyendo la presión de los dedos hasta parecer formar parte de los latidos que ella puede sentir nacerle en la nuca y acompañar todo el curvado recorrido de la insólita almohada.  Marchan veloces y con toda intención hasta ese lugar desde el cual no existe más camino de vuelta que la desnudez, el temblor y un alud de líquidos densos y tibios que hacen todo más fácil, y recuerdo la primera vez, a esa mujer… entonces me pareció que el mundo podría partirse en mil pedazos y ser como una de esas plantas que lanzan sus semillas sin importarles dónde ni cómo caigan, y pensaba que me estaba muriendo, que la presión me descendía rapidísimo y que las cosas parecían salir de mi conciencia disparadas con prisa, espantadas, casi con respeto por lo que estaba sintiendo yo por primera vezdespués me dejó ahí, suelto en medio de esa catástrofe estelar que me había dejado absolutamente solo, envuelto en una soledad tierna, calma, roma…

un remate romo, gentil y cuidadoso, temeroso de dañar, tan sutil que apenas se insinúa como final, un final arrepentido de serio y que aún se esfuerza por dejar la impresión de que podría continuar infinitamente calentando mis cabellos, ondeando y balanceándose, llegando y despidiéndose como se terminan o inician las conversaciones con amigos olvidados, entonces balanceo mí cabeza y paso de

lado a lado, como sí temiese que se note lo que está haciendo y no me habla, no dice palabra alguna, no pregunta si me incomoda su peso o sí podría tirarme un poco más atrás y temo que como esa primera vez quede mareado y absorto, con esa turbación que me pedía seguir o rogarle a la mujer de entonces que se quede en el pueblo para siemprepara siempre

o al menos durante lo que nos quede de vida

o al menos hasta que nos venza el sueño

Ahora nadie parece verlos y si pueden hacerlo desvían la mirada con cautela.  Las manos ya han pasado un millón de veces por entre los mismos cabellos hasta decidirse a rozar los carnosos lóbulos de las orejas, la parte baja de las mejillas, luego los labios y me parece encantador e indecente y los entreabro para dejar que mí lengua acaricie la punta de ese intruso con la misma presión que lo ha guiado hasta aquí

y recuerdo la otra consistencia oculta entre los muslos, húmeda y viva, y tengo miedo de saltar de donde estoy y hacer cualquier cosa que los demás no deban ver, así que me quedo en el mismo sitio, recostado contra el tronco, acariciando ahora sus párpados, su frente, otra vez la boca entreabierta, las orejas y otra vez comenzar mientras parte de mí cuerpo parece haberse independizado de mí y tensarse más y más bajo el peso de su cabeza. , Ella lo sabe, yo lo sé, ambos lo sentimos pero aún no nos hemos dicho nada.  Quizá porque todos nos miran como si estuviésemos tomándonos las manos por debajo de la mesa o como ella debió habernos visto en el establo y eso aumenta el calor y esa sensación de dolor agradable muy dentro del vientre, como si algo buscase abrirse camino y..

Ella advierte lo que sucede dentro de él y acelera apenas los movimientos de su cabeza.  Dentro de ella se inicia otra batalla con la secreta esperanza de alcanzarlo, de llegar hasta donde él llegaría y salir juntos derribando a su paso el bosquecillo, el fuego, a toda la gente que simula hacer cualquier cosa menos mirarlos de reojo con envidia o condena en la mirada.  Una fuerza le encoge el estómago y dobla sus rodillas, contrae sus glúteos intentando elevarlo del piso, cambiando la expresión serena de su rostro por un gesto ansioso que acompaña el tropel de sensaciones que brotan como una fila de hormigas desbaratada.  En su mente todo se desliza, chorrea como eso que se adensa entre los vellos de su vientre y traspasa la tela del pantalón hasta humedecer los cabellos largos de ella (¿Qué música es esa que suena en su cabeza?  Esa imagen que se desvanece ¿Es ella misma? ¿Es la de él?)

Ella siente bajo su entrepierna un diminuto charquillo que se ha formado con el polvo del piso, como una enorme represa de aguas turbulentas cuyo nivel crece dentro de ellos y hasta desbordarse entre temblores sobre un coro de gritos y piedras golpeándose, rompiendo diques e inundándoles desde el centro de sus cuerpos, llevando en ellas las voces, las miradas de todos, girando y girando y arrastrando vertiginosamente objetos dispares y su adolescencia por entre los apilados cadáveres absortos de sus padres, las viejas y el miedo.

 

Tomado de: Un lugar como este- Carlos Arámbulo. Ed. Estruendomudo, 2016.

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