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Título: La casa muerta
Autora: Alina Gadea
Editorial: Altazor, 2014

Hay algo en la prosa de Alina Gadea que seduce. No hablo solo de las imágenes bien logradas, sino el buen ritmo con el que sabe llevar bien cada una de sus historias. La casa muerta, al igual que Otra vida para Doris Kaplan, corroboran que la autora sabe llevarnos de la mano a explorar en pocas páginas un mundo interior. En este caso, el de la arquitecta Mariela Ramos.

Por:

Gianfranco Hereña

Buscar en las casas algo más que una estructura. Lo que Mariela Ramos quiere, en todo caso, es conectarse con el espíritu de cada pieza que la compone. En tiempos del boom inmobiliario, su tarea parece más la de una idealista que la de una arquitecta comercial y es por eso que quizá Alina Gadea engancha bien con sus lectores.

A través de los capítulos o partes (cuatro para ser exactos), lo que se percibe es un dominio distinto de tiempos y formas que han sabido ser muy bien plasmados. Por ejemplo, en la primera parte, Mariela encuentra una casa y en ella a su dueño. No tarda mucho en establecer una relación de amistad con él y es ahí donde poco a poco va dejándonos pistas sobre el pasado de la casa.

En la segunda parte todo cambia y la prosa adopta forma de diario personal. No se si con intención o no, la autora ha decidido usar el mismo nombre de su protagonista anterior (Doris) porque la historia de desamor con su madre es similar, el escenario también (ella enferma y la época del terrorismo en el Perú). Sin embargo, el tema de la casa como un elemento que la une con la primera parte está presente. La protagonista revela poco a poco cómo ese recinto se convierte en una cueva tan nostálgica como dolorosa, ya que la madre y su enfermedad han sido capaces de contaminar toda la alegría que alguna vez existió.

6 de mayo

Mamá es un pulpo gigantesco sobre mi cabeza, ahogándome con sus tentáculos viscosos. Succionándome la sangre con sus ventosas. Sé que en su juventud tuvo varios romances pero ahora actúa como otra persona.

Para la tercera si nace el título que le da vida a la novela. Tiempo después de haber estado en la primera casa, Mariela continúa su búsqueda de casas antiguas. Es ahí donde conoce a doña Isabel, la anciana dueña de la casona. Es curioso que ella, al igual que su casa, vayan muriéndose lentamente. Como una simbiosis, ambas están unidas al mismo miserable destino que lleva al epílogo final que se menciona en el último capítulo.

Se trata de una trama simple que tiene como punto fuerte un alto nivel de introspección. Mariela cautiva por tener un punto de vista muy particular de las cosas y a eso se le añade cierto aroma de poesía entre línea y línea.

Con frecuencia me detenía en alguna calle y observaba desde una esquina con cuánta facilidad removían los adobes, como si fueran grandes terrones de azúcar (…)Las madreselvas y los jazmines se fueron con esas casas, de manera que las calles perdieron su perfume. (p. 17)

La primera noche en esa habitación, caí rendida hasta el día siguiente. Las imágenes del sueño que me perseguía se escapaban de mi mente, como cuando la luz de la tarde se va difuminando reemplazada por sombras hasta llegar la noche. (p. 31)

La casa muerta es una lectura recomendable para todos aquellos lectores que buscan nostalgia e introspección a través de sus páginas. A través de Carlos y doña Isabel (ambos dueños de las casonas donde habita la arquitecta), podremos escuchar las voces de un pasado que se niega a morir y se aferra al eco que producen las paredes de esas casas.

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