Narrativa y poesía escogida

Cinco cuadras: Un cuento de Fernando Espíritu

Hoy caminé las cinco cuadras más largas de mi vida. No por la extensión de las manzanas, sino por el pequeño paso de mi hijo. Tiene casi cuatro años, y como es lógico, sus pasitos son cortos. ¿Adónde nos dirigíamos? A su nido, ubicado a solo cinco cuadras de nuestra casa, cinco cuadras eternas, inolvidables. Sucede que era la primera vez que tomaba la responsabilidad de preparar todo y llevarlo al nido. Antes se encargaba mi esposa, yo salía temprano al trabajo, cuando José todavía estaba durmiendo, y regresaba en la noche, para la cena, pero este semestre nuestros horarios laborales cambiaron, y dos días debo dictar clases por las tardes, mientras que a ella le corresponde torturar a los chicos con estadística a las ocho de la mañana. Recuerdo cuando recibió su nuevo horario en la universidad: se angustió y estuvo a punto de renunciar a un curso. “¿Ahora quién lo va a llevar al nido?”, me preguntó, y tenía razón de preocuparse. En aquel tiempo, carecíamos de mayor ayuda. Decidimos calmarnos y esperar mi horario. Ignoro si tuvimos suerte, aunque para mi esposa, fue ayuda divina y quizá esté en lo cierto. Cuando me entregaron el horario, descubrí que uno de los cursos a mi cargo había sido programado por la tarde y tenía dos mañanas libres, y una coincidía con la clase madrugadora de mi esposa. Suspiramos de alivio. Todo resuelto. ¿Quién se encargaría de alistar y llevar a José al nido un día a la semana? Por supuesto que papá.

 

El día anterior, mi esposa tuvo la gentileza de dejarme la muda de ropa lista, así que me levanté temprano e ingresé a la ducha rogando que José todavía permanezca dormido. Preparé el desayuno de ambos y lo fui a despertar. Ninguno de los preparativos significó un problema: llevarlo al baño, asearlo, cambiarlo de ropa, aplicarle su crema para la alergia y su protector solar. Lo había hecho antes, así que estaba habituado. Lo que sucedió luego sí fue toda una odisea, aunque esperada, fue como la de Ulises, un viaje largo, muy largo, de solo cinco cuadras.

 

La hora de ingreso al nido era a las ocho y treinta de la mañana. Salimos a las ocho y veinte. Cinco cuadras en diez minutos con su pasito corto. “Tiempo de sobra”, pensé. Craso error. Sucede que José no solo camina, también corre, lo que, en este caso, podría parecer una bendición, porque llegaríamos más rápido, pero les aseguro que no lo es. A esta edad se puede desviar del camino, terminar empapado en sudor y coger una gripe de padre y señor mío, o lo que sería peor, cruzar la calzada sin percatarse de los autos, así que, mejor, caminamos. Es más seguro. “Despacio se llega lejos”, dice el refrán, pero también tiene sus inconvenientes. En ocasiones, a cada momento José se detiene y pregunta algo: “¿Viste ese auto, papá? Es de color dojo”. “¿Cómo se llama ese árbol?” “Mira el parque. ¿Podemos venir después?”. “¿Luego jugamos con mis dinosaurios?” Y yo hago todo el esfuerzo sobrehumano para no cargarlo y llevarlo más aprisa, porque se hace tarde. “Sí, papito es rojo”. “Es una palmera, José”. “Sí, vienes con mamá porque voy trabajar”. “Sí, en la noche, jugamos con tus dinosaurios”, pero sobre todo, “Vamos, hijito, camina”. “Ya estoy caminando papá”. Y siento que lo amo más que nunca, porque es nuestro momento. Un momento solo para padre e hijo. Inolvidable.

 

Llegamos en veinte minutos, más lento que viajar en hora punta por la avenida Javier Prado. Cuando por fin la puerta de colores del nido estuvo delante, se lo entrego a  Miss Cinthya, nos despedimos con un abrazo y un beso y me dice: “Chau, papi”, y al instante, siento nostalgia, la misma nostalgia del primer día de clases, en que vinimos a dejarlo con mi esposa. Por supuesto, que regresé a casa en cinco minutos, casi corriendo. Tenía que salir de inmediato para la universidad. Estaba retrasado, pero carecía de importancia.

Cuento publicado originalmente en: Otro más que muerde el polvo, Intermezzo Tropical 2017.

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