Cuentos

Un viaje a la China

Gary, Indiana, terminal de autobuses Greyhound, cinco y treinta de la tarde. El sol se va poniendo tras los rascacielos de la 4ta Avenida como aplastado por el peso del día, la languidez de mi hastío y el sopor del verano. La fila de gente que espera el abordaje en el Gate 9 comienza a avanzar; sujeto la chompa que cargo en la mano a pesar del calor, reacomodo la mochila que llevo colgada de un hombro y abrazo a Emilia por última vez. 

Por:

Ulises Gutiérrez Llantoy

Deshacemos el nudo de nuestro abrazo.

No olvides llamarme cuando llegues a Newark, me dice y me da un beso en la mejilla; yo, en la frente. Chao, le digo sonriendo y me sumo a la cola con mi equipaje a la espalda. Nadie más parece despedirse de nadie más. La fila avanza, el sol sigue decayendo. Uno a uno los pasajeros abordan un autobús que sobre su piel de metal lleva tatuada la figura de un perro gris corriendo a lo loco sobre un sendero rojo, blanco y azul, como si lo hiciera tras una liebre.
Eres un huevón, me digo. Debiste haberla besado en la boca. Vuelvo la mirada, Emilia ya no está.
Es mi turno en la fila. Un hombre de piel negra y brillante como un vidrio polarizado me pide el boleto. Rompe el extremo desglosable, me da la bienvenida, me invita a abordar. Subo al autobús, ocupo el lugar que señala el talonario; “Seat: 14”, del lado de la ventana; coloco mi mochila al pie del asiento, la chompa a un costado del posa manos. Leo el resto de la información y mi cuerpo parece hacerse más denso al repasar la trayectoria de más de veinte horas que habré de hacer para llegar a mi destino: Gary, Fremont, Cleveland, Milesburg, New York, Newark y, por fin, mis amigos. Busco a Emilia entre la gente que logro ver desde mi ventana, me quedo con la mente en blanco al no hallarla y vuelvo en mí al sentir la presencia de alguien de pie a mi lado. Un chino menudo, cabello erizado, piel cobriza. Me sonríe, me hace señas diciendo que es él quien ocupará el asiento contiguo. Sonríe otra vez. Los ojos horizontales se le reducen a casi un par de líneas mientras acomoda su mochila en el porta equipajes.
Toma asiento.

– Hi. I am Nambarym dice, ofreciendo la mano-. ¿Ready? -pregunta, como si nos conociéramos.
-Yes -respondo con frialdad para no dar pie a iniciar una charla.
-Where are you from? -insiste.
-Perú.
-¡Ah! I am from Mongolia. Do you know where Mongolia is?
-Near to China.
-¡No, no! ¡Mongolia! – dice el chino sin dejar de sonreír y, como si el dedo índice de su mano derecha fuera un lápiz y la palma de su mano izquierda fuera un papel, dibuja la silueta de Asia y sus países. Se esfuerza en demostrarme que Mongolia no es China ni Rusia ni India.
Mongolia, Vietnam, Japón, da lo mismo, chino. ¿Cómo te explico que, para los peruanos, todos los que tienen los ojos rasgados, como tú, son chinos? ¿Cómo te explico que no quiero hablar, mucho menos en un idioma que no domino? ¿Cómo te explico que llevo más de tres semanas en los Estados Unidos y ya estoy harto de que me hablen en inglés? ¿Cómo te explico que sólo quiero llegar a Newark para encontrarme con mis amigos y regresar de una buena vez a Lima?
Asiento la cabeza sin mirarlo, con la esperanza de que mi gélido: «OK, OK» se encargue de matar el diálogo.
El chino insiste.
– ¿Brazil? ¿From Brazil?
– No, Perú.

No repara en mi respuesta. Mueve las manos como un mimo y se esfuerza en hablar de Brasil y de fútbol en un inglés tan pobre como el mío.
Sus manos hablan más que él.

«Yes, yes», respondo, mirándolo de soslayo con cara de incomodidad. Cortante, tajante, frío.
El chino por fin calla, parece entender mis deseos de no hablar.
El autobús comienza a moverse. Por el altoparlante, la voz de Nat King Cole del conductor, el mismo hombre negro de los boletos, habla y habla. Logro entender que nos da la bienvenida, describe la ruta que seguiremos, el tiempo estimado que nos tomará llegar a Fremont y Cleveland.
Perdóname, chino; el asunto no es contigo. De verdad, sucede que no estoy con ánimos de hablar. Mucho menos de fútbol; y de fútbol peruano, aún más. Hay mejores temas peruanos de los que podríamos conversar. Y no pararíamos de reír, te aseguro; pero ahora, no, por favor, ahora no. Ahora estoy down, como diría el gringo. Tal vez si entendieras español te contaría por qué estoy así. Te contaría que acabo de dejar a Emilia después de cinco días de convivir con ella. Mejor dicho, con ellos; o sea, con ella, mi ex enamorada de toda la vida, y su novio norteamericano. ¿Entiendes? Sí, chino, así como lo oyes, conviví cinco días con ella y su novio, en el mismo departamento, en el departamento de ellos. ¿Te das cuenta? Cinco días haciéndome el buena gente, soportando sus atenciones, sus bromas, porque, para efectos del trío, yo era el mejor amigo peruano, venido desde Lima, que andaba de pasada por Gary visitando los Estados Unidos. ¿Te imaginas, chino? ¿Imaginas el martirio que es ver cómo besan, delante de ti, a la mujer que quieres y ellos que se empeñan en tratarte bien? You are like my brother, like my family, me decía el gringo. Que bacán que hayas venido hasta aquí, me decía ella. Me llevaron a pasear por el Lago Michigan, a los parques, museos de Gary, la casa donde nació Michael Jackson. ¡Qué huevada! Cinco largos días mirando con resignación como ellos convivían, como ellos se amaban, como ellos hacían su vida de familia en medio de mi aburrimiento y mi forzado disimulo, a la espera de regresar por fin a Newark.
El autobús entra a la Autopista 94. Rebusco la mochila, saco el discman, me pongo los audífonos. Lo enciendo, salto al track 7. Fijo la mirada hacia afuera del bus, observo el cardumen de autos que pasa por mi ventana a toda velocidad. Huyen de Gary con más prisa que yo. Tan veloces que el bus parece estar detenido. Recuerdo la imagen del perro gris corriendo tras una liebre y me doy cuenta de que esta es una ironía más de este viaje a la china. Miro al cielo. El sol se ha puesto casi por completo, deja una estela anaranjada entre las pocas nubes. El track 7 suena y empiezo a cantar para mí. En silencio, con los labios tiesos, hasta que una mano me llama por el hombro derecho. Es el chino, al ataque otra vez.
Sin permiso, sin decir nada, toma mis audífonos y se los lleva a los oídos.

– ¡Oh! ¡Nice! ¡Nice music! – grita.

Paralizado por la osadía, lo dejo ser. Lo observo, espero a que se harte de escuchar una música que, seguramente, nunca antes había oído. Ocho, nueve, diez segundos; el chino parece disfrutar de la canción, a un ritmo ajeno al del track 7, mueve la cabeza como un perro empapado de agua que se sacude el pelambre.
Escucha bien esa canción, chino. Escucha bien esos versos que dicen: «tan solo al pensar que él encontrará morada entre tus pies/tiemblo de ira y de celos, que no se alterará mi condición/al saberte al alcance de sus besos bandoleros/prendí hogueras que no supe mantener». ¿Te das cuenta, chino? ¿Te das cuenta lo que eso significa? ¿Entiendes ahora por qué estoy así? ¡Y ya regrésame los audífonos!
El chino parece adivinar mis pensamientos, se quita los audífonos y me los devuelve.

– Very nice – dice-, very nice. In my country… we have some…
– I am sorry – le interrumpo-. I am very tired.
Cierro los ojos, me recuesto hacia la ventana.

Listo, chino. A ver si con eso dejas de joder. No es nada personal, ya te he dicho; hasta diría que me caes bien. Me gusta tu país, por ejemplo. He leído algo de él, por eso de las montañas y los nevados que hay en el Asia Central; me agrada el alpinismo, ¿sabes?, las nieves, las alturas; también yo he vivido en un lugar donde abundan las montañas, los nevados, las alturas. Tal vez en otras circunstancias, en nuestro pobre inglés, hablaríamos de eso, de los picos que tenemos en el Callejón del Huaylas, en mi tierra, y te contaría toda mi historia de amor con Emilia. Te contaría, por ejemplo, cómo empezó todo con ella, allá en Yungay, al pie del Huascarán; un lugar de los Andes que de brasileño no tiene nada, chino, ¿me entiendes?, nada. Nos conocimos allí, chino, en Yungay, en un viaje escolar de promoción. ¿Ustedes suelen viajar cuando terminan la secundaria? ¿También a ustedes les da por emprender un viaje al interior de su país como epílogo de la adolescencia, como despedida de esos cómplices de la mataperrez a los que, seguramente, nunca más volverás a encontrar en la vida? Emilia se apareció en mi vida en un viaje de esos, chino. Una tarde de diciembre, hace más quince años, se apareció en el parque de Yungay con sus amigas de colegio, tomándose fotos aquí, fotos allá, hasta que en un apurado momento se acercó a la banca donde yo estaba, la banca desde donde yo la espiaba, y me hizo el habla al toque nomás. ¿Qué tal? ¿Tú eres de aquí? ¡Qué lindo pueblo tienes! y cinco minutos después nos estábamos besando. Todo por ganar una apuesta, chino; una apuesta que ella y sus amigas habían pactado a costa mía: «la entrada a las discotecas de Huaraz si le haces el habla a ese patita de uniforme escolar que está en la glorieta y te lo chapas». Para que veas cómo son de mandadas algunas limeñas. Me sonrió, me besó, me abandonó. Me pidió que le regalara la insignia de mi colegio al despedirse. Para acordarme de ti, pues, me dijo. Y yo se la di a cambio del número telefónico de su casa, chino, como si nos conociéramos desde hace años, como si yo viviera en Lima, como si desde Yungay, en esos años, principios de los noventas, se pudiera hablar por teléfono así nomas. Lo de la apuesta lo supe después, por supuesto. Ya en Lima, luego de más medio año. Me fui allá para estudiar la universidad, para hacer mi vida, para buscarla. Es que desde el beso, no dejaba de pensar en ella pues, chino. La llamé a Lima, a los pocos días de lo del parque nomás, y hablamos, y hablamos, no me había mentido en lo del número, y cuando me fui a estudiar allá, nos encontramos, salimos varias veces y no paré hacerla mi enamorada. Chibolitos, teníamos dieciocho años entonces.
Ocho y quince de la noche, dormito en mi asiento como un pichón en su nido. Llevo los ojos cerrados y desde del inicio del viaje retuerzo el cuerpo, una y otra vez, en un intento inútil de encontrar la posición adecuada para dormir. Abro los ojos. La noche se ha apoderado del autobús, todo es oscuridad, todo está cubierto de un rumoroso silencio, el ligero zumbido del motor. Echo de menos los autobuses peruanos. Los de Lima – provincias. Echo de menos la bulla de un televisor a volumen, el rezongo de gente conversando, el llanto de un niño mimado atravesando el pasadizo del autobús, el autobús de uno de los tantos viajes que hice al lado de Emilia.
¿Has visto qué oscuro está todo, chino? ¿Has visto lo negra que está la noche, la autopista, el interior del autobús? Así de lóbrego me dejó Emilia la tarde que terminó conmigo en el parque El Trébol, un barrio clase mediero del norte de la capital, cerca de su casa, casi al año de enamorados. Tenemos que hablar, me dijo. Me sentó en una de las bancas de cemento en las que solíamos charlar cada vez que hacíamos hora antes de llegar a su casa, esperó a que se alejaran los niños que jugaban cerca de nosotros y me soltó la bomba. He conocido a alguien, me dijo; creo que ya no te amo. Me dejó por uno que estudiaba con ella, uno a quien veía a diario, uno que la frecuentaba más que yo. Como al año y medio volvimos nuevamente y al año siguiente, yo terminé con ella por causa de una mujer que estudiaba conmigo en la universidad. Me la cobré, chino; quedamos a mano. Unos meses después, regresamos de nuevo; y al año, otra vez rompimos. Así anduvimos en un ciclo casi anual de estar y no estar, de ser y no ser. En alguno de esos paréntesis Emilia tuvo otros enamorados, por supuesto, me los presentó incluso. Yo hice lo mismo con un par de enamoradas, pero a pesar de ello, algunas veces, las veces que nos encontrábamos a solas, terminábamos besándonos en algún rincón de Lima, como aquella vez en el parque de Yungay. Por eso sus amigas de la universidad me conocían como su eterno ex-enamorado. No recuerdo cuántas veces volvimos, ni cuantas veces rompimos, pero te puedo jurar, chino, que recuerdo cada uno de sus besos.
Nueve y veinte de la noche, el autobús llega al terminal de Fremont. Según mi boleto haremos una parada de veinte minutos. Aprovecho el tiempo para estirar los pies e ir al baño.
Muévete, chino; bajemos, necesito mear.

Con los años, nuestras idas y venidas, nuestros encuentros, se hicieron cada vez menos frecuentes, chino. Ella se graduó de Economista, yo de Contador y, poco a poco, cada quien fue haciendo su vida. En ese tiempo amé a otras mujeres y ella se enamoró de otros hombres también, como te decía. Yo lo sabía, ella me lo contaba. Pero, así y todo, continuábamos encontrándonos, chino. De vez en cuando, a una llamada a mi casa, tras una de esas conversaciones telefónicas en las que ella y yo hablábamos y hablábamos por horas como si el servicio fuera gratis, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, terminábamos amándonos en la habitación de hostal. Era un refugio entrañable encontrarla furtivamente en una cama cómplice del Hostal Revolución, en la avenida Tomás Valle, cerca al aeropuerto. ¿Cómo le llaman ustedes a los hostales, chino? ¿Cómo le dicen ustedes a ese rincón alquilado por minutos, horas, donde los amantes juegan a ser esposos sobre una cama, frente a un espejo, frente a un televisor? ¿Existen lugares así en Mongolia? Ese era nuestro lugar de encuentro, chino. «Entonces, ¿somos?», era la clave en nuestras conversaciones y luego terminábamos en aquel rincón del norte de Lima haciendo el amor y contándonos lo mal o lo bien que nos iba con nuestras parejas. ¿Entiendes eso, chino? No era puramente amor, lo admito. Pero tampoco era sexo solamente. ¿Me entiendes? Era algo que no sé cómo llamar porque no encuentro el adjetivo que le haga justicia. ¿Acaso hay alguna palabra en mongol que exprese eso, chino? ¿Sabes de algún idioma que lo haga?
Regresemos, chino, la gente está abordando de nuevo el bus.

En esos trajines anduvimos hasta hace dos años. Entonces ella migró a Gary para estudiar una maestría en la Indiana University Northwest; yo me quedé entre Lima y Huaraz, trabajando para una mina de oro. Nos comunicábamos por correo electrónico, me llamaba de vez en cuando por teléfono y conversábamos, conversábamos, conversábamos como antes, como cuando jovencitos. Me contaba que estudiaba duro, que salía a veces con un gringo lindo. Eso era lo que decía, chino. Estoy saliendo con un «gringo lindo», pero nada más. No decía: estoy de enamorados, estoy de novios, estoy en algo serio con un gringo. No. Ella decía, «estoy saliendo con un gringo lindo». Por eso no lo pensé dos veces cuando mis patas de la universidad me propusieron viajar de vacaciones a los Estados Unidos.
Así es como llegué hasta aquí, chino. Apenas le comenté a ella la idea del viaje, me hizo jurar que iría de todas maneras a Indiana. Te prometo que en Gary te divertirás conmigo más que con tus amigotes. Te quedarás en mi departamento, me dijo. Así fue como hace tres semanas volé con mis amigos desde Lima a Miami, alquilamos un auto y viajamos durante casi quince días, conociendo toda la costa este. Miami, Orlando, Washington, hasta llegar a Newark, a la casa de un tío de ellos. Allí me separé de mis amigos. Ni te cuento cómo me vacilaron cuando les dije que viajaría a Gary para darme una luna de miel con Emilia. No se los había contado. Y nada, chino, llegué y la encontré conviviendo con el huevón del gringo.
Once y cuarenta, el autobús se detiene en un autoservicio Exxon, en medio del bosque y la noche. El Nat King Cole, el chofer del autobús, habla y habla por los altoparlantes. Entiendo que haremos una parada y que podemos bajar a usar los baños, estirar los pies, comprar algo rápido. Guardo el discman en la mochila, la meto al fondo, tomo la chompa que me acompañaba como almohada y la llevo conmigo sobre el hombro. Los pasajeros empiezan a bajar. Recién pongo atención en ellos, los observo. La mayoría son afroamericanos, algunos latinos, pocos blancos; sólo un chino aparte del chino. A medida que descienden del autobús, se van separando por géneros. Yo sigo a los hombres hasta el baño, meo, le lavo las manos. Voy a la bodega, busco galletas y una Coca Cola para cenar, pero desisto de ellos: no tengo apetito. Extraño un pollo a la brasa. El olor del pollo le despertaría el apetito a cualquiera. ¿Quién no ha salivado alguna vez al pasar frente a una pollería? ¿Quién no ha resistido las ganas y ha entrado a devorar un “parte pecho” sin haberlo planeado?

No veo al chino por ningún lado. Algunas personas entran al Mc Donald´s de al lado, deduzco que la parada durará más de lo que había entendido, lo suficiente como para que los demás se coman unas hamburguesas con calma. Salgo de la bodega, hace algo de frío; me pongo la chompa. Nadie parece tener prisa, los demás siguen de compras. Miro al cielo. Las nubes frías deben haberlo cubierto todo: no se ve ninguna estrella. Me vienen ganas de fumar. No tengo cigarrillos. Aquí es imposible conseguirlos por unidad. Extraño a los ambulantes, en el Perú siempre hay uno donde se detiene un autobús.
El chino no está por ningún lado, pero las huevas.

¿Por qué no hice nada? Lo intenté, chino, claro que lo intenté, pero el gringo estaba pegado a nosotros todo el tiempo. Creo que se las olía el huevón. Se supone que se dedicaba a evaluar proyectos financieros en no sé qué banco, pero los días que estuve con ellos no fue a trabajar, los cinco días de los que te cuento estuvo con nosotros, todo el tiempo, como si estuviera de vacaciones, como si él fuera el dueño del banco. Pero apenas hubo una oportunidad en que ella y yo que quedamos solos, la tomé por la cintura, chino. En un momento que el gringo dijo que salía unos minutos para ver no sé qué cosas sobre el parqueo público de sus autos, apenas vi que el gringo encendió su Toyota y desapareció en el fondo de la calle, salí de la habitación de huéspedes, busqué a Emilia en el departamento, la encontré en la sala e intenté besarla. Nada, chino. Ella esquivó mi boca. Tomó mis manos que atenazaban su cintura, deshizo el nudo de mi abrazo y, con el mejor de los modales, eso sí, me dijo que el gringo era un hombre excepcional y que no podría traicionarlo. Que me controlara, por favor. No supe qué hacer en ese momento. La confusión me envolvió, luego un sentimiento de vergüenza y me puse rojo como la luz de alto de un semáforo. Ella seguía explicando las virtudes del gringo, las razones por las cuales, esta vez, no habría nada más entre nosotros y yo no atinaba a decir ni hacer nada.
Nunca la había oído hablar en aquel tono, en aquella forma, de alguno de sus enamorados, chino. Ella me hablaba de sus parejas, como te decía; en los tiempos de nuestros encuentros furtivos, ella solía enumerar los pros del pata con el que estaba saliendo, detallaba sus probidades, sus bondades; pero luego empezaba con los contras, los aspectos que le desagradaban de él, sus defectos; el pata se desdibujaba, se desdibujaba y terminábamos riéndonos de él. Pero con el gringo fue diferente, chino. Citó una virtud, luego otra, otra y otra y ningún defecto. Lo amo, me dijo. Creo que haré mi vida con él. Desistí pues, chino. ¿Qué me quedaba? ¿Qué más podía hacer? Pedí disculpas, retrocedí, regresé a la habitación de huéspedes.
No es que ella me haya engañado, chino, no; el idiota fui yo. Ella nunca mencionó que convivía con un gringo. O a lo mejor sí lo dijo y yo no lo entendí así. No sé. Ahora ya no sé. Dijo que «salía con un gringo lindo». ¿Te das cuenta la diferencia, chino?, dijo: «lindo». No sé cómo será en Mongolia, pero en el Perú, cuando las mujeres dicen: él es lindo, están diciendo: él es buena gente, pero no es el hombre de mi vida. Pensé que podía suplir al gringo esos cinco días, como antes lo había hecho con sus enamorados en Lima. Pensé que apenas el gringo nos dejara solos, Emilia y yo, transformaríamos su departamento en una habitación más del Hostal Revolución, recordando nuestras idas y venidas de más de quince años de amantes cíclicos.

Todos regresan al autobús, también yo. Ocupo mi asiento, saco el discman de la mochila y continúo en mi ostracismo. Cierro los ojos simulando otra vez dormir por si el chino decide regresar al ataque. El autobús vuelve a la autopista. Suena el track 56, el track 57, el track 58; abro los ojos y el chino no está. Observo el porta equipaje de manos, reconozco su mochila verde. No pudo haber bajado, me digo. Me yergo. Repaso el resto del autobús y nada: la cara del chino no aparece por ningún lugar.
Puta madre, chino; no me digas que te quedaste.

Reviso otra vez el autobús, de extremo a extremo, asiento por asiento: todos los lugares están ocupados, algunos pasajeros me miran con extrañeza, y no, el chino no está. Regreso a mi lugar. Track 59, track 60, track 61, el chino no aparece.
¿Qué hago? ¿Le aviso al chofer? ¿Cómo le explico al Nat King Cole, en mi pobre inglés, que hemos dejado al chino en el autoservicio? Me lo imagino reprochándome la tardanza del aviso, mi dejadez, mi falta de compañerismo. No hago nada, no digo nada, me acobardo. Me refugio en el discman, le subo el volumen. Me retuerzo en mi asiento, no es mi problema, me digo y cierro los ojos de nuevo.
El autobús sigue su marcha, las tenues luces interiores se apagan, todo es oscuridad otra vez.
Pucha, chino, y si bajaste sin dinero. ¿Cómo le explicarás a los gringos, en tu pobre inglés, que te hemos dejado? ¿Cómo harás para alcanzarnos? No te preocupes, prometo que me encargaré de dejar tu mochila verde en la administración del próximo terminal. Seguro que uno de esos policías de carreteras te traerá en su patrullero hasta allí, como en las películas; porque supongo que en Mongolia también se ven películas norteamericanas ¿no? y dobladas al mongol, al ruso, porque ustedes hablan esos idiomas, ¿sí o no?, alguna vez lo leí en el National Geographic. ¿Ves que yo sé más de tu país que tú del mío, chino? ¿Ves que yo no tenía nada contra ti?
Pucha, chino, perdón.
Una y treinta de la mañana, el sentimiento de culpa parece una espina en el asiento. Hace más de dos horas que doy vueltas y vueltas y no logro dormir.
Ojalá estuviéramos en el Perú, chino. Allá, alguien más habría notado que te dejamos y todos habríamos gritado, habríamos obligado al chofer a regresar por ti.
Tiendo mi cuerpo a lo largo de mi asiento y el asiento vacío del chino. Intento dormir.

Tres de la mañana, una mano sobre mi hombro izquierdo me despierta cuando dormitaba. Abro los ojos, es el chino.
¡Puta madre, chino!, ¡¿dónde te metes, huevón?! ¡No sabes el susto que me has hecho pasar, carajo! No he dormido nada por tu culpa. Pensé que te había dejado el autobús, huevón. ¿Dónde te metes, ah? ¿Por qué no avisas? ¿Tu asiento? Sí, claro, disculpa, tu asiento.
Ocupo mi lugar, me aligero, me he librado de un gran problema.

– Where were you? -le pregunto, con la incontinencia de saber dónde había estado.
-Co-driver -dice-. Talking a lot with the co-driver moviendo las manos como quien controla un timón.
-But…
-I am sorry -interrumpe-. I am tired -dice y me da la espalda.
Cinco y diez de la mañana, terminal de Cleveland. La gente baja del autobús para hacer el trasbordo a otros destinos, yo bajo a buscar el siguiente autobús en mi ruta a Newark. Las pantallas de información dicen que deberé abordar mi bus en el Gate 12 dentro de media hora.
Decido que es tiempo de llamar a Emilia. Me acerco a un teléfono público, saco la tarjeta telefónica, marco el número que llevo anotado en mi cuaderno de viaje.
Timbra, timbra, timbra.

-Hello -contesta ella, con una voz somnolienta y preocupada. Reconozco la voz, el tono, con la que me ha contestando ella tantas veces, incluso en horas como esta.
-Emilia, soy yo.
Un pequeño silencio me responde al otro lado.
-¿Pasó algo? ¿Ya llegaste a Newark? pregunta luego.
– No, recién estoy en Cleveland. Sólo llamé para… para que lo supieras.
-¡Ou!… ¿Y cómo estuvo el viaje?
Miro alrededor, veo al chino saliendo de la sala de espera, arrastrando su equipaje en dirección a la salida. Chao, chino, suerte. El Nat King Cole saluda a alguien vestido con el mismo uniforme que él. Se dan la mano, se abrazan, hablan en voz alta, llenan de carcajadas el lugar. ¿Oíste eso, Nat King Cole?, ella pudo haber dicho: «¡oh!», pero no, dijo: «¡ou!», como los gringos.
Pienso en lo absurdo de mi viaje a Gary. Pienso en la incomunicación con el chino. ¿Es acaso la metáfora de esa incomunicación que llega, irremediablemente, con el tiempo y la distancia, incluso entre dos personas que se han querido tanto? ¿ES acaso la incomunicación que poco a poco, se ha apoderado de Emilia y yo? Pienso en qué, en cómo responder. Pienso en lo ajena, extraña y final que me acaba de sonar Emilia, con su «ou», en su mundo ahora tan lejano, tan diferente al mío.
-¿Cuándo fue que cambiaste, Emilia?
-…¿Eh?
-Sí, cuándo diablos te olvidaste de mí, de nosotros.
-Oye, creí que todo estaba claro.
El silencio vuelve a la línea.
-¿Aló? – dice Emilia.
-Chao -contesto-. Cuídate.
Cuelgo. Camino a buscar el Gate 12, camino hacia el siguiente autobús.

 

Tomado de: The Cure en Huancayo

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