Cuentos

Un invierno hospitalario

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(CUENTO) Había tecleado el punto final en la máquina de escribir cuando perdí el conocimiento. Trabajaba como traductor en la Agencia France Presse y, como cada vez que me sobrecargaba de trabajo (llevaba cuatro días seguidos sin dormir, fumando como un murciélago), mi cuerpo se desconectaba en el momento exacto de terminarlo. Mis compañeros de oficina sabían de mis abusos físicos, pero también de lo difícil que es para cualquier estudiante extranjero mantenerse en París, de manera que tuvieron la buena idea de llevarme al hospital de la rue Réve para que me hicieran un chequeo completo.

Por:

Marco García Falcón

Desperté como a las cuatro de la tarde, en una sala inmensa, rodeado de numerosos enfermos y conectado a una botella de suero. Por los ventanales se veía caer la nieve sobre los árboles desgreñados. La doctora que me atendía – una mujer madura, pelirroja, entrada en carnes pero muy guapa- llenó con mis vagas respuestas la historia clínica y luego ordenó a un par de enfermeras que me efectuaran los análisis de rutina. Al cabo de tres horas de auscultaciones, radiografías y seis pinchazos en el brazo izquierdo, la doctora llamó a un lado a un muchacho alto de porte atlético y sonrisa seráfica – un internista, deduje, por el excesivo empeño que ponía en cada cosa que hacía- y le comentó: “Este paciente tiene todos los síntomas que buscabas. Creo que será un caso bonito”.

Con ese curioso calificativo me trasladaron del tópico de emergencia al noveno piso de ese edificio enorme y sombrío: el pabellón de Medicina General. Jean-Luc, tal era el nombre del internista, resultó ser un tipo simpático, de frases optimistas y ademanes elocuentes, aunque de una impulsividad algo candorosa. “Tienes un virus extraño”, me dijo sin rodeos mientras empujaba mi silla de ruedas por un largo corredor. “Pero no te preocupes, te pasará en un mes o dos. La doctora Rosay me ha encargado tu caso porque es justo el tema de mi tesis”.

Eché un vistazo al cuarto. Al lado de la entrada dormía otro paciente: un viejito apacible, de piel oscura y cabellera canosa. En la penumbra amarilla parecía un pajarito asustado. “Es peruano como tú”, sonrió Jean-Luc. “No hay muchos por aquí. Te hará buena compañía”. No sé si lo dijo en serio, pero la verdad es que esa noche no pude dormir bien. Cada media hora el viejito convulsionaba o entraba en un acceso de tos que resonaba terriblemente en todo el hospital. Al otro día varios pacientes del pabellón se acercaron hasta mi cama para darme la bienvenida y compadecerse de que me hubiera tocado ese cuarto. “Debe pedir que lo cambien cuanto antes”, me aconsejó preocupada una señora gorda a la que iban a operar de una apendicitis. “!Ese viejo es el diable!”

El viejito se despertó bastante tarde, poco antes del mediodía. Tenía los ojos hundidos, la cabellera despeinada, y la lentitud de sus movimientos revelaba los efectos secundarios de algún somnífero. “Buenos días”, me saludó con un tono militar mezclado con el inconfundible dejo andino. “Mi nombre es Ernesto Palomino Pancorvo, para servirlo”. Iba a responderle el saludo, pero no me dejó hablar. “Soy panadero, de la Marina de Guerra del Perú, treinta y cinco años de servicio, señor”. “Ah”, le dije, “qué coincidencia: mi padre también fue marino”. Incomprensiblemente no siguió el hilo de la conversación sino que volvió a repetirme lo mismo, como si no me hubiera escuchado: “Soy Ernesto Palomino Pancorvo, panadero, de la Marina de Guerra del Perú, treinta y cinco años de servicio, señor”. Y se quedó observando el extremo de su cama.

Comprendí por su mirada extraviada y el automatismo de su voz que el viejito no estaba bien de la cabeza, y que el temor de mis vecinos no era totalmente infundado. Con todo, preferí no hacerme problemas. El virus raro que yo padecía, según las didácticas explicaciones de Jean-Luc, no pasaba de manifestarse a través de mareos o migrañas e, internamente, de una hinchazón del bazo, pero para que mi sistema inmunológico lo asimilara debía soslayar cualquier preocupación. Así que, después de los análisis matinales, y de que una veintena de estudiantes de medicina palpara a diario mi bazo inflamado, me dedicaba a hacer lo que más me gusta: leer, leer buena literatura. Por las tardes recibía algunas visitas; en realidad se trataba de Berenice, la dependienta del hotel donde me hospedaba, y de unos cuantos compañeros de la Agencia, quienes más o menos a la tercera o cuarta semana, debido a una acumulación de ocupaciones, dejaron de venir (solo el “turco” García se presentó una tarde de domingo, en lo más crudo del invierno, trayéndome un cuento suyo sobre su anterior centro de trabajo). El viejito empezaba su rutina a las once de la mañana, cuando dos enfermeras poco agraciadas llegaban al cuarto para bañarlo, afeitarle la barba y peinarlo. Durante el resto del día se mantenía tranquilo, en silencio, hojeando revistas antiguas o mirando las calles nevadas a través de la ventana. De noche, sin embargo, yo tenía que soportar no solo sus accesos de tos sino sus imprevisibles arranques de cleptomanía: más de una vez lo descubrí guardando con gesto sonámbulo mi tenedor o hasta mi cepillo de dientes debajo de su colchón.

Una noche de esas, en que el viejito trataba infructuosamente de esconder mi televisor portátil en la taza del baño, me harté y decidí despertarlo. “¡Deje eso!”, rezongué. Al contrario de lo que yo esperaba, no se alteró, me devolvió calmadamente mi televisor y se fue a acostar a su cama. Al poco rato, me preguntó muy educado cuál era mi nombre. Yo estaba bastante cansado y quería dormir, de modo que le contesté lo primero que se me vino a la mente: “Mi nombre es Jorge Luis Borges, soy escritor”. Enarcó las cejas y se quedó en silencio, pensativo, como si esa respuesta le aclarara las cosas.

Tal vez fue por eso, o porque se trataba de una persona mayor, o porque finalmente éramos dos peruanos solitarios compartiendo el mismo cuarto en un hospital de París, que empecé a tratarlo de otra manera.

Durante casi una semana el viejito no volvió a darme problemas; y en ese tiempo improvisé una solución muy sencilla para no escuchar su tos: dormir con los audífonos del walkman puestos. Vivaldi o Mozart en el entresueño resultaban reconfortantes. La convivencia pacífica sí es posible, pensé. Sin embargo, una mañana particularmente fría, me quise poner unas medias gruesas de lana que guardaba en el armario, pero no las encontré por ninguna parte. Debía de habérselas puesto ese viejo desconsiderado. Me dirigía a descorrerle violentamente la frazada para ver si las tenía, cuando el viejito me las señaló con rostro arrepentido a un lado de mi cama: allí las había arrojado unos segundos antes, tibias y percudidas, y con un inmenso hueco en uno de los talones. No le dije nada (se había puesto a mirar al techo, en estado de catatonia), pero por primera vez consideré seriamente la posibilidad de pedir un cambio de cuarto.

Por esa época yo alimentaba una sospecha: la de que Jean-Luc y la doctora Rosay eran amantes. Cada vez que los veía juntos, notaba que cruzaban miraditas cómplices, se rozaban innecesariamente o conversaban con un arrobamiento embobado. Lo de la tesis no podía ser más que un pretexto para verse en cualquier momento. No tardé en confirmar esa sospecha: una noche, al despedirse, se tomaron de las manos y se dieron un beso breve en la boca. Mi deliberado distraimiento hizo que continuaran y que, con el tiempo, me tuvieran confianza. Más aun, la ubicación estratégica de mi cuarto, el descanso de la escalera que daba al tópico del piso, me llevó a formar parte ¾sin quererlo¾ del circuito cerrado de sus amoríos clandestinos, a tal punto de que me dejaban recados o se citaban en mi habitación para después perderse en cualquier ambiente desocupado. Ese papel de celestino me resultaba altamente estimulante, considerando que se llevaban por lo menos unos veinticinco años de diferencia, y que la sombra del marido de la doctora Rosay andaba muy cerca, pues era jefe del pabellón de al lado.

Fueron ellos mismos, Jean-Luc y la doctora Rosay, los que me informaron acerca de los innumerables males de mi compañero de cuarto. Era todo un caso: a sus sesenta y pico años padecía de epilepsia, de tuberculosis leve y, para colmo de males, de síndrome de Korsakov, un tipo de demencia senil provocada por el alcoholismo. Había sido, en efecto, panadero de la Marina de Guerra del Perú, y había dado en sus barcos varias veces la vuelta al mundo, pero su afición al vodka y al vino grueso lo había hundido en la locura. Llevaba seis meses y un poco más en París, pasando de un hospital a otro en calidad de menesteroso, y la única persona verdaderamente interesada en su restablecimiento era una asistenta social de la embajada peruana que se negaba a repatriarlo en semejantes condiciones.

Tal vez fue por eso, o porque se trataba de una persona mayor, o porque finalmente éramos dos peruanos solitarios compartiendo el mismo cuarto en un hospital de París, que empecé a tratarlo de otra manera. Lo primero que hice fue dejar que escondiera mis cosas: nada me costaba ubicarlas al otro día en una habitación que, al fin y al cabo, no era muy grande, y además los escamoteos se producían cada vez con menor frecuencia. También dejé que se volviera a poner (previa zurcida) las medias gruesas de lana que yo ya no pensaba utilizar y que, por lo visto, le hacían falta. Por último, condescendí en colocar mi televisor sobre la mesa metálica que había al pie de nuestras camas, para que así pudiéramos verlo los dos. Yo cambiaba de canales tratando de captar su atención hasta que encontraba algún programa que nos gustara a ambos; por lo general, dibujos animados o series cómicas. Esa fue nuestra primera forma de establecer contacto; la otra fue a través de la literatura.

Una noche de fuerte aguacero en que ninguno de los dos podía dormir, encendí la luz del velador y me puse a leer. “Don Jorge Luis”, murmuró el viejito en la semioscuridad, “me gustaría que me leyera alguna de sus obras”. Yo estaba justamente releyendo el cuento “El aleph” y, más allá de lo gracioso que resultaba que me llamara con ese nombre, pensé que no sería mala idea leérselo en voz alta. En medio del rumor de la lluvia (el agua tamborileaba afuera, sobre el pavimento y las ramas de los árboles), le leí el pasaje de las enumeraciones, esas largas y hermosas enumeraciones visionarias. El viejito me escuchaba con ojos maravillados, trémulo, la cabeza apoyada entre las manos, perdido el pensamiento en la música y las imágenes. Por momentos subía y bajaba alternadamente la cabeza siguiendo el ritmo de las frases. “Hermoso”, susurró al final, “muy hermoso”. Luego se volvió de lado, se arropó con el cobertor hasta el cuello y se quedó dormido repitiendo para sí mismo esas dos palabras agradecidas.

Esa noche tuvo un sueño tranquilo, sin la crisis de tos. Sin embargo, antes de rayar el alba, lo vi manotear el aire en tinieblas, como si quisiera capturar mariposas, y lo escuché hablar dormido. En realidad no eran palabras, sino una especie de canción, una melodía infantil y repetitiva que iba componiendo con balbuceos y gorgoritos y que interrumpía de tanto en tanto al mencionar nombres de personas, expresiones en quechua. Quizá revivía algún momento agradable de su vida porque su voz era cálida y por momentos hasta sonreía.

No estoy seguro de que llegáramos a conversar, ni tampoco que estuviera en condiciones de hacerlo. A la hora del desayuno, cuando para entablar diálogo le pregunté por los lugares del mundo que conocía, me habló de manera inconexa del contrabando de vinos, de un estuario color turquesa que había visto en las costas de Singapur y de lo difícil que era conservar cualquier tipo de harina cuando se tenía muchos meses en alta mar. Recordó con lágrimas y suspiros una lluviosa mañana de invierno en que, jugando con un lamparín, prendió en llamas el caserío en el que vivía de niño con su madre, en la provincia cuzqueña de Sicuani. Se lamentó de lo cara que estaba la vida y de los malos manejos en que incurría la Junta Militar (creía que estábamos en el Perú, en los años cincuenta, bajo el gobierno de Odría). Sin embargo, en el momento menos pensado de su deshilvanado monólogo, era capaz de decirme cosas como esta: “Pero todo lo que vemos se olvida, don Jorge Luis; lo único que queda aquí (y se tocaba con el índice el corazón) es el sentimiento, como el de las poesías que usted hace”.

Lo decía con gesto visiblemente sincero, sin el menor ánimo de impresionarme. Desde luego, hubo otras oportunidades en que le leí otros relatos y poemas bajo el sortilegio de que yo era Borges (le leía, por ejemplo, “El fin”, “El otro poema de los dones”, los dos “Poemas ingleses” y todos aquellos textos cuya comprensión no fuera tan difícil). Y en cada lectura que compartíamos, en la noche, antes de dormir, al compás de la lluvia y el viento frío que golpeaba los ventanales, advertía su cara de aprobación, me sorprendían sus comentarios emotivos y me preguntaba si de veras importaba que estuviera loco. Porque siempre he pensado que las personas sensibles al arte son las más confiables del mundo o, para decirlo en términos prácticos, las únicas con las que realmente se puede llegar a intimar. De cualquier modo, esas sesiones de lectura nocturna eran tomadas con simpatía por médicos y enfermeras (Jean-Luc y la doctora Rosay me exigían entre risas un recital de poesía erótica), y con sorpresa y hasta con molestia por los vecinos del pabellón, quienes poco a poco se dejaron de interesar por si me sentía incómodo o no en ese cuarto y, en muchos casos, optaron por ignorarme o mirarme con mala cara las raras veces en que por casualidad debían cruzarse conmigo. “¡Tal para cual, métèques de mierda!”, tronó finalmente la señora de la apendicitis el día en que, no bien recuperada de su operación, la pillamos husmeando desde el vano de la puerta.

Mi virus, a esas alturas, había resultado más complejo de lo que se me pronosticaba. “Es un microorganismo proteico, de composición cambiante”, me explicaba con tono doctoral Jean-Luc, convencido del poder de sus artes suasorias. “Se trasmite por el aire y se incuba en la sangre; tú has debido contraerlo en un lugar cerrado. Si estoy en lo cierto, el anticuerpo se encuentra en el colágeno, que también es un compuesto de la sangre”. Por si no le creía, me traía libros, apuntes, estadísticas de los últimos congresos de medicina. Y si confundido le preguntaba por algún término o punto oscuro, me miraba con una sonrisa beatífica y luego de trazar unos esquemas y dibujos sobre su cuaderno de notas, se entregaba a una larga y entretenida disertación. En todo caso, yo era su conejillo de indias y estaba allí para ayudarlo a demostrar su teoría. No hubo prueba que no me aplicara con esa idea: me sometió a ecografías, me sometió a tomografías, me sometió a la increíble “pancreotografía digestiva retrógrada múltiple”, nombrecito mucho menos complicado que los procedimientos y los aparatos que el examen implicaba (ayuno, enemas, inoculación de un líquido febril en una recóndita venita del pie izquierdo y cinco horas de exposición ante una enorme máquina de rayos infrarrojos). Lo curioso es que, de tantas pruebas que Jean-Luc me hacía, me había acostumbrado a los pinchazos al inicio de cada mañana y me parecía inconcebible disfrutar del desayuno ¾jugo de papaya y tostadas con mermelada¾ si antes no me inyectaban suero o me extraían un poco de sangre. El viejito, para bien o para mal, estaba exceptuado de todas esas pruebas y se limitaba a observar el ritual desde su cama. No había nada que lo inmutara, ni siquiera el frío de estepa que hacía. Fuera de sus breves exaltaciones literarias, vivía así, de modo contemplativo, en una suerte de limbo intemporal, creado sin duda por las fuertes dosis de sedantes que le suministraban las enfermeras dos o tres veces al día.

Solo una vez lo vi salir de ese letargo. Habíamos terminado de almorzar y nos disponíamos a comer el postre, que para ese día era higos enteros. “Mire, don Jorge Luis”, me llamó de pronto, y cuando reparé en él, comenzó a restregarse los higos contra la cara con una algarabía desenfrenada. Estaba tan alegre, y se le veía tan vivo con el rostro y el cabello erizados de pepitas rosadas, que no dudé en cederle los míos. El resultado fue una explosión de higos reventados que salpicó el piso, las paredes y parte del mobiliario. La habitación quedó como encostrada por las deyecciones de una turba de pájaros al ataque. Se lo comenté divertido, y el viejito se levantó y empezó a danzar y a dar vueltas frenéticamente alrededor de mi cama, aleteando y graznando como un verdadero pájaro. El estruendo de sus chillidos fue tan fuerte que alcanzó la sala del tópico. La enfermera de turno entró alarmada y, al encontrar el cuarto en tal desorden, no tuvo más remedio que llamar a los paramédicos para que la ayudaran a limpiarlo. Estos no solo trapearon el piso y cambiaron las sábanas sucias, sino que bañaron al viejito con agua helada, lo envolvieron en una bata quirúrgica (el piyama y la ropa interior que llevaba puestos era lo único que tenía) y para neutralizarlo lo sedaron con una dosis dos veces más fuerte que la normal.

El viejito despertó veintisiete horas después, cuando nos trajeron la comida del día siguiente, y en ese largo lapso confieso que me fue difícil conciliar el sueño, temeroso de que los paramédicos se hubieran excedido con el somnífero y no fuera a despertar. Amaneció, sin embargo, rozagante, con buena cara, más animoso que de costumbre. Parecía que, en lugar de narcóticos, le hubieran inyectado un tónico reconstituyente. Comió toda su dieta e incluso alabó las buenas artes de la cocina. “No hay nada como la comida”, suspiró. Para ser sincero, me alegró verlo de tan buen ánimo y, de paso, me sentí liberado de un vago sentimiento de culpa. A los diez minutos, cuando yo empezaba a releer “El Sur”, le oí decir algo sobre la conveniencia de dar una vuelta para digerir mejor la comida. “Ya lo creo”, le dije, sin prestarle mucha atención. Al poco rato volví la mirada a su cama y me di cuenta de que ya no estaba. Se había ido a pasear sin permiso, descalzo, con la bata de yute mal cerrada que apenas si le cubría el magro cuerpo desnudo. Ningún paciente en su sano juicio hubiera abandonado así el contacto con una frazada, y menos aun con esos trancazos de viento helado que amenazaban con romper los cristales de las ventanas. Por inverosímil que parezca, ni los guardias ni las enfermeras lo vieron salir del edificio. Los paramédicos que fueron a traerlo de vuelta me contaron que lo encontraron al cabo de media hora a cinco cuadras del hospital, completamente desnudo, bajo una polvorienta mata de siemprevivas, jugando feliz con unos montículos de nieve.

Después de ese episodio, en las dos semanas siguientes que permanecí en el hospital, algunas cosas cambiaron. El proyecto de tesis de Jean-Luc fue rechazado por partir de un supuesto equivocado: mi virus no tenía nada que ver con el colágeno. El deprimido Jean-Luc no tuvo cara para decírmelo, pero me envió el informe del decano y una notita de disculpas con la doctora Rosay. Mi caso, en tales circunstancias, perdió interés y, ”por mi propia comodidad”, fui trasladado a otro pabellón, a un cuarto individual. Sé que el viejito ¾misteriosamente restablecido de la tos¾ se quedó en el mismo, aunque por un plazo perentorio, pues la dirección consideraba que debía ser derivado a una casa de salud mental.

La mañana en que finalmente me dieron de alta, había terminado el invierno. Me costó trabajo reincorporarme a la realidad. Las calles sin nieve de París, vistas desde el apacible pórtico del hospital, me parecían demasiado bulliciosas. Pero nadie que pasara por ahí iba a reparar en eso, ni en eso ni en nada, porque el cielo estaba más azul que nunca y el sol brillaba ya en lo alto anunciando un día maravilloso.

Tomado de: París personal (Vivirsinenterarse, 2015)

 

Sobre el autor

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Marco García Falcón (Lima, 1970) es docente universitario y autor del libro de cuentos París personal (Ficciones, PUCP, 2002), así como de las novelas El cielo de Capri (Revuelta, 2007) y Un olvidado asombro (FCE, 2014). En 2015 apareció París personal & El cielo de Capri, una edición que compila sus dos primeros libros (Vivirsinenterarse, 2015).

 

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