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Kafka en la orilla

(INICIO DE NOVELA)

El joven llamado Cuervo

—Así que ya has conseguido el dinero, ¿no? —dice el joven llamado Cuervo. Lo dice con su peculiar manera de hablar, arrastrando un poco las palabras. Como cuando te acabas de despertar de un profundo sueño y sientes la boca pesada y torpe. Simples apariencias. En realidad, está completamente despierto. Igual que siempre.

Asiento.

—¿Cuánto?

Respondo tras confirmar, una vez más, la cifra en mi cabeza.

—Unos cuatrocientos mil yenes en metálico. Y, con la tarjeta, podría sacar algo más de unos ahorros que tengo en el banco. Ya sé que no es gran cosa, pero de momento…

—Sí, no está mal —admite el joven llamado Cuervo—. De momento, claro.

Asiento.

—Pero este dinero no te lo habrá traído Santa Claus por Navidad, supongo.

—No, claro —digo.

El joven llamado Cuervo mira a su alrededor frunciendo levemente los labios con sarcasmo.

—¿Y de qué cajón ha salido?

No respondo. Él sabe muy bien de qué dinero se trata, claro. No sé a qué vienen estas preguntas absurdas. Sólo se está burlando de mí.

—Va, déjalo correr —dice el joven llamado Cuervo—. Tú necesitas ese dinero. Con urgencia. Y lo has conseguido. Qué importa que se lo hayas pedido a alguien, que lo hayas tomado prestado sin decir nada o que lo hayas robado. En todo caso, es dinero de tu padre. Y con ese dinero, de momento, saldrás adelante. Pero cuando te hayas gastado los cuatrocientos mil yenes y pico, ¿qué piensas hacer? Porque el dinero que guardas en el monedero no crece solo como las setas en el bosque. Y tú tienes que comer, necesitas un lugar para dormir. Y un día u otro el dinero se te acabará.

—Eso ya lo pensaré en su momento —digo yo.

—Ya lo pensaré en su momento. —Repite mis palabras como si estuviera sopesándolas sobre la palma de la mano.

Asiento.

—¿Buscar trabajo, tal vez?

—Quizá —digo.

El joven llamado Cuervo hace un gesto negativo con la cabeza.

—¿Sabes? Deberías saber un poco más de qué va el mundo. ¿Qué diablos de trabajo va a encontrar un niño de quince años en una tierra lejana, desconocida? Si ni siquiera has acabado la enseñanza obligatoria. ¿Quién va a darte trabajo?

Me puse un poco colorado. Me ruborizo con facilidad.

—En fin, no insisto —dice el joven llamado Cuervo—. Tampoco sirve de nada que te pinte las cosas tan negras. Total, ni siquiera han empezado. Tú ya has tomado una decisión. Ahora sólo te falta llevarla a cabo. En cualquier caso, se trata de tu vida. Básicamente, la única vía es hacer lo que tú creas.

—Exacto. En definitiva, es mi vida.

—Pero, de aquí en adelante, para poder sobrevivir tendrás que ser muy fuerte.

—Yo me esfuerzo todo lo que puedo —digo.

—Sí, seguro que sí —dice el joven llamado Cuervo—. Durante estos últimos años te has hecho muy fuerte. No es que no lo reconozca, ¿sabes?

Asentí.

—Sin embargo, sólo tienes quince años. Tu vida, en el mejor de los casos, no ha hecho más que empezar. El mundo está lleno de cosas que todavía no has visto. Cosas que tú, ahora, ni siquiera puedes imaginar.

Estábamos sentados el uno junto al otro, como siempre, en el viejo sofá de cuero del estudio de mi padre. Al joven llamado Cuervo le gusta ese sitio. Le encantan los pequeños objetos que se encuentran en él. Ahora juguetea con el pisapapeles de cristal con forma de abeja que tiene en la mano. Pero no hace falta decir que, cuando mi padre está en casa, ni se acerca.

Y yo digo:

—De todas formas, tengo que irme de aquí. No hay vuelta de hoja.

—Sí, tal vez —asiente el joven llamado Cuervo. Deposita el pisapapeles sobre la mesa y cruza las manos por detrás de la cabeza—. Pero aquí no acaba el asunto. Parece que no haga más que echarte jarros de agua fría, pero yo no tengo muy claro que yéndote, por muy lejos que te vayas, puedas escapar. Me da la impresión de que no hay que confiar demasiado en la distancia.

Pienso una vez más en la distancia. El joven llamado Cuervo lanza un suspiro y se presiona los párpados con las yemas de los dedos. Me habla con los ojos cerrados, desde el fondo de las tinieblas.

—Juguemos a lo de siempre —propone.

—De acuerdo —digo. Yo también cierro los ojos y, en silencio, respiro hondo.

—¿Listo? Imagínate una tempestad de arena terrible, terrible de verdad —dice—. Y olvida cualquier otra cosa.

Tal como me ha dicho, imagino una tempestad de arena terrible, terrible de verdad. Y olvido cualquier otra cosa. Incluso quién soy. Me quedo en blanco. Las cosas van aflorando enseguida. Y él y yo las compartimos en el viejo sofá de cuero del estudio de mi padre, como siempre.

—A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar —me comenta el joven llamado Cuervo.

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.

 

Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa maroma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuerpo. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento a otro

 

El chico llamado Cuervo posa con suavidad una mano sobre mi hombro. La tormenta de arena se desvanece. Pero yo continúo aún con los ojos cerrados.

—Tú, ahora, tendrás que ser el chico de quince años más fuerte del mundo. Sólo así lograrás sobrevivir. Y, para ello, deberás comprender por ti mismo lo que significa ser fuerte de verdad. ¿Entiendes?

Me limito a permanecer callado. Me gustaría hundirme poco a poco en el sueño sintiendo su mano sobre mi hombro. Un tenue aleteo llega a mis oídos.

—Tú, ahora, pronto te convertirás en el chico de quince años más fuerte del mundo —me repite al oído en voz baja el joven llamado Cuervo mientras me dispongo a dormir. Como si tatuara con tinta azul oscuro estas palabras en mi corazón.

Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.

El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.

Claro que si contara las cosas por orden, tal como ocurrieron, el relato se extendería una semana más. Sin embargo, si tocamos sólo los puntos esenciales, eso fue lo que ocurrió: el día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.

Quizá parezca un cuento de hadas. Pero no lo es. De ninguna de las maneras

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