Inicio de novela

El teatro de Sabbath

(INICIO DE NOVELA)

No existe nada que mantenga su promesa.

—Renuncia de una vez a joder con otras o lo nuestro se termina.

Tal fue el ultimátum, el ultimátum totalmente imprevisto e inverosímil hasta la exasperación, que la llorosa querida de cincuenta y dos años planteó a su amante de sesenta y cuatro en el aniversario de una relación que se había prolongado con un asombroso desenfreno y, lo que no era menos asombroso, manteniéndose en secreto, durante trece años. 

Pero ahora que las infusiones hormonales menguaban y la próstata se agrandaba, ahora que con toda probabilidad no le quedaban más que unos pocos años de potencia en la que podía confiar a medias (y tal vez no le quedaba mucha más vida por delante), ahora que se aproximaba al final de todo, se veía exhortado, so pena de perderla, a cambiar por completo su manera de ser.

Ella era Drenka Balich, la popular asociada del hostelero en el negocio y en el matrimonio, apreciada por las atenciones que volcaba sobre todos sus huéspedes, por su ternura cariñosa, maternal, no sólo hacia los niños y los ancianos visitantes sino también hacia las muchachas de la localidad que limpiaban las habitaciones y servían las comidas, y él era el olvidado titiritero Mickey Sabbath, un hombre chaparro, de barba blanca, ojos verdes cuya expresión amilanaba y dedos dolorosamente artríticos, el cual, de haberle dicho que sí a Jim Henson unos treinta y tantos años atrás, antes de que empezara Barrio Sésamo, cuando Henson le invitó a comer en la zona superior del East Side y le pidió que se uniera a su pandilla de cuatro o cinco personas, podría haber estado dentro de la gallina Caponata durante todos estos años. En lugar de Caroll Spinney, el individuo metido en el pajarraco habría sido Sabbath, el mismo Sabbath que consiguió una estrella en la avenida de la Fama de Hollywood, que viajó a China con Bob Hope…, o así se complacía su esposa, Roseanna, en recordárselo cuando aún se estaba matando con el alcohol por sus dos razones inalterables: por todo lo que no había sucedido y por todo lo que sí. Pero como Sabbath no habría estado más satisfecho dentro de la Caponata de lo que estaba dentro de Roseanna, no se sentía muy herido por esas provocaciones. En 1989, cuando Sabbath fue desacreditado públicamente por el escandaloso acoso sexual de una muchacha a la que le llevaba cuarenta años, fue preciso ingresar a Roseanna durante un mes en una institución psiquiátrica, debido a los trastornos nerviosos que le ocasionó el alcohol ingerido a raíz del humillante escándalo.

—¿Es que no te basta con un solo compañero monógamo? —le preguntó a Drenka—. ¿Te gusta tanto la monogamia con él que también la quieres conmigo? ¿No puedes ver ninguna relación entre la envidiable fidelidad de tu marido y el hecho de que te repela físicamente? —y siguió diciendo en un tono afectado—: Nosotros, que nunca hemos dejado de excitarnos mutuamente, no nos imponemos promesas ni juramentos ni restricciones, mientras que con él joder resulta repugnante incluso durante los dos minutos al mes en que te inclina sobre la mesa del comedor y te lo hace por detrás. ¿Y cuál es el motivo? Matija es corpulento, potente, viril, con esa cabellera negra parece tener un puerco espín en la cabeza. Sus pelos son auténticas púas. Todas las viejas damas del condado están enamoradas de él, y no sólo por su encanto eslavo. No, su aspecto las pone cachondas.

Todas tus camareritas se pirran por el hoyuelo de su mentón. Le he visto en la cocina en pleno agosto, con casi treinta y ocho grados, cuando en la terraza hay diez hileras de personas que esperan mesa. Le he visto producir en serie las comidas, asar a la parrilla todos esos

kebabs, la camiseta empapada en sudor, reluciente de grasa… Incluso a mí me pone cachondo, sólo repele a su mujer. ¿Por qué? Su naturaleza ostentosamente monógama, no hay otra razón.

La entristecida Drenka se movió muy despacio hasta llegar a su lado, subió por el empinado flanco arbolado hasta las alturas de donde brotaba burbujeante el arroyo en el que se bañaban, y cuyas aguas cristalinas bajaban murmurando por una escalera de rocas graníticas que se alzaba en forma de espiral irregular entre los abedules, de color verde plateado e inclinados por las tormentas, que sobresalían por encima de las orillas.

Durante los primeros meses de su relación, en el transcurso de una excursión solitaria en busca de un nido de amor apropiado, ella descubrió no lejos del arroyo, entre un grupo de abetos, tres peñas, cada una del tamaño y la coloración de un elefante pequeño, las cuales rodeaban aquel claro triangular que les haría las veces de hogar. Debido al barro, la nieve o los cazadores borrachos que andaban por los bosques pegando tiros, la cima de la colina no era accesible en todas las estaciones, pero desde mayo hasta principios de octubre, excepto cuando llovía, era allí donde la pareja se retiraba para renovar sus vidas. Cierta vez, años atrás, apareció de repente un helicóptero que se cernió momentáneamente a treinta metros de altura, mientras ellos permanecían desnudos sobre la lona impermeable extendida en el suelo, pero por lo demás, aunque la Gruta, como habían convenido en llamar a su refugio, sólo distaba un cuarto de hora a pie de la única carretera pavimentada que conectaba las cataratas de Madamaska con el valle, ninguna presencia humana había amenazado jamás su campamento secreto.

Drenka era una croata procedente de la costa dálmata, morena, de aspecto italiano y estatura similar a la de Sabbath, una mujer llenita, maciza, en ese límite provocativo que si se rebasa desemboca en el exceso de carnes, y la forma de su cuerpo, en la época en que pesaba más, recordaba aquellas estatuillas de arcilla moldeadas hacia el año 2000 a. C., unas muñequitas gordas de grandes pechos y muslos no menos grandes descubiertas en excavaciones de toda Europa y Asia Menor, y a las que adoraron bajo una docena de nombres distintos como la gran madre de los dioses. Podría decirse que era bonita de una manera más bien competente, práctica, excepción hecha de la nariz, que sorprendía por su carencia de puente, como la de un boxeador, y daba cierta apariencia confusa al centro de su cara, una nariz ligeramente desviada con respecto a la boca de labios gruesos y los ojos grandes y oscuros, y el signo revelador, como Sabbath llegaría a considerarla, de cuanto era maleable e indeterminado en el despliegue, aparentemente correcto, de su naturaleza. Parecía como si en el pasado hubiera recibido malos tratos, como si en su infancia le hubieran destrozado la nariz de un golpe, cuando en realidad era hija de unos padres bondadosos, ambos profesores de secundaria, entregados religiosamente a los tiránicos tópicos del partido comunista de Tito. Ella fue su única hija y recibió a raudales el amor de aquellos seres amables y tristes.

La que dio el golpe en la familia fue Drenka. A los veintidós años, cuando trabajaba como auxiliar de contabilidad en los ferrocarriles nacionales, se casó con Matija Balic, un joven y guapo camarero con aspiraciones al que conoció cuando fue a pasar las vacaciones a un hotel perteneciente al sindicato del personal ferroviario en la isla de Bra, frente a Split. Juntos se fueron a Trieste de luna de miel y jamás regresaron. No sólo huyeron con la intención de enriquecerse en Occidente, sino también porque el abuelo de Matija fue encarcelado en 1948, cuando Tito rompió con la Unión Soviética, y el abuelo, un burócrata local del partido, comunista desde 1923 e idealista con respecto a la madre Rusia, se atrevió a discutir abiertamente el asunto.

—Mis padres —le había explicado Drenka a Sabbath eran comunistas convencidos y amaban al camarada Tito, que estaba allí, con su sonrisa como un monstruo sonriente, así que pronto encontré la manera de amar a Tito más que cualquier otro niño de Yugoslavia. Chicos y chicas, todos éramos Pioneros, llevábamos un pañuelo rojo, salíamos de excursión y cantábamos. Eran canciones sobre Tito y, por ejemplo, lo comparaban con una flor, una violeta, y decían cuánto le amaba la juventud entera. Pero el caso de Matija era diferente. Aquel chiquillo quería a su abuelo, y alguien delató al viejo… ¿es ésa la palabra? Denunciado. Fue denunciado como enemigo del régimen. Y a todos los enemigos del régimen los enviaban a una prisión horrible. El momento más atroz era cuando los embarcaban como ganado, en

nos barcos que los trasladaban del continente a la isla. El que sobrevivía, sobrevivía; y el que no, no. En aquel lugar la piedra era el único elemento. Todo lo que tenían que hacer era trabajar aquellas piedras, reducirlas a fragmentos, sin ninguna finalidad. Muchas familias tenían algún miembro al que enviaron a esa Goli Otok, que significa «isla desnuda». La gente denunciaba al prójimo por cualquier razón, para ascender, por odio, por lo que fuera. Siempre pendía en el aire una gran amenaza para quienes no eran del todo correctos, y ser correcto significaba apoyar al régimen. En aquella isla no les alimentaban, ni siquiera les daban agua. Una isla frente a la costa, un poco al norte de Split…, desde la costa puedes verla a lo lejos.

Allí su abuelo enfermó de hepatitis y murió poco antes de que Matija terminara el bachillerato. Murió de cirrosis. Sufrió durante todos esos años.

Los prisioneros enviaban tarjetas a casa, y en ellas tenían que afirmar que se estaban reformando. La madre de Matija le dijo que el abuelo no fue bueno, que no escuchaba al camarada Tito, y por eso tuvo que ir a la prisión. Matija tenía nueve años. Ella sabía lo que le estaba diciendo al niño cuando le decía eso, a fin de que en la escuela no le provocaran para que dijese otra cosa. Su abuelo decía que sería bueno y amaría al Drug Tito, por lo que sólo pasó diez meses en prisión. Pero allí enfermó de hepatitis. Cuando regresara, la madre de Matija daría una gran fiesta. Regresó, y pesaba cuarenta kilos, aunque había sido un hombre corpulento, como Maté. Físicamente destruido por completo. Un tipo le delató y eso fue todo. Y por esta razón Matija deseaba huir después de que nos casáramos.

—¿Y tú? ¿Por qué querías huir?

—¿Yo? La política me tenía sin cuidado. Yo era como mis padres. En tiempos de la antigua Yugoslavia, cuando estaba el rey y toda esa monserga, antes del comunismo, le tenían cariño al rey. Llegó el comunismo y lo amaron. No me importaba, de modo que le dije sí, sí al monstruo sonriente.

Lo que yo amaba era la aventura. América parecía tan grande y fascinante, y tan inmensamente diferente… ¡América! ¡Hollywood! ¡Dinero! ¿Por qué me fui? Era una muchacha. Habría ido a cualquier parte donde hubiera más diversión.

Drenka deshonró a sus padres al huir a este país imperialista, desgarró sus corazones y también ellos murieron, ambos de cáncer, no mucho después de su deserción. Sin embargo, amaba tanto el dinero y la «diversión» que probablemente sólo el agradecimiento a las afectuosas atenciones de aquellos comunistas convencidos fue capaz de impedir al carnoso y juvenil cuerpo de rostro incitadoramente rufianesco, hacer consigo mismo algo incluso más caprichoso que convertirse en esclavo del capitalismo, fuera lo que fuese.

Estaba dispuesta a admitir que el único hombre a quien había cobrado por pasar la noche con ella era el titiritero Sabbath, y en más de trece años eso había ocurrido en una sola ocasión, cuando él le presentó el ofrecimiento de Christa, la alemana huida de su casa que trabajaba en la tienda de comestibles para gourmets a cambio del alojamiento y la manutención, a la que había explorado y reclutado pacientemente para que los dos se deleitaran con ella.

—Dinero contante —le informó Drenka, aunque desde hacía meses, desde que Sabbath se encontró con Christa cuando ésta hacía autoestop para ir a la ciudad, Drenka había esperado la aventura con una excitación no inferior a la de él, y no necesitaba ningún apremio para conspirar—. Billetes crujientes —siguió diciendo, entornando pícaramente los ojos, sin que por ello disminuyera la seriedad con que hablaba—. Lisos y nuevos.

Sabbath se adaptó sin vacilación al papel que la mujer había ideado con tal rapidez para él y le preguntó:

—¿Cuántos?

—Diez —respondió ella con aspereza.

—No puedo permitirme tanto.

—Entonces olvídalo y no cuentes conmigo.

—Eres una mujer dura.

—Sí, dura —replicó ella con fruición—. Sé lo que valgo.

—No ha sido nada fácil arreglar esto, ¿sabes? Organizar una cosa así no es ninguna ganga. Puede que Christa sea una chica descarriada, pero de todos modos requiere muchos miramientos. Eres tú quien debería pagarme.

—No quiero que me trates como a una puta de mentirijillas. Quiero que me trates como a una puta auténtica. Mil dólares o me quedo en casa.

—Me estás pidiendo lo imposible.

—Pues no hablemos más.

—Quinientos.

—Setecientos cincuenta.

—Quinientos. Es lo máximo que puedo pagar.

—Entonces tienes que pagarme antes de que lleguemos allí. Quiero entrar con el dinero en el bolso y sabiendo que tengo un trabajo que hacer.

Quiero sentirme como una puta de veras.

—Dudo de que, para sentirte como una puta de veras, baste tan sólo con el dinero —le sugirió Sabbath.

—Bastará para mí.

—Dichosa tú.

—No, dichoso tú —replicó Drenka en tono desafiante—. Muy bien, quinientos. Pero ha de ser antes. Lo quiero todo la noche anterior.

Negociaron las condiciones del trato sobre la lona impermeable, allá arriba, en la Gruta, mientras cada uno masturbaba al otro.

La verdad es que a Sabbath no le interesaba el dinero, pero desde que la artritis puso fin a sus actuaciones como titiritero en los festivales internacionales y su Taller de Títeres ya no era acogido con beneplácito en el programa de estudios de las cuatro universidades, debido a que allí había sido desenmascarada su degeneración, dependía de su esposa para mantenerse, por lo que le resultaba doloroso desprenderse de cinco de los doscientos veinte billetes de cien dólares que ganaba anualmente Roseanna en el instituto regional para entregárselos a una mujer cuyo negocio familiar rendía ciento cincuenta mil dólares al año.

Claro que podría haberla enviado a hacer puñetas, sobre todo porque Drenka habría participado en el trío con idéntico ardor tanto si le pagaba como si no, pero acceder a actuar una noche como su cliente le parecía algo tan atractivo como lo era para ella fingirse su prostituta. Por otro lado, Sabbath no tenía ningún derecho a no ceder… al fin y al cabo, el licencioso abandono de la mujer le debía a él su eclosión plena. Su eficacia sistemática como jefa de comedor y administradora del hostal, el puro placer de ingresar en el banco, año tras año, toda aquella pasta, podrían haber momificado mucho tiempo atrás su actividad de cintura para abajo si Sabbath, a juzgar por la chatedad de su nariz y la redondez de sus miembros, por nada más que eso para empezar, no hubiera sospechado que el perfeccionismo con que Drenka Balich se aplicaba a su tarea no era su única inclinación inmoderada.

Fue Sabbath quien, paso a paso, como el más paciente de los instructores, la ayudó a apartarse de su vida ordenada y a descubrir la indecencia para complementar las carencias de su dieta regular.

¿Indecencia? ¿Quién sabe? Haz lo que quieras, decía Sabbath, y ella lo hacía de buena gana, y le gustaba hablarle de lo mucho que le había agradado no menos de lo que a él le agradaba escucharla cuando se lo decía.

Los maridos, tras haber pasado el fin de semana en el hostal con sus esposas e hijos, telefoneaban a Drenka en secreto desde sus oficinas para decirle que necesitaban verla. El operario de la máquina excavadora, el carpintero, el electricista, el pintor, todos los operarios que hacían algún trabajo en el hostal invariablemente se las ingeniaban para almorzar cerca del despacho donde ella llevaba las cuentas. Donde quiera que fuese, los hombres percibían el aura intangible de la invitación. Una vez que Sabbath hubo ratificado para ella la fuerza que quiere más y más (una fuerza a cuyas incitaciones Drenka nunca fue del todo contraria, incluso antes de conocer a Sabbath), los hombres empezaron a comprender que aquella mujer

bajita, de mediana edad y aspecto menos que llamativo, encorsetada por su sonriente cortesía, estaba impulsada por una carnalidad muy similar a la de ellos.

Dentro de aquella mujer había un ser que pensaba como un hombre. Y el hombre como el que pensaba era Sabbath. Drenka era, como ella misma decía, su compinche. ¿Cómo podía, con la mano en el corazón, negarle los quinientos dólares? Las negativas no formaban parte del trato. Para ser lo que ella había sabido que quería ser (para ser lo que necesitaba ser), era preciso que Sabbath accediera a lo que le pedía. No importaba que ella emplease el dinero en comprar herramientas eléctricas para el taller que su hijo tenía en el sótano. Matthew estaba casado y era agente de la guardia civil del estado, destinado al cuartel del valle.

Tomado de: El teatro de Sabbath- Houghton Mifflin Harcourt, 2010.

Share:

Leave a reply