Narrativa y poesía escogida

Oveja negra

school

 

(CUENTO) Mi nombre completo no importa porque no estoy haciendo un examen. Mejor mi apodo: El Loco. Sí, así me bautizó la gente desde el día en que le pegué en la espalda a la profesora de inglés, gorda chinchosa, un letrero que decía: «¡Se vende este lote!». La gracia me salió cara, no solo me valió la chapa que, dicho sea de paso, me encanta, sino que me costó una suspensión de tres días y una buena golpiza de mi viejo. En realidad, mi vieja es la que se encarga de aplicar la ley en la casa. Es brava, no cree en nadie, cuando le dan sus arranques es mejor no cruzarse con ella. Mi viejo solo entra en acción cuando el caso es grave, como el de la venta del lote.

Por:

José Antonio Galloso

Tengo catorce años, estoy en tercero de media y, la pura verdad, no puedo explicar por qué hago mis locuras. La peor pregunta que me pueden hacer después de haber hecho una es la que siempre me hacen: «¿Por qué?». No hay respuesta, simplemente me salen, lo juro. Cuando una idea se me ocurre no me puedo aguantar, y siempre me doy cuenta de lo que he hecho cuando ya estoy hasta el cuello en el asunto. Pero la del último paseo, esa nunca se me ocurrió, no sé cómo a mi vieja se le pudo pasar por la cabeza que se me había ocurrido semejante tontería. Ni que estuviera loco. Ja. Me dolió que lo pensara.

El paseo fue hace un mes, el primer sábado de primavera para ser exactos. Me levanté tempranito esa mañana. Mi vieja nunca me tiene que despertar en caso de diversión, pero tienen que verla los días de clase, la pobre no me puede levantar ni con grúa. Me bañé, me puse mi Levi’s, mi polo Quick Silver y mis Adidas Samba, lo mejorcito del guardarropa. Cuando se puede ir con ropa de calle al colegio, uno siempre se raja, sobre todo si hay alguien que nos gusta. Como nos habían dicho que en el lugar había piscina, guardé en la mochila roja Jansport mi ropa de baño, mi toalla y otro polo por si las moscas.

A las siete de la mañana ya estaba listo. Bajé a la cocina. Mi papá, todavía en pijama, leía el periódico y mi mamá preparaba el desayuno. Los saludé. Sobre la mesa del comedor de diario había una bolsa de plástico con el pollito en táper y la Coca-Cola de dos litros que mis viejos habían comprado la noche anterior. Los guardé en la mochila.

Mientras tomaba el café con leche y devoraba el pan con mantequilla a toda velocidad, mi viejo aflojó veinte soles y mi vieja me soltó el rollo de toda la vida: «Con cuidado, pórtate bien, nada de locuras», y todo ese f loro de mamá acomedida. «No te preocupes», le dije. Terminé el desayuno, cargué mi mochila, mis llaves y salí.

Mi colegio está lejos de la casa, cuarenta minutos en micro. El viaje sería mucho más corto si mi viejo me llevara. A veces se ofrece, pero no me gusta que me lleve, me vacila andar solo. Además, casi siempre aprovecho el viaje para hacer tareas o para revisar el comprimido antes de un examen. Ja, qué tal mentira, la verdad es que la mayoría de las veces me meto un ronque en el camino. Pero ese sábado ni hablar de dormir, el Sol ya estaba colgado del cielo y era un paseo especial: solo iba a ir mi promoción y, lo mejor, íbamos a una casa particular en Chaclacayo. Nada de club campestre, de baños compartidos y apestosos, de otras promociones fregando ni de otros colegios estorbando. Lo máximo.

Llegué al paradero de siempre. Estaba vacío, no como los días de semana que parece un hormiguero. Solo yo y una tía fea y gorda con una canasta vacía en la mano. El micro también llegó vacío. Qué rico es que pare a la primera y que el cobrador no te mire mal porque eres escolar. Pero más rico es subir y encontrar asientos para escoger, nada de colgarse del estribo o de viajar parado y apachurrado, cuidando los bolsillos y la mochila, no vaya a ser que te bolsiqueen.

A pesar de que no había tráfico, el viaje duró un siglo. Siempre que uno quiere que el tiempo vuele, el reloj se convierte en tortuga. Me senté al fondo, en un asiento individual y abrí la ventana porque el micro apestaba a pescado. La ciudad cambia los fines de semana, es como si se sacara el uniforme y se vistiera de calle. Los carros van más despacio, la gente no tiene apuro, hasta los basurales parecen más limpios y los baches más nobles. Sin darme cuenta, empecé a pensar en Marité, la chica que me gusta. Es la más linda de la promoción, al menos para mí. Ella está en el A y yo, en el C. Nunca hemos estado en el mismo salón y, aunque hasta ese momento no me había dado bola, yo soy de los que piensan que el que la sigue la consigue. ¿Por qué será que siempre nos gustan las que no nos dan bola? Misterio sin resolver. Marité es bajita, tiene los ojos grandes y negros como de anime, la naricita respingada y un cuerpo de olimpiadas. Pocas veces habíamos conversado. La última vez, en el quinceañero de Carla, la saqué a bailar y le dije, todo lanza, que su pelo era lindo, pero ella me basureó diciéndome que lo odiaba. ¿Por qué será siempre que todos queremos tener el pelo diferente? A mí, que soy trinchudo, los rulos de Marité me vuelven loco. En esa fiesta no hablamos más, cuando reuní el valor suficiente para sacarla a bailar de nuevo, llegaron a recogerla. «Hoy día le meto f loro», me dije y bajé del autobús.

Mientras caminaba hacia el colegio, saqué un Halls de mi mochila. Siempre cargo con una barra sabor a cherry. Uno nunca sabe cuándo se va a tener un día de suerte y, lo que menos se quiere, es que el día de suerte te agarre con aliento a muerto. En la puerta del colegio estaban estacionados los dos ómnibus amarillos que nos iban a llevar directo al vacilón. Ya había gente esperando. Algunos viejos se despedían de sus hijas, otras viejas se despedían de sus hijos. Roche con tanto besito. Yo paso. Es mejor moverse solo.

El Topo y el Ñato, mis mejores amigos, cómplices en el crimen, ya habían llegado. Estaban jugando pataditas con la pelota de cuero del Topo. Marité todavía no había llegado. Preocupado, dejé mi mochila en el suelo y me puse a jugar con ellos. Qué triste iba a ser todo si no llegaba. Diez minutos después, espera mortal, llegó el carro de su vieja. Me puse nervioso. Cada vez que la veo, el cuerpo se me altera por dentro, como si un virus celeste se adueñara de la computadora interior. El Topo me quiso batir, porque ellos saben que me gusta, pero le metí un pelotazo que lo dejó mudo. Estaba más linda que nunca. «Hoy día le meto f loro», pensé.

A las ocho y media, luego de la pasada de lista, subimos a los autobuses y partimos. Es gracioso ver a las profesoras con su ropa sport, parece que no están diseñadas para la modernidad. Se las ve terrible con sus bucitos de felpa o con sus jeans del año uno. Pobres, perfectas para acribillarlas a apodos. El viaje fue divertido, al menos por un rato, porque ni bien empecé a meter vicio la tutora de la B me puso el ojo, me llamó la atención dos veces y, a la tercera, me mandó a sentar a su lado. Qué planta, más de la mitad del viaje me la pasé mirando por la ventana, envidiando a mis amigos que seguían metiendo vicio en la parte de atrás, sobre todo cuando alguien sacó un huevo duro y todo empezó a oler a pedo. Eso de ser la oveja negra a veces es fregado, es como caminar con un dedo gigante sobre uno, garantía fija de sospecha, culpabilidad asegurada. Es cierto que con el traje negro viene también un poco de fama y mucho respeto, pero el precio es a veces muy alto. No sé.

La Carretera Central, a pesar de ser sucia y polvorienta, siempre huele a paseo. Conforme se va avanzando hacia las montañas, mientras el sol se va haciendo cada vez más fuerte, las fábricas más comunes y el río más ancho al costado del camino, el cuerpo se va llenando de emoción. Es inevitable, a pesar de tener catorce, uno se vuelve a sentir como un chiquito. Marité se había subido al otro autobús y, cada vez que uno pasaba al otro, mientras la gente gritaba y se abalanzaba contra las ventanas para sacarles pica a los del otro grupo, yo me ponía a buscarle la mirada, pero nada, cero bola. C-E-R-O.

(…)Marité es bajita, tiene los ojos grandes y negros como de anime, la naricita respingada y un cuerpo de olimpiadas. Pocas veces habíamos conversado. La última vez, en el quinceañero de Carla, la saqué a bailar y le dije, todo lanza, que su pelo era lindo, pero ella me basureó diciéndome que lo odiaba. ¿Por qué será siempre que todos queremos tener el pelo diferente? A mí, que soy trinchudo, los rulos de Marité me vuelven loco (…)

Finalmente, para suerte mía, porque ya no aguantaba más al lado de la tutora del B, llegamos al lugar donde iba a ser el retiro. Un caserón con techo a dos aguas, ventanales enormes, entrada de lajas y garaje para tres carros. Las profesoras tuvieron que tocar pito mismo policía para que no nos tirásemos por la puerta. Nos obligaron a sentarnos bien calladitos y nos dieron una sarta de consejos sobre cómo portarnos en la casa de esos misioneros gringos que, con tanto cariño, nos estaban brindando su hogar. «Al diablo —pensaba yo—, déjennos bajar que se pasa la hora».

Entramos en fila india por una puerta lateral que nos llevó de frente al jardín trasero. Era enorme, estaba al pie de uno de esos cerros rocosos típicos de Chaclacayo. Tenía una cancha de fulbito de pasto y una piscina rectangular no muy grande pero suficiente. Marité pasó a mi costado con sus amigas. «¿Habrá traído su ropa de baño? —me pregunté—. ¡Ojalá! —me dije—, verle las piernas será como ver la creación del mundo en pantalla plana». Había árboles y plantas por todos lados. «Les vamos a hacer leña los rosales a punta de pelotazos», comentó el Ñato y nos reímos. Nos acomodamos en el primer espacio que apareció en el camino, tiramos las mochilas al pasto y el Topo sacó la pelota para empezar a organizar la pichanguita. Pero las profesoras, aguafiestas eternas, nos dijeron que primero teníamos que rezar. Aburrido padrenuestro. Avemaría a la volada y a medias, porque no me sé bien la letra. No sé cómo me dejaron hacer la primera comunión. Lectura bíblica interminable por la directora. Ni escuché de qué se trataba, estaba tirándole lente a Marité. Se veía linda con su jean apretado, sus All Star rosadas y su polito blanco de Hello Kitty. El Topo me tuvo que meter un codazo para que me persignara.

Al toque nos organizamos para jugar un triangular a muerte, diez minutos o al gol, contra los de la A y la B. Estuvimos en la cancha hasta cansarnos. No pudieron contra nosotros. Algunas chicas hacían barra, mientras otras, más allá, jugaban vóley o conversaban en círculos. El Topo y el Ñato la saben pisar bien, pero no tanto como yo. Ja, tranquilo loco, no te botes. Pero es la verdad, soy el capitán de la selección del colegio, la Diez. Cada vez que hacía una buena jugada o metía un gol, miraba de reojo a Marité. Y más de una vez me di cuenta de que ella también me estaba mirando. Me importaba cincuenta pepinos que lo hiciera toda seria, seriaza, como si no le cayera bien, o peor, como si me odiara. Lo cierto es que me estaba chequeando y eso para mí era suficiente, un gran progreso. «Hoy día le meto floro», pensaba sin parar. Sin embargo, por más que los patas digan que es fácil, es súper difícil eso de meter floro. Acercarse de pronto a la chica que te gusta y decirle, «hola, ¿cómo estás?» ¡UFFF! Tarea dificilísima, casi imposible.

Después del triangular y con la adrenalina a mil, decidimos que se tenía que subir el cerro. Imperativo. Las profesoras quisieron ponernos el alto, pero, finalmente, después de largos minutos de súplica, accedieron. «Con cuidado», nos gritaron mientras nos abalanzábamos hacia la base. «El primero que llega a la punta es el rey», gritó el Topo como bueno. El reto estaba hecho. Me lancé hacia arriba como un gato de los que saben. Yo he crecido trepando los cerros de Punta Negra. Mi familia tiene una casa en esa playa y, desde chico, aprendí bien el arte de trepar: Una piedra a la vez, siempre con la mirada en el siguiente obstáculo, siempre probando la firmeza de cada roca en la que uno se va apoyar, siempre mirando cuál es la mejor ruta. Las chicas se habían amontonado en la falda del cerro para ver quién ganaba el reto. Tenía que llegar primero, sabía que si lo hacía iba a impresionar a Marité. De vez en cuando volteaba a ver quién estaba atrás. El Ñato me pisaba los talones. Tras él venían los demás. El Topo se quedó rezagado. Eso le pasa siempre por bocón, lanza los retos y siempre pierde.

El cerro resultó más complicado de lo que pensaba. Mientras más subía, más difícil se ponía. Pero no iba a dar mi brazo a torcer. Sorteé una explanada de tierra muerta súper inclinada. Lo hice despacio porque a veces las zapatillas se resbalaban. Pasos cortos y rápidos, de costadito, sí, así es mejor. Gané. Las piernas me temblaban cuando me paré en la cima. Estaba sudando y súper agitado, pero gané. Me sentía como un rey mientras esperaba la llegada de los otros. Desde ahí se podía ver todo, la ciudad se estiraba hasta donde llegaban los ojos. No sé por qué me dieron ganas de gritar, pero no lo hice.

A los pocos minutos llegó el Ñato y unos patas de la A y la B. Sin embargo, la mayoría no se atrevió a sortear esa última explanada de tierra muerta. Estaba feliz. Marité se veía chiquitita allá abajo. No pude notar si me estaba mirando, pero yo sentía que sí, que me estaba mirando, que nuestras sonrisas se encontraban en algún punto medio de ese cerro enorme. Me provocó hacer un corazón con piedras en la punta del cerro y escribir: «Marité y el Loco», pero hubiera sido mucho roche.

Estuvimos en la cima unos diez minutos, recuperando el aliento, gozando de la vista y del fresco que llegaba con la altura. Y yo me habría quedado más rato si uno de los del C no hubiera gritado: «¡Piscina!, ¡el que baja último es amante de la Chancluda!». «Ni hablar pierdo», me dije. La Chancluda es la vieja encargada de normas, la más fea y renegona de todo el colegio. Además, nada me parecía mejor que encontrarme lleno de gloria con la carita dulce de Marité.

Varios, incluido el Ñato, me ganaron la delantera, pero tomaron un camino largo para evitar la explanada de tierra muerta. En un segundo pensé que si me mandaba por ahí les ganaría a todos. Sin dudarlo, me aventé. Grave error, no había dado tres pasos cuando me empecé a resbalar. Quise sentarme para detenerme pero no resultó, seguía resbalando, el cuerpo se me iba hacia delante. Intenté ponerme de costado, fue inútil, estaba cayendo. Sin más opción me mandé a correr cuesta abajo. Empecé a pasar a los patas como bala, los pasos se hacían cada vez más largos, la velocidad aumentaba, no había manera de detenerme ni de controlar mi bajada. Los tobillos se me empezaron a torcer tras cada tranco, estaba asustado, el cuerpo ya no me obedecía, las leyes de la física me habían atrapado, todo lo que sube tiene que bajar, y yo lo estaba haciendo de la peor manera. El aire se estrellaba contra mi rostro y, cuando ya me estaba acercando a la base del cerro, una piedra enorme, más grande que yo, apareció en el camino. El instinto asaltó, si me estrellaba contra ella me iba a despedazar. Salté, me tiré una lisa para no reventarme. Caí horrible al otro lado, de pecho. Felizmente no había piedras, hubiera sido peor. Me lijé el cuerpo sobre el pedregullo. Clarito me acuerdo de ese sonido áspero de pellejo arrancado. Cuando finalmente me detuve, boca abajo, me quedé quieto unos segundos, hasta que la nube de polvo se disipó. Después pensé, acostumbrado al castigo, que no quería que las viejas del colegio se enteraran y me levanté de un salto. Aunque suene raro, en ese momento, el cuerpo no me dolía.

Al levantar la vista me encontré de frente con Marité.

—¿Estás bien? —me preguntó con su carita dulce, repleta de preocupación.

—Sí —le dije haciéndome el macho. Me empecé a sacudir la tierra del cuerpo y, en ese instante, sentí un ardor terrible en el pecho. Me levanté el polo que se había hecho varios huecos para ver qué tenía. Marité gritó horrorizada y se llevó las manos a la boca. Me miré, un raspón terrible, ancho, sanguinolento y con bolitas de grasa blanca surcaba mi pectoral derecho.

—No le digas a nadie, por favor —le dije.

No me respondió.

Sabía que no era mi culpa, que había sido un accidente, pero sentía la necesidad de ocultar lo que me había pasado. Ahora que lo veo en la distancia, creo que fue una mezcla de estado de shock y trauma de oveja negra lo que me llevó a actuar de esa manera. Muy rápido, convencido de que iba a poder ocultar lo que me había pasado, fui corriendo a ponerme mi ropa de baño. Pensaba que si me metía a la piscina nadie se iba a dar cuenta, y que el agua fría me iba a aliviar el ardor que ya no solo estaba en el pecho, sino también en las piernas, en el torso, en todo el cuerpo.

—¿Cómo estás? —me preguntó el Ñato, seguido por el Topo. Tenían cara de angustia.

—Bien, bien. Pero no hagan roche —les dije.

Terminé de ponerme la ropa de baño, tiré mi mochila y caminé hacia la piscina. Quise correr pero no pude, los tobillos se me habían empezado a hinchar. Mientras avanzaba todo comenzó a cambiar, fue muy raro, de pronto veía a la gente y, a pesar de que sabía que eran mis amigos, no podía saber quién era quién, no los reconocía. Tampoco había ruido, o si había, era como si estuviera escuchando todo debajo del agua. Llegué a la piscina, me saqué el polo y, confundido, salté al agua. El choque fue terrible, el cloro de la piscina me empezó a cocer las heridas y el ardor aumentó casi hasta el grito. Sin embargo, terco y tonto, nada de salir. No sabía qué hacer, estaba asustado. Me agarré de uno de los bordes y cerré los ojos con fuerza, era una manera de aguantar el dolor. Cuando los abrí me encontré con un par de zapatillas horribles frente a mí.

—¿Qué te ha pasado? —era la directora.

—Nada, Miss, estoy bien.

—Sal de la piscina.

—No, Miss, estoy bien, se lo juro.

El ardor era imposible.

—Sal, ahora mismo.

No me quedó otra, salí. Con el agua, la sangre de las heridas invadió todo mi cuerpo en un segundo. Escuché unos gritos. Era un grupo de chicas que se habían amontonado para ver qué había pasado. La directora se puso pálida al verme y se quedó muda; por unos segundos, la vieja no supo qué hacer. Entonces, la Chancluda apareció de la nada. Fría para los accidentes, ella se encarga de curar a todos en el colegio. Me tomó por el brazo, me llevó al baño y me dijo que me lavara las heridas con jabón. Ahí empezó el suplicio, cada vez que pasaba la barra de Camay sobre uno de los miles de raspones que tenía por todo el cuerpo, sentía que se me incendiaba todo por dentro. Pero, lo peor vino después, cuando la directora apareció con el botiquín de primeros auxilios y sacó un frasco gigante de Mertiolate.

Ahora pienso que las viejas lo disfrutaron, que fue una suerte de ajuste de cuentas por todas las que hasta ese momento les había hecho. La directora destapó el frasco gigante y agarró un pedazo de gasa. La Chancluda agarró un fólder para hacer aire y suavizar un poco la tortura. «Sácate la ropa de baño», me dijeron. Lo hice. Nunca he sentido tanto dolor en mi vida, cada gota de Mertiolate que caía sobre la carne viva era como si me estuvieran apagando mil fósforos sobre la piel. Aplicaban y soplaban. Yo estaba paradito en la ducha, en calzoncillos, temblaba de dolor. La puerta estaba abierta, todos me miraban. No sé de dónde saqué fuerzas para aguantarme las ganas de llorar. Grité como nunca antes había gritado en mi vida, pero no lloré, me aguanté como los machos. Y no me aguanté porque todos me estuvieran mirando, me aguanté porque Marité me estaba mirando, sí, me estaba mirando como nunca antes lo había hecho, preocupada, asustada, conmovida. Y yo nunca hubiera dejado que me viera llorando. Quería impresionarla.

No sé cuántos minutos duró la tortura del Mertiolate pero me pareció eterna. El cuerpo entero me quedó teñido de ese color infierno. Juro por mi madrecita santa que de ahora en adelante no pasaré del agua oxigenada. Después de que el Mertiolate se secó sobre la piel y de que las heridas pararon de sangrar, fui a vestirme. Estaba destrozado, los pantalones subieron despacito, cada movimiento me arrancaba un grito. La camiseta llena de huecos fue a parar al tacho. Felizmente había llevado una de repuesto que resbaló suave sobre la herida del pecho, la más grande de todas, la que cubrieron con gasa para que no se pegara a la tela. Las zapatillas me las tuve que poner con los pasadores aflojadísimos porque tenía los tobillos como dos camotes. No sé cómo, pero me había raspado por todos lados.

A la hora del almuerzo, los dueños de la casa, los misioneros gringos, hicieron una oración por mi valentía y catalogaron de milagro el hecho de que yo estuviera en pie. En realidad, yo creo que si hubo un milagro en todo eso, fue Marité, de ella venía la fuerza, la determinación. De los amigos no, para nada. Los amigos siempre son los amigos, se preocupan cuando la desgracia ocurre, pero basta que uno abra un ojo para que digan: «está vivo», y se larguen a seguir jugando. En cinco minutos el Topo y el Ñato me habían abandonado. No me molesté, yo hubiera hecho lo mismo. Abrí mi mochila, saqué mi pollo a la brasa, mi Coca-Cola y, paradito al lado de una mesa —porque sentarme en el pasto se me hacía un mundo de dolor—, me dispuse a comer. A los pocos minutos, la suerte que le sigue a toda desgracia llegó de la mejor manera. Marité se me acercó con dos amigas:

—¿Cómo te sientes? —me preguntó.

—Mejor, gracias.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

—¿Nos podemos sentar a almorzar contigo?

—Claro.

No sé si lo hizo porque me vio solo y destrozado, a manera de acto de caridad, o por alguna otra razón. La verdad me importa poco, la vida había dado una vuelta de campana, ella me estaba metiendo floro. Nos pasamos el resto del paseo conversando y riéndonos como si nos hubiésemos estado hablando toda la vida. Cada vez que se reía de uno de mis chistes, todos los dolores, que eran muchos y fuertes, desaparecían. Por momentos me daban ganas de decirle: «tú eres mi mejoralito, la mejor medicina para el dolor». Sus rulos libres al viento de Chaclacayo me volvían loco. Gracias a esa caída, su mirada dejó de ser seria para siempre. Y yo, lo confieso, me enamoré como nunca antes lo había hecho.

Al caer la tarde, regresamos al colegio. El cuerpo me dolía pero el corazón estaba fuerte y mejor que nunca: el teléfono y el correo electrónico de Marité descansaban en el bolsillo de mi mochila roja. Me sentía capaz de caerme de nuevo de cualquier cerro y de echarme diez litros de Mertiolate sin ayuda de nadie. Ja, mentira, pura exageración, ya lo dije, del agua oxigenada no vuelvo a pasar. Al bajar del ómnibus, la directora me preguntó si no quería que me llevaran a la clínica, que mi seguro escolar me cubría. Yo insistí en que estaba bien, que lo único que quería era llegar a mi casa. Marité se despidió con un beso en la mejilla, el primero que me daba. Ahora ya somos enamorados. Pero esa es otra historia.

Los veinte soles que me dio mi viejo me sirvieron para tomar un taxi. No hubiera podido aguantar el viaje en micro. Cuando bajé, en la puerta de mi casa, con las justas podía caminar, los tobillos me dolían hasta el cuello. Despacio, abrí la puerta y entré. Me sentía un hombre hecho y derecho por haber aguantado tanto dolor; me sentía feliz por lo de Marité. No había nadie en el primer piso, mis viejos estaban en su cuarto viendo tele. Dejé mi mochila en el comedor y, a pasos lentos e intensamente dolorosos, subí hasta su habitación y encendí la luz.

—Hola —saludé con voz torcida.

—¿Qué te ha pasado? —dijo mi vieja.

—Me caí de un cerro.

—¿Y qué te ha pasado?

Sin decir nada me bajé los pantalones y me subí el polo. Esperaba compasión y cariño, pero el tiro me salió por la culata. Ahora pienso que fueron los nervios o, en todo caso, una mezcla de nervios y mi bendita reputación de oveja negra, pero al ver mi cuerpo repleto de heridas y manchas de Mertiolate, mi vieja exclamó:

—¡Seguro que te has tirado para lucirte!

No me pude aguantar más y lloré.

Pd: Este cuento estuvo incluido en la selección del autor “Lima mala”

 

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