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Una decisión llena de culpa

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(RESEÑA) “Cuando inoculas a niños con la vacuna contra la polio, no duermes bien durante dos o tres meses”, dijo Jonas Salk, importante virólogo que desarrolló la primera vacuna contra esta enfermedad. La mejor forma de contextualizar y entender el impacto visual y emocional de la frase de Salk es introduciéndonos en el universo literario de Némesis (Mondadori, 2010), novela de Philip Roth (Nueva Jersey, 1933), un texto sobre la enfermedad, un libro sobre el temor, el miedo y el pánico que puede generar una afección cruel como la polio. Esta novela no solo muestra el universo literario del autor de El lamento de Portnoy y Pastoral americana, sino también, a partir de tópicos conocidos, logra refrescar y exteriorizar frente al lector temas universales como la tensión entre la vida y la muerte, y el papel de la culpa entre ambas.

Por:

Lenin Pantoja Torres

Némesis narra la historia de Bucky Cantor, un joven de veintitrés años, responsable de una escuela de niños que buscan esparcimiento durante el verano extremadamente caluroso de 1944 en Newark. Cantor vive frustrado producto de no haber pasado las pruebas necesarias para enrolarse en el ejército norteamericano. La novela, precisamente, se desarrolla en plena segunda guerra mundial y, también, cuando Nueva Jersey sufre una terrible epidemia de polio. La historia se desenvuelve linealmente, pero posee ligeros saltos al pasado para poder contar, rápidamente, la vida de Cantor y, luego, poder ubicarla, con toda la carga emocional adquirida, en el contexto señalado. La vida de Cantor, en ese sentido, exterioriza sus preceptos morales a través de sus decisiones y muestra su evolución religiosa a partir de sus reflexiones.

Philip Roth nos entrega en su última novela una declaración descarnada sobre el hombre y sus circunstancias, que van más allá de la ética que este asuma para vivir, que son caóticas por inherencia y sobre las que uno, en apariencia, no tiene ningún poder. (Gabriel Canessa) Link: http://elbuenlibrero.com/nemesis/

Eugene -nombre original de Cantor- es criado por sus abuelos maternos, porque su madre murió en el parto y su padre fue un patán que estuvo preso. Su abuelo será el que le sirva de modelo físico y moral, y quien lo apode “Bucky” luego de que el pequeño Eugene le demuestre su hombría. La historia de la novela destaca producto del establecimiento de dos contrastes que la intensifican. Primero, existe una atmósfera alegre y familiar en Newark frente al azote de la polio en otros lugares de Nueva Jersey, una felicidad que convive con el miedo, el temor de que en cualquier momento la muerte los alcance. Y, segundo, la certidumbre de saber que la vida más saludable es insignificante frente a la enfermedad, es decir, la subordinación de la condición atlética de los hombres frente a la fuerza de la muerte es el resultado de una desigual confrontación.

La vida y la muerte, dos grandes temas, nunca son tratados de manera convencional, ya que Roth enfrenta la imagen saludable de los hombres frente a la enfermedad con la intención de buscar contrastes. No hay una contradicción facilista, sino una cadena constante y sistemática de sugerencias. Estos aspectos están estructurados en tres capítulos que obedecen a los movimientos espaciales de Bucky. Los capítulos mantienen la tensión y la intriga, los cuales se producen cada vez que Roth cierra un párrafo o cambia de tono para contar otra historia.  Esta tensión narrativa sintoniza y sincroniza con todos los sentimientos que posee y enfrenta Cantor en la novela: por ejemplo, cuando no comprende a ese Dios que mata a niños inocentes.

Los personajes de Roth están bien trabajados, pues se alejan de las imposturas y los estereotipos. Luego de que Bucky se encuentra con Marcia en Indian Hill, por ejemplo, él no sabía cómo actuar. Estaban solos en una pequeña isla y Bucky le daba muchas vuelvas al hecho de volver a estar juntos.

“- Ay, Bucky –susurró ella en tono suplicante-. Ya está bien, ¿no crees? Desnúdame, por favor. Vamos, desnúdame de una vez”, dijo Marcia inesperadamente para manejar la situación.

Los temas, por otro lado, generan en los personajes la complejidad que posee la novela. Cuando el narrador se enfrenta a cuestiones judías, por ejemplo, no trata de ridiculizarlas con nimiedades ni extravagancias. Las alusiones a costumbres o elementos del judaísmo sirven para aludir a cuestiones más universales como la idea de religión. Esta pasa a estar representada por la razón de creer en algo o en alguien, es decir, en Dios. “Unas veces tienes suerte y otras no. Toda biografía está sujeta al azar y, empezando por la misma idea, el azar –la tiranía de la contingencia- lo es todo. Creo que el señor Cantor se refería al azar cuando censuraba aquello que él llamaba Dios” (p. 182), dice el narrador. Dios es el azar o una fuerza contingente que modula todo lo que ocurre. Se trata de la mirada de Arnold, un narrador que se declara ateo.

La ojeriza que tiene Bucky hacia Dios, sin embargo, responde más a un resentimiento hacia la idea de justicia que posee y aplica este ser divino, no solo ante hechos inconexos o aislados, como se infiere a partir de lo azaroso. Bucky no puede aceptar que Dios se ensañe con unos niños que solo viven para jugar y reír, que no le hacen daño a nadie. No es justo que ellos reciban la muerte, piensa. Gracias a la formación recibida, Bucky defiende la justicia como una forma de retribución a lo que haces o dejas de hacer, una versión moderna del “ojo por ojo y diente por diente”. Su inquina, no obstante, no llega a destruir su credulidad en un ente superior. No se refiere a un Dios judío, sino a una fuerza superior que le dé sentido a todo lo existente. “-Sí. Alguien ha tenido que hacer el mundo” (p. 196), dice Bucky cuando Arnold le pregunta si cree en ese Dios al que menosprecia por injusto. La idea de Dios no se restringe a una religión particular, se generaliza en una percepción universal de lo divino.

La muerte, siempre presente, agazapada o visible, causa estragos no solo en el físico, sino también en el ánimo de los personajes. La imagen de la enfermedad es empleada para mostrar la ruina: la polio es la muerte. Se trata de una descomposición o destrucción paulatina que, a veces, parece ofrecer un respiro, una oportunidad de salvarse, pero cuando arrecia no distingue entre fuertes o débiles: “Alan, el atleta natural, y Herbie, el atleta desastroso, carente por completo de agilidad física: ambos habían estado jugando en el campo el día que los italianos trataron de invadir el patio, y ambos estaban muertos, víctimas de la polio a los doce años de edad” (p. 55). La muerte es la representación de Némesis, quien, como en la mitología, quiere regular los favorecimientos que la Fortuna ha dado a algunas personas. Bucky es un hombre favorecido físicamente, pero sus miedos y abruptas decisiones muestran a un sujeto débil, alguien que necesita de una palabra externa para tranquilizarse.

La decisión y sus consecuencias producto de la culpa es el eje de la novela. La atmósfera, de esta manera, está influenciada por el miedo y la zozobra que provoca la polio. “Cuanto menos miedo, mejor. El miedo nos castra. El miedo nos degrada. Contribuir a reducir el miedo: esa es tu tarea y la mía” (pp. 84-85), le dice el doctor Steinberg a Bucky. Este miedo lleva a una situación límite a todos los personajes, hacia momentos en donde se debe tomar una decisión difícil. Bucky enfrenta al miedo con una decisión que lo llena de culpa, una sensación dolorosa producto del enfrentamiento con la vida, contra una condición existencial atrapada en las fauces de la muerte exteriorizada en la polio.

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