Literatura

Placer y dolor de un descubrimiento

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Título: La casa de los conejos
Autora: Laura Alcoba

(RESEÑA)  “La casa de los conejos” de Laura Alcoba es una novela de corte autobiográfico. El libro abre y cierra con la voz adulta de la autora dedicando la novela, hablándole casi en clave a quienes como ella sobrevivieron, dando cuenta del proceso por el que ha pasado para poder enfrentar la escritura de una etapa de su infancia. Si suena quizás a prefacio y epílogo terapéutico, es error mío. Nada de eso.

Por:

Rodrigo Hidalgo M.

Uno intenta leer con el radar lo más abierto y atento posible, pero indefectiblemente se nos escapan toneladas, monstruosas toneladas de libros que se escriben tras las siempre mezquinas fronteras de nuestras personales bibliotecas. Digo, uno lee situado y casi diría que sitiado. Leo desde mi experiencia vital, desde mi tercermundista biografía como sudaca, en un país donde las pocas bibliotecas y librerías ni se comparan a las del primer mundo, acomplejado por la nula posibilidad de detectar si es justa o no la traducción de los haikus, rezando sin real fe un oráculo de libre mercado para que algún día no sea razón de jactarse el acceso a la obra, no digo ya de un lejano forastero, sino aún la del inmenso continente literario que es el vecino brasileño, por poner un ejemplo.

Entonces un joven de pregrado me habla de la aldea global, del acceso y la democratización de internet, y yo respondo bah, ficciones. Porque igual tengo que limitarme al gesto de mesar en mi cráneo los cada vez más escasos cabellos cuando, como ahora, descubro a una escritora que obviamente desconocía, y ante cuyo descubrimiento siento una especie de excitación culposa, por no haber dado con ella antes, por no tener cómo leerla inmediatamente entera, etcétera.

Entonces leo el regalo. “La casa de los conejos” de Laura Alcoba es una novela de corte autobiográfico. El libro abre y cierra con la voz adulta de la autora dedicando la novela, hablándole casi en clave a quienes como ella sobrevivieron, dando cuenta del proceso por el que ha pasado para poder enfrentar la escritura de una etapa de su infancia. Si suena quizás a prefacio y epílogo terapéutico, es error mío. Nada de eso. Todo desaparece cuanto estamos ante la niña de 10 años que narra. No me parece del todo inapropiado recordar en este sentido a cierto Julio Cortázar, por el magistral trabajo con la hablante que se nos va presentando. Una niña descubriendo con lágrimas en los ojos, con culpa incluso, que su propia naturalidad de infante se puede convertir en un enorme problema. El dolor de ser niña en la resistencia, en la clandestinidad, entender que se es responsable, que hay un compromiso político al que no se le puede fallar. Crujen los huesos de la cachorra creciendo, pero la cachorra no llora. Habla constatando, atenta al descubrimiento de su propia deformación, pero no tiene derecho a sentir siquiera dolor, no hay espacio al error ni a la queja. Acaba de aprender que está viva y eso es suficiente para no quejarse. Porque es 1975, tiene 10 años y en su país, Argentina, se vive la antesala de una dictadura que dejará la salvaje herencia de más de 30 mil detenidos desaparecidos. Es cuestión de tiempo para que su padre esté preso por participar en un movimiento proscrito. Su madre también es una activa militante, y todo su entorno está lleno de humo de cigarrillo y miedo, sin espacio a bromas ni a juegos, ni a niñerías, ni a gratuidades de ningún calibre, un mundo nada lúdico. Y se aprende a jugar ahí. Por eso va a ser, dentro de todo, una infancia feliz.

Porque, claro, la casa de los conejos es una chapa, una farsa. Es el escondite donde una familia, la de la niña protagonista, simula criar conejos cuando en realidad en su interior funciona una imprenta. Lo que sucede, y no es que uno quiera contar el final del chiste, es absolutamente previsible, o mejor dicho, es algo por todos conocido: está en las sangrientas páginas de nuestra historia latinoamericana. Los militares descubren la trampa y sobreviene la masacre. Más allá de eso, lo que queda en los sobrevivientes como una secuela del terror y de la muerte, es la pregunta por quién fue el delator, quién habló. Y en otro plano, cómo pudimos ser tan conscientes e inconscientes al mismo tiempo.

Hay una película argentina del 2011 que tuvo cierta repercusión, algo de visibilidad, que se llama “Infancia clandestina”, y la protagoniza Natalia Oreiro, modelo y cantante uruguaya que ahora que lo pienso debe haber sido la sexy causa de esa cierta visibilidad. Esa película creo, puede darle al lector lego algunas pistas para entender de lo que estoy hablando. Escenas de una violencia nada contenida, la represión como una atmósfera cargada en la que el infante respira sin darse cuenta de cómo internaliza el terror y toda su mierda. Perder tan tempranamente la fe en el ser humano. Crecer sabiendo que hay unos malos que tienen a papá preso, que a mamá la persiguen, que nos quieren matar. Y ni siendo niño, ni aún al crecer, es posible entender sin desarrollar algún tipo de malestar, que ese enemigo, en el fondo, pueda llegar a ser cualquiera. Un  cualquiera que es tu vecina con la que juegas, la profesora del colegio, y hasta tu propia madre si cae presa, porque ¿cómo se le explica a un niño que bajo tortura siempre se entregan nombres, que el mito del tío que fue torturado pero no cantó, no es más que eso, un mito? Porque no hay lugar para los héroes en este mundo, lo sabemos. Pero cuando fuimos niños estábamos seguros de que ni papá ni mamá jamás habrían cantado.

He leído conmovido “La casa de los conejos” pensando que bien podría haberse llamado con Z, la caza, pues en el caso de la dictadura argentina una metáfora de ese tipo no habría resultado tan descabellada habida cuenta de la masacre perpetrada. Bah, digo, si en Chile hubo un periódico que tituló “extremistas exterminados como ratas”, en Argentina, con una geografía amplia, de pampas para rallys, el año 76 bien se podría haber oído a algún uniformado inaugurando la temporada de cacería de conejos. Quiero, trato de hablar de literatura, no de historia o de política. Pero no se puede. O separar la técnica escritural de la dimensión biográfica. Y no hay caso. En realidad nunca se puede. Me llega directo al hueso esta literatura, porque aunque con una década exacta de diferencia, yo también tuve 10 años cuando viví en esa misma ciudad, La Plata, y las paredes seguían hablando de las balas, y en las miradas de las vecinas que baldeaban la vereda seguían vivas las preguntas sin respuesta que uno siendo niño aprendió a callar. Fuimos niños en un mal momento. Nuestros padres estaban en otra. No podían evitarnos ese legado. Niños heroicos que aprenden y comprenden, que mienten para salvar no su vida porque su vida no importa, sino el proyecto revolucionario en que están sus padres, un nosotros que abarca como familia al país, al mundo entero. Y hay hoy por hoy en el horroroso Chile que es mi baldosa, toda una literatura “de los hijos”. De quienes siendo niños vivimos dictadura, exilio, desapariciones, muertes, traumas, esas experiencias. Es una literatura mundial en algún sentido, me digo, y pienso en las conexiones posibles aunque lejanas que un Alejandro Zambra o una Laura Alcoba pueden tener con una novela como “El gran cuaderno” de Agota Kristof, por ejemplo. Niños que en su contexto dejaron inmediatamente de serlo. El testimonio de lo que nos hizo el tiempo que nos tocó vivir.

Y esta ilusión de cercanía me produce un alivio tonto, absurdo, una especie de gratitud al cielo (que nunca es obviamente al cielo, antes tiene nombre y apellido) por haber dado con esta escritora, de la que ahora deberé conseguir y leer cuanto pueda, para colocarla junto a Mariana Enríquez, Hebe Uhart, Selva Almada, Samanta Schwebling, y tantas otras de las que no tengo siquiera una figurita. Es un desastre siempre, el álbum crece y no sólo en la sección de narradoras argentinas contemporáneas. Es un trabajo para un obseso y yo soy más bien disperso. Por cada nueva escritora que uno conoce y no conocía hay un incalculable equivalente de escritoras que sigue desconociendo. Es un axioma, una ley maldita. Sabemos perfectamente que no hay descubrimiento en la vida, por feliz y placentero que sea, que no lleve su cuota de amargura o de dolor. Pienso entonces en seguir al pie de la letra aquella propuesta de Julio Ramón Ribeyro, y quemar íntegra la biblioteca de Babilonia para partir alegremente de cero. Pero no. No vinimos a eso.

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