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Papá, quiero ese libro

 

(EDITORIAL) Las primeras lecturas suelen marcar a quienes tarde o temprano se convertirán en lectores.  A mi me pasó con Robinson Crusoe, novela de Daniel Defoe. Estaba en quinto año de primaria y solía ver la realidad a la distancia, sentado en una carpeta en la que apenas encajaba mi cuerpo.

Por:

Gianfranco Hereña

Tenía doce años, el pelo rapado y una barriga de camionero. La primera vez que escuché ese término me sentí identificado. Conocía bien a los camioneros porque eran amigos de mi papá y nos acompañaban en el trayecto de Tacna a Lima, por toda la carretera Panamericana Sur.

Mi viejo negociaba con autos usados. Sabía que para sacar el máximo de ganancia, había que reducir costos y aumentar otros, entre ellos, tratar bien a sus choferes. Una vez en la capital, íbamos al  supermercado a dotarlos de canastas enteras con víveres y premiar mi compañía con algún capricho. Una vez que todos los productos pasaban por la caja registradora, yo extraía del estante algún dulce. El hacía como que no había visto nada. Pero minutos después, lo metía en mis bolsillos con algún gesto de complicidad.

La mayoría de esos viajes eran en verano, bordeando el primer día de clases. Así que debía comerlos lo suficientemente rápido para que no se derritan o me lo quiten “Los Tortuninjas”, un grupo de secundaria dedicado a robar loncheras.

Hicimos la misma ruta durante años, hasta que el cambio de Gobierno hizo quebrar a esa cadena de supermercados y tuvimos que cambiar de ruta. Fuimos a otro, uno más grande en el que no solo habían dulces en la caja registradora sino también revistas y algunos libros. Cogí uno cuya portada  mostraba al personaje de Defoe sentado en la orilla de su propia isla mirando el sunset. Lo curioso no es que la foto (en este caso la pintura) me indujeran a leer, sino la descripción hecha en la contratapa que señalaba algo así como: “Robinson Crusoe:  el hombre cuyo destino era sobrevivir”.

Hacía poco que había aprendido el significado de esa palabra. “Sobrevivir” era algo así como estar vivo después de haber muerto ¿Cómo ese hombre lo habría logrado? ¿Por qué si se enfrentaba a la muerte miraba un sunset tan tranquilo? Robinson Crusoe era moreno y tenía una barba similar a la de aquellos personajes que aparecían en la tele por Semana Santa. Papá colocó el ejemplar en el carro de compras. Nunca supe por qué lo hizo. Su mirada fue de complicidad, aunque también parecía de advertencia “Si comes un chocolate más, vas a reventar”. Así que acepté el regalo en silencio. No nos hablamos en el camino de vuelta y apenas llegué a casa me introduje en sus páginas.

Conforme las iba pasando me iba dando cuenta de lo inevitable: había algo en la trama que me resultaba familiar. En el libro se narraba la historia de un marino que naufraga en una isla y como medio para sobrevivir, toma todas aquellas armas y provisiones del barco que se acaba de hundir. Nunca renuncia a la idea de ser rescatado. Inicia una tarea de adaptación a su entorno y cuando por fin parece estar a punto de lograrlo, descubre que no está solo en la isla, ya que hay una tribu indígena caníbal que también reside allí.

Pasar de la adolescencia a la pubertad constituyó un acto de supervivencia. Y en los albores de esa aventura, Robinson Crusoe fue un punto de quiebre en mi vida. Quizá porque graficó de manera inconsciente el perfil de lo que sería en años posteriores; un joven introvertido que peleaba a diario contra sus propios demonios y cuestionamientos, alguien que dudaba de todo, hasta de mí mismo, al punto de creer que estaba realmente abandonado en una isla donde mi única tabla salvavidas era leer.

Recuerdo haber ido al colegio al día siguiente y mostrar el ejemplar. Era la primera vez que me sentía seguro de algo y se lo comenté a un compañero, que no dudó en soplarme una bolita de papel con un lapicero. Luego me lo quitó, empezó a jugar con el libro tirándoselo a otro y luego a otro y luego a otro. El profesor del curso tuvo que intervenir. Mi libro estaba en el suelo, abierto por la mitad,  sus hojas despanzurradas tras ser víctima un ataque masivo. Luego preguntó que de quién era y yo levanté la mano.

Me pidió que le reseñara la trama. Así lo hice y mi emoción debió haber sido mucha, porque hasta que me sacó al frente para que hiciera lo mismo delante de todos. Ese fue el error o quizá más bien el inicio de una larga enemistad con mi entorno. Hizo que me aplaudan por leer algo fuera de lo que se pedía en el plan lector y a partir de ese momento conocí esos ojos, los del odio, en especial los de aquel muchacho que había iniciado el juego y sufrió, después, una amonestación por haber fomentado al desorden.

Cada vez que lo veía pasaba de largo. No decía nada, pero sus gestos venían con subtítulos. Tanto él como los otros, optaron por marginarme de a pocos, selectivamente, hasta que no tuve más remedio que continuar leyendo ese libro y luego otro. Esconderme a leer en la biblioteca suponía una evasión a la realidad y digamos que más o menos así nació el romance con la literatura. Uno que dura hasta hoy, irrompible y promete ser el mismo con el paso de los años.

 

 

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