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Timbre de salida

(EDITORIAL) El sol borronea de a pocos la tarde y en el ambiente se percibe una mezcla de olores violentos; útiles vendidos al por mayor, fritangas, el sudor acumulado de niños que, tras un intenso partido de fútbol, dejan el aula convertida en una cámara de gas. Afuera, las madres de familia esperan que la campana suene para que las puertas del colegio se abran, de par en par, buscando entre la muchedumbre la calidez de ese pequeño rostro que les resulta familiar. Cinco minutos más y estaremos todos afuera, dispuestos a contar la anécdota de este primer día. Yo, en la biblioteca del colegio, me presto también a finalizar la jornada.

Por:

Gianfranco Hereña

He tratado de delimitar las fronteras de mi curso: “No solo vamos a leer sino también veremos películas, escucharemos música y revisaremos algunos periódicos”. También he pasado a leer en voz alta “La profecía autocumplida”, cuento corto de García Márquez que habla sobre los rumores de un pueblo carcomido por la chismografía. Durante años, éste cuento ha sido mi mejor carta de presentación. La sonrisa de los chicos tras su lectura demuestra que pese al tiempo, García Márquez sigue siendo mi aliado, un Sancho Panza que me guiará de manera invisible, en esta larga lucha contra los molinos de viento que representan el sistema escolar y sus grietas cada vez más pronunciadas.

Me regocijo tras el punto final. Me miran. Los miro.  Algunos susurran tratando de ahogar sus propios comentarios. Esos pequeños triunfos alegran mi rutina. Quiebran, por momentos, la careta que me he visto obligado a usar; chaleco gris, camisa holgada, lentes de abuela y un físico esmirriado por el cansancio y el maltrato económico. He percibido que algunas arrugas que van formándose como surcos morales en mi rostro. Pienso en que el tiempo ejerce su violencia inevitable y silenciosa a la vez.

Profesor, ¿Por qué no nos hacen leer estas cosas en el curso de literatura?

Dice uno de los niños. Muevo la cabeza en señal de negación. Pero la respuesta me resulta obvia. Raras veces el sistema educativo se permite revisiones. Cuando lo hace, pontifica ciertas obras que no hacen sino extinguir la pasión por leer. El estómago lector es similar al de un niño recién nacido y los clásicos literarios, mal dosificados, no generan sino una indigestión grave de la que pocos alumnos logran recuperarse. Habría que hacerles entender a los docentes que el verbo leer como diría Borges, no soporta el modo imperativo. Esto tampoco significa que la lectura demande un placer, como muchos han tratado de vender la literatura. Leer implica, ante todo, una necesidad. Solo cuando se descubre algo nuevo en un texto o en aquella frase que es capaz de sacudir todo el mundo interior de una persona, desde sus cimientos, es ahí donde se produce cierto goce inexplicable. De ahí la necesidad que las personas lean cada vez más, buscando respuestas a un mundo que parece mal diseñado. Quien recomienda lecturas es, ante todo, un sedicioso de la mente. Un afortunado terrorista que desnuda fallas dentro de un sistema que colapsa ante las dudas de su propia certidumbre.

El timbre de salida me sorprende con una pregunta del mismo alumno que, minutos antes, ha sugerido leer más cuentos de García Márquez.

¿Usted ha publicado algo, profesor?

La respuesta no me dejará dormir en los siguientes días ¿Estaré preparado para una tarea de la cual mis propios colegas también rehuyen?

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