Literatura

La noche de los alfileres

lanochedelosalfileres

 

Autor: Santiago Roncagliolo
Editorial: Alfaguara, 2016

(RESEÑA) Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) es uno de los pocos escritores peruanos contemporáneos conocidos fuera del medio estrictamente literario. Si uno va a una librería limeña encontrará sin problema cualquiera de los libros que ha publicado en los últimos quince años. Su novela más conocida, Abril rojo, llegó a estar dentro del Plan Lector en mi colegio. Ha sido traducido a varios idiomas y vendido decenas de miles de ejemplares. En la solapa de este último libro se recogen diversos blurbs de medios internacionales, pero si uno invierte algo de tiempo buscando una reseña peruana sobre algunos de sus libros es probable que demore en hallar una donde primen los elogios.

Por:

Sebastián Uribe Díaz

La mayoría de escritores nacionales lo acusa (en voz baja)  de practicar una “literatura light”. Rafael Lemus, conocido columnista mexicano de Letras Libres afirmó que Roncagliolo escribía siguiendo los dictámenes de una gigantesca industria del entretenimiento. Entonces, ¿a quién hacerle caso? ¿Es sólo producto de una aparatosa maquinaria publicitara? De ser así, ¿cómo ha sido sostenible en el tiempo? ¿Es puro entretenimiento? En el caso contrario, ¿qué es lo que hace Roncagliolo y sus colegas no, para poder enganchar con una amplia comunidad de lectores? ¿Su único pecado es entretener a sus lectores?

Veamos su recorrido.  Es autor de obras infantiles, dos largos textos periodísticos (La cuarta espada y El amante uruguayo), una obra de teatro  y un libro que recoge varios de sus artículos (Jet Lag). Sin embargo, Roncagliolo ganó notoriedad con sus trabajos en el terreno de la narrativa de ficción. Su primera novela, El príncipe de los caimanes, sobre las aventuras de dos viajeros de distintas generaciones tuvo una primera edición que pasó sin pena ni gloria. Recién con el libro de relatos  Crecer es un oficio triste y su breve novela  Pudor, donde abordaba la problemática de una familia clasemediera limeña, fue que comenzó a granjearse el  calificativo de promesa literaria. Con la aparición de Abril Rojo, la denominación de “autor más joven en ganar el Premio Alfaguara” y los miles de ejemplares vendidos fue que Roncagliolo cruzó las fronteras del círculo literario. Un thriller ambientando en el año 2000 sobre crímenes durante el trascurso de la Semana Santa en Ayacucho, le bastó para acaparar una atención a gran escala. La crítica se dividió. Algunos lo acusaron de efectista. Otros (en su mayoría foráneos) de otorgar un libro ágil y efectivo (señalando dichos adjetivos como virtudes). Pero lo que quedó, más allá del efecto a corto plazo de su publicación, fue el planteamiento  de un debate que duraría muchos años: ¿era la etapa de la violencia terrorista el nuevo derrotero de la narrativa peruana? Un tema interesante que debe ser tratado en otro artículo. Luego de ello estuvo involucrado en un escándalo de censura por  Memorias de una dama,  que en mi opinión es su mejor libro y el cual curiosamente es el menos leído por el gran público y el único que generó un favorable consenso en la crítica .

Tan cerca de la vida, Óscar y las mujeres  y La pena máxima, novelas que publicó en el último lustro mostraron un patrón común: no volvieron a generar ningún tipo de debate en el medio literario. Si uno busca críticas o reseñas, estas son escasas. Primó la indiferencia. Para la mayor parte de críticos resultó más práctico no prestarles atención, lo cual también es una toma de posición implícita. Se podrá hallar más que nada entrevistas. Tal vez, Óscar y las mujeres,  su sátira sobre la industria de las telenovelas, se la excepción al haber generado el mencionado artículo de Lemus  y otro de Marlon Aquino en  Lee por gusto. Pero dichos texto trascendía el comentario sobre la obra en sí. Y sin embargo, Roncagliolo siguió manteniendo una buena cantidad de lectores y su vigencia como representante peruano en cuanta antología latinoamericana a nivel internacional se publicase (Bogotá 39, Granta, etc). Ello además de ser uno de los pocos escritores peruanos que tiene lanzamientos a nivel hispanoamericano (y no como otros que aducen lo mismo, pero no cuentan que es en una escala tan pequeña que no logra trascender el círculo de sus conocidos de Facebook repartidos por las capitales latinoamericanas).

Ahora La noche de los alfileres.  Comencé a leer esta novela tratando de hacer caso omiso a la previsible publicidad de su lanzamiento: “un thriller de horror situado durante los últimos meses del conflicto terrorista”. Las primeras páginas nos muestran a cuatro muchachos de quince años de un colegio de clase alta. Los típicos perdedores o lornas de la clase. Es el año 1992 y ellos viven aislados en la burbuja que les representa el colegio. Sólo tienen las preocupaciones cotidianas de un adolescente promedio: el sexo y el reconocimiento de los demás.

La mayoría de nosotros ni siquiera éramos capaces de localizar la avenida Javier Prado en un plano. Internet no existía. Nuestro único tema recurrente era lo que nos colgaba entre las piernas. (…)  Soñábamos sexo. Respirábamos sexo. Desayunábamos sexo. Pero en contraste con todo el espacio que el tema ocupaba en nuestra cabeza, ahí afuera, en la vida real, carecíamos de experiencias concretas. (págs. 17-18)

Era preferible una fea del Santa Úrsula que una bonita del Santa María Eufrasia. A fin de cuentas, no importaba cómo fuera la chica sino cómo la vería tus amigos (pág. 19).

Hasta ahí, las cosas sin edulcorante. Durante dicha etapa es innegable la presencia de fenómenos como la alienación. Negarlo sería un error. Roncagliolo no lo hace y trabaja a partir de ahí. Es en esa instancia inicial que logra conectar con el lector. Éste último puede reconocerse en sus personajes. En sus conflictos cotidianos.  Cada uno de los cuatro protagonistas muestra un problema distinto: la homosexualidad y su marginalidad consecuente (Beto),  la soledad y la búsqueda por referentes en la música, el cine y las historietas además de una lujuria descontrolada (Moco), el equilibrio entre la idealización romántico y la avidez sexual (Carlos) y el ejercicio de la violencia como máscara de una carencia afectiva (Manu). El mundo con el que lidian se reduce a eso. No resultaría verosímil una pandilla de estudiantes angustiados a dicha edad por los problemas sociopolíticos del Perú. Estos últimos se cuelan de una manera más implícita en su caso, al describirse algunos efectos de los fenómenos de la globalización y el neoliberalismo que se aceleró tras la caída del Muro durante los primeros años de la década de los noventa:

En esos años el Perú era un país de segunda clase sin franquicias, cadenas de comida rápida, zapatillas Nike ni juguetes Star Wars. Si tenías algo de eso era porque alguno de tus padres lo había comprado en Miami. Y si tus padres iban a Miami-o mejor aún, si tú ibas a Miami y Orlando y te hacías una foto con Mickey Mouse-, significaba que tu familia tenía una buena posición social y que podrías aspirar a una chica del Santa Úrsula. De lo contrario, como era mi caso, estabas destinados a consumir el producto nacional, es decir, zapatillas Mike, juguetes de Star Mars y hamburgueserías como el McRonald´s de Surco. (pág. 34)

Dicha pandilla encuentra en sus vulnerabilidades su principal vínculo como grupo, además del odio hacia una profesora, Pringlin, quien canaliza sus frustraciones. Este personaje femenino representa esa autoridad que necesita violentar y derribar. Luchar contra ella para dejar escapar la furia contenida contra su realidad. Su némesis. Una que parece invulnerable y parece estar siempre un paso adelante. Una autoridad que es cercana a estos muchachos. Resalto eso: la figura de poder imperante en la novela la asume una profesora.

Uno de los méritos de esta novela radica también, en la construcción de los diálogos. Estos no suenan anquilosados, pomposos o impostados. Uno se topa con las lisuras, jergas y vocablos que usan los personajes y puede notar que estos fluyen de lo más natural. Puede aducirse que esto no representa un criterio determinante para medir la calidad de una novela, pero en la actualidad, urge resaltarlo dado que muchos narradores peruanos contemporáneos no logran representar de manera creíble el hablar de los personajes de sus historias. Algunos se quedaron en el hablar de los sesenta o setentas.  Aún recuerdo una reseña donde un crítico acusaba (de forma válida) a un escritor peruano de caricaturizar la voz de sus personajes como si provinieran de un programa cómico sabatino.

Hasta ahí, ya hay un conflicto interesante (los cuatro protagonistas contra la tiranía de la profesora) y personajes verosímiles. Con el trascurrir de la novela, el ritmo de las acciones, se va desacelerando para profundizar en los conflictos secundarios de cada personaje, siendo los más logrados los de Beto y Moco. Ahora, viene una pregunta de rigor, ¿cuál es la verdadera violencia que trascurre por las páginas del libro? ¿la causada por el terrorismo?

No. A pesar de que Roncagliolo fuerza en ciertos momentos la aparición de ciertos lugares comunes (explosiones aisladas, apagones), es la violencia inherente a la ciudad la que termina primando y afectando el desenvolvimiento de los personajes:

En el televisor cambiaron de noticia: ahora aparecía un hotel donde alguien había matado a una mujer arrojándola desde un décimo piso. Nada de motivaciones políticas. Un tema personal. La idea del asesino era fingir que su víctima se había arrojado sola. (págs. 304-305)

Ya no hay guerra, dicen. Y la tele pone la imagen de los sicarios. Ya no hay guerra. Pero los policías asaltan bancos con sus AK-47. (pág. 86)

Ese paralelo con lo que acontece en la actualidad muestra el verdadero caos que afectaba a la urbe. Una violencia que además está vinculado a males vigentes como el racismo, el clasismo, el poder económico y la indiferencia de las autoridades. Hay una escena que representa esto muy bien. En cierto momento Moco quiere evadir un examen de Química y no encuentra mejor forma que fingir una llamada a la escuela amenazando con detonarla para lograr su cometido:

Y en esa época, el Perú era como una película con buenos y malos. Sobre todo malos. Eso podía ser de mucha ayuda. Recopilé todas las noticias que encontré sobre atentados terroristas. Todas las cartas de extorsión que aparecían en la prensa pidiendo cupos de guerra. Todos los grafitis de las calles. Lo anoté todo en un cuadernito. Todas esas palabras tan fuertes: “revolución”, “traidores”, “vendepatrias”. Las mejores palabras que había escrito en mi vida. También sé escribir, ¿ok? Puedo anotar cosas (pág. 203)

No sé si fue intencional, pero dicho párrafo parece una parodia del manoseo del tema de la violencia terrorista por parte de un buen número de escritores nacionales en los últimos años. El uso del conflicto no para escarbar en sus raíces más profundas, sino para quedarse sólo en la capa superficial. En el puro efectismo. Uno que al final, no logra ni una buena trama ni representa un verdadero aporte a  la búsqueda  por lograr lograr un “real entendimiento de lo que pasó en dichos años” que es lo que siempre pregonan en entrevistas. Un fenómeno que no es endémico sin embargo, y que puede hallar sus pares en la mayor parte de las obras que se han publicado  sobre la guerra civil española o la llamada narcoliteratura mexicana. Recalco que el problema no es el tema sino el cómo se aborda la mayor parte del tiempo.

Ahora, algo que debe achacársele al autor y que ya ha sido mencionado sobre sus anteriores libros, es la construcción de diversas frases que no aportan nada al momento de montar un símil y que más bien obstruyen la lectura. Frases que suenan ingenuas y/o trilladas como:

Parecía un perro rabioso que ha herido al saltar sobre un gato (pág. 117)

(…) estaba más angustiado que un actor porno sin Viagra (pág. 246)

Él me sonrió de vuelta, con una mirada que aún llevo tatuada en la piel (pág. 251)

Podría mencionar además, la innecesaria extensión de ciertos pasajes del desenlace de la historia y la innecesaria inclusión de los lugares comunes de la época que ya indiqué (¿siempre va a mencionarse Tarata?). Pero más allá de dichos aspectos, pienso que La noche de los alfileres resulta en conjunto un progreso en la narrativa de su autor. Es la forma de retratar  los conflictos personales de los personajes  y el dibujo verosímil de su realidad próxima, lo que hace interesante este libro y que vaya más allá de la etiqueta de thriller. Problemáticas con la que cualquier lector (y aquí no hago distinciones) pueda sentirse identificado. Sí, es una novela que entretiene. El entretenimiento no es malo mientras se logre trascender este aspecto, uno sobre el cual pienso que hay que seguir debatiendo.

También publicado en: http://unperroromantico.blogspot.pe/2016/02/la-noche-de-los-alfileres-de-santiago.html

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