Cuentos

Alma alga- Karina Pacheco

 

(CUENTO) Aquel pececillo me había estado dando vueltas desde el amanecer. Era delgado y plateado como una luna creciente y parecía intimidado por mi cuerpo, o por el de los peces ma­yores que también nadaban a mi rededor. Creí que no se acercaba por la mirada desafiante que proyectaban mis ojos verdosos, más verdosos que estas aguas. En ese momento sus aletas dorsales parecían moneditas de plata partidas por la mitad, y sus ojos dos cabecillas de alfiler; pero cuando por fin decidió aproximarse, creció como una ola y se ha con­vertido en la criatura más grande que haya visto en mi vida. O en mi muerte.

Desde el manto de algas donde se había detenido para observarme, ¡zas!, con un movimiento fulminante surcó los dos metros que nos separaban para devorar mi ojo derecho. Eso fue lo último, grande y feroz, que vi con él. Ahora solo cuento con el izquierdo; pero este apenas percibe sombras: el golpe que me condujo hasta estas profundidades lo dañó severamente. Así, pues, solo me queda aguzar el oído.

Estoy añorando mi ojo derecho, mi ojo miope, que hacía varios años había perdido la capacidad de avistar con nitidez las cosas lejanas, que se irritaba seguido en los días soleados, que sí requería una lentilla para mostrarme los vaivenes del mundo con alta definición. En las últimas semanas me había acostumbrado a su miopía. Extraño mi ojo: no importa si de forma difusa me permitía ver la gra­cilidad de las jovencitas que vienen a bañarse en el lago, las redondeces de las mujeres maduras que se extienden para gozar flotando en estas aguas, el chapoteo de los niños que están aprendiendo a nadar. Esta misma mañana, a muy po­cos metros de mí, una pareja de adolescentes aprovechó el cobijo de la totora y la lengua de rocas en la que habito para conjurar la vergüenza, despojarse de sus trajes de baño y entregarse decididos al placer. En su retozo, él alcanzó a pronunciar «te quiero», e incluso se dio tiempo para pedirle a la chiquilla que no sintiera miedo; ella le contestó «¿Qué es el miedo?». No hablaron más, se enlazaron; hombre y mujer se hundieron hasta el cuello en el agua. Desde mi escondite pude ver claramente cómo sus cuerpos se ha­cían uno solo y cómo unas gotas de sangre brotaban de esa unión; sangre densa, que se fue dispersando en la laguna como un vaho rojo, como un pacto con la vida que no de­moró en ser absorbido por el oleaje y la voracidad de unos renacuajos.

Cuántas cosas me perderé de ver… Mi ojo miope, ¿dónde está? ¿Será que la criatura que lo devoró logra ver mejor las cosas con ese alimento? No me había dado cuenta de cuánto lo necesitaba, hasta que ese pez, en apariencia inofensivo, se atrevió a arrancármelo. ¿Qué puedo hacer ahora? ¿Cómo aprovecho al máximo el tacto de mi piel; el sabor del agua, de las algas; el sonido de las corrientes, de la bruma y de las gentes; antes de que otro ser, con apariencia angelical o monstruosa me arranque también esos sentidos?

El siseo de una libélula, bzzzz, lo escucho con ni­tidez. Pareciera que la pérdida de la visión me estuviera afinando el oído. Bzzzz. Aunque ya no pueda ver, puedo imaginar que una mujer vaporosa, de cabellos tan brillantes como las aguas de este lago a mediodía, se aproxima y sonríe, y sin tener que empinarse sobre sus pies avista una legión de buenas noticias.

 

 

Yo aprendí a bucear desde muy joven; por algo nací en una ciudad anclada a las orillas de un océano. La primera vez que vine aquí, me sumergí avituallado como un exper­to: no me faltaban la máscara de silicona y doble cristal, ni el buzo isotérmico, ni las aletas, ni la bolsa de muestreo; tampoco el tanque de aire ni la linterna. Durante cuatro días consecutivos, acompañado por tres colegas, me su­mergí en este lago, que debe ser uno de los más coloridos del planeta. Pensé que algún día me gustaría volver como turista; jamás hubiera imaginado que aquí me pasaría el res­to de la vida. Pero entre aquella primera inmersión y hoy, tuve todavía un tiempo para sumergirme en otros queha­ceres. Cuando volvimos a la capital del país, confirmamos lo que hasta entonces solo era una hipótesis: que este lago es de origen volcánico, lo cual explica en buena medida la diversidad de colores que impregnan sus aguas: anaranjadas en su orilla sur, verdes en sus faldas orientales, turquesas en su frente norte, azules en su centro y en su flanco occi­dental. Examinadas las muestras que tomamos de sus sue­los superficiales y profundos, no cabían dudas: aquello que un día fue altura, sal, magma ardiente, se había tornado en agua dulce, azulada, verdosa; en hondura fría, a veces tibia, siempre húmeda.

¿Puede una ausencia material, minúscula, determinar el hallazgo de una presencia que trastornará por entero un proyecto de vida? No sé si fue error u omisión, pero en mis bolsas de muestreo faltaba un juego de piedras basálticas que estaba seguro de haber recogido en el flanco sur de la laguna. El director del equipo concluyó que sería ridículo presentar ese trabajo en un foro internacional, ofreciendo como única prueba la aseveración de haber tenido entre nuestras manos un conjunto completo de muestras. Todavía teníamos tiempo y en el presupuesto quedaba el importe de imprevistos sin gastar. A mí me tocó viajar de nuevo; otra vez volar una hora en avión y luego recorrer una carretera sin asfaltar, durante cuatro horas, en una furgoneta donde tendría que pasar la noche pues en el pueblo más próximo al lago no había ningún hotel confiable. Además, yo mismo tendría que conducir esa furgoneta porque el presupuesto ya no alcanzaba para contratar un chofer. Me molestaba em­prender de nuevo ese viaje solo y me molestó más tener que cancelar una cita con mi dentista y otra con una amiga que me gustaba. Tomé el avión, enfadado con mi equipo y con mi propio descuido; también lo tomé con cierto temor, pues esta vez solo contaría con la vigilia del motorista de la lancha al momento de sumergirme en el lago.

Por la noche, cuando fui a cenar al único restaurante decoroso del pueblo, mi disgusto se desvaneció. En lugar del camarero que nos había atendido con desdén y lentitud tres semanas atrás, al otro lado de la barra se apostaba una mujer de cabellos largos y negros. La encontré guapa, calcu­lé que tendría la misma edad que yo, aunque su estatura era bastante más baja que la mía. Le pregunté si tenían pejerrey a la plancha para cenar; me respondió que no, pero que de­pendiendo de si yo era turista o naturalista, me podía ofrecer otras viandas que no estaban en su carta. Ese comentario me hizo gracia y sonreí. Sin corresponder a mi sonrisa, ella me miró a los ojos y me indicó que estaba hablando en se­rio; o sea: que dependiendo de si yo era turista o naturalista, podía ofrecerme diferentes platos que me pudieran agradar.

¿Quién come mejor: un turista que viaja a lugares ignotos nunca ilustrados en libros de viajes; o un naturalista que viaja hasta ellos en busca de evidencias que demuestren sus presupuestos teóricos? Ella esperaba mi respuesta; yo no pude ahuyentar mis ojos de la hendidura de su escote, que como una lanza oscura parecía elevarse hasta su cuello, como si fuera una amenaza inminente sobre su vida o sobre mi capacidad para procurarme placer.

—Soy geólogo —repuse, temiendo que esa respues­ta me condujera a la peor comida; al fin y al cabo, a primera vista un turista da la impresión de tener mucho tiempo libre y muchas ganas de pasárselo bien.

—¿No es de la región, verdad? —me preguntó esta vez, sin decirme aún qué me podía ofrecer para comer.

Me hubiera quedado aguardando toda la no­che sus preguntas abiertas con tal de alargar ese encuen­tro. ¿Qué tenía esa mujer de sobresaliente más allá de un pelo ondeante que se extendía hasta su vientre sin cubrir la hendidura de sus senos? En ese momento en mí solo había deseo, instintivo, básico. Llevaba ya cinco meses sin irme a la cama con una mujer y ese viaje había cancelado la posi­bilidad de acostarme con una amiga que me gustaba y con quien podría iniciar una relación. Miraba ese escote, esa lan­za que ascendía hasta su cuello y que sólo yo creía ver.

—No, soy de la costa —respondí, y de inmediato me arrepentí: temí que esa información sobre mi procedencia, tan lejana y tan mal avenida para las gentes de la sierra, extir­para en ella el deseo de seguir conversando conmigo.

—Si trabaja en lagos de altura, seguro que conoce el cochayuyo —me dijo—; pero yo apostaría a que jamás ha probado el wayranto.

Repuse que no, y estuve feliz de darle la razón en su suposición, de hacerla sentir segura, por encima de mí. Ella me explicó que el wayranto es un alga exclusiva de los lagos y lagunas de su zona; un alga rojiza cuya textura se asemeja a la carne de res y su sabor al de la codorniz, quizás porque solo brota entre junio y agosto, aupada por los ventarrones de esa temporada.

—¿Quiere entonces que le prepare un revuelto de wayranto, acompañado por un puré de papas? —propuso con una sonrisa.

—Sí, sí —accedí, con la boca hecha agua, y con la voz titubeante me atreví a pedirle lo que más deseaba—: ¿Ten­dría usted la gentileza de acompañarme a cenar? Yo pagaría su plato, como si usted fuera una amiga a la que he invitado esta noche…

Estoy viendo sus ojos, ya no con mis ojos, solamente con ese viento de nostalgia que es la memoria de lo que se ha perdido; que se aferra a recuerdos fragmentados, reinventa­dos; que se empecina en encontrarle sentido a las cosas. Y los ojos que veo, los ojos que hoy creo haber visto en ese mo­mento, tenían el reflejo de dos piedras basálticas, eternas en fuego o en lago, listas para perderse de mi vista sin explica­ción, y acaso listas para conjurar mis teorías y perderme a mí.

—Lo voy a pensar mientras le preparo la cena —esa fue su respuesta.

No había más clientes en el restaurante. Yo podía escuchar que en la cocina una tercera persona lavaba platos y cubiertos, quizás también acomodaba ollas y sartenes en un aparador. Pero en ese comedor solo habíamos estado nosotros dos. Cuando ella se fue a preparar mi plato, me quedé observando la decoración del lugar. La primera vez que estuve allí junto a mis colegas, una pareja de alemanes, que había acampado una semana a orillas del lago y que al día siguiente se marcharía, nos indicó que aquel restaurante pertenecía a un alemán de Baviera que muchos años atrás llegó hasta ese lago y también acampó en sus orillas; pero que, a diferencia de ellos, se quedó viviendo en ese pueblo y allí construyó su restaurante y su familia.

Cuando ella regresó al comedor, portando en una bandeja dos platos y dos vasos de vino tinto, volvimos a estar solos los dos; y quienquiera que estuviera en la cocina no demoró en marcharse por una puerta trasera, golpeán­dola con tal fuerza que pude entender que el local quedaba a nuestra disposición.

Yo podía haberle hecho muchas preguntas pero te­mía escuchar respuestas que amilanaran mi fervor. Ella tam­poco me habló de quién era, ni de qué hacía allí atendiendo sola ese restaurante. Me preguntó en qué consistía mi traba­jo, también quiso saber si yo me sentía feliz viviendo en la gran ciudad. De rato en rato, con sus ojos basálticos obser­vaba la puerta de la calle, que permanecía abierta de par en par, y en un momento dado yo empecé a ver cómo su pelo negro y ondulado empezaba a agitarse con un verde brillan­te, como las olas del lago que se estrellan contra la roca que hoy es mi guarida.

Mientras masticaba el wayranto y sentía su sabor áspero de ave voladora, la escuché hablarme de la ciudad sumergida que latía bajo el agua. Mi apego a los datos obje­tivos pudo más que mi deseo y la contrarié: afirmé que en aquel lago no había ningún rastro de ciudades tragadas por el agua; que lo que sí fue ese lago alguna vez, fue un volcán, que erupcionó con tal potencia que se consumió hasta sus bases, por completo.

—¿Pero quién te asegura que antes de llenarse de agua, no estuvo habitado por gente? —me desafió ella.

—Eso es imposible —repuse con énfasis.

—Nada es imposible —replicó.

Estuve a punto de iniciar una discusión: quería dejar bien sentado mi cientifismo; pero recapitulé en que si este me funcionaba cuando quería conquistar a una alumna o a una intelectual, me podría resultar contraproducente frente a una mujer de pueblo que probablemente jamás había acudido a la universidad. Dejé mis cubiertos sobre la mesa y sentencié:

—Si nada es imposible, déjame cerrar la puerta de la calle.

Ella fijó sus ojos en los míos.

Los veo ahora, y los veo atemorizados. Pero en aquel momento los quise ver incandescentes. Como demoraba en responder, me apresuré a cerrar esa puerta. Ella permanecía silente y, antes de que me dijera nada, le abrí los labios con las manos, derramé mi copa de vino en su boca y empecé a beber de ese recipiente profundo y suave con una sed que buscaba agotar su lengua, sus palabras. Olvidé la lanza que un momento antes había visto elevarse desde su pecho has­ta su garganta y vertí la otra copa de vino en su boca para seguir bebiendo hasta dejarla seca. Ella empezó a ahogarse; yo no le di tregua: la empujé sobre la mesa, le arranqué la blusa, los botones saltaron, cayendo sobre el suelo como moneditas de plata. Ahora los veo caer como si fueran un borbotón de lágrimas.

Sus senos se me expusieron desnudos; desprovistos del sujetador, cayeron a un lado y al otro, sin mostrarse más como dos volcanes a punto de erupción. La cogí por los cabellos y la arrojé al suelo. Al ver que intentaba levantarse, le dije que era una ramera y me monté sobre su cuerpo. Ella ya no se resistió y respondió bien a mi ritmo. Las luces colgantes del techo alumbraban su rostro; solo por un ins­tante alcancé a olvidarme de mí y en sus ojos atisbé un lago, desbordante. ¿Podía haber actuado de otra manera? ¿Quién era yo; de dónde me salía ese yo en ese suelo? Mis rodillas empezaron a molestarme por el contacto con las baldosas duras, frías. ¿De dónde me brotaba ese arrebato? Levanté mi mano, como queriendo tapar el brillo de la lámpara que afectaba a sus ojos; pero en lugar de cubrir la luz, con una fuerza incontenible, mi mano descendió para abofetear su rostro hasta que terminé derramándome en ella, con un gri­to suyo, y otro grito mío.

Me veo ahora derrumbado sobre ella, adormecido, ebrio. Veo su mirada bajo esa luz fluorescente, cegándola. Podía haber cerrado los ojos pero no lo hizo. Nuestros platos de revuelto de wayranto yacen rotos, desparramados por el suelo. Se aproxima la medianoche, ¿habrá alguien que haya escuchado esos gritos? Me espabilo, me enfren­to a sus ojos, recuerdo; sobre una mesa veo las copas de vino vacías; no sé cómo levantarme, ni cómo haré para vestirme. No sé cómo pedir perdón. La acaricio, beso sus labios suavemente, le digo que jamás nadie ha levantado mi pasión como ella; la vuelvo a besar, con besitos cortos y suaves, por el rostro, por el cuello, por esas mejillas que parecen seguir ardiéndole, doliéndole. No me contesta, las lágrimas desbordan sus ojos, caen hacia un lado y a otro. Yo beso sus lágrimas. Ella permanece en silencio. Voy reti­rando mi peso de su cuerpo, le acaricio los cabellos, ya no veo en ellos el verde brillante, pero sí los encuentro suaves, palpitantes. Me subo los pantalones y me levanto. Recojo su blusa, su sujetador, con delicadeza los acerco a sus ma­nos. Ahora me invade el pudor y echo la mirada a un cos­tado mientras ella, con dificultad, se pone los pantalones; solo me vuelvo a agachar a su lado para ayudarla a levan­tarse. Ella sigue callada. Recojo ahora los platos rotos y los coloco sobre la barra; sintiéndome en casa, me adentro en la cocina, busco un trapo, una escoba y un recogedor. Al regresar, la encuentro sentada en una silla. Barro y limpio el piso. Ella me mira a los ojos.

—Ni siquiera sé cómo te llamas —me dice.

Pronuncio mi nombre. Me turba pronunciarlo, como si después de esa noche ya no me reconociera en él.

Ella susurra ese nombre, como si al hacerlo buscara entender todo lo que puede caber en sus dos sílabas.

—Mañana pasaré varias horas buceando en el lago hasta conseguir las muestras que me faltan, ¿te gustaría acompañarme? Saldré de madrugada —propongo yo, que­riendo extirparme la vergüenza.

—Mañana tengo que llevar a mis hijos al colegio, está lejos de aquí.

Entonces me entero de que tiene hijos, de que es una madre preocupada por ellos; mas no entiendo qué hace alejada de su casa a esas horas. Ella se adelanta a respon­derme:

—Tú apareciste justo en el momento en que estába­mos por cerrar. Cuando te vi al otro lado de la barra pregun­tando por pejerrey y te dije que no había, me apenó tu piel tan clara, tu soledad… Me recordaste a mi marido cuando lo conocí. Solo quise ser amable contigo; a cambio, quería que me contaras qué haces en la vida, que me hablaras de tu mundo. No pensé en ningún momento que podría pasar lo que ha pasado… Mi esposo está de viaje y felizmente mi mamá está cuidando de mis hijitos esta noche.

—Lo siento…

Ella exhaló un largo suspiro, bajó la mirada, se aga­chó para recoger dos botones de su blusa que todavía que­daban en el piso.

—Lo siento, lo siento mucho…

—Creo que nunca me vas a preguntar cómo me lla­mo —sentenció, clavándome la mirada en los ojos—. Mi nombre es Alma, aunque aquí todo el mundo, incluso mi esposo, me llama Alga. Ya no sé si me gusta o no me gusta que me llamen así, pero me he acostumbrado. Nunca hubiera imaginado que tú me llamarías ramera.

Dijo esto sin dejar de fijar sus ojos en esa cara mía que yo sentía arder como una brasa, torpe, débil, ridícula.

—Lo siento, lo siento, Alma.

Su mirada parecía hundirse en mis pupilas. ¿Qué co­lor tenían mis ojos entonces? No eran verdes como en estos últimos días, eso es seguro.

—Me alivia escucharte decir lo siento— pronunció Alma, Alga; y caminó hasta la puerta.

—¿Te podré volver a ver alguna vez? —pregunté, mientras con un gesto ella me invitaba a salir.

—No lo sé.

 

 

Sumergido desde el amanecer en el flanco sur de la laguna, no demoré en recoger varias muestras de la piedra basáltica que buscaba. El agua estaba sumamente fría y en el horizonte no aparecía ninguna figura conocida. Al ser un día de media semana, nadie acudía para solazarse en esas aguas. Nadie, tampoco Alma. Le pedí al motorista del bote que amarrase bien mi bolsa de muestras al pedestal del timón y volví a sumergirme. Avancé hacia el centro, hacia el profun­do azul donde debió hallarse el corazón del volcán; el núcleo del fuego; la savia candente que durante miles de años los hombres antiguos interpretaron como albur divino. A esas horas yo solo hallaba tinieblas y frío, pero cuando la luz del sol empezó a iluminar el lago, en esa oscuridad empecé a distinguir una variedad inmensa de algas que en mi prime­ra visita apenas me había detenido a observar, tan centra­do como estaba en la recolección de piedras, arenas y rocas. ¿Dónde brotaba el wayranto? En el centro azulado del lago encontré algas de diversas texturas y formas; de tonos azules, verdes y marrones; pero nada de esa alga roja que la noche anterior había probado. Cuando volví a la superficie, vi que el motorista yacía estirado sobre el asiento medio, probable­mente dormía, y más allá, en el camino que da entrada a seres humanos y automóviles, no había nadie conocido. ¿Dónde podía encontrar una muestra de wayranto? Desperté al mo­torista y le pedí que me aproximara al flanco oriental del lago. Nadie apareció mientras avanzábamos en esa dirección, que era la misma donde había dejado aparcada la furgoneta en la que en pocas horas yo debería volver a la ciudad.

Ya estaba por sumergirme de nuevo cuando un au­tomóvil pequeño y plomizo aparcó lejos, a un costado del camino. Nadie bajaba de él, pero yo no dudé en decirle al motorista que dejara mi bolsa de muestras en la furgoneta y que después podía marcharse. Él dudó un momento; yo ya le había pagado el importe de toda una mañana y solo habían transcurrido tres horas; parte de su labor era velar por mi seguridad mientras yo estuviera sumergido y ahora me dejaría solo. Le dije que no bucearía lago adentro y que no demoraría mucho en salir a tierra. Me obe­deció. Yo me zambullí de nuevo, pero me quedé nadando por encima de la corriente. El motorista apeó el bote en la orilla, luego ca­minó hasta la furgoneta y allí depositó mi bolsa de muestras. Me sentí aliviado, casi extasiado, al verlo alejarse. Pasó cerca del auto plomizo pero a nadie saludó. Después no lo vi más.

Alma salió de su auto y yo salí del lago. En la orilla dejé mis aletas, mi balón de aire y mi máscara; ella sus za­patos. Sin hablar caminamos hasta llegar muy cerca de esta lengua de totora y rocas. Sin hablar nos desnudamos, nos enlazamos, nos sumergimos en el agua.

El sol alcanzó su cénit, el lago empezaba a calentar­se. Alma se estiró sobre el agua. Flotaba con la confianza de un alga y sus ojos eran otros dos lagos de los que brotaban dos algas oscuras, brillantes, redondas, como sus pechos. Como si entre nosotros hubiera una familiaridad antigua, de un momento a otro me mordió un pezón; yo quise hacer lo mismo, pero ella se sumergió y durante largo rato lamió mi miembro. Podía haberse ahogado y yo no la habría dete­nido. Cuando sacó la cabeza a la superficie, mostró un gesto de pesar para decirme que ya tenía que irse; era tiempo de recoger a sus hijos de la escuela. Yo me quedé allí; sentado sobre una piedra, la vi marcharse. De nuevo solo, me aver­goncé por mi desnudez, también por la manera en la que la había tratado la noche anterior; sus mejillas todavía estaban hinchadas por las bofetadas que le propiné.

—¡Alga! —grité; ella volteó y pudo escucharme—: ¡Yo volveré; volveré dentro de un mes! ¡Espérame!

Un mes después no volví. Al regresar a mi ciudad no demoré en recuperar la cita que había pospuesto con mi ami­ga, ni demoré en acostarme con ella y empezar una relación de tira y afloja en la que creí que ambos nos sentíamos cómo­dos. La fecha del congreso internacional en el que presentaríamos los resultados de nuestra investigación se aproximaba y solo dos de nosotros podríamos viajar. Le había dicho a mi enamorada que con seguridad sería yo; pero no fui uno de los seleccionados. Me sentí defraudado y mentí. Doble, triplemente mentí. Llamé al restaurante de Alma. Al hom­bre de acento extranjero que me contestó le indiqué que dos meses atrás mi esposa y yo habíamos comido en su local y la dueña nos había prometido brindarnos información sobre las escuelas de la comarca donde eventualmente podríamos matricular a nuestros hijos cuando nos mudáramos allá. Él dudó un momento antes de comunicarme con Alma. Ella se sorprendió al escucharme, pero disimulamos y terminamos poniéndonos de acuerdo. De inmediato, en el laboratorio pedí tres días de permiso que uniría con un fin de semana. A mi enamorada le dije que viajaría al congreso. No deseaba recibir ninguna llamada suya en mi celular esos días.

Era agosto y volví a realizar el mismo trayecto que ocho semanas atrás, de nuevo solo, pero esta vez sin fines científicos. No alquilé ningún auto en mi primera ciudad de destino y viajé hasta el pueblo de Alma en el único autobús que podía llevarme a ese lugar. No quería que nadie se enterase de aquel viaje por si en otra ocasión regresaba con mi equipo para un trabajo de buceo en el lago de Alga. Tampoco quería ponerla bajo sospechas. Demoré más de cinco horas en llegar, y en ningún momento recordé a mi enamorada con remordimiento. El único alojamiento del pueblo parecía una posada de tiempos remotos, miserables, también anóni­mos. Nadie me pidió la documentación; eso me compensó el resquemor de contagiarme de pulgas o chinches. Estiré mi bolsa de dormir sobre la cama y me costó conciliar el sueño, enfebrecido por el encuentro que me aguardaba al día siguiente. Me levanté al amanecer; tomé un café rancio con dos panes en un bar de mala muerte que día y noche permanecía abierto al pie de la carretera principal; luego me fui caminando hasta el lago.

Como una hora más tarde, después de haber dejado a sus hijos en la escuela, Alga apareció. Aparcó su auto de­trás de unos arbustos, caminó con cierta lentitud hasta mí, pero en cuanto nos tocamos de nuevo, todo volvió a ser precipitado y de nuevo volvimos a sumergirnos al otro lado de este roquedal que hoy se ha convertido en mi vivienda. Alma, Alga.

Alma, después de enlazarnos bajo el agua como dos anguilas que luchan y aman desesperadas, me contaste lo que habías esperado de tu marido, de aquel hombre veinte años mayor que tú que un día apareció en el pueblo, cuando tú eras una jovencita que soñaba con viajar al extranjero, o al menos a la capital del país. Me contaste las historias de mundo con las que él te hizo soñar. No me contaste dónde te hizo su mujer por primera vez, ni tampoco me di­jiste si tú ya habrías retozado en estas aguas con otros jóvenes antes de conocerlo. Pero con él te quedaste aguardando el momento en que te llevara a proseguir con sus viajes y aventuras, sin imaginar que nunca te llevaría fuera de tu pueblo. Recién hace tres meses, cuando a tu hijo mayor le tocaba hacer el bachillerato en Alemania, por primera vez viajaste con tu familia al extranjero para conocer a la familia paterna que acogería a tu primogénito. Lo que tu marido te mostró de su mundo fue el aeropuerto de Frankfurt, gigan­tesco, que te impresionó, después una gran autopista que los condujo a un pueblo casi tan pequeño como el tuyo, de casas más limpias y granjas más cuidadas, pero que ni siquiera tenía una lagunilla de aguas de colores. De algas de colores. Tres semanas después, regresaste con tus dos hijos pequeños; en el largo trayecto en avión, deseaste escapar por una ventanilla convertida en nube, pero te limitaste a buscarle sabor a la comida precalentada que les sirvieron. Ese no era el gran mundo que tú imaginabas conocer a tra­vés de ese marido al que ofrendaste como a un dios eterno tu juventud.

Alga, volvimos a hacer el amor. Bajo estas aguas yo te adoré como a una ninfa a la que se desea, pero a la que no podría amar ni quería ver convertida en mi pareja; por eso mismo, como pidiendo perdón a las deidades, te adoré de los pies a la cabeza; con mis labios recé a cada palmo de tu piel, con mis palabras profanas te volví a ensuciar para luego regresar con otras palabras sacras y rendirme a ti; con mi savia blanca y densa consagré tu boca, tu frente, tus senos, los pliegues de tu sexo. Desde allí me volviste a hablar, me volviste a crear como si con tus gemidos tú me hubieras pa­rido, y me volviste a arrancar el grito, el grito primigenio con el que vine al mundo, sin medias verdades, con un ardiente rugido: Agua, Volcán, Viento, Alma, Alga. Yo creo que este lago lo escuchó todo, de nuevo.

—¿Dónde brotan los wayrantos, Alga? —te pregun­té—. No veo ninguno, hace dos meses tampoco vi alguno. Y todavía es tiempo de vientos. ¿Dónde crecen los rojos wayrantos, Alma, los que me diste de comer?

Alga, tú reíste.

—Solo crecen en el estanque de mi casa —esa fue tu respuesta.

Te miré extrañado.

—¿No me habías dicho que crecen en los lagos de esta zona, agitados por los ventarrones de agosto?

—Es que mi estanque es un lago —dijiste, y te su­mergiste debajo de mí, para adorarme.

Ese día se te pasó largamente la hora de recoger a tus hijos. Pero al día siguiente volviste a llegar a mí temprano. ¿Lo recuerdas? Ya no te puedo ver; sin embargo te imagi­no, te imagino recordándome, recordando ese día tan claro como lo recuerdo yo. Nos zambullimos al fondo y me ense­ñaste la extensa muralla que palpita bajo una plataforma de roca; una muralla construida por manos humanas. Sin contar con mi máscara de silicona de doble cristal que facilita la vi­sión a través del agua; sin siquiera contar con un tanque de oxígeno que me permitiera resistir la inmersión en profundidad; tú, Alma, Alga, me tomaste de la mano y me mostraste los restos de una ciudad sumergida, conduciendo mis dedos por los intersticios de las piedras que forjaron la muralla. Antes de que esa inmersión me atolondrara y convirtiese en alucinación la ciudad que había palpado, con tu boca colmas­te la mía de aliento y con tus manos me volviste a transportar al mundo de afuera, de aire, roca, totora y tierra.

¿Dónde estuvo el fuego volcánico, Alma?, te pregun­té, te pregunto. Tú señalaste el centro azul del lago.

¿Estás segura?, volví a preguntarte. Tú te reíste, le­vantaste mi sexo con una mano y también lo señalaste.

¿Dónde estás ahora, Alma, Alga? Quiero verte pero ya no puedo.

Ese mismo día, mientras calentábamos nuestros cuerpos al sol, con el gozo del adormilado dijiste que ojalá pudiéramos ver una carta-carta, para que tu felicidad se hi­ciera completa.

—¿Carta-carta? ¿Qué es eso? —te pregunté yo.

Con los ojos a medio abrir frente al sol, me miraste socarrona y comenzaste a sisear «bzzz, bzzz». Yo seguía sin entender.

—Es una libélula, tonto —clamaste.

Te levantaste y empinada sobre tus pies continuaste siseando, como si así pudieras convocar a alguna.

—Bueno, no importa —señalaste después de un rato, y te volviste a recostar a mi lado.

¿Recuerdas lo que me dijiste después? «Las carta-car­ta son señal de buenas noticias». Y a ti te bastaba verlas para sentirte feliz, como si la buena noticia fueran ellas mismas.

No apareció ninguna ese día, querida Alma, y tú de­biste partir con premura, preocupada porque de nuevo lle­garías tarde para recoger a tus hijos.

Al día siguiente volví a levantarme de madrugada para gozar de la esperanza de en breve tenerte de nuevo. Ya estaba yo llegando a nuestro lugar, y allí acabó todo.

En ese momento no supe qué pasó. Después lo vi a él, a quien nunca había visto, limpiando la sangre del fierro con el que me había atacado, con el que había rajado todo el lado izquierdo de mi cabeza. En la oscuridad, se detu­vo a cerciorarse de que en mi muñeca no subsistiera nin­gún pulso, pero no se percató de que mis ojos permanecían abiertos. Y así, lo vi arrastrándome a la luz de la luna, aún refulgente; arrastrándome, agotándose. El hombre que te había parecido un dios de la buena fortuna había asesinado tus sueños, pero no había logrado asesinar tu pasión. Y me asesinó a mí. A mí que tampoco te podía ofrecer nada más que mi adoración bajo el agua. Alma, Alga.

Arribados a una plataforma rocosa, camuflada por tupidos arbustos, a corta distancia del que fue nuestro altar, ató a mi tronco un costal de arena y me empujó para que terminase de morir como había vivido gran parte mis años, hundido en las tinieblas. ¿Cuál es el sentido de las cosas, Alga? No lo encuentro. Aquí yazco yo, sumergido, sin hallar sentido al rumbo que trastornó mi vida, a la sucesión de he­chos que me condujeron hasta aquí por segunda vez, hasta ti, Alma, para siempre.

¿Cuál sería el sentido de la vida para mi asesino? Después de arrastrarme hasta esa plataforma; y atarme a las espaldas un costal de arena para arrojarme con la cara bien apuntada al fondo, resbala; sí, resbala y a su vez mi cuerpo se le escapa de las manos de tal modo que caí al agua con la mirada fija en el cielo. Así terminé yo mis días, Alga, con los ojos abiertos en el fondo de este lago que es tu lago.

No podré volver a probar de tu wayranto. Tampoco podré volver a tocarte. Pero derribado aquí, en este fondo del lago, te he podido ver a través del agua, caminado cerca de este totoral, buscándome, sentándote varias horas, aguar­dándome. Y te he visto marcharte, triste.

¿De dónde brota la alegría, Alga? Cuando te vi mar­chándote así, me ofrendé yo mismo a este lago tuyo, a este lago que te adora. «Prolonga mi muerte cien días, si quieres; pero haz que cada vez que nuestra Alma, Alga, ven­ga a buscarnos, una legión de libélulas se eleve desde las totoras; que le anuncie buenas noticias y a través de su canto le ofrezca el consejo que desde hace muchos años aguarda». El lago no demoró ni un instante en responder. Aceptó mi ofrenda.

Ya no veo, es cierto. Pero todavía oigo.

Bzzz; Alma está cerca. Bzzzz, bzzz; Alga ya está llegando. Bzzz, bzzz, bzzz; Alma está interpretando un mensaje. Bzzz, bzzz, bzzz, bzzz; Alga está feliz.

 

(Publicado en mi primer libro de cuentos, Alma alga, Borrador Editores, Lima, 2010).

 

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