Cuentos

Fiesta- María José Caro

 

(CUENTO) Debí sospecharlo.

Había una razón para que en los bailes de clausura de año me disfrazaran de muñeco. Ni siquiera me dejaban participar en el papel del hombre. Diablo, oso o caporal; esas eran mis funciones. Los elementos más tiesos de la puesta en escena. Los bailarines que no bailaban.

Era la primera fiesta con chicos del salón. Se trataba del cumpleaños de Katia Majluf y lo celebraría en el jardín de su casa. Ella tenía enamorado y no solo caminaban de la mano, también se besaban en el club. Al llegar a la fiesta, busqué a Adriana. Se encontraba sentada del otro lado de la pista de baile. Su rostro cambiaba de color por el juego de luces.

—Qué aburrido. Nadie saca a bailar —refunfuñó.

Katia se acercó a nuestro lugar. Su novio venía con ella.

—No se preocupen, chicas. Rodrigo, dile a tus amigos que dejen el fulbito y que vengan a bailar —señaló molesta.

El enamorado de Katia cruzó la pista de baile, se detuvo junto a la mesa de fulbito y confiscó la pelota. Solo bastó con que los chicos dejaran de mirar a los jugadores incrustados en fierro, para que la promoción de sexto de primaria enloqueciera. Yo estaba contemplando la cocina. La abuela de Katia cortaba moldes de pan, la empleada trituraba paltas.

—¡Siéntate aquí! —me recriminó Adriana, tirándome del brazo.

Cuando lo hice no quedaba ninguna chica en pie. Todas se habían distribuido en las sillas alrededor de la pista. Según Adriana, nuestro lugar era el mejor para que nos sacaran a bailar. Estábamos junto a la mesa de bocaditos y los hombres siempre tenían hambre. De una u otra manera nos iban a ver. Katia jaló a su enamorado hacia la pista de baile. Se pararon en medio del tabladillo, justo debajo de una gran bola metálica y empezaron a danzar. Entonces, quince chicos se acercaron a las sillas como buitres. Con la diferencia de que los buitres elegían materia descompuesta. Los hombres lo hacían por el contrario. Tenían en la mira a las más bonitas. Aquella teoría que había visto junto a mi hermano en el Discovery Channel acerca de la elección de pareja era una mentira. Hasta los más feos creían poder conquistar a las más lindas. En el caso de mi promoción, Katia y sus amigas. Y así, ellas fueron las primeras en estampar su mapa de pasos sobre el tabladillo.

 

«Mariana, ¿quieres bailar?»

«Luciana, ¿quieres bailar?»

«Camila, ¿quieres bailar?»

 

Se movían en perfecta sincronía. Eran casi las Spice Girls. Inclusive, habían coordinado los colores de su ropa. A mi lado, Adriana intentaba tomar un mini pionono de la mesa de bocaditos sin tener que dejar su asiento. Estiraba el brazo, al punto de quedarse su silla sostenida de una pata y ella colgada del mantel de la mesa.

—¿Por qué no te acercas? —le pregunté.

—Mira a la izquierda. ¿Ves al chico rubio con camisa a cuadros? Me ha estado mirando, creo que va a venir a sacarme a bailar.

—Yo sí voy; tengo hambre.

Me detuve junto a la mesa y comí algunos bocaditos. Tomé una servilleta y coloqué un par de mini piononos para mi amiga. Fue entonces que sentí un toque en el hombro y una voz plagada de gallos habló:

—¿Quieres bailar?

Era alto, llevaba puesto un polo verde. Sus ojos eran del mismo color. Pero no era cualquier verde, era del tono de las uvas.

—No te preocupes. Primero termina de comer —dijo sonriendo.

Tragué lo más rápido que pude y avanzamos hacia la pista de baile. Estaba repleta de parejas. Adriana ya danzaba con el chico rubio una canción de salsa. Se miraban directo a los ojos. Lo hacían con tal fijación que parecían transportar una manzana frente con frente.

—Mejor esperemos a que no hayan tantas personas. Te pueden pisar —dijo Miguel; ese era su nombre.

Conversamos al borde del tabladillo. Miguel se apoyó en uno de los fierros que sostenía el toldo y me contó que era amigo de Katia por el club. Se habían conocido en las fiestas de verano que se daban en la cancha de básquet. Inventé que había ido un par de veces. Mentira. Mis salidas de verano consistían en ir al cine con Adriana. Siempre a las funciones de las seis de la tarde. Terminó la canción de salsa y el disc jockey puso una que nunca había escuchado. Solo Katia y sus amigas permanecieron en la pista.

—Esta canción es buenaza. Va a ser la canción del año —dijo Miguel tomándome de la mano.

Me llevó hasta el centro de la pista de baile. Sentí que caminábamos sobre nubes, distraída del riesgo que supone andar sobre un elemento gaseoso. Allí estaba yo, junto a Katia, Mariana, Luciana y Camila. ¿Podría ser yo la quinta Spice Girl? La música empezó a sonar e inicié mi danza. Empecé a mover los pies y los brazos. De izquierda a derecha, luego en círculos. Miguel dejó de verme a la cara, dedicándose a observar las imperfecciones en el tabladillo con una mueca extraña en los labios. Katia y Luciana cuchicheaban, observándome con la esquina del ojo. Segundos después llegó el coro y trajo junto al inicio de trompetas, la peor parte: todos empezaron a girar. Luego tocaban el piso con la palma de la mano izquierda. Después, hacían un saludo de general. Enseguida, un brinco y finalmente, brazos arriba. Mis movimientos estaban desfasados. Era vergonzoso. Debí sospecharlo. Yo no sabía bailar por eso era la eterna mascota en los bailes del colegio. No tenía nada que ver con mi estatura. Sentí el peso de treinta pares de ojos puestos en mis pies, en mis brazos, en el movimiento cuadrado de mis caderas.

—Perdón, necesito ir al baño —le dije a Miguel.

Salí corriendo antes de que el chico de ojos verdes pudiese al menos responder e ingresé a la sala. Todos los objetos del lugar estaban cubiertos de penumbra, salvo un hilo de luz que se colaba debajo de la puerta del baño. Me detuve enfrente y esperé. Eran las ocho de la noche, mi madre me recogería a las once. Tal vez dentro del baño, esas horas pasarían sin mayor problema. Esperé y esperé, hasta que por fin se abrió la puerta y un chico gordísimo salió acompañado de un olor horrible. Intenté entrar decidida a respirar por la boca, pero el sabor me daba nauseas. Abandoné el baño, deteniéndome junto a la puerta sin la menor idea de qué hacer. Podía ver el jardín, la bendita canción de moda volvía a empezar. Ahora, Katia le enseñaba los pasos a varias chicas del salón. Adriana se reía junto al chico rubio al lado de la mesa de fulbito. Miguel tomaba de la mano a otra chica. Me acerqué a uno de los sofás de la sala y me senté. El gordo del baño se encontraba desparramado al otro extremo del sofá.

—¿Por qué no sales? – preguntó después de varios minutos.

—¡Sal tú!

—Saldría, pero da lo mismo; nadie va a querer bailar conmigo —dijo, llevándose un par de chips de papa a la boca.

Quise confesarle que no sabía bailar. Pero era un testimonio tan vergonzoso que se me cortaba la voz. Se suponía que moverse con ritmo era algo innato para las mujeres. ¿Cómo diablos iba a sobrevivir a la secundaria sin bailar? El gordo retiró un Gameboy de su bolsillo y se puso a jugar. Giré el rostro hacia el comedor de la casa; nosotros no éramos los únicos pasándola mal. Dos chicas de mi salón dormían apoyadas una sobre el hombro de la otra. Eran Priscila y Luisa. Seguramente Katia las había invitado por pura pena. Desde el sillón podía ver lo que sucedía en la fiesta. Lo mejor era que sumergida en la penumbra ya nadie me veía. Los chips de papa del gordo se volvieron pop corn y la mampara hacia el jardín, la pantalla del cine. Observé música brasileña, salsa y canciones lentas. Se me caían los parpados, aquello era como ver cine mudo. El lenguaje corporal me aburría. Yo hablaba español y, a veces, ingles. Poco a poco me fui quedando dormida, apoyada en el brazo del sofá. Cada cierto tiempo, la musiquilla del juego del gordo me despertaba. De cuando en cuando, abría los ojos esperanzada en estar bajo la frazada de mi cama. Hasta que finalmente me quedé totalmente dormida y mis oídos se desconectaron de la casa de Katia Majluf.

Sentí un remezón en el brazo. Después, una luz fortísima traspasó mis párpados y escuché mi nombre. «Macarena, Macarena.» Era la voz de Adriana. Despegué mis pestañas y todo alrededor se encontraba iluminado; la lámpara de araña que colgaba del techo de la sala estaba encendida. Intenté pegar un brinco levantándome del asiento. Pero era imposible. Sentía el peso de una bolsa de cemento sobre las piernas. Miré hacia abajo y lo vi. La cabeza del gordo descansaba sobre mi regazo. Dormía con la boca abierta y expresión de cabeza clava. Su juego estaba en el piso junto a la bolsa de chips. Ya no quedaba ningún chico o chica en el jardín. La celebración se había mudado al comedor. En las fiestas con chicos también se cantaba «Happy Birthday».

—Sal de aquí —gritaba Adriana mientras tiraba del brazo del gordo.

Él se despertó en medio de un alarido ahogado. Katia, Mariana, Luciana y Camila reían intentando esconder sus carcajadas en un cuchicheo. El gordo recogió su Gameboy del piso y salió corriendo por la puerta principal. Yo quería hacer lo mismo. Quería aguardar por mi madre sentada sobre la acera, esperando el paso de una estrella fugaz o rezando un rosario; pero Adriana me agarró del brazo. «Sé fuerte. Haz como si nada hubiera pasado», me dijo pellizcándome. Adriana sabía de lo que hablaba. Tenía una hermana en secundaria y siempre le daba consejos. Nos acercamos hacia la mesa del comedor. La madre de Katia prendía las velas de la torta con un encendedor para cocina. Los ojos de Miguel no eran tan verdes bajo luz amarilla. Nadie murmuraba, sin embargo, podía leer sus mentes. Conocía esos rostros. Los había visto desde el kindergarten. Happy Birthday to you… Yo sería el tema de burla en los recreos hasta que sucediera algo peor. No tenía escapatoria. Happy Birthday, Katita…. Por favor, que alguien se manchara la falda de regla, en clase de matemática. Cumpleaños feliz, te de seamos a ti….. Quería morirme. Saber tocar la flauta no significaba tener oído musical. Que los cumplas felices…. Ya no asistiría a más fiestas. Al menos, no ese año. Me haría la enferma, inventaría la muerte de algún familiar. Quemaría las invitaciones antes de que mi madre las viera. Tendría una coartada, por lo menos para sexto de primaria. Solamente debía soportar el baile de clausura de año y faltaban varios meses. Aparte siempre estaban los trajes de muñeco. Diablo, oso, caporal; esas eran mis funciones. Sí, aún tendría que sobrevivir a las fiestas de secundaria, pero esa era otra historia.

 

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