Narrativa y poesía escogida

El hereje- Luis Fernando Cueto

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(CUENTO) No nos quedó más remedio que quemarlo. El Santo Oficio, en su infinita piedad, le dio la oportunidad de librarse de las llamas, de escoger una muerte digna mediante el garrote, pero él mismo rechazó esa indulgencia, no quiso abjurar de sus errores, se negó a besar el crucifijo y abrazar la fe católica, y se condenó solo a la hoguera. Por lo demás, había demasiadas pruebas en su contra, casi una decena de testigos, entre reos y custodios, que lo vieron, entre sueños, quitarse las cadenas, abrir las rejas de su celda y salir levitando, alzando vuelo, de las mazmorras.

 

 

Por:

Luis Fernando Cueto

Después vino la mulata Isabel Pacotilla, la que trabajaba vendiendo sahumerios en la calle Mercaderes, y relató que vivía amancebada con el médico y que había sido ella quien le trajo un pomo de narcótico, y que éste, aprovechando la confianza que tenía con uno de sus celadores, pues le venía tratando de una gota pertinaz, lo hizo dormir y, trucándole las ropas, salió caminando muy orondo de su celda. Por supuesto que el señor Fiscal Inquisidor no creyó ni una pizca de esta versión; al contrario, la tomó a burla y terminó por convencerse de que el portugués Arquímedes da Acuña tenía tratos directos con el Demonio.

Fue un caso que causó mucho revuelo en la Ciudad de los Reyes, puesto que se trataba de un facultativo muy prestigioso, de una persona conocida, pero, lamentablemente, toda su fama y buena estrella cayeron por tierra cuando se aficionó a los libros prohibidos y se llenó la cabeza de ideas extravagantes. Al principio casi no se le prestaba mayor atención cuando hablaba acerca de Copérnico y de Galileo y llegaba a decir que la tierra no era el centro de la Creación sino que giraba alrededor del sol junto con otros planetas. Pero después se volvió más atrevido, perdió el temor a Dios, y se dedicó a cuestionar las sagradas escrituras, a blasfemar, a decirle a sus clientes que nuestro Señor no era omnipresente ni todopoderoso, sino que simplemente era el “motor inmóvil”, aquel que había dado el primer empujón para que el engranaje de la naturaleza se pusiera en movimiento, y luego de eso, al ver que su obra ya estaba lograda, se había echado a descansar por toda la eternidad.

Y fue precisamente uno de sus pacientes quien hizo la denuncia. Lo demás corrió por nuestra cuenta. Fuimos hasta la casa del médico, en la calle Petateros, donde también funcionaba su consultorio, y nos hicimos pasar por unos enfermos de alferecía. Y ahí pudimos descubrir, mientras él nos auscultaba, los siguientes adefesios: De revolutionibus orbium caelestium, de Copérnico; Sidereus Nuncius, de Galileo; La Ética, de Baruch Spinoza; La Relación, acerca del proceso seguido al judío Francisco Maldonado de Silva; Scrutinium scripturarum, del rabino Shlomo Halevi; y El espejo de la consolación, de fray Juan de Dueñas. Todos ellos textos proscritos por la Doctrina, y que se hallaban bien camuflados entre El Pronóstico, de Hipócrates, y los tratados de Medicina El tesoro de la verdadera cirugía, El antidotario general y De las drogas y medicinas de las Indias Orientales.

Él no tuvo reparos en admitir la propiedad de tales obras, y firmó con mucha caballerosidad el acta de la requisa. En realidad, se condujo como un hombre bien criado todo el tiempo, desde que fuera conducido en grilletes hasta el Fiscal Inquisidor y, luego, encerrado en la cárcel secreta, a la espera de que su señoría decida si acusarlo por blasfemia o apostasía, crímenes que, a lo mucho, se castigan con medio centenar de azotes y un par de años de penitencia. Sin embargo, él mismo complicó su situación al fugarse utilizando las artes del Enemigo.

Después desapareció de la ciudad, huyó sin dejar rastro alguno, se mantuvo lejos de nuestro alcance por largos años, a tal punto que ya casi nadie se acordaba de sus facciones ni estaba muy seguro sobre la forma y circunstancias en que se había producido su fuga. Hasta el día en que nos llegó la carta del obispo de Moquegua. Él nos informó que su subalterno, el párroco de Arica, había dado con el prófugo en Pisagua. Para mayor abundamiento, nos indicó que en dicho puerto éste tenía consultorio abierto de médico y que inclusive ostentaba un diploma donde se podía leer su nombre completo.

 

Según él mismo confesó, y así consta en las actas del proceso, salió de Lima con dirección al sur y estuvo por casi un año viviendo a salto de mata, desplazándose por pueblos y  arenales, a pie y a caballo, llegando a cubrir más de quinientas leguas, hasta detenerse, al fin, en el punto más meridional del Virreinato del Perú, en una ranchería que él creyó que era el único sitio adonde nosotros no podíamos ir a buscarlo. En ese lugar se apareció una mañana hecho una calamidad, flaco y hambriento, reseco hasta los huesos, vestido de harapos y jalando un mula maltrecha. Caminó por la única calle y se detuvo delante de un rancho zarandeado por el viento, sin puertas ni ventanas. Creyó que era una vivienda abandonada e ingresó en busca de un poco de sombra para reponerse de la fatiga y limpiarse los ojos del sol de los caminos.

Una hora más tarde, mientras dormía en el piso de arena de la pieza delantera, fue sorprendido por un vocerío que se levantaba en el exterior. Se puso de pie y salió a ver qué es lo que estaba pasando. Delante del rancho, unos hombres descargaban a un difunto de los lomos de un caballo. Uno de ellos se separó del grupo y fue a su encuentro. Le dijo que habían encontrado el cadáver en medio del desierto, casi cubierto por una tolvanera. Asimismo, le explicó que él, Arquímedes da Acuña, estaba en la obligación de velarlo y darle cristiana sepultura, puesto que se había ido a meter, precisamente, a la casa del muerto. Sin argumentos para oponerse, tuvo que recibir al finado, prenderle velas durante la noche y, al día siguiente, enterrarlo en un cementerio que no era más que un descampado, un pampón donde las ventiscas habían allanado los túmulos y arrancado las cruces.

Después de esa primera experiencia, el portugués se dispuso a ganarse la vida sanando a la gente, que era, al fin y al cabo, lo único que sabía hacer. Puso un anuncio en la puerta de su rancho que decía: “Se curan toda clase de males”; y se sentó a esperar. Al caer la noche, un hombre llegó a verlo por una luxación de rodilla. Muy meticuloso, el médico le puso los huesos en su sitio, le colocó un emplasto de llantén e inmovilizó la zona afectada con una venda de tela. Hizo un trabajo serio, profesional, pero a cambio no recibió monedas sino una hogaza de pan duro y una lonja de charqui de llama.

Nadie sabía en ese lugar que era un doctor graduado con honores, y a él tampoco le convenía mucho divulgarlo; así que aceptó de buen humor que los lugareños lo comenzaran a tratar como a un maestro curandero. Sin embargo, más adelante, después de reparar una costilla rota, una clavícula zafada, un tobillo torcido, y de recibir algunas prendas de vestir y algo de comida a cambio de su trabajo, el médico empezó a preocuparse; se dio cuenta de que, a ese paso, iba a ser muy difícil, casi imposible, juntar algunos ahorros para hacer más llevadera su nueva vida.

En esas preocupaciones estaba cuando, una madrugada, entre claro y oscuro, unos gritos lo sacaron de la cama. Abrió la puerta y, enseguida, unos hombres ingresaron a su casa llevando a un herido sobre una parihuela. De inmediato le explicaron lo sucedido: el infortunado era un cazador que, de casualidad, se había disparado un tiro de escopeta en la pierna derecha. Se había destrozado la tibia y el peroné, y él mismo suplicaba que le amputen la pierna, desde la rodilla, antes de que se le pegue la gangrena.

Y en medio de esa desdicha, el doctor da Acuña entrevió su oportunidad. Prometió curar al herido, salvarle la pierna y tenerlo caminando a la vuelta de un año, todo ello a cambio del arma. Y él cumplió con su palabra, hizo que el cazador volviera a caminar en el plazo ofrecido. Y éste, por su parte, también cumplió con entregar al médico la escopeta, aunque no de muy buena gana, pues la pierna derecha le quedó más corta que la izquierda y ya no le servía para las largas caminatas en pos de las piezas de caza.

A la larga, ese trato selló el destino del médico. En adelante, solía salir de su rancho antes de la medianoche y caminar varias horas a través del desierto. Al cabo, con las primeras luces de la madrugada, llegaba a un ojo de agua; ahí se apostaba y esperaba pacientemente a que vinieran los animales a abrevar la sed. Y en poco tiempo se hizo conocido como un cazador ducho y un hábil comercializador de pieles. Además, consiguió reunir algunas monedas y adquirió un caballo y un catalejo. Al parecer, la suerte le estaba sonriendo, y él se llegó a confiar, creyó que se había librado de nosotros y que podía vivir en paz en ese perdido rincón del mundo.

Pero una noche, mientras se dirigía hacia el ojo de agua, una carreta y dos indios aymaras se cruzaron en su camino. Uno de ellos, el que conducía, le dijo que en la plataforma llevaba a su hijo, a un joven que se había zafado el espinazo por cargar sobrepeso. Le explicó, además, que había decidido cruzar el desierto porque, según le habían dicho, al otro lado, en la ranchería, vivía un maestro curandero muy acertado, la única persona que podía curar a su muchacho.

Arquímedes da Acuña sintió el llamado de su profesión y dio media vuelta. Ya en su rancho, acostó al muchacho de cúbito ventral sobre una banca y se puso manos a la obra. Le colocó las vértebras en su sitio y le reacomodó la cadera. Después de su intervención, quiso saber cómo se había producido la zafadura. Entonces el padre le dijo que cargando sal, que su hijo se había echado tres sacos de sal a la espalda por querer llenar más rápido la carreta. ¿Sal?, ¿de dónde?, se sorprendió el médico. De un salar, de un mar de sal, el más grande que se haya visto…

Y, como no traía dinero, el padre pagó la curación con dos sacos de sal. También entregó un saco de caliche, una tierra que chispeaba en la noche y, según advirtió, no se la podía acercar al fuego porque ardía de inmediato. Pero el médico no le dio mucha importancia a ese detalle, porque sus ojos ya estaban deslumbrados por esa interminable llanura blanca que resplandecía bajo el sol, bajo la luna, y pidió que, si en verdad querían pagarle por su trabajo, lo llevaran a conocer el salar.

El médico portugués se ausentó por una semana, pero, al cabo, cuando regresó a la ranchería, se encontró con una feria, escuchó una algarabía de lenguas extrañas y vio a sujetos desconocidos ofreciendo chucherías en tenderetes armados a lo largo de la única calle. Siguió de frente y pudo descubrir, en el otro extremo, al costado del cementerio, las carpas multicolores de los gitanos. Quiso husmear un poco; dio unos cuantos pasos más y se encontró con un carromato revestido de lona. Se acercó y aguzó el oído. Pero no halló a nadie, no escuchó ningún ruido. Le pareció que todos los gitanos estaban entregados a su eterno oficio de mercachifles. Sin embargo, de la nada, escuchó una voz gruesa: ¿A quién busca?

Se asustó. Sudó frío. Esa era la misma pregunta que tantas veces le había hecho el Fiscal Inquisidor: ¿a quién busca, doctor da Acuña? No hay otro Dios, no hay nadie más poderoso que Él, y no hay más respuesta a sus interrogantes que nuestro Señor Jesucristo. Volteó la cara, y pudo ver la silueta de un hombre altísimo, de casi dos metros, de complexión delgada y cabellos largos, que salía de una carpa y se acercaba a él sin ningún apuro, sonriendo, con las manos abiertas y los brazos extendidos.

Se llamaba Lirio Fernández, y era el jefe de los gitanos. Y tuvo que ayudar a ponerse de pie al médico, y darle de beber un poco de agua de azahar, luego de que éste sufriera un súbito desvanecimiento a causa de la fuerte impresión. Después lo acompañó hasta su rancho, lo acostó en su cama, y aprovechó la oportunidad para ofrecerle los últimos inventos de la humanidad a precio de ganga: un prisma para hacer fuego, una brújula para encontrar agua, un ungüento para curar el tabardillo, una caja para conservar el hielo, un jarabe para ahuyentar la tristeza, y demás rarezas que, sin embargo, no lograron que Arquímedes da Acuña saliera de la angustia y el abatimiento en que había caído.

Pero Lirio Fernández era un comerciante con muchos años de experiencia como para permitirse salir de esa casa con las manos vacías. Por lo demás, ya le había echado el ojo a unas pieles que se curtían en el patio y a unos sacos arrumados en un rincón del cuarto. Entonces, con mucha flema, como si estuviera ofreciendo una más de sus baratijas, le dijo al médico que un hombre maduro, y en una casa descuidada y cubierta de polvo, necesitaba una compañera con quien pasar sus días. Y sin más preámbulos, le ofreció una mujer.

Cerraron el trato enseguida. El doctor da Acuña le dio las pieles, los dos sacos de sal y el saco de caliche. Y Lirio Fernández, por su parte, le entregó su propia hija, a una mozuela sana, maciza, de espaldas anchas y brazos fuertes, de cabellos castaños y ojos claros, que respondía al nombre de Jazmín. Al día siguiente, los gitanos abandonaron la ranchería, y el médico se quedó con la muchacha, satisfecho por haber realizado el mejor negocio de su vida, convencido de que había hecho bien al ir a refugiarse en ese lugar donde le estaba reservada la felicidad.

Sin embargo, antes de un año, Lirio Fernández regresó a la ranchería. Pero ya no vino trayendo su cargamento de chucherías, a la cabeza de una caravana de gitanos, sino acompañado por un par de exploradores, por dos sujetos montados en briosos corceles, calzados con altas botas de cuero, los ojos emboscados bajo vueludos sombreros, y premunidos de un astrolabio para medir las distancias y estudiar los suelos. Ellos querían conocer el salar y el yacimiento de caliche, y el médico, sin sospechar nada, los condujo hasta allá.

Después los tres se fueron. Tal como habían venido, se marcharon sin decirle nada, sin siquiera darle las gracias ni advertirle si regresarían o no. Y fue coincidencia que, por esos días, Jazmín diera a luz a un niño, trajera al mundo a una criatura de cabellos castaños y ojos celestes, a quien Arquímedes da Acuña le puso de nombre Giordano. Esto último, sin duda, en honor a ese otro apóstata que fuera quemado vivo en Roma.

Desde entonces, tal como el mismo penado lo señalara ante el Santo Tribunal, los acontecimientos se desataron a un ritmo frenético y se tornaron confusos. A los pocos meses hicieron su aparición los aventureros, los inversionistas y los agiotistas de siempre, angurrientos que despojaron a los aymaras del salar y de las pampas de salitre, y acabaron por trastocarlo todo. Enseguida levantaron, en lo que había sido la ranchería, una casa de préstamos, un par de tiendas de abasto y varios centros de acopio. Finalmente, cuando comprobaron que los yacimientos eran inagotables, establecieron una línea de carretas para llevar los minerales hasta Pisagua, y, desde ahí, venderlos a todas partes del mundo.

Esto dio pie para que una oleada de hombres y mujeres, decenas de familias, se trasladaran a ese puerto, todas ellas con la promesa del dinero fácil bailoteando en sus ojos. Tanto se hablaba del crecimiento de Pisagua, tantas historias se tejieron acerca de la prosperidad de ese lugar, que una tarde el mismo doctor da Acuña se sorprendió de estar pensando en mudarse para allá. No obstante, tenía sus reparos, temía dar ese paso, le parecía que eso era como querer abusar de su buena suerte.

Pero un hecho inesperado, al menos para él, terminó por precipitar las cosas. Una mañana, como a los diez años de que Lirio Fernández llegara con los exploradores, otra caravana de gitanos ingresó al pueblo y se asentó en la avenida principal con sus caramancheles de baratijas. No era nada del otro mundo. El médico ya conocía de qué se trataba, y sabía que, en esos casos, los mejor era esperar hasta que los gitanos se aburran y se larguen con su alboroto a otra parte. Y así fue. Antes de la semana, éstos desarmaron sus carpas y continuaron su marcha. Pero Jazmín se fue con ellos. Se marchó sola, dejando a Giordano, que ya era un muchacho logrado, al cuidado de su padre.

Entonces, el doctor, al verse abandonado, sintiéndose perdido en ese rancho que a cada momento le recordaba a su mujer, dio el paso; se trasladó a Pisagua. Alquiló una casa en la calle más transitada y fijó en ella su residencia. Y ahí mismo abrió su consultorio de médico cirujano, desempolvó sus viejos diplomas y los colgó de las paredes de la sala de espera. Y por casi tres años llevó una vida triste pero tranquila, sosegada; sin una compañera, es cierto, pero dedicado a la crianza de su único hijo y a la atención de su numerosa clientela.

Prácticamente, se pasaba todo el día metido en su casa. Por las mañanas, desde muy temprano, se entregaba de lleno a restablecer la salud de sus pacientes, y por las tardes, después del almuerzo, se dedicaba a transmitirle a Giordano todos los conocimientos que había aprendido en las aulas universitarias, y de paso, como él mismo lo reconoció, y también consta en actas, toda la falsa sabiduría que había adquirido de los libros proscritos.

Sin embargo, esa vida próspera y desahogada se le vino a acabar de una manera inesperada. Una tarde de esas en que enseñaba Física a su hijo, un grupo de devotas de la Virgen Purísima tocó a su puerta. Y cuando ellas le dijeron el propósito de su visita, el médico casi se cae de espaldas: estaban haciendo firmar, a los vecinos más notables, un memorial dirigido al obispo de Moquegua, a fin de éste les envíe, aunque sea una vez al mes, a un párroco que haga misas y administre los sacramentos.

Por supuesto que el doctor da Acuña, congelado de susto como estaba, no firmó, ni alcanzó a articular palabra alguna. Pero las devotas no se desanimaron con este desaire; al contrario, siguieron con más ahínco en su cruzada y, al cabo de seis meses, obtuvieron respuesta. El obispo les anunciaba que, accediendo a tan encomiable petición, ya había ordenado al párroco de Arica que se apersone en Pisagua.

Y a los pocos días, la mañana en que llegó a ese puerto, el párroco fue recibido como un verdadero enviado del Señor, con banda de músicos, fuegos artificiales y cánticos de alabanza. Y luego de los discursos de bienvenida, de acuerdo con el clamor de las devotas, hizo misa al mediodía. Después vinieron los agasajos. En medio de gritos de júbilo, de hurras y vítores, fue conducido a un amplio salón donde había una larga mesa provista de viandas de comida y jarras de vino. Sin embargo, el párroco no pudo degustar gran cosa, porque, ni bien probó un seco de ternera, sufrió un atragantamiento; la troncha se le atascó en el gaznate, y comenzó a asfixiarse, a ponerse morado y pegar manotazos en el aire.

Desesperados por tamaño revés de la Divina Providencia, los fieles cargaron en vilo al santo varón y lo llevaron corriendo al único sitio donde podían salvarle la vida, al consultorio del doctor Arquímedes da Acuña. El párroco llegó a punto de desfallecer, con la cara hinchada y los ojos desorbitados, pero el médico supo librarlo de ese trance; le aplastó la barriga tantas veces que le provocó un vómito, y logró que expulsara la troncha por la boca. Luego lo acostó en un diván y lo dejó solo, reposando por algunos minutos. Y fue en esos momentos, entre sueños, con la mente volada y los ojos idos por la extenuación, que el religioso alcanzó a leer el nombre que figuraba en los diplomas que pendían de la pared, y recordó una relación de herejes perseguidos que el Santo Oficio había clavado en la puerta de la catedral de Arequipa.

 

Apenas tardamos una semana en aprehenderlo. El señor Fiscal Inquisidor no quiso que perdiéramos tiempo yendo a caballo por los desiertos. Por intermedio del Santo Tribunal, consiguió un bergantín que nos recogió de El Callao y nos llevó a Pisagua. Y en ese lugar fue muy fácil encontrarlo. Nos bastó recorrer la calle principal para dar con él. El insensato había colocado una placa de bronce, donde se podía leer su nombre, en el frontis de su consultorio.

Cuando me vio, algo, algún resorte, se rompió en su interior; pegó un respingo y se quedó de una pieza, pálido, crispado de pánico. Habían pasado muchos años, ya se me notaban las arrugas de la frente, ya tenía la barba crecida y el cabello entrecano, pero, sin duda, me reconoció. Y a pesar del miedo, de nuevo, como la primera ocasión, se mostró muy comedido, caballeroso. Se dejó poner los grilletes y prestó las facilidades del caso para la inspección de su casa. Sin embargo, cuando entramos a la biblioteca y encontramos a un jovenzuelo de unos trece años, el mismo doctor da Acuña  nos dijo que era su hijo y nos suplicó que lo lleváramos con él a Lima, pues no tenía a nadie, ningún familiar ni amigo, a quien confiarlo en Pisagua.

Durante el trayecto en el bergantín, el médico casi no probó bocado, y se mostró huraño, apesadumbrado, ciertamente abatido, como si ya supiera lo que le estaba por venir. En cambio, su hijo, Giordano, hizo gala de una gran simpatía, de su facilidad de palabras, y rápidamente trabó amistad con toda la tripulación. El chico se mostró desde un principio como un portento, alguien digno de admirar, pues conocía muchas materias y explicaba al dedillo temas que los marineros, la mayoría de ellos analfabetos, nunca habían escuchado en su vida. En realidad, ese fue el único detalle notable de toda la travesía, y así se lo hice saber al alguacil mayor en la relación que le hice llegar.

Ya en la Ciudad de los Reyes, el juzgamiento se llevó adelante con una celeridad inusitada. Conocedores de los antecedentes de relapso y fugado del procesado, el señor Fiscal Inquisidor formuló acusación inmediata y el Santo Tribunal, a su vez, fijó una fecha cercana para el inicio del proceso. En esto también influyó el hecho de que el nuevo Virrey, nuestro excelentísimo señor José Antonio de Mendoza, marqués de Villagarcía, haya manifestado, ni bien llegó a tomar posesión de tan alto cargo, su deseo de ver el incomparable espectáculo que sólo el Santo Oficio sabe brindar cuando ejecuta a un penado.

Con mucha presteza, solamente al cabo de tres meses de juicio, el médico portugués Arquímedes da Acuña fue hallado culpable de los cargos de herejía, apostasía y práctica de la magia negra, y condenado a la pena capital. Y una semana después de la sentencia, la madrugada del siguiente domingo, se nos ordenó que lo sacáramos de su celda y lo condujéramos a pie, vestido con sambenito y cargado de cadenas, desde la sede del Santo Tribunal hasta la plaza mayor. Y así lo hicimos. Y cuando estábamos a mitad de camino, se nos plegó una procesión de curas y clérigos, quienes nos llevaron la trasera cantando, en tono muy lastimero, el Miserere mei Deus.

Y fue cosa de gratísima impresión el ver a toda la población reunida en la plaza, animada y curiosa, y el cadalso arrimado a la casa del Cabildo, y el tablado principal, de unas cuarenta varas de largo, delante de la catedral, donde ya se encontraban sentados nuestro excelentísimo señor, los señores inquisidores, el señor fiscal y los oidores reales, y a los costados, debajo de unos toldillos, a los vecinos notables y a las mujeres de los señores ministros. Y más admirable aún, y hasta conmovedor, fue el hecho de que, cuando ingresamos a la plaza con el penado, se escuchó el órgano de la catedral y todos los congregados empezaron a entonar el Deus laudem meam ne tacueris, que es el himno a la destrucción y castigo de los enemigos de nuestra fe.

Pero los momentos de máxima emoción, de angustia y de furia, se vivieron después, ya iniciada la ejecución, cuando el señor presidente del Santo Tribunal, tan copioso de misericordia, le dio la oportunidad al penado de morir como un penitente, renunciando a sus creencias y besando el sagrado crucifico, y éste, asaz endemoniado, rechazó tal gracia y prefirió perecer en medio de las llamas. Entonces nosotros, en medio de los gritos de indignación de la plebe, las voces de asombro de los señores principales y el lloriqueo de algunas mujeres, no tuvimos más remedio que llevar a Arquímedes da Acuña al quemadero, atarlo al poste y echarle fuego a la leña.

Ya han pasado varias semanas desde entonces, y la gente continúa comentando los detalles de la ejecución en las calles. Mientras tanto, nosotros nos hemos quedado a cargo de la custodia de Giordano, a la espera de que los doctores de la fe nos digan qué hacemos con él, si lo dejamos libre o lo entregamos al Fiscal Inquisidor. En estos casos, nosotros, los alguaciles de la inquisición, no tenemos más opción que aguardar y acatar las órdenes finales. Pero no podemos negar que seguimos muy sorprendidos por la inteligencia que tiene este mozuelo, por sus conocimientos de Astronomía, Física, Medicina, Filosofía e Historia, a tal extremo que ya no nos parece que sea obra del Señor sino de su Enemigo, y por eso mismo los debates de los señores jurisconsultos nos producen vivo interés, y estamos muy ansiosos por conocer el dictamen final, deseosos por saber si la herejía es hereditaria, si se transmite o no a través de la sangre.

 

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1 comment

  1. Edgar Alberto Norabuena Figueroa 17 Septiembre, 2015 at 19:47 Responder

    EXCELENTE RELATO, SIN LUGAR A DUDAS LUIS FERNANDO CUETO ES UNO DE LOS NARRADORES MÁS DOTADOS DE NUESTRA LITERATURA.

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