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Yo, Claudio

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Título: Yo, Claudio
Autor: Robert Graves
Editorial: El País (2005)

Mucho se ha escuchado y se sabe, por cultura general, de la majestuosidad que tuvo el Imperio Romano. Sin embargo, pocos sabemos cómo eran sus intimidades, pasiones, decisiones y vida cotidiana. Aquí, el escritor inglés Robert Graves, nos relatará todos estos detalles que difícilmente se registraron.

 

Por:

Javier Peña

Esta novela es narrada por el nieto político de Augusto César: Claudio, quien formó parte de la dinastía Julio-Claudia pero debido a su cojera, tartamudeo y tics nerviosos, se ganó el rechazo de su familia. Lamentablemente, los verdaderos escritos nunca fueron hallados, y es por lo que Graves se basó en esto para reconstruir la que sería la obra más importante de dicho emperador.

Con un ritmo bastante cautivador, el escritor inglés se mimetiza en la piel y pulso de uno de los emperadores más importantes que gobernó Roma desde el 41 a.C. al 54 d.C., y así lo demuestra en las primeras líneas:

“Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico… no hace mucho fui conocido de mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el idiota” o “Ese Claudio” o “Claudio el Tartamudo”…voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida”.

Todo comienza con una profecía hecha al mismísimo Claudio por una adivina, en la que anunciaba no solo su ascenso al trono, sino su posterior decisión de escribir esta historia para la posteridad. De ahí en adelante, Graves logra encadenar al lector:

“Diez años y cincuenta y tres días, y Clau-Clau-Claudio recibirá un regalo que todos codician menos él. Mas cuando haya enmudecido y ya no esté -mil novecientos años, más o menos-, Clau-Clau-Claudio hablará con claridad”.

Claudio fue historiador de profesión y se cuenta que escribió su autobiografía, incluyendo el gobierno de sus tres antecesores (Augusto, Tiberio y Calígula) de manera más objetiva y abordando detalles oscuros como, por ejemplo, el que Augusto César se vea empequeñecido ante la imponente figura de Livia, su astuta esposa, quien obtiene un protagonismo más allá de lo imaginado.

Aquí el autor, como Claudio, lo reafirma al decir que Augusto “se sometió a la voluntad de esa mujer notable” pero la describe así:

“Mi abuela fue una consumada actriz… la agudeza de su ingenio y la gracia de sus modales engañó a casi todo el mundo…nadie la quería de veras; la malignidad impone respeto, no cariño”

Asimismo, no escatimó en las perversidades de su tío Tiberio del cual dice: “…algunas de sus perversidades eran tan ridículas y horribles, que nadie podía conciliarlas con la dignidad de un emperador de Roma, sucesor electo de Augusto… la esposa de un cónsul, se suicidó luego en presencia de sus amigos, a quienes dijo que se había visto obligada a salvar a su hija de la lujuria de Tiberio consintiendo en prostituirse a él”.

Y de su antecesor y sobrino Calígula, cuyo trastorno mental lo llevó a creerse un dios, registra que en un momento confesara con sumo orgullo el haber asesinato a su progenitor: “…a la edad de ocho años había matado a mi padre. Ni el propio Júpiter pudo hacer eso. Sólo desterró al suyo”.

Además aprenderemos cómo gobernaron estos emperadores, con sus defectos y virtudes, al poseer un poder absoluto e irrefrenable camuflado bajo una fachada democrática interpretada por el senado, se detallarán las distintas maniobras políticas para conseguir los objetivos personales, el asesinato, el suicidio y la ambición que movían a los personajes con el único fin de conseguir poder y hasta el mismísimo trono. Como cuando a Claudio le revelan una aterradora verdad mientras charlaba con el historiador Asinio Polión:

“Mi padre y mi abuelo creyeron en ella (La república).

-Sí -interrumpió Polión con brusquedad-, y por eso murieron.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir que por eso fueron envenenados”

Con el transcurrir de las páginas, Graves nos introduce en la psicología de este rico e interesante personaje. Desde sus defectos físicos, sus ideas republicanas en el seno de una dinastía imperialista, hasta el consejo que recibió en su juventud de exagerar sus defectos como “única esperanza de seguridad y gloria eventual”.

Cerca de 500 páginas plagadas de reveladores ángulos jamás vistos de los hombres más poderosos que gobernaron el imperio más implacable que tuvo el mundo.

 

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