Narrativa y poesía escogida

El extraño caso del señor K

chinatown

 

(CUENTO) Cuando el Señor K pisó Chinatown, aún se encontraba mareado. Llevaba la bolsa en la mano, tal cual había sido la indicación. Su vecino, el señor Barker fue quien le mencionó el lugar. Era ahí donde obtenía sus amuletos. K se encontraba perdido, y tras la desaparición del señor Barker, se le ocurrió que su respuesta podía encontrarse ahí.

Por:

Alexiel Vidam

 

El cartel decía: “Todos tenemos un deseo oculto…”. Un anuncio que parecía invitación.

 

Le abrió un joven chino de larga cabellera. Poseía una extraña belleza. El rostro blanco, los labios tan rojos que parecían coloreados. Estaba ricamente ataviado; vestía un traje tradicional de su país, de tela negra con bordados de aves de distintas pigmentaciones.

 

– Me cuesta aún acostumbrarme a estas costumbres occidentales –dijo estirando la mano-. De donde vengo sólo hacemos una venia. Pase usted; seguro que aquí encontrará lo que busca. Ah!… Por cierto, me llamo Yin.

 

El lugar era deslumbrante. Cargado de ornamentos exóticos. Los dorados dragones brillaban sobre cortinas escarlata. En el centro de la habitación se hallaba una pequeña mesa de patas cortas. Sobre ella, una tetera con dos tazas de porcelana.

 

– Le estaba esperando señor K, por favor tome asiento.

 

Le siguió sentándome en el suelo, de piernas cruzadas frente al mueble.

 

– Cómo ha sabido mi nombre…
– El señor Barker me ha hablado mucho de usted.
– Barker… hace días que no le veo.
– Compró un teseracto… una reliquia que llegó desde India. Quedó enamorado y, como era de esperarse, emprendió su destino. Ya sabe cómo era ese hombre… un sujeto, “peculiar”, por así decirlo… Vivía en un eterno viaje de placer… y vaya si le conocí –soltó una risilla-. Voy a echarle de menos, sin embargo… Era uno de mis mejores clientes.
– Veo que le conocía usted de cerca.
– Mejor que usted, ya lo creo… Pero no se preocupe, sé que le tenía mucha estima.

En realidad Barker y él no habían interactuado tanto… Sólo se habían observado de lejos lo suficiente, como para saber que eran tipos extraños. No veía por qué habría de apreciarle, salvo, quizás, por alguna especie de complicidad de mentes siniestras. De cualquier modo, este chino le producía una sensación incómoda… una mezcla entre intriga y tensión intimidante… como si le estuviesen tocando los pensamientos. Tuvo el impulso de ponerse en pie y marcharse, pero Yin le retuvo el brazo. Se paró mucho antes que él y le arrastró hacia la habitación contigua.

 

 

 

En la vitrina se hallaba un horripilante bicho de cuerpo verdoso. Tenía el tórax alargado y seis patas delgadas que terminaban en pequeñas tenazas puntiagudas; cada una de ellas poseía pequeñísimos dientes. Sus diminutos y redondos ojos resplandecían en la sombra, y cuando le miraba fijamente, emitía un delicioso canto discordante con un espécimen como él. Era un canto que jamás había escuchado en otro animal. De no ser por la ausencia de palabra, podría decirse que se trataba de una voz casi humana. Era, pues, una bestia preciosa.

 

– Sirene es un bicho delicado, Señor K. Debe cuidarle bien.
– ¿Sirene…?
– Así se llama nuestro amigo… o mejor dicho, amiga; es una hembra única en su especie. La trajo un viajero egipcio. ¿O era griego…?… Es que pasan tantos por aquí que ya me cuesta recordar. Pero eso no es lo importante. Lo más importante, es cantar.

K le miró extrañado.

– Disculpe, pero no le entiendo.
– Por las noches debe hacerle cantar. Ya ha descubierto cómo; sólo tiene que mirarle fijamente a los ojos. A ella le encanta cantar, y estoy seguro de que a usted le encantará que lo haga.

K pensó que aquel chino estaba loco, pero él también lo estaba. Así que entregó la bolsa que había llevado y cargó al animal.

 

 

 

Junto con el bicho, Yin le dio a K un pequeño sarcófago… diminuto, exacto para que duerma el animal durante el día. En la noche sólo debía darle un poco de agua. “No necesita comer” –le había dicho-. “Usted sólo preocúpese de hacerle cantar. Con eso, la vida de su mascota quedará asegurada. Ah!… Sólo una advertencia. No deje que otros la vean. Es una chica celosa.” A K no le preocupó el aviso. Después de todo, él no tenía amigos, y menos desde el incidente.

 

Aquella noche, K destapó a su adquisición. Dormía boca arriba y con las patas cruzadas. Vertió tres gotas de agua sobre su trompa y el animal despertó de inmediato. Las ventanas estaban tapadas. En medio de oscuridad, lo único que iluminaba eran los pequeños ojos dorados de Sirene. No hizo falta que hiciera esfuerzo para mirarle; al parecer el insecto tenía el poder de hipnotizarle.

 

Comenzó a cantar. Era una voz aguda y melodiosa. Mantuvo la mirada fija durante varios minutos y sintió que sus latidos comenzaban a acelerarse. No se habían acelerado así desde aquella ocasión… Sintió el sudor frío cayéndole por la frente y ante sus ojos, el pequeño animal dejó de serlo. Primero incrementó en tamaño. Alcanzó la talla de un hombre normal y le rodeó con sus largas patas. Clavó los dientes de sus tenazas entre sus vértebras. La ropa de K se hizo trizas. Ella se forró de carne.

 

– Selena, qué haces aquí… -balbuceó confundido.

 

Pero no hubo respuesta. Ella tenía su rostro, la mirada, el tono de voz… Salvo por la incapacidad de emitir palabras y ese ligero tono verdoso que la rodeaba, era una doble perfecta. Sirene tenía el verde por todos lados… oscuro en sus cabellos, encendido en los ojos y suave, casi pálido, en la piel.

 

La mujer siguió cantando. Él se desmayó.

 

 

 

Era evidente que había perdido sangre. El sol se colaba por las rendijas. Sentía el cuerpo flojo pero a la vez extremadamente pesado como para levantarse. Se quedó por varias horas mirando al techo, hasta que el hambre y la sed empezaron a angustiarle. Estaba ansioso, pero más que su propia supervivencia, le aterrorizaba no encontrar a su bestia por ningún lado. Dio un hondo respiro e hizo un esfuerzo sobrehumano por ponerse en pie. No buscó bocado ni gota de agua hasta asegurarse de que Sirene estaba en el sarcófago. Había vuelto por su cuenta y se hallaba segura. Era un bicho inteligente.

 

Volvió a la tienda. Yin despachaba a un sujeto con una caja enorme.

 

– ¡Que le vaya bien, Señor Sebastian! ¡Recuerde las advertencias!

 

El hombrecillo apretó la caja contra el pecho y casi se descalabra. Lo que sea que llevase dentro, medía mucho más que él.

 

– ¡Usted! –le llamó K.
– ¡Señor K, qué gusto!

 

Yin se acercó velozmente. De un brinco se hallaba a medio centímetro de K, presentando su enorme sonrisa. K se hizo hacia atrás.

– ¡Pero qué hace!
– ¡Me alegro de verle! ¿Qué le ha parecido su compañera?
– ¿¡Me puede decir qué es lo que lleva ese sujeto en esa caja enorme!? ¿¡Qué se supone que vende usted!?
– El Señor Sebastian es un poco torpe… –suspiró-. Yo le he dicho que Gala es un prototipo, que vendrán muñecas perfeccionadas más adelante, pero él que no lo entiende.
– ¿Le vendió una muñeca inflable?
– Por favor, no sea ordinario. Le vendí una muñeca animada; eso es mucho más simpático. Pero, pase, pase, que el té espera…
– ¿Es que siempre está bebiendo el té?
– Siempre es buen momento para el té…

Al igual que la vez anterior. Le apretó del brazo y le hizo entrar. Se sentía consternado.

– Cómo consiguió a Selena –dijo tragándose el té.
Acababa de quemarse las entrañas. Fue necesario que el chino le sirviera una jarra entera de agua fría.
– Señor K, con todo respeto, no entiendo de qué me está hablando.
– Usted conocía a Selena, mi aman… mi muj… Lo que sea, usted la conocía.
– Yo detecté un corazón ansioso y solitario, Señor K, y le ofrecí la mascota perfecta, a precio de regalo además… o me va a decir que una bolsa de pasteles fue un precio alto.
– ¿Nunca cobra en efectivo?
– Mi abuelo es millonario, no necesito más dinero… Por cierto, los pasteles estaban deliciosos; adivinó mis favoritos –guiñó el ojo.
– ¡Da igual! ¡Me puede decir cómo es que…!
– Cómo es que qué.
– ¡Nada!
– Se le ve nervioso, Señor K… Respire, que no soy policía.

 

Se puso pálido como papel. Sintió que sus dientes tiritaban y sus rodillas chocaban temblaban contra el suelo.

 

– Creo que debo irme…
– Oh, sí. Es mejor que descanse.
Le llevó hasta la puerta. Cuando K ya apuraba el paso, escuchó la voz que le decía: “¡Vuelva pronto!”.

Este es el capítulo 1. Para leer la historia completa entra a: https://docs.google.com/file/d/0B8gQ82v-aVLqOWhSTEFEVDlOekE/edit

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