Cuentos

Imágenes Photoshop- Edmundo Paz Soldán

phothoshoppazsoldànVíctor nunca recordó con nostalgia su infancia en aquel pueblo árido, de calles estrechas y parques sin gracia y cielo plomizo. Por eso apenas aprendió a usar Photoshop, retocó sus fotos, ensanchó sus calles, añadió una Torre Eiffel a la desvalida plaza principal, renovó los cielos con un azul sobresaturado.

Tampoco tuvo un interés particular en sus compañeros de curso, a quienes consideraba torpes, bulliciosos, de rostros y cuerpos para el olvido. Uno por uno, alteró sus caras en su computadora Macintosh, de modo que al final no se asemejaban en nada a sí mismos. Uno de sus compañeros parecía ahora un mellizo de Cristiano Ronaldo, su jugador favorito. Otro era igual a Jhony Deep, su actor preferido. Cuando le hacían notar las similitudes, él sonreía.

Nunca se llevó bien con sus padres, de quienes había heredado su fealdad y los cambió por seres similares a Madonna y a Silvester Stallone. Hizo desaparecer a sus tres hermanos de todas las fotos, y se quedó de único hijo. Una vez que comenzó, le fue fácil seguir. Retocó su propio rosotro surcado de arrugas antes de tiempo, la papada abusiva y la prematura calvicie, y se prestó los ojos de Tom Cruise y el resto del rostro y del cuerpo de Antonio Banderas. A su gorda esposa, a quien quería cada vez menos a medida que ella pasaba de la juventud a la madurez y se afeaba, la transformó en una Cameron Díaz pelirroja. A su hija, patéticamente parecida a su madre, en una aprendiz de Valeria Mazza. Mostraba con orgullo las fotos en su billetera. Cuando alguien que las llegaba a conocer en persona le hacía notar la diferencia, él decía, con solemne convicción, que ellas eran muy fotogénicas.

Cuando su esposa se enteró que él la había borrado de sus fotos, rompió con rabia las fotos que guardaba de él, en las que se hallaba sospechosamente parecido a un maduro Ricky Martin. Cuando su hija lo supo, se dijo que debía combatir la ofensa con una ofensa mayor. ¿Cómo hacerlo? Encendió la computadora y buscó en los archivos las fotos de su padre. Se le ocurrió borrar con furia ese rostro que era la sumatoria de los de Brad Pitt y Aston Catcher. En su lugar, colocó un intocado retrato de su padre, calvo y mofletudo, feo y aventajado, cruel víctima del tiempo.

 

Romeo y Julieta

En un claro del bosque, una tarde de sol asediado por nubes estiradas y movedizas, la niña rubia de largas trenzas agarra el cuchillo con firmeza y el niño de ojos grandes y delicadas manos contiene la respiración.

–       Lo haré yo primero– dice ella, acercando el acero afilado a las venas de su muñeca derecha –. Lo haré porque te amo y por tí soy capaz de dar todo, hasta mi vida misma. Lo haremos porque no hay, ni habrá, amor que se compare al nuestro.

El niño lagrimea, alza el brazo izquierdo.

–       No lo hagas todavía, Ale… Lo haré yo primero. Soy un hombre, debo dar el ejemplo.

–       Ese es el Gabriel que yo conocí y aprendí a amar. Toma. ¿Por qué lo harás?

–       Porque te amo como nunca creí que podía amar. Porque no hay más que yo pueda darte que mi vida misma.

Gabriel empuña el cuchillo, lo acerca a las venas de su muñeca derecha. Vacila, las negras pupilas dilatadas. Alejandra se inclina sobre él, le da un apasionado beso en la boca.

–       Te amo mucho, no sabes cuánto.

–       Yo también te amo mucho, no sabes cuánto.

–       ¿Ahora sí, mi Romeo?

–       Ahora sí, mi Julia.

–       Julieta.

–       Mi Julieta.

Gabriel mira el cuchillo, toma aire, se seca las lágrimas, y luego hace un movimiento rápido con el brazo izquierdo y la hoja acerada encuentra las venas. La sangre comienza a manar con furia. Gabriel se sorprende, nunca había visto un líquido tan rojo. Siente el dolor, deja caer el cuchillo y se reclina en el suelo de tierra: el sol le da en los ojos. Alejandra se echa sobre él, le lame la sangre, lo besa.

–       Ah, Gabriel, cómo  te amo.

–       Ahora te toca a ti –dice él, balbuceante, sintiendo que cada vez le es más difícil respirar.

–       Sí. Ahora me toca –dice ella, incorporándose.

–       ¿Me… me amas?

–       Muchísimo.

Alejandra se da la vuelta y se dirige hacia su casa, pensando en la tarea de literatura que tiene que entregar al día siguiente. Detrás suyo, incontenible, avanza el charco rojo.

 

 

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