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Suburbio- John Cheever

Posted by on Oct 22, 2013 in Sin categoría | 0 comments

Autor: John Cheever
Editorial: Ultramar

Por: Baúl de libros de colección

En las afueras de una gran ciudad las vidas de las personas se rozan, se tocan, son paralelas o tangentes o ni siquiera son… Pero dos personas un recién llegado el Señor Martillo y un antiguo habitante, el señor Clavo, con dos vidas divergentes llenas de peripecias y sabores y sinsabores que tienen que encontrarse con una finalidad nada agradable.

Dicen que en la escuela, cuando Cheever era niño, la profesora decía a su clase que si se portaban bien, al final, dejaría que John (Cheever) les contara una historia. Y John las contaba de todos los tonos , temas, pelajes, colores, texturas. Y así es Cheever, una mente preparada para ametrallar a historias; a pequeñas y largas historias. 

Dicen que críticos han puesto en entredicho la calidad novelesca de Cheever; dicen que Cheever no hace novelas, concatena historias. Pues me da igual, la verdad, una maravilla como esta “Bullet Park” ( que no sé porqué “puñetas” han puesto el título de “Suburbio”; que en castellano tiene cierto sentido peyorativo que no pretende la obra) es un libro que se lee rápido; ameno, irónico, inteligente (utiliza los nombres de los personajes para hacer un juego simbólico absolutamente ácido). Una Maravilla. En al que aparecen todos las obsesiones de Cheever y todo su saber literario. Toneladas debería pesar el libro si pesaran las historias bien escritas.

Otras opiniones:

Novela honesta, inteligente, brillante, Suburbio (Bullet Park) es quizá la obra maestra de John Cheever, uno de los escritores actuales más reputados de los Estados Unidos, ganador del premio Pulitzer y del National Book Award.


La trama es clara y sencilla, pero profunda. Los habitantes de un pueblo cualquiera en el Noroeste de los Estados Unidos parecen normales. Se comportan pacíficamente, excepto cuando están ebrios o enojados. Pero debajo de esta capa de normalidad se esconde mundos interiores desconocidos incluso para su propios moradores. Los dos personajes principales, Eliot Clavo y Paul Martillo, está unidos por el secreto poder de sus nombres, tan inseparables como la vida y la muerte, como el amor y el odio. Representan las dos caras de la aterradora, tierna, cómica y abrumada vida norteamericana. (Abretelibro.com)

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Los detectives salvajes- Roberto Bolaño

Posted by on Oct 21, 2013 in Literatura | 2 comments

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Título: Los detectives salvajes
Autor: Roberto Bolaño
Editorial: Anagrama, 2000

 
Debo decir que cada palabra de las seiscientas páginas que componen Los Detectives Salvajes ha valido la pena por su complejidad, originalidad y, sobre todo honestidad. Ha sido una travesía agotadora, como la que Ulises Lima y Arturo Belano hacen al viajar a los desiertos de Sonora. Lo que no sé  todavía es cuán transformadora ha sido esa travesía para mí.

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Alice Munro- Premio Nobel de Literatura 2013

Posted by on Oct 10, 2013 in Sin categoría | 3 comments



Por:
Gianfranco Hereña

Merecido Nobel para Alice Munro. Como siempre digo, “Leer para creer” y para muestra un botón que me he tomado prestado del blog “Yo vivo en ella”. Sonará a que el “préstamo” es en realidad una apropiación ilícita que me generará algunos encontronazos. Por ello, lo pongo solo por la mitad y queda en ustedes visitar el link.

Asimismo, pongo otro enlace más que los diarios La Nación de Argentina y ABC de España tuvieron la gentileza de subir.

Noche- Alice Munro
Radicales libres- Alice Munro


Felicitaciones a ella.

(Roth, Murakami, Joyce Carol para otra será…)

La isla de Cortés

La pequeña novia. Yo tenía veinte años, medía metro setenta y pesaba algo más de sesenta kilos, pero algunas personas —la esposa del jefe de Chess, la secretaria de mayor edad de su oficina y la señora Gorrie, la de arriba— me llamaban la pequeña novia. Algunas veces, nuestra pequeña novia. Chess y yo bromeábamos con ello, pero en público él respondía con una mirada de cariño y afecto. Yo, por mi parte, con un mohín sonriente: tímida y conformista.
Vivíamos en un sótano en Vancouver. La casa no pertenecía a los Gorrie, como yo había pensado en un principio, sino a Ray, el hijo de la señora Gorrie. De vez en cuando venía a arreglar cosas. Entraba por la puerta del sótano, igual que Chess y yo. Era un hombre delgado, estrecho de hombros, quizá de treinta y tantos años, y que siempre llevaba consigo una caja de herramientas y la gorra de trabajo. Andaba encorvado, lo que tal vez estaba relacionado con la necesidad de agacharse cuando se dedicaba a sus chapuzas de fontanería, electricidad y carpintería. Su rostro era amarillento y tosía muchísimo. Cada tosido suponía una afirmación independiente y discreta que definía su presencia en el sótano como una intrusión necesaria. No se disculpaba por estar allí, pero tampoco se movía por aquel lugar como si le perteneciese. Sólo hablaba con él cuando llamaba a la puerta para decirme que iba a cortar el agua o la luz durante un rato. El alquiler se lo pagábamos en efectivo a la señora Gorrie todos los meses. No sé si ella le pasaba todo el dinero o se quedaba un poco para cubrir sus gastos. Porque de no ser así, todo lo que tenían ella y el señor Gorrie —fue ella quien me lo dijo— era la pensión del señor Gorrie. No la de ella. Todavía no soy lo bastante mayor, dijo.
La señora Gorrie, siempre gritaba por las escaleras para ver cómo estaba Ray y preguntar si le apetecía una taza de té. Él siempre respondía que estaba bien y que no tenía tiempo. Decía que su hijo trabajaba demasiado, como ella. Siempre intentaba colarle algún postre casero, como galletas, pan de jengibre o confituras, al igual que hacía conmigo. Ray respondía que acababa de comer o que en casa tenía de todo. Yo también me resistía, pero al séptimo u octavo intento, cedía. Me avergonzaba mucho seguir diciendo que no después de tanta insistencia y de sus caras largas. Admiraba la forma en que Ray se empeñaba en decir que no. Ni siquiera decía «no, madre». Sencillamente, no.
Luego la señora Gorrie solía buscar algún tema de conversación.
—¿Qué me cuentas? ¿Tienes alguna novedad emocionante?
Nada especial. No lo sé. Ray nunca se mostraba brusco o irritable pero tampoco le permitía ninguna confianza. Su salud era buena. Su resfriado iba mejorando. A la señora Cornish y a Irene también les iba bien siempre.
La señora Cornish era una mujer en cuya casa vivía él, en algún sitio de la parte este de Vancouver. Ray siempre tenía alguna chapuza que hacer en casa de la señora Cornish, al igual que en la nuestra, por esa razón tenía que marcharse tan pronto como acababa el trabajo. También ayudaba a cuidar a la hija de la señora Cornish, Irene, que estaba en una silla de ruedas. Tenía parálisis cerebral. «La pobrecilla», decía la señora Gorrie después de que Ray le dijese que Irene estaba bien. Ella nunca le reprochaba en su cara el tiempo que pasaba con la niña enferma, sus salidas al parque Stanley o las excursiones vespertinas para ir a comprar helado. (Lo sabía de sobra porque a veces hablaba por teléfono con la señora Cornish.) Pero a mí me decía: «No puedo evitar pensar en la pinta que debe de tener la chica con el helado corriéndole por la cara. No lo puedo evitar. La gente debe quedarse boquiabierta mirándoles».
Ella comentaba que cuando sacaba al señor Gorrie en su silla de ruedas la gente les observaba (el señor Gorrie había sufrido un ataque de apoplejía), pero era diferente porque fuera de casa no se movía ni emitía sonido alguno y ella procuraba que tuviera un aspecto presentable, mientras que Irene no hacía más que dar bandazos y balbucir gaguelag-gaguelag-gaguelag. La pobre no podía remediarlo.
La señora Cornish debería tener algún tipo de plan, decía la señora Gorrie. ¿Quién iba a cuidar de esa niña lisiada cuando ella ya no estuviera?
—Debería existir una ley que impidiese casarse a una persona sana con otra en ese estado, pero por ahora no la hay.
Cuando la señora Gorrie me invitaba a tomar un café, yo nunca quería subir. Estaba ocupada con mi propia vida en el sótano. A veces, cuando llamaba a mi puerta, hacía como que no estaba. Pero para eso tenía que apagar las luces y cerrar la puerta en cuanto la oía abrir la suya en lo alto de las escaleras y luego permanecer inmóvil mientras ella daba golpecitos a la puerta con sus uñas y gorjeaba mi nombre. También tenía que mantener un silencio absoluto y no tirar de la cadena del retrete en una hora. Si le decía que tenía muchas cosas que hacer, que no tenía tiempo, ella se reía y preguntaba:
—¿Qué cosas?
—Escribir cartas.
—Siempre escribiendo cartas —decía ella—. Pues sí que echas de menos tu casa.
Sus cejas eran de color rosa, una variante del rojo rosáceo de su pelo. No me parecía que el pelo pudiera ser natural, pero ¿cómo podía teñirse las cejas? Su rostro era delgado, con coloretes, vivaz, y sus dientes, largos y brillantes. Su avidez de simpatía, de tener compañía, no tenía límite. La primera mañana en que Chess me llevó a ese apartamento, tras esperarme en la estación de tren, llamó a nuestra puerta con un plato de galletas y su voraz sonrisa. Yo todavía llevaba puesto mi gorro de viaje y a Chess le interrumpió justo cuando comenzaba a sacarme la combinación. Las galletas estaban secas y duras, glaseadas de rosa brillante en honor de mi matrimonio. Chess le habló con brusquedad. Sólo tenía media hora antes de volver al trabajo y para cuando pudo deshacerse de ella ya no quedaba tiempo para que continuase con lo que había empezado. Así es que se comió las galletas, una tras otra, quejándose de que sabían a serrín.
—Tu maridito es muy serio —me decía la señora Gorrie—. Me hace gracia cuando me lanza esa mirada tan seria al entrar y al salir.
Me gustaría decirle que se lo tome con calma, no tiene por qué cargar con el mundo a sus espaldas.
A veces tenía que seguirla hasta arriba, dejando a un lado mi libro o el párrafo que estaba escribiendo. Nos sentábamos en su mesa de comedor, que tenía un mantel de encaje y un espejo octogonal en el que se reflejaba un cisne de cerámica. Bebíamos el café en tazas de porcelana y comíamos en platitos a juego (más y más de aquellas galletas, de los pegajosos pasteles de pasas o de los bollitos tan pesados) y utilizábamos unas pequeñas servilletas bordadas para quitarnos las migas de los labios. Yo me sentaba frente a un aparador en el que la señora Gorrie exponía una gama entera de vasos de calidad, de juegos para la leche y el azúcar y para la sal y la pimienta, demasiado pequeños o ingeniosos para el uso diario, así como unos diminutos jarrones, una tetera que imitaba una casita con tejado de paja y unos candelabros en forma de lirios. Una vez al mes la señora Gorrie le daba un repaso al aparador y lo lavaba todo. Eso me dijo. Hablaba y hablaba sobre mi futuro, sobre la casa y el futuro que pensaba que yo tendría, y cuanto más hablaba ella, más sentía yo un peso de plomo sobre mis miembros y más ganas me entraban de bostezar allí, a media mañana, y de poder arrastrarme y esconderme y dormir. Pero de puertas afuera mostraba mi admiración por todo aquello. Por lo que contenía el aparador, por la vida rutinaria de la señora Gorrie como ama de casa, por los conjuntos que se ponía cada mañana, siempre a juego. Faldas y jerseys en tonos malva o coral, pañuelos de seda artificial que armonizaban con la ropa.
—Siempre vístete antes que nada, como si fueses a irte a trabajar, y arréglate el pelo y maquíllate —me decía; más de una vez me había pillado en camisón—, y después siempre puedes ponerte un delantal por encima si tienes que hacer la colada o cocinar. Te sube la moral.
Y siempre ten algo cocinado por si te viene una visita. (Por lo que yo sé, jamás tuvo más invitados que yo; y a duras penas podría decirse que la visitara por iniciativa propia.) Y nunca sirvas el café en tazas de desayuno.
Aunque nunca se mostraba demasiado explícita. Era «yo siempre…» o «a mí me gusta…» o «creo que resulta más agradable…».
—Incluso cuando vivía en tierras salvajes me gustaba… —y entonces mi urgencia de bostezar o gritar disminuyó por un instante. ¿En qué tierras salvajes había vivido? ¿Y cuándo?
—Lejos, arriba en la costa —dijo—. En mi tiempo yo también fui novia. Viví allá muchos años. En Union Bay. Pero aquel lugar no erademasiado salvaje. La isla de Cortés.
Pregunté dónde estaba eso y ella respondió: «Ah, por ahí arriba».
—Eso sí que debió de ser interesante —dije yo.
—Bueno, interesante —dijo ella—… si se puede decir que los osos son interesantes. O que los pumas son interesantes. La verdad es que yo personalmente prefiero un poquito de civilización.
El comedor estaba separado del cuarto de estar por unas puertas corredizas de roble. Siempre quedaban a medio abrir, de modo que la señora Gorrie, sentada al extremo de la mesa, pudiera tener a la vista al señor Gorrie, sentado en su sillón frente a la ventana del cuarto de estar. Se refería a él como «mi marido en la silla de ruedas», pero lo cierto es que únicamente estaba en la silla de ruedas cuando ella lo llevaba a dar un paseo. No tenían aparato de televisión, la televisión era aún casi una novedad en aquellos tiempos. El señor Gorrie estaba allí sentado y observaba la calle y el parque de Kitsilano, al otro lado de la calle, y la ensenada de Burrard, aún más allá. Podía ir al baño él solo con un bastón en una mano y agarrándose al respaldo de las sillas o apoyándose en la pared con la otra. Una vez dentro se las arreglaba solo, aunque le llevaba mucho tiempo. Y la señora Gorrie decía que a veces tenía que fregar un poco.
Lo único que yo podía ver de vez en cuando del señor Gorrie era la pernera de un pantalón estirada sobre el sillón de color verde brillante. Una o dos veces, estando yo allí, tuvo que hacer el camino, medio arrastrándose y a trompicones, hasta llegar al baño. Era un hombre grande: cabeza grande, hombros anchos, huesos robustos.
Yo no le miraba a la cara. La gente que había quedado paralítica por un derrame cerebral o una enfermedad me parecía de mal agüero, me recordaba algo feo. Lo que yo evitaba no era el panorama que ofrecía la inutilidad de sus miembros u otras señales físicas de su horrible suerte, sino el de sus ojos humanos.
Creo que él tampoco me miraba aunque la señora Gorrie le gritaba que había venido una visita del piso de abajo. Emitía un gruñido, que quizá fuera lo más que podía hacer a modo de saludo, o de rechazo.

En nuestro apartamento había dos habitaciones y media. Lo alquilamos amueblado y, como era de suponer en estos casos, eso significaba que estaba medio amueblado con enseres que en otras circunstancias se habrían tirado. Recuerdo el suelo del cuarto de estar, cubierto con cuadrados y rectángulos sobrantes de linóleo: todos los diferentes colores y formas unidos unos con otros y bordados como un absurdo edredón de franjas metálicas. Y había un horno de gas de la cocina que se alimentaba de monedas de veinticinco centavos. Nuestra cama estaba metida en un recodo de la cocina y cabía allí tan justa que había que encaramarse a ella desde el pie. Chess había leído que ésta era la forma en que las chicas de un harén tenían que entrar en la cama del sultán, venerando primero sus pies y luego arrastrándose hacia arriba, rindiendo homenaje a las otras partes de su cuerpo. A veces jugábamos a ese juego.
Siempre dejábamos una cortina cerrada al pie de la cama para separar el recodo de la cocina. En realidad se trataba de una vieja colcha, una tela escurridiza con flecos que por uno de los lados era de color beige amarillento, con un estampado de rosas rojas y hojas verdes, y por el otro tenía franjas diagonales rojas y verdes estampadas, como en una aparición fantasmal, con flores y follaje sobre el beige. Aquella cortina la recuerdo con mayor intensidad que cualquier otra cosa del apartamento. Y no es de extrañar. En pleno frenesí sexual y durante el posterior respiro tenía aquella tela frente a mis ojos, y así llegó a convertirse en un recordatorio de lo que me gustaba del matrimonio: la recompensa por el imprevisto insulto de ser una pequeña novia y por la peculiar amenaza de un aparador lleno de vajilla de porcelana.
Ambos, Chess y yo, proveníamos de hogares en los que el sexo prematrimonial se consideraba algo vergonzoso e imperdonable y en los que el sexo matrimonial no se mencionaba nunca y se olvidaba pronto. Estábamos justo al final de la época en que así se veían las cosas, aunque no éramos conscientes de ello. Una vez, la madre de Chess encontró condones en la maleta de su hijo y se fue llorando al padre. (Chess dijo que los repartían en el campamento donde había recibido su instrucción militar universitaria, lo cual era cierto, y que se había olvidado totalmente de ellos, lo cual era mentira.) De modo que tener un lugar propio y una cama propia donde hacer lo que quisiéramos nos parecía maravilloso. Si estábamos juntos era —y nunca se nos ocurrió que la gente mayor, nuestros padres, nuestras tías y tíos, estuvieran juntos por la misma razón— por pura lujuria. Nos parecía que el único afán de los mayores era de casas, de propiedad, de máquinas cortadoras de césped y congeladores y muros de contención; y, por supuesto, en lo referente a las mujeres, de bebés. Todas esas cosas, pensábamos, las elegiríamos o no elegiríamos en el futuro. Nunca creímos que nada de eso nos llegaría inexorablemente, como la edad o el tiempo.
Y ahora que me paro a pensarlo con sinceridad, no nos llegó. Nada llegó sin nuestra elección. Ni siquiera el embarazo. Corrimos el riesgo, aunque únicamente para ver si de verdad éramos adultos, para ver si realmente podía ocurrir.
Otra cosa que hacía tras la cortina era leer. Leía libros que cogía de la biblioteca de Kitsilano, que se encontraba a unas manzanas de casa. Y cuando estaba allí tendida boca arriba en aquel estado de asombro que me podía producir un libro, un vértigo generado por las riquezas de lo que digería, lo que veía era aquellas franjas. Y no sólo los personajes y la trama, sino también el clima creado por el libro impregnaba las flores artificiales y fluía a lo largo del arroyo del vino tinto o del verde lóbrego. Leía libros pesados cuyos títulos ya me eran familiares y que tenían un cierto halo místico —incluso llegué a tratar de leer Los novios—, y entre aquellos platos fuertes leía también las novelas de Aldous Huxley y de Henry Green, y Al faro, El fin de Chéri o Ha muerto un corazón. Devoraba uno tras otro sin establecer un criterio de preferencias, rindiéndome ante ellos de la misma forma que lo había hecho con los libros leídos en la infancia. Todavía me encontraba en una etapa de convulso apetito, mi voracidad era casi angustiosa.
Pero se había añadido una nueva complicación respecto a las lecturas de infancia, y es que yo tenía que ser escritora además de lectora. Compré un cuadernillo escolar e intenté escribir; y sí que escribí: páginas que comenzaban con autoridad y que luego se marchitaban, de modo que acababa arrancándolas y las retorcía en severo castigo y las tiraba al cubo de la basura. Lo hice una y otra vez hasta que sólo me quedó la cubierta del cuadernillo. Luego compré otro y comencé el proceso una vez más. Siempre el mismo ciclo: emoción y desesperanza, emoción y desesperanza. Era como tener un embarazo secreto y un aborto no provocado cada semana.

(CUENTO COMPLETO AQUÍ)

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Cinematosis Crónica

Posted by on Oct 4, 2013 in Sin categoría | 0 comments


Lo de ella es casi una enfermedad y el nombre de su blog calza perfecto con los síntomas que padece. Alexiel capitalizó el deseo de ver al cine como algo divertido y lo transformó en fiesta.

Por:
Gianfranco Hereña


Se quita las gafas. Un brillo solar invisible asoma por sus ojos, cada vez más iluminados por la idea de estar próxima a organizar su segundo “Tono Cinematosis”. Alexiel no es Alexiel. Escogió ese nombre de un anime y ahora es su sello distintivo, una marca personal labrada con esfuerzo e ingenio.

Da breves sorbos de café y se acomoda en la silla del décimo piso del pabellón Q de la Universidad de Lima. A sus veintisiete años, el éxito no ha sido gratuito y quiere ir por más. Insaciable, la que se proyecta a ser una gran promotora cultural a futuro, dice andar con el tiempo apretado. Me apresuro a preguntarle.



¿Cómo nace Cinematosis?

Nace como una idea mientras era asistenta de cátedra. Mi intención era hacer que los alumnos participen y romper con la educación estamental. Entonces me di cuenta de que yo también podía hacerlo y lo continué alimentando con reseñas de películas. Años antes, ya había colaborado con revistas de animes y urgía la necesidad de compilar varias cosas en una. Cinematosis no solo reseña películas. Decidí ampliar las secciones, jugar con los visitantes haciéndoles tests de personaje, datos curiosos y busqué relacionarlo con otras artes o temas culturales. Creo que todo se conecta al fin y al cabo.

Hace una pausa. Observa la avenida el Golf. Me cuenta la historia de cuando escribió un cómic al que llamó After New Genesis.


After New Genesis comenzó como una novela que fui entregando por partes, en un blog. Tuvo varias visitas que me fueron subiendo el ánimo y las ganas de seguir adelante. 


Antes, sin embargo, ya había iniciado un romance con la literatura. 

“After New Genesis fue más complejo, que no hubiese podido escribir sin la base que tenía”

En esa base, justamente, se hallaban los poetas griegos, los poetas malditos, Alejandra Pizarnik y Alfonsina StorniLuego vino un romance a la distancia con la narrativa y quiso casarse, primero con Bukowski y luego con García Márquez. Una verdadera mescolanza que derivó en un producto que alcanzó un buen número de seguidores.

After New Genesis despertó el lado más perseverante de Alexiel. Tenacidad que, a la larga, serviría como base de un espíritu emprendedor. Cinematosis Crónica resulta como parte de ese proceso donde el cómic, el anime, el cine y la literatura se mezclan. Pienso que quizás Alexiel tenga razón. 

Al final todo es parte de una cadena que se retroalimenta. 

La observo hablar con tanta pasión sobre lo que hace y contagia, irradia un ánimo que parece sobrenatural. Quiero saber cómo se animó a dar el salto a la fiesta temática.

“Sentí que era parte del crecimiento, algo que se dio. Las fiestas son un buen gancho para atraer gente y qué mejor manera de hacerlo de una manera sana y que incentive al consumo de cultura”. 

Da un hondo suspiro mientras chequea fotos del evento anterior.

“En el evento pasado, por ejemplo, tuve que lidiar con una serie de percances económicos. Esta vez cuento con más auspiciadores y en si, esta fiesta cuenta con mayor inversión. Decidí darle la temática del SCI-FI porque en el evento pasado hubo varios invitados que se disfrazaron de personajes de este género y me pareció que debía darles en la yema del gusto. Esta vez, hasta el trago y el sushi están relacionados”.




Esta vez toma una postura más adecuada. Mira su reloj: “Tengo que ir a dictar mi clase”, dice no sin antes venderme una entrada para la fiesta. El “Tono Cinematosis Sci-fi” promete ser, según ella, diez veces más divertido que el anterior y en su ajetreada mente solo tiene tiempo para pensar en más fiestas.

“Si con estas actividades logro que la gente consuma más cine, mi misión en la tierra estará completa”, sentencia.





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Mírame cuando te ame- Fernando Iwasaki

Posted by on Oct 2, 2013 in Sin categoría | 0 comments


Título: Mírame cuando te ame
Autor: Fernando Iwasaki
Editorial: Peisa, 2005



Por:
Gianfranco Hereña

La profesora y el alumno, la mamá de tu mejor amigo, la aeromoza en pleno vuelo. Este es solo un pequeño muestrario de los eternos clichés eróticos de cualquier hombre en cualquier época o lugar, como imágenes que se repiten una a una dentro de nuestra afiebrada fantasía. Sin embargo,“Mírame cuando te ame”, del escritor peruano Fernando Iwasaki, ha logrado envolvernos en una historia con ribetes de drama y una explosiva carga erótica. 

Iwasaki ha capitalizado en 79 páginas lo mejor de su talento narrativo; nos vuelve cómplices del universo que plantea y logra que cada página sea una pequeña muestra de goce interior, haciendo que los episodios sean casi adictivos.



El romance entre Enrique y Pilar (los protagonistas) se nos plantea desde el saque como un relato manido de los estereotipos que mencioné al inicio, pero página a página, el autor se encarga de hacernos llevadera esta situación. Las figuras que consigue con su prosa hacen que uno se ruborice y abrigue, acaso por contagio, la ligera esperanza de algún día poder ser nosotros los protagonistas de esta novela.

Pilar es la madre de Juan Carlos, un amigo de Enrique que tiene problemas para ingresa a la universidad. Enrique, por parte, se gana la vida como profesor de pregrado y por cuestiones humanitarias decide ayudar a Enrique. En las constantes visitas a casa de este “amigo”, el protagonista irá descubriendo a Pilar, una mujer separada y que lo seducirá con un único objetivo: “Hacerlo hombre sin pasar por los percances
de la adolescencia”.

Justamente de ahí parte el título y en sí, toda esta novela corta podría reducirse a un eterno juego entre aprendices y maestros, donde uno da más que el otro y en esa tarea, tan difícil de controlar, uno de los dos pierde. Aunque prefiero no develar el final, me queda la sensación de que pudo haber más, pero es justamente en esas ganas del “pudo” y al final “no ser” que creo radica el encanto de esta lectura.

Recomendable para leer de un tirón, sin pausas y preferiblemente en solitario (con los riesgos que leerla en un lugar público puede acarrear).

Haz clic aquí para leer otras opiniones.

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